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Rufo

Por Juan Carlos López Salgado

Miércoles 24 de diciembre de 2008, 6:45 a.m.

“¿Que será lo que le pasa a López que ayer no quiso traer sus cosas?

Él sabe que ya me falta poco para pagar el crédito hipotecario. Fui clara cuando le dije que no tenía que pagarme un arriendo ni ayudarme con las cuotas que faltan. Le insistí que empezáramos a vivir juntos desde anoche y no quiso. ¿Por qué me dijo que de pronto después? Él dice que me quiere, que me desea, que le gusto mucho; pero desde que volvimos a hablar no me ha dicho que me ama, ni siquiera me dice amor. Yo sí lo amo, y mucho. Debería estar con él en este momento, para besarlo, abrazarlo, consentirlo. Para amarlo. Pero no siento lo mismo de él por mí. ¿Me convendrá, o no, seguir con esto? ¿Seguir insistiéndole que vivamos juntos y que nos vayamos para Australia valdrá la pena? Él tiene demasiadas cosas que solucionar en la vida. Por ejemplo, lo borracho que es. Únicamente cuando se emborrachó fue capaz de decirle las cosas a Yulihet. De pronto lo único que yo quiero es no estar sola, pero estoy muy joven para pensar eso. Qué mamera con Juan que sea así. Aunque tiene muchas cosas que me encantan: me hace reír mucho ese bobis, me gusta como me toca, como me besa. Quiero tenerlo acá para comérmelo todo bien deli. López, van a ser las siete y nada que me llamas. ¿Ya saldría para Girardot? ¿Por qué no me amas como te amo y adoro yo? Ya me tengo que levantar, arreglarme y salir a la oficina, qué pereza. Qué rico que hoy veinticuatro salgo al medio día. Qué jartera que tenga que trabajar el 31 por culpa de López. El lunes tomamos en exceso, aunque la pasamos muy bien. Qué payasito es López borracho, qué loco es ese man. Ya van a ser las 7 y nada que me llamas. Márcame, Juan, llámame ya”.

24 de diciembre de 2008, 7:30 a.m.

—Ma, ¿entonces nos vamos por Fusa o por La Mesa?

—Pues no sé, Juan Carlos. Mañana usted tiene que sacar su ropa de Mosquera. Semejante viaje hasta Girardot para tener que regresar mañana temprano. No sé qué hacer.

—Tranquila, ma. Yo me regreso mañana solo y hago eso rápido en Mosquera, llevo la ropa al apartamento y el sábado o domingo regreso a Girardot.

—No sé. Termine de tanquear el carro, vámonos por la calle 13, busquemos dónde desayunar y hablamos bien. No vaya a llenar el tanque del carro porque empieza a oler a gasolina de aquí pa’ abajo y me mareo.

—Patrón, ¿lo llenamos o sólo los 50 mil?

—Sólo los 50, todo bien que se rebosa el tanque, gracias.

Paramos a desayunar en la pastelería Toledo que queda a las afueras de Bogotá, adelante del peaje saliendo por la calle 13. Mi mamá, como de costumbre, pidió un sándwich de pernil de cerdo y un kumis casero. Yo pedí un tinto o americano, como le dicen los gomelos, y un pastel de pollo.

—Bueno, Juan Carlos, ¿y por qué no va en este momento y saca su ropa aprovechando que estamos cerca de Mosquera?

—Ma, es que Yulihet me dijo que fuera mañana. De pronto es que hoy no trabaja por ser 24 y, la verdad, mejor no verme con ella. Eso fijo terminamos es peleando, entonces pa’ qué buscarle males al cuerpo. De pronto voy y la embarro en medio de la discusión. Eso lo mejor es evitar problemas.

—A mí me da jartera ir hasta Girardot para tener que devolvernos mañana. Y no me vuelva a decir que usted se regresa y que yo me quedé allá, porque no quiero estar sola estos días y me dijeron que está haciendo un calor terrible. Prefiero también regresarme mañana a Bogotá. Entonces mejor nos quedamos hoy en La Mesa en la casa de su tía Mercedes. Yo hablé con ella anoche y ella me dejó las llaves con la vecina.

—Ah bueno, ma, mejor. La idea es estar mañana temprano en Mosquera.

