Por Juan Carlos López Salgado
A las 7:50 de la mañana del lunes 22 de diciembre de 2008, dejé a Yulihet en el trabajo y me fui en el cucarrón para donde mi mamá.
—Hola, ma, buenos días.
—Hola, mijo, ¿ya desayunó?
—Sí, ma, gracias. ¿Y entonces qué decidió? ¿Cuándo piensa ir a Girardot?
—Pues aún no sé qué hacer. Pero de viajar hoy o mañana prefiero irme en flota, de pronto al carro le dé por molestar por allá o por carretera. ¿O Usted ya lo mandó arreglar? Cuánto tiempo lleva diciendo que lo va a llevar al taller y nada. Usted, Carlos, como siempre bien descuidado con las cosas de acá de la casa, no le importa nada, sólo metido en su trabajo, pero descuidando lo demás. ¿Ya pagó los recibos de la luz y del gas de Girardot? ¿Ya pagó la administración? Estoy cansada de pagar intereses de mora. Por ahí anda el cuento de que en enero toca pagar una cuota extraordinaria que dizque porque van a hacer una piscina en la parte de abajo del conjunto, también anda el runrún de que esa plata la quieren es para tapar una plata que se robaron el año pasado entre el administrador y la contadora, mejor dicho. Y por culpa suya uno pagándoles la gana de los intereses de mora por no pagar a tiempo la administración. Yo no sé, Juan Carlos, pero usted está fregado. Si sigue así, yo no sé qué va a pasar.
—Ma, yo ya pagué hasta el mes de octubre de este año. Sólo está pendiente noviembre y diciembre que no lo he pagado porque pasé dos veces al banco pero la fila estaba muy larga y esa gente de la administración dijo que ya no se podía pagar por SERVIENTREGA, que tocaba directo a la cuenta del conjunto.
—¿Sí ve, Juan Carlos? Hace como tres meses yo le di esa plata para que pagara y usted nada que hace eso. Me hubiera dejado los recibos listos y yo hubiera ido al banco. ¿Tiene eso acá? Y yo voy al banco.
—No, ma. Yo dejé eso en Mosquera.
—¿Y entonces me va a poner a pagar intereses de mora de noviembre y diciembre? Qué vaina con usted.
—Pues, ma, hagamos algo. Yo me voy ya para el taller a que le arreglen el arranque al carro y de una vez que le peguen una miradita para viajar tranquilos. Yo ya había hablado con Fernando, él me dijo que cuando pudiera llevara el carro que él de una lo revisaba. Y como cerca del taller hay un AV Villas, mientras arreglan el carro yo consigno lo de la administración.
—¿Y tiene la plata? Yo ya se la había dado.
—Acá no la tengo, pero ya voy al cajero y la retiro.
—Ahora me va a dejar acá preocupada, vaya y le pase algo saliendo del cajero. ¿Sí ve?, usted lo único que hace es causarme problemas.
—Ya, ma, todo bien. Yo no lo hago de mala persona, lo que pasa es que no me ha quedado tiempo. Mejor dicho, yo salgo de una vez a hacer eso. Entonces mañana paso temprano y salimos para Girardot.
—Yo no sé, Juan Carlos, usted sólo habla habla y habla y no sale con nada.
—Ya, ma, todo bien. Arranco de una.
—Espere se toma un tinto para este frío que está haciendo. Y cuando llegue al taller me llama para saber que está bien.
Ya eran las 3 de la tarde y la hueva del Fernando nada que arreglaba el cucarrón. Raro, como buen mecánico se ponía hablar chachara con las hembritas que vendían tintos y empanadas. Qué pirobo para hablarles tanta mierda, pero la verdad era que salía con sus cuentos bien chistosos. Mera risa era esa pinta.
Yo ya había pagado la administración, no había fila en el banco. La verdad es que a mí se me había olvidado pagar esa vaina y también se me había olvidado pagar a tiempo los servicios públicos. Ojalá no hayan cortados los servicios porque ahí sí mi mamá me mata. Ah, qué cagada.
—Listo, mi perrito, ya quedó lista la nave. Pille como arranca de bacano. Uff, este escarabajo es que sí tiene tremendo motor. Es que todos los modelos 1969 de estos volkswagen salieron muy buenos, además este es hecho en Alemania, una navesota, maquinón maquinón.
