Por Juan Carlos López Salgado
Lunes 22 de diciembre de 2008, 8:30 p.m.:
—Ya te llamo. Estoy demorado porque me encontré con Edwin saliendo de los juzgados laborales del Edificio Nemqueteba y nos estamos tomando unas polas —le dije a Yulihet cuando me llamó por primera vez esa noche.
Misma fecha, 9:00 p.m.:
—Marica, ya está muy intensa, no me llame más. Yuli, a lo bien mejor me quedo donde mi mamá esta noche, ya nos prendimos y ya nos pasamos a güaro. Ya no me llames más, no seas intensa. Hablamos mañana —respondí a su segunda llamada.
9:45 p.m., ahora el que llamó fui yo:
—Menos mal que me contestó, Yulihet. A lo bien le voy a decir de una cómo es que son las vainas. La verdad no estoy tomando con Edwin. Estoy por acá en el norte, en la 142 con autopista, con Adriana. Ya llevamos un buen tiempo viéndonos y ya me mamé de estar peleando con usted. Lo mejor es que nos abramos ya.
Yulihet me mandó al carajo y me colgó. Adriana me sirvió otro guaro doble. Me lo tomé de un jalón y me serví otro igual que de inmediato me tomé por la angustia que me estaba invadiendo porque tenía perfectamente claro que todo ese año 2008 la había re cagado.
—López, creí que nunca ibas a hacer esa llamada —me dijo Adriana.
Yo ya estaba bien borracho, todo un vampiro de la fiesta. Y como siempre me ocurre cuando tomo alcohol, mi mente se fue por uno de los caminos que se abren cuando me consume la impulsividad. En esa ocasión, otra vez, se fue por la trocha de cometer errores al tomar decisiones de gran importancia en mi vida.
Lo que pasa es que cuando estoy transformado en el vampiro de la fiesta, él se apodera de mi mente, cuerpo y alma, y entra a tomar todas las decisiones por mí, de las cuales únicamente me doy de cuenta cuando despierto después de la borrachera. Y enguayabado me toca confrontar y asumir las consecuencias de las conductas, actuaciones y decisiones, buenas o malas, que mi ser bestial tomó en plena ebriedad. Eso de verdad que es una verdadera mierda. Despertarse y empezar a pensar en qué cagadas hice o no hice.
—Adriana, que pienses que nunca le iba a decir a Yulihet sobre lo que está pasando entre tú y yo… Pues parce, ya lo único cierto es que llamé a Yulihet, le dije cómo eran las vainas. Ella me dijo que me abriera a la gran puta mierda, que sacara mis cosas de la casa lo antes posible y me tiró el teléfono. Entonces, Adri, no aguanta que me cuestiones si era capaz o no de hacer esa llamada. La hice y pues pa’ adelante. Lo hecho, hecho está. ¿Acaso no era eso lo que me estabas pidiendo desde las 7 de la noche?, después de que pedimos la tercera media de guaro. Relajados, mañana será otro triple hijueputa día y ya veremos qué pasa.
—Es que se me hace increíble que le hayas dicho todo a Yulihet. Marica, porque eso significa que ya podemos estar juntos, que por fin nos podemos ver sin tanto misterio de por medio, ósea ya podemos…
—Adri, deja la huevonada, la llamé y listo. Mejor relájese y pidamos otra media pa’ matar este susto en las huevas que todavía tengo.
—Veci, otra media bien fría y dos polas más —le pidió Adriana al mesero—. Por fa nos traes más hielo y limón, y de una vez prepáranos dos “Lopezkus Ice”. Recuerda, veci, la receta: sirves dos tragos dobles de aguardiente en cada vaso. Les agregas el jugo de un limón pequeño. Después, pero sólo después del limón, les pones tres cubitos de hielo. Y, para finalizar, unos chispazos de pimienta negra molida. Nos los traes a la mesa, ¿y qué sigue, veci?
