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¿Felices por siempre?

Por Juan Carlos López Salgado

Martes 23 de diciembre de 2008, 12:00 p.m.:

Los síntomas del guayabo habían mermado bastante, aunque aún me sentía un toque de tufo y mantenía ese malestar general que suele durarme por una o, a veces, hasta por dos semanas después de una borrachera.

Ya decidido a enfrentar otra vez las consecuencias de mis catástrofes alcohólicas, iba caminando hacia el apartamento de mi querida madre. Cuando pasaba por el frente de la entrada de la iglesia católica, apostólica y romana de Pablo 1, otra vez sonó el celular.

“¿Será Yulihet? …no creo”, pensé.

—Aló. Hola, López. ¿Amor, cómo vas? ¿Dónde estás? ¿Al fin nos vamos a ver hoy? ¿Almorzamos?

Mierdaaa. Entre tanta pensadera se me había olvidado nada más y nada menos que Adriana. En ese momento no tenía claro qué responderle. Analicé rápidamente el asunto y le contesté:

—Hola, mona. ¿Bien o no? ¿Ya mejor de esa resaca? Adri, voy llegando al apartamento de mi mamá, y pues la idea es arrancar con ella para Girardot. Aunque surgió una vuelta de última hora.

—¡¿Qué pasó López?! ¿Estás bien?

—Si, sí. Todo bien, no “problem”. La vaina es que me toca ir a Mosquera a sacar mis cosas lo antes posible. Pero no sé cuándo podré hacer eso, porque si me abro hoy pa’ Girardot yo creo que estamos volviendo por ahí el viernes 26. Entonces qué verguero tan hp.

—Pues no saques nada. Deja esas maricadas por allá, que ya no importan un culo.

—No, pailas, Adri. Allá tengo todo mi patrimonio, ja, ja. La ropa, los libros, mi computador de escritorio y un poco de chiquero de papeles, carpetas, documentos y cuadernos viejos. Ayyyy, parce, y las maricadas de la Aldea, del bar. Ahí sí no sé cómo cuadrar esa vuelta. De eso hablamos nada con Yulihet.

—¿Cómo así? ¿Hoy ya hablaste con ella?

—Apenas por celular menos de un minuto, ahí fue cuando me dijo que sacara todo lo antes posible. Y después me mandó unos mensajes de texto, uno de los cuales decía que no nos debíamos nada económico. Entonces eso me da a entender que ahí también se incluye lo del bar. En todo caso del bar no se debe nada, todo está al día. Sí hay unas medias de guaro, de ron, no muchas, como unas 7, y unas canastas de cerveza, pero no más de 10. Lo que sí me da cagada son las maricadas o artesanías que hice y otras que se compraron para la decoración del chuzo, pero en últimas son puras pendejadas. Cagada, será deja todo eso allá, ni modos.

—Sí, amor. Lo del bar no importa. ¿Entonces cuándo vas a sacar lo otro? Por qué mejor no vas hoy y sacas eso de una, aprovechas que no tienes pico y placa y el tráfico ya está menos pesado.

—La vuelta es que mi mamá quiere viajar hoy a Girardot. Ag, qué mierdero.

—¿Yulihet va a estar en la casa cuando tú saques eso?

—No creo. Y hoy menos, pues está trabajando.

—Entonces con más veras, amor. Mejor hoy ir por eso y viajan mañana con tu mamá. Y así evitas volver a hablar con ella por celular y mucho menos en persona.

—Adri, el tema es que cambiarle los planes a mi mamá es un problema super áspero. Espera llego al apartamento a ver qué me dice mi mamá. Ya estoy subiendo las escaleras. Te llamo en un rato y te cuento al fin qué pasa.

Ese día todo era chicharrón tras chicharrón. El otro estrés era saber qué genio tenía mi mamá, ya que a ella le gusta viajar temprano y yo tenía una cara de culo por los rezagos de la resaca.

Ding – dong…

—¿Quién es? ¿Carlos? —preguntó mi mamá con voz amable y de buena persona, lo cual me dio a entender que al parecer no estaba de mal genio.

—Sí, señora.

Mi mamá abrió la puerta del apartamento y tan pronto le vi la cara noté que estaba furiosa conmigo. Otra vez había caído en su trampa de hacerme creer que no estaba de mal genio para abordarme desprevenido.

—Qué desgraciada maña que usted tiene de quedarme mal. ¿No me dijo que el carro ya estaba listo y que no se demoraba en el taller? Estoy esperándolo desde las 9 de la mañana. Salió de acá a las 7:30 de la mañana y apenas llega.

