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El reencuentro

Por Juan Carlos López Salgado

El 24 de diciembre de 2007, Yulihet y yo hicimos las compras de los regalos de navidad en el centro comercial Galerías, ubicado en el barrio del mismo nombre de Bogotá, D.C. Este nombre fue impuesto a la brava por el entonces burgomaestre de la ciudad, en contra del sentir de muchos habitantes del barrio que antes se llamaba Sears. Sí, el mismo nombre de los almacenes de la marca gringa famosa en las décadas finales del siglo XX.

Mientras hacíamos las compras, recordaba que quedamos de vernos con Adriana en enero de 2008, después del puente festivo de Reyes. Yo sabía que no era buena idea, pero la locura y la tentación de cagarla sin medir las consecuencias me enceguecían y ya tenía decidido que ese encuentro se iba a dar. Claro está, si Adriana no me sacaba el cuatro letras nuevamente.

Por fin llegó el día del encuentro. La primera duda que yo quería resolver era si ella llegaba o no. La segunda, quería saber si ella aún me gustaba. También, quería escuchar de su viva voz si de verdad me extrañaba y quería verme. No quería quedarme con esas inquietudes.

Lo que sí tenía perfectamente decidido era que solamente ese día nos íbamos a ver, pues ya mi relación con Yulihet estaba muy sólida, muy fuerte, ya amaba a Yulihet en ese momento. Así que apenas sería un encuentro en Unicentro y nada más. Solamente quedamos de comer algo en Crepes and Wafles, hablar carreta y listo, chao, cada quien por su camino.

Además, quería decirle todo lo nuevo y bueno que estaba pasando en mi vida, quizás así, de cierta manera, podía desquitarme de las veces que ella me despreció. Quería que ella pensara que se había perdido de ser novia de un buen hombre, y pues que tome pa’ que lleve. No quería ser mala persona con ella, pero para mí fue muy duro que no me hubiese prestado atención después de tantas veces que le dije que me gustaba mucho, que me parecía una buena nena para tener algo serio. Entonces eso era lo que quería hacer, terminar el café o el helado y decirle, suerte es que le digo, “nox pirin”, hasta nunca, chao.

Llegué a Unicentro manejando por la carrera 15 y, oh sorpresa, la vi esperándome al lado de la entrada vehicular al centro comercial. Estaba muy hermosa. Le arrimé el carro y no me reconoció, pues ella no conocía el Renolito. Se había subido al cucarrón, pero al lirio de plata no.

Bajé la ventana del copiloto y, tan pronto me vio, me saludo sonriendo.

—Hola, López, está chévere la nave.

—Hola, Adri, sube que no demoran en echarme pito.

Ya en el carro la pude ver mejor, estaba linda. Tenía puesta ropa de oficina: un conjunto de sastre de pantalón de color negro, una blusa azul agua marina con rayitas blancas, tenis blancos —los zapatos de tacones los llevaba en un morral como era su costumbre—, y el maquillaje de los ojos era de un color azul que le combinaba con el color de la camisa. Definitivamente siempre me gustó ella y las pintas que usaba.

En el restaurante hablamos mucha carreta de las cosas que nos pasaron en la empresa de vigilancia donde ambos trabajábamos y nos conocimos, de las rumbas que nos pegamos con gente de esa oficina y obviamente de los besos que nos dimos. Y a partir de ese momento la remalparida magia empezó a fluir, la energía sexual brotó por cada uno de nuestros poros sin tocarnos físicamente, pero ambos sentíamos ese fuego en la mirada del otro.

Entonces, lo que fue mi revanchismo planeado fracaso totalmente. De Unicentro no salí para Mosquera. ¿Dios, por qué me hiciste tan pierniflojo?

Salimos del centro comercial en el carro con rumbo desconocido. Ninguno de los dos tenía ni idea de la locura en la que nos estábamos metiendo. En ese momento andábamos en búsqueda de un lugar donde pudiéramos estar solos, y así dejar de dar el espectáculo de besos apasionados y desenfrenados que dimos del restaurante al parqueadero, espectáculo que fue algo inevitable para los dos. Esa locura que empezó ahí duró casi todo el año 2008.

Ese día o, mejor dicho, esa noche, la llevé a la portería del edificio donde ella vivía y, antes de despedirme y darle marcha al carro, le entregué por la ventana del renolito una carta escrita en computador con las siguientes palabras:

“Hola, Adri.