—Pa’ adentro el “Lopezkus Ice”, monita —contestó el mesero—. Pero yo les vendo eso de inmediato, porque como hoy es jueves nos toca cerrar temprano, a las 11, y ya me toca bajarle el volumen a la música.
—Hágale de una, todo bien, veci, que la mona ya se cansó de bailar y en este momento lo que vamos es a hacer planes hijueputa, pues nos vamos a largar con la mona pa’ la puta mierda, pa’ las que sea, a lo que salga, parce. Sírvanos eso y tómese otra pola que se la invitamos. Y fresco que antes de las once nos abrimos —dije envalentonado por los tragos.
A partir de ese momento, mi demonio, el vampiro de la fiesta, en el que siempre me transformo borracho, se apoderó de mí totalmente y hasta ahí llegan mis recuerdos de esa noche.
Martes 23 de diciembre de 2008, 10:00 a.m.:
—Días buenos, don Juan Carlos. Uichhhhh, pero la tiene vivita. ¿En dónde estufo? ¿En Bavarias partes?
—Hola, Fernando. Huy, sí, pailas. Ando más prendo y con un semi guayabo el hijueputa. Estoy en la re mala.
—Eso con una pola bien fría y güarito se le quita breve.
—Noooo. Me tomo esa pola y acá quedo jarto de una. Todo bien, gracias. ¿Ya estará listo el cucarrón?
—Ya casito está lista la nave. Sólo me falta la bambalina del mofle de la chumacera, ja, ja. Ahora sí en serio, don Juan Carlos, me falta cuadrarle la chispa y listo. Ya traigo la nave del parqueadero, le cuadro eso y sale. Le queda al pelo ese cucaracho. No el suyo, vecina —le dijo a la vendedora de empanadas que estaba pasando—, sino el escarabajo de don Juan Carlos, ja, ja.
—Hoy Fernando está bien finito pa’ los chistes, ¿no? Entonces voy a buscar algo de desayuno, y vuelo por el carro. Qué, ¿a las 10 y media?
—Listo, listo. Huy sí, don Juan Carlos, péguese un caldito pa’ que se le quite esa maluquera. Vaya ahí al frente donde doña Rosa y pida una moñona que eso lo deja al pelo. Y si no le hace buen efecto, se toma unas polas y me trae una, ja, ja.
-Vale, Fernando, ya nos vemos. ¿Por cuánto va el chicharrón?
—Eso tranquilo. No se me amargue el desayuno, por ahora eso va saliendo barato barato. Usted sabe que acá no manejamos precios de concesionario, ja, ja.
11:05 a.m.:
—Aló?
—Hola, amor. ¿Cómo vas, ya mejorcito?
—Hola, sumercé. Pues se podría decir que estoy vuelto mierda. Menos mal esta mañana me llamaste, porque si no aún estaría dormido. Y Si así que ya voy con el carro mi mamá está re emputada, imagínate si no, pailas. Aún sigo con la maluquera, pero ya mejor. El desayuno me sentó bien. Lo que no se me quita es este dolor de cabeza en la frente y este puto calorcito que me desespera. ¿Tú cómo vas?
—Mal, López, mal. Al fin no fui a trabajar porque el estómago lo tengo revuelto, no he parado de vomitar. Ya llamé al jefe y le pedí permiso, lo malo es que me toca trabajar el 31. ¿Sí vez todos los sacrificios que hago por ti, bebé? Marica, López, anoche estabas muy loco, qué payaso parce. Qué risa, ese man del taxi no paraba de reír.
»Oye, ¿sí te acuerdas de que invitaste a comer al taxista y que en el restaurante repartiste ronda de empanadas?, ja, ja, ja. Qué risa marica. Oiga, y los puso a cantar vallenatos de Diomedes a todos esos taxistas, hasta una ranchera de Antonio Aguilar se pusieron a cantar con las señoras del restaurante después de que te quemaste la lengua con el caldo, ja, ja. ¿Amor, tú conocías a la dueña y a las meseras de ese chuzo? ¿Ya habías ido antes a comer allá?