—Ma, es que Fernando no tenía el carro listo. Le dio por cuadrarle la chispa al carburador y ahí se demoró un rato.

—Noooo, Juan Carlos, usted todavía tiene un aliento a puro aguardiente. ¿Cómo es capaz de manejar así? Juan Carlos, ¿qué le está pasando? ¿Por qué anoche se quedó acá y no en Mosquera? ¿Yulihet es que no le dice nada? ¿O cuál es la joda?

—No pasa nada, ma. Ayer me encontré con unos abogados en el centro y nos pusimos a tomar, se me pasó el tiempo y se me hizo tarde para irme para Mosquera.

—Por qué es tan mentiroso, Carlos. Si esta madrugada vi cuando se bajó de un taxi con una muchacha mona. Yo pensé que usted se iba a agarrar a pelar con el taxista, porque él se bajó del taxi y empezó a hablar con usted. Casi que me pongo a gritar por la ventana, a llamar a un vigilante. Pero usted abrazó al taxista y se puso a cantar. No, Carlos, usted está fregado con esa tomadera. ¿Y esa muchacha quién es?

—Una amiga de un juzgado.

—Mentiroso. Ósea que usted con sus amigas se despide de besos en la boca y tocándolas por todos lados. Yo no sé qué hacer con usted, Juan Carlos. Su hermana no me contesta el celular. Yo quiero hablar con ella para contarle todo lo que usted hace y que no tiene un trabajo estable, a ver si ella lo aconseja o por lo menos le pega su vaciada. A ver si usted recapacita y hace algo por su vida.

-No, ma. Sólo es una amiga. Es que compartimos el taxi, y como yo me bajaba primero, de pronto nos abrazamos y eso al despedirnos. Pero son sólo cosas de tragos, nada más.

—Pues si va a hacer cosas de tragos no las haga acá, que uno se da cuenta y después con qué cara yo saludo a Yulihet. A mí eso me da mucha vergüenza y yo no estoy para alcahuetearle nada a usted.

—Sí, ma. Tiene razón. Disculpe.

—Nada de disculpe. Coja seriedad en la vida. Que así como usted le hace eso a Yulihet, después no se vaya a quejar de la vida. De cómo es que le va por actuar así de mal. Yo no sé, allá usted y las consecuencias de sus actos.

—Sí, ma, así es. Así son las cosas en la vida. ¿Y mi mamá ya tiene todo listo para irnos para Girardot?

—¿Usted cree que yo voy a permitir que usted coja carretera así como está todo enguayabado? No, mijito. Además ya es tarde, no me gusta viajar a esta hora. Ya será irnos mañana, si es que amanece bien. Carlos, ¿Yulihet sabe que tomó anoche? A mí me preocupa que ella no le diga nada; que ella le permita esa jartadera suya no me gusta para nada. ¿O es que las cosas entre ustedes no están bien? Dígame qué es lo que está pasando.

¿Qué le respondo? ¿Sigo hablando carreta o le cuento de una vez todo el rollo? Pues, López, como ya habíamos decidido en el parque, vamos a enfrentar esta vuelta de una vez por todas.

—Ma, la verdad de verdad es que con Yulihet todo terminó anoche. Yo la embarré con ella. Desde hace un buen tiempo estoy saliendo con la pelada que mi mamá vio esta madrugada y Yulihet ya sabe todo, anoche le conté a ella por celular.

—Ay, Juan Carlos. Lo siento mucho por Yulihet. Eso debe ser algo muy duro para ella. Usted de hombre lo único que le interesa es estar bien, pasarla bueno, pero sin importarle el sufrimiento de ella. Ustedes ya estaban organizados, saliendo adelante. Ella lo apoyaba en su trabajo. Se notaba que lo amaba. Yo no puedo meterme a decirle haga una cosa o la otra, usted la embarró y debe afrontar eso.

»Acá puede venir con una mano adelante y otra atrás, así como se fue. No le puedo cerrar la puerta. Pero si regresa, pues sé que no tiene a donde irse a vivir, todo va a ser muy distinto. Acá nada de meter viejas ni de llegar borracho. Me duele verlo ahí todo fracasado. Desde ya puede contar con que puede regresar a vivir acá, pero con nada más. Así como fue capaz de cometer ese error, también tendrá que ser capaz de salir adelante.

Me quedé sano con esas palabras de mi mamá. No le refuté absolutamente nada a la cucha. Ella, como siempre, tenía toda la razón.