Si decidí entregarte esta carta es porque definitivamente nos vimos y entre los dos pasó algo, como un abrazo, un beso o quizás algo más por los lados de Chapinero o de la Calera, ja.

Aún no entiendo por qué me sacaste el culo tantas veces cuando trabajamos en la misma empresa. Me acuerdo perfectamente de que te dije que estaba saliendo con Yulihet, pero también te dije que me gustabas mucho desde el primer día que fui a esa empresa y te vi sacando fotocopias en la máquina del pasillo del primer piso.

Ay, mi mona peliteñida, cuca negra, de una me gustaste. Gomelita bien vestida. Qué forma tan bacana de combinar los colores de tu ropa de moda.

En serio que me pegó muy duro que de un momento a otro me dejaras de hablar. Y ahora también me pregunto por qué me llamaste el día de velitas, pues yo estoy bien, muy bien con Yulihet, pero me llamas y te metes de una en mi cabeza loca, muy loca. ¿Por qué me haces esto?

En caso de que no quieras contestarme el celular o los mensajes de texto después de leer esta carta, es un riesgo que estoy dispuesto a asumir. Pero si te la entregué, realmente es porque no quiero que por ahora te vayas a desaparecer de mi vida de un momento a otro. Por fa, hablemos después, y si decides no volver hablar conmigo, desde ya te agradezco que me avises pa’ que no me vuelva a dar tan duro.

Por ahora, si quieres, no me respondas nada. Simplemente veámonos pronto y repitamos lo que pasó hoy, el abrazo, el beso o la desnudez de nuestros, por ahora, jóvenes y hermosos cuerpos.

Insisto, si te entregué esta carta, es porque ya no me interesa si me quieres, me amas, o no, si me piensas, me extrañas, o no, porque lo único que quiero es volver a sentir que me deseas y que te deseo. Eso es lo único que me interesa en este momento. Lo demás no me importa. No me interesa si esto nos va a llevar al cielo o al infierno, y si es al infierno, que sea al más profundo de los infiernos carnales y sexuales con mi cuerpo dentro del tuyo”.

A la mañana siguiente del reencuentro con Adriana, desperté y no estaba borracho, desafortunadamente, pero sí tenía tremendo mierdero en la cabeza. Qué visaje tan hijueputa en el que ya estaba metido. Lo único que me daba tranquilidad era pensar en la época en que no tenía ese tipo de preocupaciones y simplemente me dedicaba a perder el tiempo por ahí desparchado con amigos o solo.

Cuando no estaba con los vampiros de la fiesta, me tramaba resto ir a ver películas en los teatros o cinemas bogotanos a finales de los 80s y durante los 90s. Como vivía en el centro de Bogotá, me quedaban cerca los Cinemas 1, 2, 3 y 4 de Cine Colombia de la calle 24 con carrera séptima. Ahora ahí hay un pinche edificio grande con fachada de vidrios oscuros.

El cinema Terraza Pasteur al frente de los anteriores, pasando la carrera séptima, estaba en el último piso del centro comercial que lleva el mismo nombre. Lo chimba de ese cinema era que uno podía llegar en una escalera eléctrica que tenía un techo en plástico y, al pasar por ahí, uno se sentía como en un túnel de pura película de ciencia ficción futurista, una rechimba para esa época. Ahí vi Trainspotting con Paola, pero esa es una historia que da para otro libro.

Me gustaba ir a cine solo, sin compañía. Cuando se acababan las boletas en los cinemas del centro, me gustaba ir a los teatros Palermo (calle 45 con 13), Astor Plaza (calle 67 con 11) y Royal Plaza (carrera 13 con calle 66). También me gustaba ir a otros cinemas del centro, como El Cid (Calle 24 con 9), el Olympia (Carrera 9 con Calle 25) —en el cual me vi Pulp Fiction—, el Embajador (calle 24 con 6), el Metropol (Calle 24 con 6-31), el Azteca (Calle 22 con 5) —después llamado México—, el Ópera (Carrera 13 con 26) y el León Tolstoi (Calle 14 con 3) —en ese no me perdía ninguna función que presentaba el Cine Club el Muro, pura mamertería ja, ja—. También me acuerdo del Cinema Galerías, los cinemas de Unicentro y los de Plaza de las Americas.