»Y, don Juan Carlos, que más de su hermana, ¿cómo está ella, bien? Todavía me acuerdo cuando el carro lo traía doña Pilarsita, buena persona su hermana, además un recaspita ella. Me acuerdo cuando mandaba a comer mierda a mi Capitán, ja ja. Ese man apenas se quedaba calladito y bien hijueputica que era con los soldados. A mí sí que me puso a voltear en el batallón, pero con doña Pilarsita era severo gatito domesticado, ja ja. Apenas ella le gritaba: “Carlos Gustavo, vaya coma mierda, me importa un culo lo que tenga que hacer, vaya y me compra ya ese repuesto, me lo trae ya, búsquelo donde sea, así se lo tenga que sacar del culo”. Huy que fiera tan áspera su hermanita. ¿Y todavía ella tiene ese genio que le concede deseos?
—Ya un poquito menos, pero sigue siendo una caspa. Y, bien, gracias a Dios ella está bien. Fernando, qué le debo, es que ya me tengo que ir. Tengo una cita en el norte a las 4 y ya son qué ¿las 3? Apenas pa’ llegar tarde, ja.
—Huy, patroncito, pero ahí sí graves. Resulta que ese carburador está pasando mucha gasolina. Y si va a viajar así, eso le empieza a cacarear ese motor de aquí pa’ abajo, y como va pa’ Girardot, eso ya en Anapoima con ese calor ese carro va a parecer una gallina culeca, ja ja. Entonces mejor cambiarle de una los chicleres, le limpio toda esa parte y le queda al pelo. Pa’ que se viaje tranquilito, breve.
—¿Y, Fernando, cuanto se demora haciendo eso?
—Huy, pa’, ahí sí me demoro un toque. Es que me toca ir por mi chinita al colegio, llevarla a la casa, vuelvo y lo que me demore haciendo eso. Pero esa vuelta es rapidita —me dijo mientras llamaba a la pelada que iba pasando por el andén del frente vendiendo rellena calientica.
Terminó de decirme eso y se puso a hablar mierda con la china de la rellena. Ah, qué mierda, qué demora tan HP la de este man.
—No, Fernando, me tengo que ir ya. Mejor le dejo el cucarrón y paso por él mañana.
—Huy, don Juan Carlos, es que no tengo espacio en el taller pa’ guardarlo. Sería dejarlo en el parqueadero que queda a la vuelta. Allá lo dejaba doña Pilarsita, y la noche no sale tan cara. Y, don Juan Carlos, ahí le reciben efectivo, master cuca y credinalga. Ja ja. Sí o qué mami. ¿Usted también me recibe esas tarjetas?
—Claro que sí, mi Fer. Pero mejor en efectivo pa’ poderlo invitar más tarde a una pa’ la sed bien fría donde doña Rosa —le contestó la vendedora.
—¿Huy, mami, ¿donde doña Rosa el que sabemos contra el piso?
Y ahí se puso Fernando otra vez a hablar mierda con la vendedora ambulante por un buen rato. “Vida gonorrea, ya son las 3:30, y este man no deja de tragar rellena”, pensé.
—Venga, Fernando, páreme bolas —lo interrumpí—. Tome le dejo las llaves del carro y le adelanto 50 lucas. De ahí saca para el parqueadero y mañana me dice cuánto le debo en total. Yo ya me tengo que abrir. Chao, nos vemos. Yo veré, me deja el cucarrón al pelo.
—Hágale de una, don Juan Carlos. Pero mañana pase antes del mediodía que en la tarde nos vamos todos pa’ la finca y acá no queda nadie. Volvemos después de reyes. Si no pasa antes de las 12, pailas, hasta el otro año, suerte es que le digo.
—Eso, listo, nos vemos mañana.
Me tocó salir corriendo hacia la autopista norte, aunque no tan rápido pa’ que no me confundieran con un ladrón los manes de los talleres del 7 de agosto y de pronto me encendieran a pata. Ya estaba mamado y todavía faltaban un resto de cuadras. Eran las 3:45. Decidí tomar un taxi con el riesgo de que me hicieran el paseo millonario que en esa época estaba de moda en Bogotá, no sólo en las noches sino las 24 horas. Además, en pleno diciembre se aumentaba ese riesgo. Me eché la bendición mentalmente y le hice el pare a un amarillo.
—¿Pa’ dónde va?
—Autopista norte con calle 142.
—Patroncito, no me le comprometo, donde empiece el trancón, hasta ahí lo llevo.
—Sí, todo bien, de una.
Y mientras empezaba mi paranoia por el riesgo de la atracada por parte del señor taxista, también me inició la pensadera de lo que podría pasar con Adriana. Pensaba en Yulihet, me daba mucho cargo de conciencia, pues ella no se merecía que yo le hiciera eso. No era justo que yo la traicionara de esa manera.