—Ma, todo lo que acaba de decir es cierto, no la voy a contradecir en nada. La embarré con Yulihet y debo asumir eso. Ella me dijo que sacara mis cosas de la casa y, como ya no vamos a viajar hoy, me dan ganas de ir de una vez por eso.

—¿Y el perrito? ¿Quién se va a quedar con Rufo?

—Yulihet.

—Mmm, y ese perro que está más apegado a usted. ¿Sí ve, Juan Carlos, las consecuencias de sus errores?

—Sí, ma, qué cagada. Entonces yo arranco de una para Mosquera. Y si mi mamá me da permiso de regresar, traigo de una vez esas cosas.

—Yo ya le dije que puede regresar y también le dije muy bien en qué condiciones. Usted verá qué hace.

—Listo, ma, gracias. Arranco ya.

—Espere, primero almuerce a ver si se le quita ese tufo. ¿De verdad ya se siente bien para manejar?

—Sí, ma, ya todo bien. Usted me conoce bien, de lo contrario ni me dejaría salir del apartamento.

23 de diciembre de 2008, 2:00 p.m.:

Ya iba en camino para Mosquera manejando el cucarrón, 1400 centímetros cúbicos de puro poderío alemán. Sonaba a todo timbal “Aquí vamos otra vez” de 1280 Almas en el radio que Deysi, mi amiga y exnovia del Camilo, me había traído de un viaje a Panamá que hizo. El tráfico por la calle 13 para salir de Bogotá estaba suave, pero para entrar a la capital sí estaba re paila. Lo más probable era que me tocara regresarme por la calle 80. Cuando estaba en el trancón del sector de zona Franca en Fontibón, me acordé de llamar a la mona.

—Hola, Adri. ¿Bien o no?

—Hola, López. Sí, todo bien. ¿Cómo vas amor? ¿Qué haces?

—Nada, por acá por Fontibón camino a Mosquera. Ya voy por mis cosas.

—¿Y te vas a ver o hablar con ella?

—No, para nada. Yo creo que alcanzo a sacar todo antes de las 5 de la tarde, a esa hora ella apenas está saliendo del trabajo. Y tú sabes que de Suba a Mosquera son como casi 100 horas.

—Ok, lindo. ¿Y nos vemos esta noche?

—Mmmm, yo creo que pailas porque ya quedamos con mi mamá de salir mañana bien temprano para Girardot. De pronto sería vernos un ratico en Pablo 1 antes de guardar el cucarrón, pero no sé a qué hora llegue allá. Hay un trancón el hijueputa entrando a Bogotá por la 13 y la 80 debe estar peor. Ag, mona, adivina…

—¿Qué pasó, López?

—Ya le conté a mi mamá.

—¿Qué te dijo?

—Todo un rollo que me dejó re sano. Cuando nos veamos te cuento.

—¿O sea que esta noche te quedas donde tu mamá?

—Sí, ya mi mamá me dio permiso de regresar al apartamento. Eso sí, me dejó claro unos temas. Pues, unas condiciones para poder volver.

—Igual, amor, sólo será por unos pocos meses mientras nos vamos para Australia.

“Mierda, Australia”, pensé

—Mona, ¿de verdad sigues con ese cuento? ¿Es en serio?

—Sí, López. Recuerda que anoche le decías a todo el mundo que nos íbamos para Australia. Vámonos de una López. Así como tú dices: sin mente.

—Por ahora, Adri, lo primero es hacer esta vuelta de ir por mis cosas y ya hablaremos de eso. ¿Entonces sí me caes o no esta noche a Pablo 1?

—Sí, amor. Aprovecho que tengo que ir al Bancolombia y ahí cerca te espero.

—Vale, mona. Nos vemos mas tarde, chao.

Al llegar a Mosquera me pasó algo muy raro. Sentí que ya no era parte de ese lugar, que ya desentonaba, que ya no tenía nada que hacer ahí ni a nadie a quien saludar, pues todos a los que conocía eran amigos o familiares de Yulihet. Llegué a la casa y ahí sí fue que se aumentó esa sensación. Además, sentí vergüenza y pena por haber dañado todos los sueños, metas y planes que teníamos con Yulihet.

Tan pronto me sintió, Rufo empezó a ladrar y a llorar. Abrí la puerta de la casa y el perrito se me abalanzó de inmediato para saludarme y me empezó a dar la de picos. En ese momento no aguanté más: me senté en las escaleras de la casa y me puse a llorar sin control, no podía parar; me sentía muy triste, solo y totalmente fracasado.