—¿Qué? Yo sí sentía un ardor en la punta de la lengua, pero no me acordaba de ni mierda. El casete se me borró desde que le pedí la última media de guaro al mesero, que el man me dijo que a las once tenía que cerrar, pero hasta ahí.
En ese momento me empezó la pensadera: “¿Ahora qué carajos hice anoche?”, me pregunté y hubo un silencio en la llamada de unos cuantos segundos.
—¿Aló?, López, amor, contéstame lo que te pregunté, ¿aló?
—Adri, no me acuerdo de nada. ¿La cagué?
—No, nada, lo único es que estabas hablando mucha carreta y mamando gallo. Decías que estabas contento, gritabas que te ibas para Australia con esta mona. Lo único raro fue que después de comer, al subirte al taxi, te resbalaste y te caíste al piso de medio lado, boom, de jeta contra el planeta, y de lo borracho no te podías levantar, y no dejabas de cantar “la Doctora” de Diomedes ahí tirado en el piso. Unos taxistas te ayudaron a ponerte de pie y te subieron al taxi, eso fue lo único. Ah, lo otro es que llegando a Pablo 1 te dio por decirle al taxista que querías una pola, que se tomaran una, le decías: “Venga, mi hermano, todo bien, vamos al Carulla de Pablo 1 que es 24 horas, compramos sólo dos polas, las destapamos, glu glu glu, aaaahhh, uffff bien deli y listo. Sólo una pa’ la sed. Hágale, todo bien, no me deje morir con esta seca”.
»El hombre te dijo que no, que para la próxima, pero afortunadamente de un momento a otro me abrazaste y ahí te callaste. Ya cuando llegamos a la portería le diste al taxista una tarjeta tuya, le decías que pa’ las que sea, que si se metía en algún chicharrón y si necesitaba un abogado que tú estabas a la orden, que no cobrabas caro.
»Ayyyy, parce, no me acordaba que empezaste a agradecerle por habernos llevado bien y por no habernos robado, ja, ja, ja. Ese señor no paraba de reír. Ya lo último fue que le tomaste con el celular una foto a él y a las placas del taxi. Te entraste al edificio y ya no más. Ah, las fotos las tomaste con mi celu, qué bobis.
—Huy, ¿en serio? No me acuerdo de nada. De razón también me está doliendo el hombro izquierdo y la pierna.
—Menos mal el señor del taxi, super amable, te tuvo mucha paciencia y a mí me trajo bien, hasta esperó que me abrieran la puerta de la portería. Eso sí, la carrerita salió bien cara, me la debes. Y lo de las empanadas que regalaste también. Lo demás lo invito yo. Después yo sé cómo cobrarme, López. Amor, no me contestaste, ¿conocías o no a las señoras del restaurante?
—Qué va, si ni me acuerdo a dónde fuimos a comer. Ni idea quién putas serán. Mona, ¿de verdad no la cagué por ahí?
—No, amor. No te preocupes, López, que no pasó nada malo. Apenas este guayabo que nos tiene re mal, nada más gracias a Dios.
“Oigan a esta, dizque nada malo”, me dije a mí mismo acordándome de Yulihet.
Martes 23 de diciembre de 2008, 11:30 a.m.:
Antes de entrar al apartamento de mi mamá, me tomé en la cafetería de Danilo una soda con limón y un Bonfiest Plus para el guayabo que aún tenía. Mientras me tomaba esa mierda, revisé el celular y verifiqué que Yulihet no me había llamado ni enviado mensajes de texto. El corazón me empezó latir rápidamente y mi sudoración aumentó al saber que Yulihet no se había comunicado conmigo, lo que significaba que todo había acabado con ella y que se avecinaban problemas y más problemas para mí.