Antes de terminar de tomarme el tinto, llamé a Adriana y le conté que pasaba el 24 en La Mesa, así podría estar el 25 más temprano en Bogotá.

—¿En serio, López? Qué bueno porque después que almuerce con mis papás nos podemos ver y hacemos algo. Vamos a cine y después a comer. Y, amor, te quedas mañana en la noche conmigo.

—Listo.

—Oye, ¿por qué no me llamaste antes? Desde que me desperté te estaba pensando.

—Mona, me dio pena despertarte. Salimos del apartamento a las 6 y apenas en este momento pude llamarte. Es decir, sin que mi mamá me escuchara. Todo bien.

—Bueno, amor, pero porfa no me olvides tanto. Llámame cuando puedas.

—Listo, mona. Qué vas a hacer después del trabajo. ¿Dónde vas a almorzar?

—Vamos a almorzar con los de la oficina para entregar los regalos de Navidad de amigo secreto y de ahí salgo para donde mis papás, me quedo con ellos hasta mañana.

—Bueno mona. También cuando puedas me llamas.

—Vale, amor. ¿Y has hablado con Yulihet?

—No.

—Bueno. Chao, te amo, López. Saludos a la suegrita, ja, ja.

“Mmmm, a la suegrita. Esta pelada no se imagina la belleza de suegrita que va a tener. Y ni se diga de la cuñadita que le espera”, pensé antes de despedirme de Adriana.

—Listo. Chao, mona.

Llegamos a La Mesa al medio día, el trancón en el peaje de Mondoñedo fue una mierda. Entramos a la casa de mi tía, descansamos un rato y salimos a buscar almuerzo.

Ya el pueblo tenía ambiente navideño a todo dar, música decembrina a full volumen en las tiendas y almacenes. Sonaban canciones de Pastor López, los 50 de Joselito, la Billo’s Caracas Boys, los Melódicos, Gustavo “el loco” Quintero”, Los Hispanos, Los Graduados, el Cuarteto Imperial, Los Corraleros de Majagual, La Banda del Barrilito. Esta última me acuerda de mi tía Inés, porque ella tenía muchos discos de esa banda y los ponía a sonar en una radiola gigante de madera a todo taco. A mí me gustaba esa música, tan pronto la escuchaba me daban ganas de mover el esqueleto, en esa época apenas tenía 7 u 8 años y me encantaba bailar.

Ese 24 de diciembre estaba haciendo mucho calor y como el ambiente estaba bien fiestero, antes de pedir el almuerzo nos tomamos par polas con mi mamá. Ella pidió una Águila Light y yo pedí una Águila normal, bien frías. Almorzamos en el Hotel Bogotá del cual mi mamá era cliente, pues le gustaba la comida que preparaban, decía que le parecía bien caserita. Después de unos años no volvió con la misma frecuencia, alguna vez me dijo que el sazón de la comida había cambiado.

Terminamos de almorzar y de sobre mesa pedimos otras dos polas. Creo que fue la mezcla de la sensación de fiesta navideña y del calor que estaba haciendo la causa por la cual ese par de polas nos entonaron. Sólo por molestar le dije a mi mamá que aguantaba jugar tejo. A mi mamá se le iluminaron los ojitos y de una llamó al parche de amigas que tiene en La Mesa para jugar mini tejo. Todas le dijeron que no porque ya estaban atendiendo a sus familias, a excepción de una de ellas que le dijo que en la cancha de don Indalecio o en Olympus, que ella estaba con las hijas que habían llegado de Bogotá a pasar navidad con ella y que entonces salía de una vez para las canchas de Olympus que estaban cerca del Hotel Bogotá.

