Por Juan Carlos López Salgado
Llegó diciembre y todo estaba bien en mi vida con Yulihet. Gracias a Yulis yo tenía un par de asesorías jurídicas con un médico y un veterinario. También les sustanciaba procesos a unas abogadas y tenía mis propios procesos judiciales; era abogado en unos procesos de familia, civiles y laborales, no muchos, pero apenas para entretenerme. Y con todo eso al mes ganaba lo suficiente para vivir tranquilos con mi sueldo y el de Yulis, relajados gracias a Dios o a las energías del cosmos.
Inclusive con Yulihet pudimos iniciar un “emprendimiento”, es decir, un rebusque. Abrimos un bar en un local de propiedad de mi suegro, buena gente el hombre, nos lo arrendó barato y no nos cobró los primeros tres meses para apoyarnos. El local quedaba en un centro comercial al frente de la casa en la que vivíamos con Yulihet en Mosquera. Breve la vuelta.
El proyecto del bar inició en sociedad con el parcero Edwin y el primer nombre del chuzo fue “OMEGA SOUND AND DRINKS”, de propiedad intelectual del socito. Severo nombre, todo sofisticado y agringado. Meses después de la apertura del negocio, el viejo Edwin se retiró del emprendimiento, pues se le complicaba la ida a Mosquera y el regreso a Tabogo, entonces pailas, hasta ahí llegó la sociedad con el parcero.
Con Yulis decidimos seguir adelante con el negocio. Lo primero que hice fue cambiarle el nombre, le puse Aldea Café-Bar, que ya para diciembre de 2008 tenía una buena clientela, entre esta, los estudiantes que llegaban de Bogotá después de clases en la jornada nocturna de universidades e instituciones académicas a contar sus historias y a echar buen chisme.
También a la Aldea llegaban los combos de manes a los que les gustaba ver partidos de fútbol nacional e internacional, y para la final del segundo semestre del fútbol profesional colombiano estaba mi mechita del alma, el América de Cali. El 21 de diciembre de 2008, el Diablo Rojo jugó el partido de vuelta de la final contra el Deportivo Independiente Medellín en el estadio Pascual Guerrero en Cali, Valle del Cauca.
Y les empacamos 3 pepos contra 1 del DIM. Campeón el América, no lo éramos desde el 2002. Qué felicidad tan infinita y qué gran emoción la que sentí en mis vísceras que me ocasionaron tremendo mareo, como un éxtasis que inclusive me hizo llorar de la felicidad de ver a El Rojo otra vez campeón.
Es una sensación que no se puede explicar ni sustentar, porque un equipo de futbol a uno no le da nada material, ni un sueldo, ni un regalo, ni siquiera la posibilidad de ir a ver un partido gratis. Es una vaina muy rara, pero esa emoción es muy chimba sentirla, vivirla. Incluso cuando se pierde también el cuerpo vibra, sufre, se achanta, se siente uno morir. Hasta siente uno que el alma y el corazón se parten en mil pedacitos si el equipo de los amores desciende de categoría, como le ocurrió al Diablo Rojo cuando pasó a la categoría B en el año 2011, hasta que en el 2016 regresó a la primera división.
Cinco años de muerte en vida, de verdad que me volví un verdadero hincha fantasma, muy triste y melancólico, además fui humillado por los fanáticos de otros equipos, en especial por los panaderos del verde y las gallinas azules.
Esa mañana del 21 de diciembre del 2008, me levanté de la cama antes del mediodía, con el estómago revuelto por la incertidumbre del partido que la Mechita iba a jugar ese domingo en la tarde, a las 3:30 pm. No pude desayunar. Yulihet de una se las pilló que yo estaba maluqueado por ese partido. Afortunadamente ella, como buena hincha embajadora de Millos, sabe lo que es sentir esa vaina en el cuerpo y en el alma.
—Tranqui, amor, que hoy ganan, la buena, la mejor energía pa’ que gane tu América. En todo caso, si ganan vamos a seguir siendo más grandes.
Me abrazó, me dio un pico y guardó mi desayuno en la nevera. Apenas me pude tomar el café, como pa’ tener algo de aliento para hacerle aseo al bar y abrir temprano por el partido.
Como a las 2 de la tarde abrí la Aldea. Yulihet me llevó el almuerzo, sólo pude comer uno bocado de una pierna de un pollo asado y de una papa salada. De la emoción y de los nervios por mi Mechita del alma no podía comer, cero apetito. Ese par de bocados me dieron rebote, no pude evitar devolver eso. En la taza del baño recién lavado, limpio y desinfectado quedaron flotando los pedazos de pollo y de papa mezclados con los sorbos del café del desayuno. De haber estado Yulihet en el bar, me hubiese llevado de inmediato al hospital, pero me dejó el almuerzo y se fue para la casa a descansar y así tener energía para ayudarme en la Aldea esa noche.