—Rufito, parcero, le cuento que esta es la última vez que nos vamos a ver. Perdóneme, parce, por hacerle esto, por dejarlo sólo. Aunque sé que Yulihet lo va a querer y a cuidar muy bien. Parce, yo no me lo puedo llevar al apartamento de la cucha, antes de puro milagro me dejó regresar. Parcerito, yo lo quiero mucho, pero la cagué, la re cagué feo con Yulihet. Por fa cuídela, ella lo quiere mucho, ella es una buena persona y sé que usted va a estar bien con ella. También la familia de Yulis lo quiere mucho, así que, parcero, créame que sumercé va a estar bien. Rufito, perdóneme por hacerle esto, por dejarlo. Pero en serio que no puedo llevarlo conmigo, eso sí sería hacerle un daño. Yo no sé qué va a pasar conmigo, entonces pa’ qué lo arriesgo también a usted. Eso no aguanta, parcerito, no aguanta.

Abracé a Rufito y seguí llorando desconsolado por un buen rato.

23 de diciembre de 2008, 3:45 p.m.:

Al cucarrón no le cabía un chéchere más. Estaba full, lleno de maricadas: libros de derecho y libros de otros temas; entre estos últimos dos de Gabriel García Márquez, “El coronel no tiene quien le escriba” y “El amor en los tiempos del cólera” mi preferido entre esos dos porque me acuerda de la Paolita de quien ya varias veces les he dicho que mi historia con ella da para varios textos. Y también ya había subido al carro un montón de papeles, varias carpetas de procesos y un poco de cuadernos viejos del colegio y de la universidad. Ya no le cabía nada más al escarabajo.

“¿Y ahora dónde meto toda esa cantidad de ropa? Mierda. Me tocó hacer otro viaje. ¿O será que voy a Funza a donde están los camioncitos que hacen trasteos? Pues vamos de una”, me dije.

Llegué a Funza cerca a la plaza de mercado, en esa época por ahí se parqueaban los carros de los acarreos. Pero a esa hora, 5 de la tarde, ya no había ninguno, pailas la mocha. Entonces concluí que me tocaba hacer otro viaje en el cucarrón para llevar mi ropa. Regresé a la casa y subí a la brava al cucarrón algunos trapitos para los días siguientes, mientras cuadraba con Yulihet cuándo podía volver para hacer el segundo viaje. Me despedí de Rufito y me abrí para el Distrito Capital.

Decidí regresar a Bogotá por la calle 80, porque a las 6 de la tarde el trancón por la calle 13 estaba en todo su esplendor. Para no pagar el peaje de La Tebaida, ubicado entre Funza y Cota, me metí por una carretera sin pavimentar, o sea por la destapada, ja, ja (el que lo entendió lo entendió), que en esa época estaba en pésimo estado. Pero plata es plata, como dijo el paisita chirrete de los flequillos.

Cuando ya estaba cerca de una de las pistas del Aeropuerto Internacional El Dorado, empecé a ver un espectáculo que me gusta mucho: aviones aterrizando. Entonces orillé el carro para ver ese show de la de aviación por un buen rato. Cada vez que sobre mí pasaba un avión y lo veía descender hasta aterrizar, recordaba que con Yulihet teníamos el sueño de viajar juntos a conocer países como Estados Unidos, Argentina, Uruguay, Brasil, Perú, Japón y varios de Europa, en especial España, Italia y Portugal. Pero pailas, ya con Yulihet no iban a ser esas vueltas.

Desde el lugar donde parqueé el cucarrón también se alcanzaban a ver, al fondo de la pista, mirando hacia los cerros orientales de Bogotá, los aviones despegar. Esa rutina de ver aviones que llegaban y otros que se iban me hizo pensar en que así también es la puta vida, que los humanos como llegamos a este mundo también tarde que temprano nos vamos. La vida de todo ser humano es muy simple, es una mera parada en este aeropuerto azul llamado Planeta Tierra. La vida es una aterrizada en este mundo que puede durar poco o mucho, así como los aviones que, según el itinerario que les marca el tiempo que se demoran en un aeropuerto después de aterrizar, unos se demoran para despegar y otros no.

En ese momento me sentía tan mal, física, emocional y mentalmente, que lo único que de verdad quería era subirme en un avión e irme a la gran puta mierda, desaparecer de este planeta y dejar de sentir esa tristeza tan profunda en mi cuerpo y en mi alma. Pero estaba tan mal que ni siquiera tenía la valentía y la fuerza de acabar con mi vida.

