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La verdad duele

Por Andrés Felipe Giraldo L.

Llevo 70 páginas leídas del Informe Final de la Comisión de la Verdad en el volumen que se llama “Cuando los pájaros no cantaban”. Las primeras páginas explican el proceso de construcción del volumen, hablan sobre cómo se tomaron los testimonios y cómo procuraron respetar la voz de las víctimas manteniendo el tono y la narrativa de las historias, cómo se planteó la estructura para clasificar el contenido e incluso, cómo surgieron conceptos en el proceso mismo de los que se apropiaron para fortalecer metodológicamente la tarea. Hechas estas claridades, los autores manifiestan que el texto está diseñado para que se lea sin un orden específico, son historias cortas que se pueden leer aleatoriamente. Lo que no dicen, porque después lo percibe uno como lector, es que esta lectura desde el índice es emocionalmente desgastante, dolorosa, hay que hacer pausas profundas para la reflexión, de pronto hasta limpiarse las lagrimas, y seguir leyendo. Yo he procurado leerlo en orden, porque quiero leerlo todo y no quiero que me queden vacíos.

Hasta ahora, cada testimonio contenido en este volumen lacera el alma, puede uno imaginar a la víctima contando historias trágicas y traumáticas con las que han tenido que seguir viviendo. En el tono de la mayoría de los textos se percibe tristeza y dolor, pero también resignación, mucha incertidumbre, temor, pero sobre todo, se nota un gran alivio al poder contar su historia y que alguien la escuche y le importe. Por eso creo que el mayor gesto de respeto y solidaridad con las víctimas en este momento es leer estos testimonios y, a partir de este ejercicio inicial, abrir los ojos y los oídos para seguir escuchando las historias de millares y millones de víctimas que dejó este conflicto fratricida que aún no cesa.

Los testimonios recogidos en este volumen no se pueden catalogar de ideologizados o que respondan a algún interés político particular. Por el contrario, la narración de las víctimas denota cómo muchas de estas se vieron inmersas entre el fuego cruzado de unos y otros, obligados a servir a causas que ni entendían, luchando escasamente por su supervivencia y por cumplir las órdenes del actor armado que los abordara en el momento, porque no tenían más opción que esa, la muerte o el destierro.

Darle un carácter ideologizante a estos testimonios es mezquino, porque en estos no se habla de “buenos” o de “malos”. Las víctimas que hablan han sido vapuleadas por todos los actores armados, en donde los factores que predominan son la violencia y el poder que pasan como aplanadoras sobre la voluntad, la dignidad y la vida de personas que decidieron no empuñar las armas y sobrevivir en territorios de conflicto a pesar de la adversidad, hasta que la adversidad se les llevó algún familiar, sus escasas propiedades y la tranquilidad para siempre.

Pensar que estos testimonios tienen alguna intención política habla más de quien así lo supone que del trabajo juicioso, dedicado y metódico que desarrolló la Comisión de la Verdad durante estos años. Estas historias se entretejen y revelan la complejidad del conflicto que ha azotado a Colombia durante tres décadas. Es necesario leer cada narración desapasionadamente, poniéndose en el lugar de la víctima, comprender la impotencia que rodea cada drama allí contado, procurando no justificar a los victimarios, muchos de los cuales en algún momento también fueron víctimas, y comprender así que la violencia es cíclica, como una espiral infinita, en unas dinámicas perversas en las cuales entre la víctima y el victimario solo hay un disparo de diferencia.

El respeto y la empatía son indispensables para abordar la lectura de este volumen. Comprender que este no es un texto de ficción, sino que lo que está allí contado realmente sucedió y que es apenas una pequeña muestra de muchas historias que todavía no se han contado. Por eso nos corresponde continuar la tarea, entender las heridas profundas que han quedado en esta Patria maltrecha y ubicar sus orígenes en el dolor de las víctimas, comprender nuestra cuota de responsabilidad en toda esta hecatombe a partir de nuestra indiferencia, nuestros prejuicios y nuestra comodidad que permanece alejada de los territorios en donde sucedieron los hechos que vamos a palpar con nuestros ojos en estas narraciones. El mejor homenaje que podemos hacer a las víctimas es escucharlos con atención. Honrar a los investigadores, analistas y trabajadores en campo de la Comisión de la Verdad que prestaron sus oídos para compartirnos sentimientos tan duros y dolorosos como los que emanan de cada testimonio allí plasmado. Este no es un texto para leer de afán, por salir del paso. Es necesario sentir, imaginar, buscar en los mapas, comprender los acentos y hacerse parte de esta realidad que muchas veces nos circundó sin que nos diéramos cuenta y que quizás está ahora en el silencio de muchas personas que nos rodean a las que jamás les hemos preguntado de dónde vienen. 

De mi parte, todo el agradecimiento a las personas que hicieron letras con las voces de las víctimas y que ahora las traen ante mis ojos. Gracias por traer esta verdad dolorosa para que todos tengamos acceso a ella sin excusas. Mi admiración profunda por soportar tanta tristeza junta sin quebrarse, y si se quebraron, por haberse reconstruido. Seguiré leyendo cada historia para comprender qué fue lo que pasó durante estas décadas, por qué se exacerbó tanto la violencia y si valió la pena tanta sangre, tantas lagrimas y tanto dolor para edificar algo que valiera la pena. De lo contrario, notaremos que la verdad duele y esto también es tremendamente valioso. Porque nos obliga a edificar otra verdad que tenga raíces en la paz. Y allí está nuestro reto: Luchar incansablemente por esa paz, incluso a costa de nuestras propias vidas. Gracias a las víctimas que fueron valientes para contar sus historias. Gracias a la Comisión de la Verdad por ser su voz.

Porque hay futuro si hay verdad. Y no la pongo entre comillas, porque todos nos tenemos que apropiar de esa frase.

 

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