Sentí la preocupación más hijueputa y un cargo de conciencia el malparido. Sabía que la había embarrado con ella y, lo peor de todo, que le había causado un gran dolor. Me la imaginé con su mirada profunda y triste pensando en todas las ilusiones que le rompí. Y volví a llegar a la misma puta conclusión de siempre: “Otra vez borracho la cagué”.
Tenía claro que si llamaba a Yulihet y me contestaba fijo me iba a mandar a la puta mierda, me iba a insultar y luego iba a colgar la llamada, lo cual era obvio. No había discusión de mi parte, pues era lo mínimo y lógico después del error que yo había cometido.
Por fin me animé y la llame.
—Aló.
—Hola, Yulihet.
—Ah, hola, Juan Carlos. ¿Cuándo va ir a la casa por sus cosas? Necesito que las retire lo antes posible. Me avisa cuando ya haya sacado todo lo suyo.
Y después de decir eso, Yulihet colgó la llamada.
“Mierda, vida hijueputa, soy una hueva”, pensé.
Después de esa llamada, me fui caminando hasta la cancha de fútbol de Pablo 1 en búsqueda de la banca en la que me gustaba sentarme en las noches cuando regresaba de estudiar en el Camilo. Me senté ahí mirando fija y profundamente el verdor del césped. Con esa mirada parecía un zombi llevado del hijueputa. Me sentía muy mal, tanto físicamente por el guayabo como sentimentalmente porque ya con esa llamada tenía plena certeza de haber perdido a Yulihet, quien fue la única persona, aparte de mi mamá y de mi hermana, que bien me valoró como ser humano, la única que real y sinceramente me apoyó después de que me echaron de la empresa por borracho en el 2005.
Lo más triste de la vaina es que yo amaba a Yulihet, además ella me gustaba mucho. Desde la primera vez que tiramos me encantaba estar con ella. Culiabamos muy bacano y como conejos, digo, hacíamos el amor muy delicioso y con gran frecuencia, le cascábamos a eso como a rata en balde, ja, ja.
“Ya pailas, López, ese par de senos hermosos, suaves y grandes de Yulis se le esfumaron en par boliones por pipí alegre, por vago, por borracho, qué pesar”, dije en voz alta con la mirada vacía en el pasto.
Y me empezó la pensadera:
“Ahora qué parce. ¿Qué hago? Piense, López, piense. Ya no hay vuelta atrás, ya pailas. ¿Será que llamo a Yulihet y le pido perdón? La verdad, parce, a mí me da es hasta pena, esa nena era re firme conmigo, y yo salirle con severo chorro de babas, noooooo, qué vergüenza con Yulihet. Además, ella ya fue muy clara en la llamada al decirme que sacara mis cosas de la casa. Ah, vida hijueputa. ¿Qué hago?
Noooo, qué mierdero cuando le cuente a mi mamá y a mi hermana. ¿Y pa’ donde cojo? Me tocará volver al apartamento de mi mamá, otra vez al hotel mama y a aguantarme la lora y la cantaleta de mi mamá, por huevón. Va tocar abrirme para Australia con la mona RCN, ja. López, sea serio huevón por primera vez en su puta vida, ya está muy viejo pa’ seguir pensando pendejadas, dizque Rubia Cuqui Negra, ja, ja, ja. Ayyyyy, parce, póngase pilas de una vez, huevón, ya deje de pensar con el pipí y use esa cabezota que ya tiene medio calva. Póngase mosca, póngase trucha, como usted dice. Juan K, parcero, piense. ¿Qué hago?, ¿qué hago?”
El ringtone de mensaje de texto del celu me sacó de mis cavilaciones.
“Huyyy marica, mensaje de Yulihet. ¿Qué será lo que me escribió? Pues, hueva, no hay de otra, toca es leerlo de una”.
Antes de abrir el mensaje, llegó otro mensaje de texto Yulihet, y otro más. Ese fue el último mensaje de ella de ese ya casi medio día del lunes 22 de diciembre de 2008.