Qué tristeza saber que la mayoría de esos teatros no existen, qué pesar me da en el alma, en las vísceras y en el corazón. La pasé muy bacano en esos cinemas. Obvio, también íbamos a cine con mi mamá y mi hermana o con mis amigos. Y por supuesto que ese era el plan infaltable con las primeras novias, con quienes en ocasiones la película la hacíamos nosotros a pesar de la incomodidad de las sillas de madera, puro “palace of finger”.

Pero finalizando el mes de enero de 2008, sentía tristeza en mi mente después de ese primer reencuentro con Adriana. Mi vida empezó a ser una verdadera contradicción en muchos aspectos, prácticamente se convirtió en una red para pescar enredada y entrelazada con mil ganzúas. Empezaron a pasar cosas que para mí eran muy buenas. Muy grande era mi error al pensar así, pues no era consciente de que estaba lastimando y haciéndole daño a Yulihet ni de que en últimas también iba a resultar afectada Adriana con las decisiones que yo empecé a tomar a partir de ese reencuentro con ella.

Después de la noche que le entregué la carta, la llamé y le mandé textos varias veces, pero ella no contestaba. Hasta una tarde en la que yo regresaba a Mosquera en Transmilenio después de camellar revisando expedientes judiciales en los juzgados del centro de Bogotá. Menos mal, como no era hora pico, iba sentado en una silla de color rojo, porque me sonó el celular y al ver en la pantalla que era Adriana, me fui de culo mentalmente.

—Aló.

—Qué más, López. Qué carta tan cula —me dijo y se echó a reír—. No mentiras, López. Al principio me dio rabia después de leerla. Pero sí, soy consciente de que fue un error lo que hice, y dejarte plantado varias veces estuvo muy mal. Lo siento.

—Todo bien, fresca. Esas no son penas, relajada.

—¿Dónde andas, Juan?

—En transmiloco, ya cerca a los Héroes, voy pa’ Mosquera.

—Yo estoy por el parque de la 93. ¿Nos vemos?

—Mmmmmm, no aguanta. Mentiris, sí, Listo ¿A qué hora y en donde?

—Pues ven ya, lo que te demores. Te espero en el bar de la vez pasada, el de la cerveza negra.

—Eso, ya nos vemos.

Era un atardecer bogotano de jueves de febrero. Llegué al sitio y ella estaba en la misma mesa que usamos la última vez que fuimos a ese chuzo.

Pedimos algo de comer y par de polas. El sitio queda por los lados del Parque de la 93, es un restaurante-bar llamado “London Calling”, como la canción de The Clash. Ella se tomó un chorro largo de cerveza negra, respiró profundo, me besó y empezó a preguntarme vainas, prácticamente fue una entrevista, o mejor, un interrogatorio que inició con la siguiente pregunta:

—López, ¿qué me diría si le digo que nos vayamos a vivir lejos de Bogotá?

—¿Qué? ¿A dónde? ¿A Londres?, ja.

—No, en serio, López.

—Pues entonces pregúnteme serio, a lo bien.

—Listo, López. Ahí va la pregunta bien seria: ¿le gustaría irse a vivir lejos de Bogotá, lejos de Colombia, conmigo?

—Huyyyyy Adri, no se me pongan tan trascendental. ¿Marica, por qué me pregunta eso?

—López, contéstame de una y ya, sin meterle tanto misterio a la pregunta, respóndeme y listo.

—Marica, es que es una pregunta fuerte, muy pesada, además…

Me interrumpió y me dijo que brindáramos porque yo iba contestar de ahí en adelante con total sinceridad las pregunta que ella me iba a seguir haciendo. Cada uno se tomó una buena bocanada de cerveza y siguió la entrevista.

—López, con toda sinceridad, contéstame con la pura verdad lo siguiente: ¿tú me amas?

Le contesté que sí, que más que a mi vida, pero mamando gallo. De inmediato le dije que para qué me preguntaba eso, para que después me dejara tirado como lo hizo varias veces en la carrera 13 con calle 65, cuando en tres oportunidades me quedé esperándola para almorzar y simplemente no llegó.

—Sí, López, eso fue un error de mi parte, ya te lo dije por celular. Una total recagada de la cual en este momento me arrepiento. Pero a pesar de eso y después de todo lo que nos ha pasado en este inicio del 2008, entonces dígame si aparte de lo sexual, ¿sientes algo por mí? ¿me quieres?, ¿me amas? ¿Qué sientes por mí, López?