Salí del baño con mayor sensación de mareo y con los nervios de punta porque ya faltaba menos de una hora para que empezara el partido. Y cuando en el televisor empezó la transmisión de la previa del partido, ahí sí fue la malparidez total. Qué angustia, qué agonía, qué susto no saber si esa tarde éramos campeones o no.
Había pocos clientes en el bar, pues en Mosquera la mayoría son hinchas de Millos, después de Santa Fe, del Nacional y pocos del América. Y mejor así, que el bar estuviera casi vacío, porque las manos me temblaban y se me dificultaba destapar las polas y servir tragos. De hecho, cuando sentía el aroma del aguardiente al servirlo en las copas, la sensación de desmayarme se aumentaba.
Un buen cliente que también era hincha del Rojo se las pilló de una, Giovani, un man joven que también estaba todo paila por el partido, pero no tanto como yo. Tan mal me vio que se ofreció ayudarme atender el bar sin cobrarme nada por el turno. Le acepté la ayuda, pero fue peor porque me senté en una silla atrás de la barra mirando fijamente al televisor y de ahí ya no me pude mover más, quedé absolutamente quieto, mareado y con los nervios de punta.
Faltando 10 minutos para que empezara el partido la flechita de mi celular empezó a timbrar, yo desde la silla veía que la pantalla se iluminaba, estaba como a tres pasos en una especie de cajón. Apenas me daba cuenta de que dejaba de brillar la pantalla, y al momentico, nuevamente brillaba. Hasta que Giovani me alcanzó el celular y me dijo que contestara, que de pronto era el distribuidor de Bavaria para hablarme del pedido de cerveza que media hora antes él me había ayudado a hacer.
—No, Giova, no puedo ni hablar, parce, ya va a empezar el partido, porfa contésteme usted y confirme el pedido.
—Colgaron, Juan K, no alcancé a contestar.
Al tiempo llegó una pareja con camisetas del Diablo. Giovani salió de la barra y se fue a atenderlos. Otra vez sonó el celular y ahí me tocó contestar a la brava, pues había poca pola y necesitaba el pedido. “Ah, qué mierda tener que contestar”.
—Aló…
—Hola, López, con Adriana. Sólo llamo a desearte buena suerte con el partido. Que ojalá gane el América. Yo sé que si quedan campeones te vas a poner muy contento, muy feliz. Lástima no poder estar contigo para poder celebrar juntos o para acompañarte en tu tristeza. Que ganen. Chao. Te amo.
Jueputaaaaa. Adriana colgó y de una me desmallé sobre la barra.
—Viejo Juan K, despierte, despierte Juan K, parce, despiértese. —Eso escuchaba que me decía Giovani con angustia, porque yo no reaccionaba. Hasta que por fin pude abrir los ojos y levantar poco a poco la cabeza—. Huy, qué susto tan hijueputa, Juan K, ¿se siente bien? Mejor siéntese en la silla de una mesa. Venga le ayudo a levantarse, respire suave. Marica, fresco que la mecha va a ganar, no es para tanto, ja, ja. Pero, en serio, ¿huevón qué le dio?, ¿qué le dijeron en esa llamada? Marica, se tiró la flechita, el celular cayó al piso y se volvió mierda, pille.
Ya sentado me sentí mejor, con las manos le hice señas a Giovani de que estaba bien, pero aún no podía reincorporarme del todo, no podía recordar por qué me había desmayado, aún seguía con la sensación de mareo y a la vez pensando en lo que me acordé en pleno desmayo, por lo cual imaginé que estaba despertando de alguna borrachera después de haberla cagado.
Durante el desmayo recordé que cuando tenía 15 o 16 años a mi mamá le regalaron una botella de Brandy Domecq que ella dejó encima del bife del comedor del apartamento donde vivíamos ella, mi hermana y yo. Esa botella de brandy quedó ahí quieta, sólo se movía cuando alguno de los tres limpiaba el polvo. Permaneció en ese lugar hasta una mañana de mayo de 1992. Ese día me levanté tarde de la cama, como a las nueve. El apartamento estaba solo. Mi hermana ya se había ido a su curso de Suboficial del Ejercito al Batallón de Ingenieros No.13 General Antonio Baraya y mi mamá había salido temprano a hacer sus diligencias en el centro de Bogotá.