Tampoco estaba bien lo que yo le hacía a Adriana, pues, en últimas, ya la estaba buscando era solo pa’ el culeo. Pero todos esos remordimientos de la mente se me quitaban de inmediato cuando empezaba a pensar con la DEA, con la cabeza de abajo. Esa sí que lo enloquece a uno de man. Qué vaina tan fregada eso de dejarse uno dominar por el pipí, en lugar de usar bien el cerebro. Pero es que cuca es cuca y de 23 añitos, pues pega más duro. Dios mío, y tantas que hay en esta tierra. Dios, por qué me hiciste tan vagabundo. “No puedo tener tu perdón, pero Dios, a la final, la culpa es tuya por hacerlas tan ricas, hermosas todas, las amo a todas, ja”, pensé. Me empecé a reír sólo y ahora era el taxista el que empezó a desconfiar de mí.
“Este hijueputa loco qué. Pasajero pirobo. ¿Será que se le corrió el shampú a esta gonorrea? Y yo con todo lo de producido del día en el bolsillo. Huy, virgencita santísima, que este loco no me vaya a hacer nada”, o algo así debió haber pensado el taxista.
—Patrón, me tocó desviarme por la paralela que no está tan congestionada. Pero si sigue así, me toca dejarlo más adelante.
“Mierda, este man se rayó por mi risa de loco. ¿O será que así de preocupado voy que se me nota? Todo bien, usted manda”, dije para mis adentros.
Dejé de reírme para evitar que el man por la desconfianza me dejara por ahí botado, pero no pude dejar de pensar en el rollo en el que muy probablemente me iba a meter tan pronto me viera con Adriana.
“Qué hago, qué hago. ¿Será que le saco el culo y mejor me quedo en una estación del Transmi y me devuelvo pa’ Mosquera? Mala cosa, mala vaina. Pero bacano ver otra vez a la mona. Qué parche. ¿Qué hacer?”, me debatí en mi interior.
Después de pensar y pensar y ya pasando por la calle 138 con autopista, la cabra tiró pa’l monte. “Ah, qué triple hijueputas, vamos, hagámosle de una, que pase lo que tenga que pasar. De malas. Pa’ Santa Rosa o pa’ el charco”, me animé.
El señor taxista me dejó en la calle 140, de ahí en adelante ya el tráfico era un caos. Le pagué la carrera, ni me robó ni lo robé, todo tranqui. Seguí caminando hasta el punto de encuentro. Entré al bar y ahí ya estaba la mona peli teñida esperándome. Ya eran las 4:55 pm.
—Hola, Adri.
—Hola, López, pensé que le había dado culillo. Lo iba a esperar hasta las 5. ¿Por qué no me llamó a avisarme que venía tarde?
—Pailas, me quedé sin minutos y el man del taxi tenía cara de rabón y como de malandro, entonces preferí no pedirle que me regalara un minuto.
Me agaché a saludarla, nos dimos un abrazo normal, fraterno, como de viejos amigos que de casualidad se encuentran por la calle. Ella se estaba tomando un café. Me preguntó qué quería tomar, y en ese momento sentí que mi mente iba transformando mi cuerpo en aquel ser que se dejaba descontrolar y que no encontraba límite ni remordimiento con tal de pasar un buen rato causado por el alcohol.
Sí, el vampiro de la fiesta que vive en mí y que hasta ese instante se encontraba dormido en silencio, quieto, prácticamente hibernando, a la espera de poder despertar para disfrutar de los placeres de la rumba sin importar los riesgos que eso implicaba para mí, para mis seres queridos y para quienes estuvieran cerca de mí.
Sí, en ese momento el vampiro de la fiesta que habita en mi mente abrió los ojos, despertó de inmediato, empezó a moverse y, a los pocos segundos, empezó a adueñarse de mi mente, de mi cerebro, de mi culo, de mis brazos, de mi torax, de la verga flácida y chiquita que tenía en ese momento por culpa del miedo de ese encuentro y por el frío tan hijueputa que estaba haciendo en Bogotá. Hasta que ese ser, maligno para unos, pero para mí el ser que más me gustaba ser, me invadió todo el cuerpo y me transforme totalmente en el Vampiro de la Fiesta Juank, el viejo Juan K, el lopitoz parrandero. Que se arme la pichanga de una.
—Pues, Adrianita, ya que me estás invitando, te acepto una Aguilita, pero bien fría.
Adriana dirigió la mirada al mesero del chuzo y con una melodiosa y tierna voz dijo:
—Veci, me regala dos Águilas bien frías y dos vasos con hielo.