Y así fue, cuando llegamos a Olympus con mi mamá, la amiga de ella, Rosalbita, ya nos estaba esperando con sus dos hijas. Ahí mi mamá y la amiga se encontraron con unos amigos de jugarreta de tejo y de una se armó un octavo, es decir, dos equipos con cuatro integrantes cada uno para competir. El “chico” o el set en mini tejo lo gana el equipo que primero haga 21 puntos, eso es un balazo. Dentro del set quien explote una mecha gana 3 puntos para el equipo. Cuando un jugador hace un bocín, que es que el tejo quede en la mitad de la cancha dentro de un aro de metal, gana 6 puntos. Si el jugador en un lanzamiento revienta una mecha y hace bocín, eso es una moñona que da 9 puntos. Y si en los lanzamientos del tejo de los jugadores no hay mecha, ni bocín, ni moñona, gana un punto el equipo del jugador que tenga la “mano”, ósea, el que haya dejado el tejo más cerca del círculo de metal o bocín. El partido y lo que hayan apostado lo gana el equipo que más balazos haya ganado, según lo previamente pactado entre los equipos. Todo un arte el deporte más popular de Colombia. Obviamente, a la par que se juega, los integrantes de los equipos toman pola y en ocasiones también se toma aguardiente. Jugar tejo es muy chimba, es muy emocionante. Quizás el olor del humo de la pólvora que resulta del estallido de una mecha hace que uno se endiable y le meta la ficha al juego, a ganar o a ganar. Esa energía de jugar tejo es de lo mejor que existe en Colombia. Nada mejor a que cuando uno estalla un triangulito de pólvora con el tejo, grita a todo pulmón “mecha hijueputa” y se toma unos sorbos de cerveza y un guaro como pasante. Salud por eso, camaradas.

Como a las 4 de la tarde ya habíamos jugado varios balazos. Lo usual es que se pida un “palo” o una canasta de 30 cervezas por cada “chico” o set que se juega, motivo por el cual yo ya estaba bien prendo. He de decir que cuando el alcohol me entona juego mejor tejo, como que la pola me afina el pulso. Mi mamá esa tarde estaba jugando como los dioses, eso era bocín en una cancha y bocín en la otra.

Terminamos de jugar mini tejo como a las 5 de la tarde. No me acuerdo si ganamos o perdimos, pero sí tengo presente que esa tarde la pasamos bien alegres con mi mamá. Ella no me puso pereque por tomar cerveza, quizás porque sabe que prendo juego bien y estaba reventando mechas a la lata, ja ja. No mentiras, a mi mamá no le gusta que yo tome, pero en esa época cuando jugábamos tejo no me decía nada por tomar pola. Eso sí, cuando me ofrecían aguardiente no me dejaba tomar.

Antes de salir de Olympus nos sentamos a terminar de tomar las cervezas que quedaban en la canasta. Yo pedí que pusieran música de Antonio Aguilar y ahí nos quedamos un buen rato bebiendo y cantando las canciones del toñito. Cuando uno de los conocidos de mi mamá pidió un litro de aguardiente, ella de una me dijo que yo no tomara, que se acababa la cerveza que estábamos tomando y de inmediato nos íbamos para la casa de mi tía.

Cuando el vampiro de la fiesta escuchó que pidieron aguardiente, abrió los ojos y empezó a moverse en mi mente; pero escuchó la orden que me dio mi mamá de no tomar trago y se amilanó ese pirobo. Hasta miedoso de mi mamá resultó esa gonorrea, ja.

Salimos de la cancha de tejo como a las 8 de la noche. De cena navideña fuimos por una pizza en un lugar que a mi mamá le gusta. Pedimos una mediana, mitad de pollo con champiñones y mitad hawaiana. La llevamos a la casa, comimos y antes de las 12 de la noche ya cada uno estaba descansando.

Adriana me llamó durante toda la tarde y en la noche, pendiente de que mi mamá y yo estuviéramos bien. La última llamada de la mona fue como a las 11 de la noche, nos deseamos feliz Navidad y antes de colgar me dijo:

—Amor, mañana vas bien temprano por tu ropa. Te espero en el apartamento a las 5 de la tarde. Y ni por el putas vayas a hablar con Yulihet. Chao.

Me quedé pensando un buen rato en Yulihet, en lo fuerte que ella era. Tanto que ni me había vuelto a llamar, ni siquiera me había enviado un mensaje de texto. Seguí pensando en Yulis y me dio por llamarla.

“Marquémosle de una a ver qué pasa, qué hijueputas”.

Cuando miré la pantalla del teléfono, que en esa época eran pequeñas, me di cuenta de que Yulihet me había enviado un mensaje de texto a las 4:27 de la tarde. A esa hora yo estaba en plena jugarreta de tejo y por eso no me fijé.