Al ver que estaba solo sentí mucha tristeza, frustración, el ánimo lo tenía por el suelo. En lugar de desayunar, me dieron ganas de poner en el equipo de sonido el disco Kraken II a todo timbal. Cada canción que sonaba me animaba un poco, hasta que decidí ponerme a bailar al son de la canción “Palabras que Sangran”.
Empecé a mover mi cabeza de un lado a otro, mi melena se sacudía al ritmo de la batería de la canción. Sí, la melena, pues a los 16 años tenía pelo largo y no tenía barriga, era meros huesos, bacano.
En medio de la sacudida de la motola, vi la botella de Brandy Domecq. Sin dudarlo, me acerque a ella, la destapé y la vulneré bebiendo de sus jugos alcohólicos sin respirar; bebiendo un trago tan largo y delicioso que cuando deje de tomar esa bocanada vi que me había tomado casi media botella de una, de un solo jalón.
Siguió sonando Kraken en la radiola y seguí bebiendo brandy hasta terminar todo el contenido de la botella. Me emborraché, empecé a hacer más bulla escuchando Metallica y Guns N Roses. Lo primero que rompí fue mi guitarra barata de palo, después me caí y rompí una matera, después me fui de espaladas contra una mesa de vidrio y seguí rompiendo cosas sin control.
En ese momento la vecina de al lado golpeó la puerta del apartamento varias veces, hasta que por fin la abrí. Yo estaba desnudo y sangrando por el costado izquierdo del abdomen y por mi hombro derecho. La vecina, joven ella, lo único que hizo fue taparme con una toalla, sentarme en la única silla del comedor que estaba en pie, apagar la música y llamar a los vigilantes del conjunto. Desde ese momento no me acuerdo de nada más.
En la noche estaba en una camilla del Hospital Militar con varios puntos de cirugía en el abdomen y en mi hombro. Aún estaba borracho porque, según me dijo mi hermana, los médicos decidieron darme más trago por la intoxicación que tenía. Me sentía prendo, alegre, pero en el fondo algo me decía que la había cagado. Y fue esa noche en ese hospital castrense que me di cuenta de que yo borracho era un peligro para mí y para la sociedad.
Ya completamente recuperado del desmayo después de la llamada de Adriana, estaba contento porque América ganó el partido y había ganado su estrella número 13, pero al tiempo que estaba contento por la Mechita, también estaba algo rayado por la llamada de Adriana. En la Aldea Café Bar ya no había clientes. Giovani me hizo el favor de recoger el reguero de botellas y las colillas de cigarrillo, bajó la reja del local y se fue. Apenas me cobró por la ayuda un cuarto de guaro y una pola en lata.
Quedé sólo en el bar. Únicamente tenía cabeza para pensar si Adriana me iba a llamar otra vez o no. Y, preciso, a las 10 de la noche cuando ya estaba a punto de irme a descansar, sonó el celular y era Adriana, mierda. ¿Contesto o no? Mierda, vida hijueputa.
—¿Alo?
—Hola, López, felicitaciones, ganó América, me imagino que estás super feliz.
—Sí, muy bacano, tremenda bandola de equipo se merecía la estrella.
—Sirvió la buena vibra que le mandé a tu equipo. ¿Y sí me has pensado en medio de tu triunfo? Rico que pudiéramos celebrar esta noche.
—Huyyy sí, sería muy chimbita tú en cuquitos disfrazada de diablita. Mentiras, mentiras, parce, es sólo por molestar. A lo bien, no me pare bolas que solo estoy fastidiando, nada más.
—Yo no me pongo bravita. Hasta chévere disfrazarse de diabla para ti. Dale, de una, ven, veámonos y vamos a celebrar, deli.
—Huyy, parcera, no me tiente, sí sería muy bacano verte, pero de verdad que sólo dije eso por molestar. Ya nosotros habíamos hablado de que así es mejor, además, Adri, tú sabes que…
Me interrumpió y me dijo:
—¿López, usted ya no me ama?, ya no me quiere ni un poquito, ¿ya no me extrañas? ¿Ya no te gusto?
—Mierdaaaaaaa. Tú sabes que desde que te vi en la empresa de seguridad sacando las fotocopias, me gustas mucho, demasiado. Con ese pantalón negro de sastre se te veía un culazo muy áspero. Y aún me gustas. Pero, Adri, ya habíamos terminado todo, así lo habíamos acordado.
—¿Y ya no me amas?
—Adri, porfa. Ya no nos hagamos más daño. Yo no puedo seguir cagándola con Yulihet. Por fa, ya pailas, ya habíamos hablado de todo eso. Ya no podemos seguir.