—Adri, tú me gustas mucho, me encantas, pero contestarte me da miedo pues no sé cómo vayas a reaccionar. Y además ten presente que en este momento yo estoy viviendo con Yulihet. No te imaginas cuanto deseaba que me preguntaras eso antes de que nos dejáramos de hablar, en esa época cuando yo estaba soltero y llevado del bulto por ti, totalmente tragado, enamorado, llevado del hijueputa por ti, mi mona linda.

—Jueputa, López, cagada haberle hecho eso, pero por favor contésteme, ¿en este momento que sientes por mí?

—Marica, no sé qué responder. Yo siento algo muy fuerte por ti, pero tú eres muy caspa y no sé si responderte sinceramente o no. Qué mierda todo esto. Es más, tú tienes 22 años y yo 31, parce, te llevo 8 años más, sumercé es apenas un bebé. Yo siempre seré el más cucho de los dos, y esa vaina…

Me interrumpió en seco.

—Juan, vámonos a Australia el otro año. Yo te ayudo con todo el papeleo y mientras nos ubicamos allá yo asumo los gastos de los dos. Voy a hacer un curso de inglés y me dan permiso para trabajar unas horas entre semana y los fines de semana las horas que yo quiera. Y ya estando allá buscamos trabajo para los dos. O como tú dices, ahí miramos qué hacemos. Yo te respaldo.

“Huy esta mona me la puso de pa’ arriba. Ahora sí fue que me puso a pensar esta gomelita” fue lo que pensé.

—¿En serio, parce? Marica, eso queda en la mierda. Y mi cucha se quedaría sola. Yo no tengo un puto peso ahorrado, sólo deudas de las tarjetas de crédito es lo que tengo. Y qué cagada con Yulihet. Noooo, muy tenaz esa vuelta.

—Marica, López. Esa puta maña tuya de estar pensando siempre en los demás y no en ti. Dígame, ¿acá usted qué está haciendo?, ¿depender del camello que le salga a través de Yulihet? ¿A ti de verdad te gusta tu carrera? Esa vaina acá en Colombia es una mierda, pura corrupción es eso, una verdadera porquería. Yo veo que a ti te gusta hacer otras cosas.

—Como cuáles, Adri.

—Otras cosas, menos eso de ser Abogado. Ni te gusta usar corbata, ni vestidos de paño. López, a ti no te gusta esa mierda de ser Abogado. Dígame que sí nos vamos el otro año. El curso se demora doce meses. Y para después de eso, a mí me están buscando trabajo en Arabia, mi primo me está ayudando con petroleras, sólo es que me están exigiendo mejorar el inglés. Después de que me salga trabajo por allá, buscamos un trabajo o algo para ti.

—Huy no, parce. Ósea, depender de ti. Es decir, salgo de depender del trabajo que Yulihet me ayude a encontrar, a depender de ti fuera del país. No, paila. Y si a ti te da por sacarme el culo por allá. No, qué embale tan hijueputa, graves.

—López, yo no lo dejo tirado. Quiero estar contigo, y por eso soy capaz de hacer lo que te estoy diciendo. De verdad quiero estar todo el tiempo contigo.

—No, Adriana, pailas. En serio que no. Prefiero comer mierda, pero acá en Colombia, que inclusive es más barato. Muy dura y admiro la gente que se arriesga, pero en mi caso mejor no. Y repito, Adriana: tú me sacas el culo por allá y qué. No aguanta. Además, qué mamera ser un parasito tuyo, tampoco me crea tan concha. Más bien cuando ya estés ganando petrodólares, me manda money desde allá, ja, ja. Mentiras, es mamando gallo.

Hasta ahí llego el tema de la tierra de los canguros. De vez en cuando ella me lo recordaba, pero de una yo le sacaba el culo. Si yo hubiese tenido por lo menos un ahorro, y así no irme a depender de ella, hasta de pronto. Pero, así como ella lo planteaba, no. Suerte es que le digo.

Así estaba pasando ese 2008, con tires y aflojes entre Adriana y yo, hasta que por fin finalizando octubre acordamos mediante una llamada por celular no volvernos a ver, no fue fácil tomar esa decisión, pero creía que era la mejor para los dos.

Enlaces a los anteriores textos de Juan Carlos:

https://linotipia.com/desperte-y-aun-estaba-borracho/

https://linotipia.com/aquel-ser-divino/

https://linotipia.com/vuelve-a-girar-la-ruleta-de-la-vida/

https://linotipia.com/el-camilo/

 

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