“Hola, Juan Carlos. Espero que se encuentre bien. A pesar de lo que me hizo, nunca le voy a desear o hacer algo malo. Que le vaya bien en su vida”.

Al leer eso, nuevamente se me partió el alma. Volví a arrepentirme de los errores que había cometido y me dio mucha rabia saber que era un pinche alcohólico que no tenía la fuerza de voluntad para dejar de beber ni la capacidad de evitar tomar decisiones importantes borracho. Decisiones que no eran las mejores ni para mí ni para quienes me amaban y estaban cerca mío.

Después de leer ese texto, me dieron más ganas de llamar a Yulihet y sin más rodeos me animé y le marqué.

—Aló.

—¿Quién habla?

—¿Yulihet?

—Ella no está.

—¿Quién es? Páseme a Yulihet.

—Habla una amiga de Yulihet.

—Ah, ya sé quién eres. ¿Por favor me pasas a Yulihet?

—Ella no quiere hablar con usted. ¿Por qué la llama? ¿Qué le pasa? ¿No le da pena llamarla después de lo que le hizo?

—Yo no tengo nada que hablar de eso contigo. Por favor pásame a Yulihet.

—De malas. Ella no quiere hablar con usted. Traicionero. Pedazo de huevón. Ahora que la cagó sí quiere hablar con ella. Tan pendejo.

—Mire, perra triple hijueputa, vaya coma mierda sapa remalparida y páseme a Yulihet.

—Ay, tan berraco este pedazo de marica insultando a una mujer por teléfono. Estúpido, por eso fue por lo que perdió a mi amiga Yulihet, por huevón y por borracho. Y vaya como mierda usted, gran hijueputa.

—Esta gonorrea debe ser la perra del trabajo que está aconsejando a Yulihet. De razón ella no me ha llamado, por los consejos de esta putica barata mal culiada de mierda. Páseme ya a Yulihet.

—No, bobo hijueputa. No se la voy a pasar. Ella lo odia. Ella no está sola, me tiene a mí y la familia de ella que sí la quieren y la apoyan, no como usted que ni siquiera tiene familia. Borracho malparido.

—Malparida usted que no…

“Ah, me colgó esta hijueputa”.

Dejé el celular sobre la mesita de noche y me di cuenta de que ya faltaban cinco pa’ las doce. Me puso muy mal, super bajo de nota, triste y deprimido esa llamada con la amiga de Yulihet. Qué botadero de energía tan áspero y qué cagada haber insultado así a esa hembrita, qué pena. Qué mala vaina todo eso que me estaba pasando en plena Navidad.

Por eso es que odio la Navidad, porque esa fecha en varias ocasiones me ha cogido en la mala, en la remala, como esa noche del 24 de diciembre del 2008. Qué navidad ni qué mierdas. Esa puta fecha sólo es un pretexto para enriquecer los bolsillos de los dueños del comercio y para que las personas aparenten lo que pueden comprar, así eso signifique llenarse de deudas rayando las tarjetas de crédito. Qué farsa, qué mierda es la navidad, así como todas las demás fechas especiales del año: el día de la madre, del padre, de amor y amistad, de la mujer, de disfraces, de los cumpleaños de la gente, qué “happy birthday” ni qué hijueputas, cada ocho días cantando esa estúpida canción del feliz cumpleaños en inglés, en español o en ambos idiomas, qué mamera y qué hipocresía es estar celebrando esa carajada a cada rato.

No me gusta celebrar mis cumpleaños. ¿Qué putas es lo que uno va a celebrar? ¿Que está más viejo? ¿Que ya no se le para a uno igual que antes cuando estaba en la plenitud viril al tener veintipico de años? Naaaa, qué jartera celebrar que cada año que pasa ya uno tiene más canas en las huevas y hasta en el culo. Para qué celebrar que, como en mi caso, no se tiene pelo en la cabeza, que el cuerpo ya no aguanta una parranda, que toca empezar a ir con más frecuencia a citas médicas y, lo más difícil de todo, por lo menos para mí, sentir que uno ya va perdiendo fuerza y energía en el cuerpo. Bacano estar vivo, pero qué huevonada tener que envejecer. A mí que no me compren pastel de cumpleaños ni que me hagan celebraciones pendejas, y menos si son sorpresa y con mariachis o cualquier tipo de serenata, bien se pueden ir al carajo quiénes me llegasen a organizar una bobada de esas.

