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Y la próxima semana… más cuentachistes

Por Juan Manuel Viatela

Nadie se rió. Ni una carcajada, ni una sonrisa, ni alguien aclarándose la garganta. Silencio absoluto. 

Por primera vez en su vida Pablo Daniel Wills García –triple ganador del premio al mejor cuentachistes en Sábados Felices entre 1997 y 1999- sintió pánico sobre un escenario. De la noche a la mañana y sin previo aviso, se había convertido en un cómico sin gracia.

–¡Qué hijueputas tan serios! Seguro que no se ríen ni de su señora madre. Increpó Pablo Daniel a un público que velozmente transformó su mutismo en un abucheo grueso y contundente:

–¡Rancio! ¡Papuchis! ¡Machista! ¡Jubilado!

Pablo Daniel sonrió sutilmente, pues recordó aquella época en la cual hacía radio adolescente junto a Juan Manuel Correal y se sorprendió que el buen nombre de ese genio de la comedia fuera ahora utilizado como un insulto. 

En el transmilenio de vuelta a casa, Pablo Daniel, preocupado por su inminente fracaso, repasó minuciosamente su rutina para detectar en qué había fallado. 

-Los chistes sobre las mujeres que no saben conducir siempre funcionan; las bromas con las suegras son un clásico desde los tiempos de Condorito; mi imitación de un peluquero maricón es insuperable; los chascarrillos sobre costeños vagos, flojos y comeburras me han dado de comer durante años. 

Con la suficiencia propia de un profesional reflexivo y autocrítico concluyó: 

–Tengo que decirle al dueño del local que la próxima vez ponga el happy hour media hora antes de mi presentación, a ver si la gente llega entonadita al show. 

Satisfecho y feliz por su gran capacidad resolutiva, se preparó para enfrentar a la turbamulta que lo esperaba a la salida de la estación de Alcalá. Metió las manos en el bolsillo interno de su chaqueta de cuero “la que me hace ver como Brad Pitt en El Club De La Pelea” -le gustaba pensar-, para comprobar que aún tenía su celular. Luego inspeccionó la parte alta de su abdomen donde normalmente llevaba oculta debajo de la camisa una riñonera en la cual guardaba su dinero, su cédula, sus llaves y sus cinco tarjetas de crédito -una para pagar la otra, como corresponde-. 

“Mierda, me dejé el puto canguro en el bar”, exclamó al mismo tiempo que una señora le pedía un autógrafo y lo felicitaba por impulsar la crianza de animales australianos en Colombia. 

 

Ácido Bar vivió su momento de gloria a mediados de los noventa, cuando decidió abrir sus puertas a pelotones de rockeros menores de edad que podían allí satisfacer sus incontenibles deseos de pogo y porro. La genial idea -o chiquiteca, como la llamó años después la crónica roja- le reportó al local un cariño casi que irracional entre la muchachada y, al mismo tiempo, millones de pesos en multas e indemnizaciones.

Años después sus dueños, para recuperarse de tal detrimento patrimonial -en un ejercicio ejemplar de verdad, justicia y reparación-, decidieron convertir el mencionado antro infecto en un centro cívico-cultural transversal que podía albergar desde la comedia pasada de moda de Pablo Daniel hasta talleres de elaboración de champú vegano.

Y justo allí, entre el barril de cerveza artesanal sin gluten y los pasteles de garbanzo ecológicos, yacía el preciosísimo canguro que Pablo Daniel había escondido “para que ninguno de estos carevergas me vaya a tumbar el billullo”, según sus propias palabras. 

 

Alejandra Guerrero González o “Alejita”, como odia que la llamen sus amigos, cree firmemente en que la única posibilidad de que la vida humana sobreviva sobre la faz de la tierra es impulsar una revolución feminista que borre de un plumazo los privilegios masculinos e inaugure una época de equidad real y paz social. 

Así lo ha creído desde que estudió Antropología en la Universidad Nacional de Bogotá, lo reafirmó al terminar su Maestría en Estudios de Género en la UNAM, y lo palpó con la yema de sus dedos cuando participó en las marchas de los pañuelos verdes en Buenos Aires y en la huelga feminista de Barcelona. 

Ahora de vuelta en Bogotá, se considera a ella misma como un altavoz que amplifica y transmite a otras mujeres, a través del cariño y el cuidado mutuo, el mensaje feminista. Por esa misma razón, hoy ha puesto todo su empeño para que el taller de ecofeminismo que organiza semanalmente en el centro cívico cultural “Ácido Bar” salga lo mejor posible. 

Limpió la pizarra blanca y se aseguró de que los marcadores borrables tuvieran suficiente tinta; conectó su computador al proyector; confirmó que todos los videos -que guarda en un disco duro externo al que quiere más que a Angela Davis- funcionaran a la perfección; organizó las carpetas y revisó que cada una incluyera los documentos de trabajo impresos en papel reciclable; comprobó que la cafetera y la tetera tuvieran suficiente agua. 

Puso un poco de música, mientras le quitaba las manchas de cerveza a las sillas y recogía restos de palomitas de maíz del piso. 

“Los de la actividad anterior son unos cochinos”, -pensó al mismo tiempo que escuchó una gritería tremenda en la calle. 

 

¡Ábranme la puerta! ¡Ábranme la puerta! ¡Soy Pablo Daniel! ¡El de los chistes! ¡Necesito entrar urgente! 

Repitió varias veces, mientras con impotencia, descubría que nadie hacía caso a sus destemplados alaridos. 

