Las aventuras de LinotipioLiteratura

El 28 de diciembre de un ser ansioso

Por Linotipio Rodríguez

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Si me preguntaran en qué gasto la mayor parte de mi tiempo, diría que en sentir ansiedad. Y es que la ansiedad quita mucho tiempo, puesto que puede llevar a que uno se tarde horas pensando en todos los escenarios posibles antes de ejecutar una tarea tan sencilla como responder un mensaje de WhatsApp. Digo esto porque el miércoles 28 de diciembre en la mañana me escribió don Genaro, el papá de Mateo, uno de los adolescentes malcriados a los que les doy refuerzos virtuales de sociales. Me quedé tieso con el celular en la mano (izquierda, por supuesto) al ver las palabras «Buenos días, Linotipio. Necesito hablar con usted de un asunto importante» en la pantalla. Luego, caminé por todo el apartamento mientras repasaba mentalmente mi última clase con ese «culicagado» que bostezaba mientras yo trataba de explicarle las causas de la independencia de América. Para mí la sesión había transcurrido normalmente, pero vaya uno a saber qué quejas le pudo haber dado «Mati» a su padre para justificar que llevamos un mes enfrascados en el mismo tema por su falta de interés.

Además, no sabía cómo le había ido a Mateo en la última entrega de calificaciones. La última vez que supe algo de él fue a finales de noviembre, cuando tuvimos —muy a nuestro pesar— dos sesiones en una semana, debido a una evaluación que tuvo que presentar antes de salir a vacaciones. Si bien es cierto que los boletines del colegio de «Mati» los debieron haber entregado a principios de diciembre, también es cierto que don Genaro vivía muy ocupado con su trabajo, que viajaba constantemente a hacer negocios y que no estaba muy al tanto del desempeño escolar de su hijo. Además, la primera vez que hablé con doña Ester, la mamá de Mateo, me contó que le había ocultado que su hijo iba perdiendo sociales —entre otras materias— a su esposo para evitar que reprendiera al «niño». Entonces era posible que don Genaro hasta ahora viera las notas. O eso suponía yo, en medio del pánico.

Al entrar a la cocina a preparar café, me quedé contemplando al perro del apartamento del frente a través de mi ventana, como si él tuviera las respuestas que estaba buscando. Traté de tranquilizarme y recordé que me había prometido que iba a empezar a escribir una anécdota de mi infancia. Decidí que le respondería a don Genaro más tarde, prendí el computador y me puse «mano a la obra». Sin embargo, los recuerdos de mi niñez me llegaban contaminados por la imagen del rostro furibundo de ese señor que había perturbado mis planes. No me pude concentrar. Escribía una frase, la borraba y levantaba compulsivamente el celular para releer el mensaje.

El reloj marcaba las doce del mediodía cuando por fin me atreví a enviarle a don Genaro una nota de voz deseándole felices fiestas y preguntándole en qué le podía ayudar. La escuché seis veces con la intención de revisar si el tono y las palabras eran las adecuadas y, al recordar que el seis es mi número de la mala suerte, procedí a escucharla una séptima vez. Estuve mirando la pantalla rota de mi teléfono móvil más o menos durante cinco minutos en los que no hubo respuesta. De repente, sentí una punzada en el estómago. Había olvidado desayunar por los nervios y ya era la hora del almuerzo. Pedí una hamburguesa a domicilio. La espera se me hizo eterna, traté de amenizarla con una lista de «música de piano» que me encontré en YouTube.

Con las notas del piano acompañadas por el sonido de una cascada de fondo, recordé mi primera clase con Mateo. Se notaba que él no prestaba atención y que miraba redes sociales en el computador mientras yo trataba de explicarle para qué sirven la Historia y la Geografía. Nada nuevo, la mayoría de mis estudiantes son como Mateo, jóvenes privilegiados que saben —o creen que saben— que tienen la vida resuelta a los que poco o nada les interesa estudiar. Es frustrante tratar de enseñarle a alguien que no quieren aprender. Pero tengo que vivir de algo y lo cierto es que doña Ester me consigna puntual el pago por los refuerzos. Ya iba a empezar a lamentarme por mi destino, y a culparme por él, cuando sonó el citófono y tuve que bajar a recibir mi no tan saludable almuerzo.

Me fue difícil comer. Cada vez que le daba un bocado a la hamburguesa, me tocaba obligarme a tragar, a pesar de que tenía muchísima hambre. Así es la ansiedad. Uno puede estar con las tripas rugiendo, pero todas las ideas que le dan vueltas en la cabeza parecen amontonarse en la garganta haciendo un nudo que dificulta el paso de cualquier cosa que no sea saliva. Sé que todo esto puede parecer una bobada, total tengo más estudiantes. A mí mismo me parece una bobada, aunque es algo que no puedo controlar. Especialmente por la incertidumbre, por no saber qué fue lo que pasó y cuál fue el motivo del mensaje.

Las horas de la tarde se me fueron igual que las de la mañana. Es decir, intentando escribir sin conseguirlo. El caso es que don Genaro me llamó a eso de las seis. Contesté con el pulso acelerado, como si no fuera un padre de familia el que estaba al otro lado de la línea, sino algún mafioso al que le debía plata. Su tono de voz era calmado, lo cual me tranquilizó un poco. Después de saludarme, me explicó que Mateo era quien me había escrito con la intención de hacerme una broma del Día de los Inocentes. No me dijo de qué se trataba. Solo se limitó a señalar que su hijo tenía acceso a su celular porque lo ayudaba a manejar ese «cacharro» tan complicado de usar. Después me pasó a «Mati», quien me ofreció una disculpa que hubiera sonado sincera de no ser por la risita ahogada que emitió antes de colgar.

Sentí que una oleada de rabia se apoderaba de mi cuerpo. Al principio, por la actitud de Mateo y por saber que de todos modos me iba a tocar verlo al reiniciar las clases como si nada hubiera pasado. Sin embargo, esa rabia se volcó contra mí mismo cuando me di cuenta de que había desperdiciado todo un día por un intento de broma de un «mocoso» inmaduro. Así nunca iba a lograr escribir nada extraordinario. Ahora que lo pienso, me pregunto si los escritores exitosos viven situaciones como esta.

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