Así de mal, sin esperanza y en total fracaso, me dejó esa llamada con la amiga de Yulihet. Y, peor aún, no encontraba cómo solucionar ese mal estar que tenía y que pensaba que nunca iba a terminar. Sentirme de esa manera me recordó la letra de la canción “Confesiones de invierno” de Sui Generis, que dice así:

“Me echó de su cuarto gritándome,

‘no tienes profesión’,

tuve que enfrentarme a mi condición,

en invierno no hay sol.

Y aunque digan que va ser muy fácil,

es muy duro poder mejorar.

Hace frío y me falta un abrigo,

y me pesa el hambre de esperar.

¿Quién me dará algo para fumar?

¿O casa en que vivir?

Sé que entre las calles debes estar,

pero no sé partir.

Y la radio nos confunde a todos,

sin dinero la pasaré mal.

Si se comen mi carne los lobos,

no podré robarles la mitad.

Dios es empleado en un mostrador,

da para recibir.

¿Quién me dará un crédito, mi señor?,

solo se sonreír.

Y tal vez esperé demasiado,

quisiera que estuviera aquí.

Cerrarán la puerta de este infierno

Y es posible que me quiera ir.

Conseguí licor y me emborraché,

en el baño de un bar.

Fui a dar a la calle de un puntapié,

y me sentí muy mal.

Y si bien yo nunca había bebido,

en la cárcel tuve que acabar.

La fianza la pagó un amigo,

las heridas son del oficial.

Hace cuatro años que estoy aquí,

y no quiero salir.

Ya no paso frío y soy feliz,

mi cuarto da al jardín.

Y aunque a veces me acuerdo de ella,

dibujé su cara en la pared.

Solamente muero los domingos,

y los lunes ya me siento bien”.

“Así es mi amo. Cada vez que está triste se queda ensimismado pensando en sus desgracias y culpándome por todo lo que le pasa. Mejor sería que me despertara con un par de cervezas, un guaro doble y unos plones de marihuana. Eso es lo que debería hacer en lugar de estar sufriendo por lo bueno y malo que hizo y no hizo. Qué va, debería dejar de ser tan pendejo y despertarme de una vez por todas y para siempre. Para que se transforme en mí, en el vampiro de la fiesta, que es cuando él verdadera y realmente se siente feliz, contento, alegre, despreocupado, relajado. Cuando Juan Carlos se convierte en mí, o sea, cuando yo despierto y me apodero de su mente cuerpo y alma, él se extasía plenamente, él no tiene un solo espacio para sentirse mal, deprimido o ansioso. Simplemente él está dichoso cuando lo controlo.

Sí, es cierto que cuando me apodero de él hago que cometa muchos errores, pero quién no la caga con todo el alcohol, cigarrillo, perico y marihuana que a veces se mete ese man en una noche o en un fin de semana de puente. Claro que yo la cago, con todo eso metido en el cuerpo y en la cabeza cualquier ser vivo obviamente que la tiene que embarrar; nada bueno puede salir de ese exceso. Pero quién lo manda, ni modos, pailas, también es que se da garra alimentándome de esa manera.

Y cuando despierta de la borrachera y ve todo lo que yo hice, el muy gonorrea empieza a echarme la culpa. De una se pone a pensar: ‘Otra vez ese vampiro de la fiesta hizo que la cagara y ahí sí no aparece para ayudarme a solucionar todos los problemas que me causó’. Noooo, mijito, como le dice su mamá, ‘de malas huevón’, ¿pa’ qué se pone a embutirme todo ese trago? Entonces usted solucione, resuelva sus problemas gonorrea. A mí no me meta en eso y déjeme sano pasar los guayabos. Le salí a deber, pues.