En ese momento, yo quise extender mis alas, morderla con mis colmillos largos y puntiagudos para chuparla de los pies a la cabeza y extasiarme con sus besos al ritmo del vallenato y el reguetón que sonaba en el bar. Pero no, tampoco le iba a demostrar de una que la deseaba, que me gustaba, que me enloquecía, que quería besarla y decirle que la había extrañado mucho, que quería reprocharle que no me había prestado atención cuando yo no tenía compromisos con otra persona, que quería saber por qué me había dejado plantado tres veces en la carrera 13 con calle 65.
No, mejor recogí mis alas negras, guardé mis colmillos y le dije:
—¿Y qué más, que te cuentas? ¿Cómo va todo?
—Pues, López, todo bien. Trabajando juiciosa. Ya dejando organizado mi apartamento y alistando lo del viaje a Australia el otro año, lástima que no vayas conmigo. En general todo bien, afortunadamente. ¿Y tú cómo vas, mucho trabajo? ¿Cómo va Mosquera? ¿Y tu mamá y tu hermana cómo están?
Llegaron las polas bien frías, cada uno sirvió la suya en su vaso. Yo me tomé el primer trago y esa vaina me supo a gloria, a pura energía, a sangre de rey que yo, ya convertido en vampiro de la fiesta, necesitaba tanto. Era urgente beber ese trago, que me llegó al estómago, y de una sentí que el poco alcohol de esa bocanada de cerveza se mezcló con mi sangre y empecé a sentirme feliz, relajado, contento. Y a la vez sentí que mi cuerpo ya transformado en la bestia vampiresa alcohólica se fortalecía, se agrandaba, y mi mente empezaba a ser plena, llegando al total nirvana.
—Adri, dejemos de hablar tanta pendejada y mejor regáleme un beso. Hoy estás muy chirriadita, mamasota hermosa, qué rica que te ves.
Ella se tomó una bocanada de cerveza, dejó la botella en la mesa, se levantó de la silla, se acercó a mi cuerpo demoniaco parrandero, me abrazó fuerte, me dio un beso en la mejilla, me pasó su lengua húmeda por todo el cachete y acto seguido me besó en la boca.
Fuego contra fuego. Lava sexual masculina mezclándose con lava sexual femenina. Expandí mis alas negras, la cubrí con ellas y solo con ese beso quedamos conectados, un solo ser sin quitarnos la ropa. El tiempo que pasó desde la última vez que nos vimos, simplemente no existió, se borró. Fue como si nos hubiésemos vista el día anterior.
—López, te extrañé.
—Yo también te extrañé, Adri.
A las 6 de la tarde ya nos habíamos tomado cada uno como cinco polas y ya éramos amigos del mesero y de la dueña del chuzo. Nos preguntaron qué música queríamos oír. Adriana dijo que un vallenatico para bailar bien rico, y pusieron una del Binomio de Oro de América.
—Huy, mona, eso toca es bailarlo de una.
—Sí, aguanta López. Pero qué, ¿nos tomamos un aguardientico?
“Huy sopas, zonas, que visaje tan re áspero”, pensé. Pero, como ya estaba convertido en todo un vampiro de la fiesta, contesté:
—Sííí, listo. Veci, media de néctar verde, porfa, con buen limón y maní. Pero, veci, rápido que la demora me perjudica, como dijo Diomedes.
Mientras bailábamos la canción “Ya te vas, amor”, un vallenato romanticón o llorón que le dicen, el mesero nos trajo la mediecita de guaro y los pasantes. Solté a Adriana, ella siguió bailando sola, destapé la media, le di un trago pico e’ botella a ella y también me tomé un buen chorro largo, bien largo.
No era trago lo que entraba por mi boca, era puro placer, amor, tranquilidad, compañía, satisfacción, plenitud, belleza espiritual; era un elixir que me daba vida, que me daba fuerza y, sobre todo, felicidad. Sí, felicidad, mucha, demasiada, felicidad.
Qué hermoso era sentir que me embriagaba, sentía que podía tocarle las huevas a Dios. Era lo más satisfactorio que mi cuerpo, mi alma y mi mente podían sentir. Felicidad felicidad. Me encantaba sentir que ya era esa bestia del más profundo de los infiernos parranderos. Lo mejor que me podía pasar era transformarme en López el VAMPIRO DE LA FIESTA.
Me sentía todo un Dios de la rumba eterna, inmortal y desenfrenada. Viva la rumba, viva la fiesta por siempre vida hijueputaaaaaaaaaaaaa. (suena de fondo Tourniquet de Marilyn Manson).
Enlaces a los anteriores textos de Juan Carlos:
https://linotipia.com/desperte-y-aun-estaba-borracho/
https://linotipia.com/aquel-ser-divino/
https://linotipia.com/vuelve-a-girar-la-ruleta-de-la-vida/


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