—Listo, López. Hagamos una vaina. Nosotros nunca hemos hablado de esto personalmente, siempre nos hemos abierto por teléfono. Entonces, veámonos mañana lunes y me lo dice personalmente, y ya dejo de llamarlo. Quiero que me diga de frente que ya no más, que definitivamente ya lo nuestro se acabó. Y después de eso, ya cada quien por su lado. Terminamos todo para siempre, ya no lo vuelvo a fregar más y usted tampoco a mí me vuelve a llamar o a mandar mensajes de texto o por email.
—No, Adri, ya habíamos quedado de no vernos más. Por ahora vernos es un peligro, es jugar con fuego. Definitivamente no. Además, mañana no puedo, ya es 22 de diciembre y estoy comprometido con mi mamá, quedé de llevarla a Girardot antes de Navidad. Y estoy embolatado con el bar, pues toca aprovechar la temporada alta de la prima navideña, el camello ha estado bueno.
—Marica, veámonos, necesito que me diga a los ojos que ya no más. Necesito eso para ya cerrar esta maricada definitivamente.
—No, Adri, es mejor que no.
—Listo, López, entonces ya que no es capaz de decirme de frente que ya no más, yo sí soy capaz de ir mañana al trabajo de Yulihet y decirle lo triple hijueputa que usted es, perro malparido.
—No, marica, no me diga eso, parce, a lo bien, no se dé garra.
—Marica, usted es un huevón. No es capaz de enfrentar sus problemas. No fue capaz de decirle nada a ella sobre lo nuestro y a mí me sacó el culo por teléfono. No sea tan malparido. Sea varón, tenga huevas y dígame de frente que ya no más.
—No, Adriana, que no podemos vernos.
—Ah, este man sí es tremenda hueva.
Adriana me colgó la llamada y quedé otra vez en la inmunda. Qué Navidad tan pecueca.
Cerré el bar y me quedé adentro pensando en la llamada. Apagué las luces del chuzo, menos la de la barra, destapé una pola y un cuarto de Aguardiente Antioqueño Azul bien frío, prácticamente estaba congelado, vestido de novia, es decir escarchado o con laminitas de hielo, apenas pa’ la pensadera que tenía, pues no sabía si llamar a Adriana y decirle que sí nos viéramos el lunes o no llamar y esperar a ver si de verdad iba a ir a hablar con Yulihet.
Pero también estaba pensando en Adriana disfrazada de diablita, es que aún me tramaba mucho esa hembrita, a lo bien que sí. Es que si nos veíamos el lunes nada bueno iba a pasar, o de pronto algo muy bueno sí iba a pasar, pero qué cagada con Yulihet y también con Adriana. Ah, qué vuelta tan áspera. ¿Y si Adriana le llegaba al trabajo a Yulihet? Sin saber qué rollo se pudiese armar. Qué vaina, ¿qué hago?, ¿qué hago, qué putas hacer? Diosito lindo, ilumíname, pensaba. Y al mismo tiempo que le pedía al Espíritu Santo sabiduría, me imaginaba a la mona en cucos, ja.
—¿Aló? Hola, Adriana. Listo veámonos mañana. Por fa no vayas a hablar con Yulihet. Mañana hablamos personalmente lo que tenemos que hablar y ya no más. Dejamos así las cosas, en buenos términos y cada quien por su camino. ¿Vale?
—Listo, López. Vale. ¿Dónde nos vemos? ¿Te parece bien cerca de mi apartamento?, lo que pasa es que mañana no tengo que ir a trabajar, entonces qué mamera ir hasta el centro.
—Huy, Adri, es que sumercé vive en la damier, y al currarón le está jodiendo el arranque y para quedar varado por allá no aguanta, y qué locha ir en transmi.
—Mmmm, pero qué pereza la suya. Cuidado hace un último esfuerzo por mí.
—Listo, parcera, listo. ¿A qué hora nos vemos y en donde?
—En el chucito de siempre, en el bar sobre la autopista norte. ¿A las 3 pm?
—No, pailas, no alcanzo. Mejor a las 4.
—Listo, López, nos vemos mañana.
—Listo, Adriana, nospi.
Terminé de tomarme la pola, del cuarto de guaro apenas me tomé dos copitas, apagué todas las luces del bar y me fui a dormir. Yulihet ya estaba dormida. Me metí en la cama y empezó la pensadera. Tremenda desvelada, hasta que salió el sol y me tocó levantarme.
Enlaces a los anteriores textos de Juan Carlos:
https://linotipia.com/desperte-y-aun-estaba-borracho/
https://linotipia.com/aquel-ser-divino/
https://linotipia.com/vuelve-a-girar-la-ruleta-de-la-vida/


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