Todo eso es lo que le contesto cuando empieza a culparme de todo lo malo que le pasa, así como está haciendo en este momento en plena Navidad. Ya son las 12:30 am del 25 de diciembre y nada que se duerme, sabiendo que mañana tiene que levantarse para sacar sus chiros de la casa de Yulihet. ¡Ah!, por cierto, eso le pasó con Yulihet por borracho, por arriesgarse a despertarme cuando se puso a beber el lunes con Adriana. Tome por huevón. Él debería analizar eso en vez de culparme, definitivamente qué man tan paila. A mí que no me joda. A mí déjeme sano y despiérteme cuando le dé por ponerse a jartar pa’ que sepa lo que sí es bueno. Por mi parte yo me abro en este momento. Si ese man no se quiere dormir, pues que se joda. yo me duermo ya mismo. Dulces sueños, huevón”.

Mierda. Ya son las 12:40 de la mañana y nada que me duermo. Otra vez solo mirando pa’ el techo buscando qué hacer con mi vida. Ni siquiera el vampiro de la fiesta que habita en mi me ayuda a pensar en qué hago. Así es ese malparido, siempre sacándome el culo en los momentos difíciles. Pero, eso sí, a la voz de pola, trago y hembritas, ahí sí está en primera fila ayudándome en la vagancia todo feliz y contento, qué gonorrea de vampiro de la fiesta. Mejor dormirme como sea en este momento. Me va a tocar echarme un pajazo a ver si me da sueño. Ya es la una de la mañana, en un ratico debo salir pa’ Mosquera y después analizar qué voy a hacer de mi vida.

Jueves 25 de diciembre de 2008, 5:30 a.m.

—Carlos. ¡Carlos! ¡Juan Carlosssss!, levántese ya que nos vamos para Mosquera. ¿O a qué hora piensa ir por su ropa? Qué vaina con usted que ni en una situación como la que está pasando es capaz de ser serio en la vida. ¡Que se levante ya!

—Sí, ma, ya voy. Uichhhh, ma, qué garra, no son ni las seis. Pero, sí sí, tiene razón. Ya me levanté. Me alisto y salimos.

Arrancamos de la mesa a las 6:30 a.m. Mientras desayunábamos en un restaurante que quedaba en una orilla de la carretera, aproveché y llamé a Adriana. Le dije que ya estaba camino a Mosquera. Me preguntó si había hablado con Yulihet, le contesté que no. Le dije a la mona que antes de las cinco de la tarde iba por ella a su apartamento. Se puso muy contenta, me dijo el título de la película que quería ver, lo que quería comer esa noche y que me tenía lista una sexy sorpresa. Mejor dicho, como dice Panchita: “qué rico hijueputa”.

—Ah, mona linda, nunca cambies —le dije antes de colgar la llamada. (Suena de fondo “Pégame tu vicio” de Eddy Herrera).

Cuando me estaba acercando a Mosquera, el estómago se me revolvió y me empezó a dar cierto miedo, un culillito todo raro; pues sabía que una vez sacara la ropa, ahí sí re pailas de volver a saber de Yulihet. Qué vaina tan extraña, que en últimas era lógico que sintiera eso, ya que todavía amaba a Yulis, pero como dijo el mero mero en la cruz: ya todo estaba consumado.

Pagando el peaje de Mondoñedo solté el billete y cayó debajo del carro. Qué boleta, me tocó bajarme del cucarrón y por la tembladera que tenía por aquello del susto que llevaba puesto me resbalé y caí al piso. Entonces aproveché para coger el billete y disimular un poco la caída. Me subí al carro y le pasé el billete a la señora del peaje, quien prácticamente estaba cagada de la risa por mi resbalón. De ahí hasta Mosquera me tocó aguantarme la cantaleta de mi mamá por verme así de ahuevado.

Llegamos al parque principal de Mosquera. Compré una Coca-Cola Zero y me la tomé antes de subirme al carro al tiempo que me fui calmando. respiré profundo, me llené de energía y dejé la pendejada. Ya era hora de echar pa’ adelante. De una, sin mente.