“Parce, leámoslos de una vez, ya ni modos, no hay de otra”.
Primer mensaje:
Juan Carlos, respecto a las deudas de sus tarjetas de crédito, me indica qué me corresponde pagar. En 2 cuotas mensuales le pago esa plata. Ahorros no tenemos en común.
Segundo mensaje:
Usted no me debe plata ni nada económico.
Tercer y último mensaje:
Yo me encargo de Rufo, no se preocupe por el perrito. No me llame, no me escriba por el celular ni por correo electrónico. No quiero saber nada de usted.
La cancha de fútbol y la vida se me volvieron cuadritos. Ahí me quedé sentado en la silla de hierro y madera por un buen rato más. El vacío de mi mirada se apoderó de todo mi cuerpo y mente. Me sentí sólo y arruinado como ser humano y económicamente. Una vez más solo por huevón, por borracho.
El vampiro de la fiesta que habita en mí ni se asomó para darme algo de ánimo. El muy hijueputa, como siempre, andaba en culo de guayabo y ni siquiera era capaz de abrir los ojos ni de hablarme para darme un consejo, una idea o por lo menos para darme moral. Nada, ni mierda, el muy perro me hacía cagarla y después me sacaba el culo, me dejaba sólo frentiando los problemas causados por él.
Y los amigos míos, también vampiros de la fiesta, tampoco aparecían y menos al medio día, porque todos a esa hora estaban trabajando o alistando viaje para pasar Navidad en familia o en buena compañía.
“Pues, Juan K, ni modos. Estamos en este embale solos, nos toca analizar bien esta vuelta. En este momento únicamente tenemos dos opciones: la primera, ir al Carulla, compramos unas polas, media de guaro y medio de Kool Light. nos tomamos eso, nos quitamos este guayabo, despertamos al vampiro de la fiesta, y ahí miramos qué pasa, quién aparece por ahí y pues que sea lo que tenga que ser.
La segunda opción es evitar seguir cagándola. Entonces, nos levantamos ya de esta puta silla —donde sea dicho de paso, qué ricos besos nos dábamos con Carolina, la hembrita dizque gomelita del colegio, mmmm deli, ja, ja, la verdad nos rumbeamos bien rico con esa nena—. Ya, huevón, deje la pendejada, en la juega, mi perro. Listo, listo, entonces sigamos en la segunda opción. Nos abrimos de este parque, vamos al apartamento de mi mamá, nos vamos con ella para Girardot, paso con ella Navidad y el 26 me regreso y saco mis maricadas de la casa de Yulihet. Hablo con mi mamá mañana, le cuento las “buenas nuevas navideñas” y será pedirle el favor de que me deje regresar a vivir con ella mientras miro qué hago con mi remalparida vida.
Pues de una, Juan K, hagámosle de una con la segunda opción. Ya sabemos que ese vampiro de la fiesta de mierda, como es su costumbre, en este momento de nada bueno nos va a servir. Y tampoco aguanta llamar a los amigos vampiros de la fiesta, pues ellos andan con sus propias maricadas y asuntos, y no aguanta llamarlos a joderles la vida por culpa de mis huevonadas, mejor también dejémoslos sanos.
Entonces, mi perro, echemos pa’ adelante, ya la recagamos, ya pailas, ni modos. Pa’ adelante sin mirar atrás. Pa’ atrás ni para tomar impulso. Hagámosle de una, mi “Shar pei”. Ya miraremos qué pasa”.
Enlaces a los anteriores textos de Juan Carlos:
https://linotipia.com/desperte-y-aun-estaba-borracho/
https://linotipia.com/aquel-ser-divino/
https://linotipia.com/vuelve-a-girar-la-ruleta-de-la-vida/
https://linotipia.com/el-camilo/
https://linotipia.com/el-reencuentro/


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