Seguí por varios minutos con esos pensamientos hasta que sonó el celular. Era Adriana.

—Hola, mona. ¿Bien o no?

—Hola, Juan. ¿Dónde estás?

—Ya de regreso a Bogotá. Yo creo que estoy llegando a Pablo 1 tipo 9 p.m., el tráfico está una mierda.

—¿Hasta la 9?, muy tarde. Yo creo que no podemos vernos esta noche. ¿Y traes tus cosas? ¿Te viste o hablaste con Yulihet?

—Mona, severo interrogatorio. Van a ser las 7, entonces voy a hacer todo lo posible para llegar sobre las 8. Nos vemos en un rato y te cuento todo el rollo ¿vale?

—Bueno. Pero sólo respóndeme si has hablado con ella.

—No y tampoco me vi hoy con ella.

Seguí manejando por ese desvío hasta cerca del campo de golf del Parque la Florida. De ahí en adelante para llegar hasta la calle 80 esa carretera estaba —y aún está— vuelta mierda, pero era la única forma de evitar el trancón de Siberia. Entonces me eché la bendición, porque ese sector tenía fama de peligroso, mucha rata de dos patas suelta por ahí, y seguí por ese mierdero de vía. Minutos después esa carretera se puteó, solo huecos y montañitas de escombros de construcción y de basura por todo lado. Me tocaba ir despacio porque el cucarrón estaba muy pesado por la cantidad de maricadas que le había subido, qué cagada con el carrito. Además, ya había caído la noche y no se veía a nadie, ni un alma, pura soledad.

Llegué a un punto que estaba intransitable, pero no había forma de darle la vuelta al carro y devolverme. Me tocó bajarme del carro para mirar bien por dónde meter el cucarrón. Busqué la linterna, como raro las pilas ya estaban viejas, sulfatadas y ya no servían, pailas. Con la luz de la flechita de celular que tenía, más el destello de las luces del carro, medio pude ver el camino. Pero, la verdad, me dio mucho culillo alejarme del carro. Qué miedo tan bravo el que me empezó a dar al mirar por donde continuaba la carretera. Esa escena era dantesca: los huecos, las montañitas de escombros y de basura, la soledad, la oscuridad y el silencio le daban un toque escalofriante a la imagen. Casi me cago del susto cuando vi un reguero de ratas de cuatro patas bien grandes saltando de un arrume de escombro a otro arrume de basura.

Cuando las ratas sintieron mi presencia, se quedaron quietas todas al tiempo. El reflejo de las luces del carro resaltó sus ojos rojos endemoniados y hambrientos que me miraron a la vez. De inmediato empezaron a chillar en un solo coro corriendo hacía mí. Nooooo, marica, de una me subí al cucarrón, lo prendí y a toda mecha arranqué sin mente. Me metí por donde medio podía ver que había paso, le metí toda la chancleta al acelerador, me subí por una especie de rampla que formaba una montaña de escombros y, ¡pum!, hijueputa, a volar con todo y cucarrón.

Mientras iba por los aires pude ver que sobrepasaba severo nido de ratas que formaban una masa de un color macabro que era el resultado de la mezcla entre café, negro y gris oscuro, muy oscuro. El cucarrón aterrizó sobre una especie de plataforma que se había formado por la amalgama de escombro y basura, lo cual afortunadamente hizo que el carro amortiguara la caída. Bajé la velocidad e intenté parar para sobreponerme del susto, pero escuchaba el chillido de las ratas cada vez más cerca. Miré por el retrovisor y vi que la masa de color macabro ya casi me alcanzaba, por lo que otra vez hundí el acelerador y así lo dejé por casi cinco minutos.

Después de ese pique, el tramo de la carretera por donde iba era mejor, no había escombros y eran menos los huecos. Empecé a ver postes de luz y los bombillos encendidos de las bodegas de esa zona. Hasta que por fin escuché el ruido de los carros del tráfico de la calle 80. Antes de meterme al trancón, me bajé del carro y le pegué una miradita. A simple vista no se evidenciaban casi daños, apenas el bómper trasero se había levantado un toque, quizás por la “aterrizada” de emergencia, ja. Menos mal sólo fue el susto.

Del puente de guadua en adelante ya el tráfico estaba suave y logré llegar a la plazoleta de Pablo 1 como a las 8:15. Adriana me estaba esperando en un borde de la fuente de agua. Hablamos apenas unos minutos, porque ya había quedado con mi mamá en que iba a subir las cosas al apartamento, aprovechando que iban a ser las 9 de la noche y a esa hora ya no había tanto vecino sapo lambón y chismoso que me viera volver en hombros de mi fracaso a vivir en el apartamento de mi mamá.