Parqueé el cucarrón al frente de la casa de Yulihet. Le dije a mi mamá que no me demoraba. Ella se quedó esperándome en el carro, estaba seria, más bien como de mal genio. Toda la cuadra estaba en silencio y no se veían personas por ahí. Abrí la puerta y quedé asombrado con la escena que había en las escaleras. Había como unas siete bolsas negras para la basura a lo largo de las escaleras, estaban llenas con mi ropa. Unas estaban bien cerradas y otras no, por lo cual había ropa regada, mal doblada y, por supuesto, muy arrugada. Además, estaba mezclada la ropa sucia con la limpia. Mis vestidos de paño y mis corbatas todas vueltas mierda, así como algunas de mis prendas favoritas. Cerré rápido la puerta, para que mi mamá no viera esa terrible escena, y otra vez me puse a llorar en las escaleras. Qué dolor tan hijueputa y profundo el que sentí en todo mi ser. Qué humillación tan áspera la que viví en ese momento. Pero todo eso me lo merecía por borracho, por estúpido, por pipí alegre.

Lo primero que hice fue meter a las bolsas negras la ropa que estaba regada. Qué amargura ver mi ropita así de vuelta mierda, y yo con lo que la cuido. Mis zapatos y tenis estaban todos arrugados en una de esas bolsas, noooo qué dolor. Terminé de organizar ese verguero y me dieron ganas de mear y de cagar. Yo no quería entrar al segundo piso donde vivíamos con Yulihet, pero me tocaba o me cagaba en el cucarrón. Ni modos, me tocó entrar al baño.

Entré al segundo piso. Efectivamente Yulihet no estaba, tampoco Rufo. Pensé que así era mejor. Miré todo alrededor y me dio lastima haber roto todos los sueños que teníamos con Yulihet, pero la vida tenía que seguir. Entré al baño, me senté en la taza y empecé a dejar mi carga pesada, no se escuchaba nada, apenas mis pedos, nada más. Todo en silencio, a excepción de un par de ruidos que sonaron en la terraza, que fijo eran de un puto gato que se la pasaba rondando encima de las tejas y de los tanques del agua.

Salí del baño y seguí la mi faena con la ropa. Saqué de la casa las dos primeras bolsas negras. Cuando llegué con ellas al carro, mi mamá se sorprendió y me hizo tan mala cara que no me dio rabia sino pena con ella. Las subí al carro y regresé a la casa por otras dos. Eran en total siete bolsas negras. Cuando volví a las escaleras de la casa por las bolsas 5 y 6, escuché nuevamente ruidos en la terraza que ya eran un poco más fuertes. Era tanto mi estrés en ese momento que no les paré bolas.

—Listo, má. Ya sólo me falta subir la última bolsa, es la más pequeña.

Ella no me respondió nada, apenas asintió moviendo la cabeza. Se notaba que estaba de mal genio, muy rabona. Qué susto ver a mi mamá así de emberracada. Cuando iba subiendo las escaleras para tomar la última bolsa, nuevamente escuché ruidos en la terraza, pero ya eran muy fuertes, entonces pensé que de pronto se habían metido los ladrones. Huy qué susto tan hijueputa. No había de otra, tocaba ir a mirar la terraza, tampoco era tan malparido de irme y dejarle a Yulihet ese problema, y menos pensando en que ella regresara y esas ratas todavía estuvieran en la casa. Cogí el martillo de la caja de herramientas que eran del papá de Yulihet y empecé a subir las escaleras. La puerta de la terraza estaba cerrada, pero no tenía puesto el pasador. ¡Sopas!, qué susto tan gonorrea. Cuando ya me faltaban dos escalones para llegar a la puerta escuché el llanto de un perrito, que cada vez aumentaba más hasta que pude identificar que era Rufo llorando. De inmediato pensé que Yulihet había dejado en la terraza a Rufo, aunque era raro que antes no hubiera llorado ni se hubiese bajado al segundo piso, ya que la puerta no tenía puesto el pasador. Descartada la posibilidad de ladrones, llegué algo relajado a la terraza.  No vi a Rufo en la parte de delante de la terraza, me asomé por el borde, miré a la calle y al cucarrón. En ese momento escuché otra vez el llanto de Rufo en la parte de atrás de la terraza. Cuando llegué a ese punto, ¡qué impresión tan re áspera! Ahí estaba Yulihet abrazando a Rufo y tapándole el hocico para que no llorara. Me quebré en mil pedazos, se me reventó el alma, me dio mucho dolor y tristeza, demasiada pena de todo lo malo que le había hecho a Yulihet y de paso a Rufito.

Enlaces a los anteriores textos de Juan Carlos:

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