—Bueno, mona, ya te conté todas las vainas que me pasaron hoy. Arranco para el apartamento, tengo que subir las cosas y limpiar el carro. Mañana salimos temprano con mi mamá.

—Listo, López. ¿Y cuando vas a hablar con Yulieht para sacar la ropa? Ag, qué mierda que no pudiste sacar eso de una vez. Yo no quiero que vuelvas a hablar con ella, y menos que la vuelvas a ver.

—No sé. Yo creo que la llamo mañana y le pregunto.

—No la llames. Mejor mándale un mensaje de texto.

—Pues sí, de una.

“Hola, Yulihet. Hoy no alcancé a sacar la ropa. Por favor me dices cuándo puedo ir por eso”.

me contestó de inmediato:

“Pase el 25 en la mañana. Yo no voy a estar en la casa. El 26 cambio las guardas de la chapa de la puerta. No me vuelva a escribir”.

—Listo, mona. Ya me escribió que vaya el 25 en la mañana.

-Eso, bebé. Vas por tu ropa y listo. No le vuelvas a escribir ni a llamar a esa malparida.

—Ya, relájese, Adriana, todo bien. No diga eso. Recuerda que yo la cagué con ella. Antes que me dejó sacar las cosas.

—Sí, amor, yo sé. Pero es que me emputa ese tonito todo imponente de ella. Se creerá mucho. Antes más bien toda la paciencia que le tuviste, con ese mal genio tan hijueputa de esa señora.

—Mona, párela ya. Créame que lo que le hice a ella no tiene presentación ni justificación alguna. Yo debí haberle dicho a ella todo desde que nos volvimos a ver tú y yo. Pero no fui capaz. Tú y yo nos abrimos varias veces, pero días después te buscaba o tú me buscabas. Nosotros no fuimos serios y empezamos a cagarla desde que nos vimos nuevamente después de casi tres años. Nos llevamos a todo el mundo por delante, únicamente pensando en estar bien nosotros. ¿Y los demás qué?, ¿que coman mierda y ya?, ¿y ahora nosotros somos las víctimas? No, pailas, así no son las huevonadas.

—¿Entonces ahora la vas a defender?

—No, mona. Pero sí debemos ser claros tú y yo. Nosotros, especialmente yo, hicimos las cosas mal. Qué embarrada que lo nuestro vaya a empezar como el fruto de un error, y después de yo haber traicionado a Yulihet. Por fa, yo no quiero pelear contigo, ni hacerte sentir mal. Simplemente así son las cosas y por lo tanto no digas eso de ella y tampoco digas que la estoy defendiendo. Por favor no peleemos. ¿Al fin qué vas a hacer?  ¿Te quedas donde tu tía o te vas para tu apartamento?

—Está bien, Juan. Ya no digo nada más de ella. Es que no quiero que tengas más contacto con ella. Me preocupa que se hablen y que de pronto pase algo. O sea, que ustedes se arreglen y que me saques el culo. Yo quiero estar contigo, López. No quiero volver a perderte. Yo sé, y ya lo hemos hablado varias veces, que la embarré contigo cuando no te presté atención, pero yo también estaba viviendo mis locuras.

»López, te amo. Me gusta sentirme feliz contigo y me gusta verte feliz cuando estamos juntos. Quédate conmigo esta noche y las demás noches mientras estemos vivos. No nos separemos esta noche. Hoy menos que nunca me quiero alejar de ti. Lleva de una vez las cosas a mi apartamento, López. Porfa vámonos ya. Llama a tu mamá, le dices que te vas a quedar conmigo esta noche y las demás. Que vas a vivir conmigo. Mañana vienes por tu mamá temprano y el 25 en la tarde te espero en el apartamento. Organizamos tus cosas, botamos la ropa que ya no te quede, también la que esté muy vieja y nos vamos de compras de Navidad.

»Y desde el 25 de diciembre ambos empezamos una nueva vida juntos, López. Como en las películas que te hacen llorar, juntos tú y yo felices por siempre. “La mona y López felices for ever”. Lo de nosotros no será como el final de Carlito’s Way. Nosotros sí vamos a ser felices en realidad, no como en los sueños de Carlito Brigante. Vámonos ya para mi apartamento, López. Por favor, amor, vámonos ya.

Enlaces a los anteriores textos de Juan Carlos:

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