“Lo intento otra vez o si no agarro esta mierda a patadas” pensó, justo cuando una mujer entreabrió la puerta. 

–¿Por qué no me había abierto antes?-, chilló ofendidísimo.

–¿Perdón?- respondió Alejandra estupefacta.

–Llevo casi 15 minutos aquí parado gritando como un loco y nadie me abría la puta puerta. 

–¿Disculpe?- insistió Alejandra.

–Disculpada niña, pero no lo vuelva a hacer-, contestó Pablo Daniel, mientras la apartaba con el brazo y corría escaleras arriba. 

 

Alejandra tardó en reponerse. El empujón, aunque leve, le dolía más porque no había sido capaz de reaccionar con la velocidad que hubiese deseado. Con esa furia, la misma que sintió el día que reeligieron a Alejandro Ordóñez como Procurador General de la Nación, decidió correr detrás de su agresor. 

Son las siete de la noche de un jueves víspera de festivo y Pablo Daniel Wills se encuentra parado, en silencio, en el mismo sitio donde dos horas antes presentaba una rutina de su más fina comedia. Sin embargo, el lugar ahora parece otro: las sillas están limpias y perfectamente organizadas en filas paralelas; las moscas, que suelen orbitar alrededor del grifo de cerveza, han desaparecido y el olor a principio de pepino relleno se ha transformado en una fragancia sospechosamente neutra. 

Alejandra terminó de subir las escaleras en una exhalación, imaginando que el intruso había tenido tiempo suficiente para desatar la destrucción y el caos. Pero lo encontró allí, inmóvil, mirando al infinito con la misma cara del protagonista de un comercial de suavizante para ropa. 

–¿Qué mira?-, preguntó ella, sorprendida por su extraña actitud.  

–La felicito. Es usted una excelente profesional de limpieza. El lugar quedó impecable. Me gustaría que viniera a limpiar mi casa. 

Alejandra tuvo que hacer un esfuerzo inconmensurable para no abalanzarse sobre la humanidad de ese individuo. Sabía que sus clases de defensa personal le daban la ventaja física, pero no podía dejar de pensar que, en este caso, la violencia sería la respuesta típica de un macho promedio. Tampoco iba a permitir que la humillación a la que la estaba sometiendo ese mequetrefe quedara impune. Sin saber muy bien por qué, solo atinó a responderle: 

–Tan viejo y no sirve ni para limpiarse los calzones. 

–¿Perdone?

–Perdonado, inútil. Pero no lo vuelva a hacer. 

La inesperada respuesta de Alejandra arrancó a Pablo Daniel de su nirvana profiláctico y lo devolvió, de un golpe, a la trágica realidad de su canguro y su talento perdidos. 

–¿Usted no sabe quién soy yo, cierto?– preguntó Pablo Daniel a una Alejandra que respiraba ansiosa, consciente de que su respuesta había descolocado al mamarracho. 

–Pues claro que yo sé quién es usted: un puto viejo grosero de mierda. 

–Le estoy preguntando en serio: ¿usted no tiene ni idea quién soy yo?, ¿no me vió alguna vez en televisión?, ¿mi cara no le parece familiar?

–Ahora que lo veo bien sí, su cara sí me resulta familiar. Se me parece mucho a la del montón de hijueputas que creen que porque tuvieron su cuarto de hora de fama todas tenemos que recordarlos. 

–Perdóname si dije algo que la molestara, no fue mi intención. Mi nombre es Pablo Daniel Wills García, soy un cuentachistes famoso. Me gané hace muchos años un premio en sábados felices y también hacía un programa en radio con papuchis, ¿no se acuerda de mí?

–No, y así me acordara de usted, créame, no sería un buen recuerdo. Su currículum deja mucho que desear. 

–No la entiendo. ¿Qué significa eso de que “deja mucho que desear”?

–Haber trabajado con Papuchis no debería ser motivo de orgullo para nadie. 

–Ese señor es un genio de la comedia, respétalo. 

–Ese señor matoneaba adolescentes vulnerables para ganar audiencia, eso no es comedia. 

–La gente se reía muchísimo. 

–¿Y?, ¿acaso que la gente se ría muchísimo les da derecho a joder a otra gente?

–El objetivo de un comediante es hacer reír a la gente. 

–¿No le parece que suena mejor “el objetivo de un comediante es hacer reír a la gente sin joder a otra gente”?

–Un chiste nunca ha matado a nadie.

–Gracias Faryd. Eso no tiene ningún sentido. 

–No se burle de mí.

–Eso, ahora se ofendió el mismo que dice que el humor es inofensivo.

–¡¿Que, qué?! Y ahora le salí yo a deber. No me haga perder el tiempo. Yo solo vine a recoger una vaina que se me quedó en la barra y ya me voy. Hasta luego. 

Si es cierto eso de que después de morir se ve la vida pasar por delante de nuestros ojos, el trayecto que recorrió Pablo Daniel para recoger su preciado canguro y volver a la escalera de salida -27 metros exactos- debería contar como su cortejo fúnebre. Frente a él desfilaron por orden cronológico los recuerdos de su inmenso éxito, su talento desbordado y, sobretodo, la cantidad de risas y carcajadas con las que cada noche su público le agradecía hacerlos olvidar, aunque fuera solo por un instante, de sus aburridas vidas. Y después, la deriva: la expulsión de Sábados Felices por contar un chiste abiertamente racista, los escándalos por consumo de drogas, la denuncia por violencia intrafamiliar, la pérdida de sus contratos publicitarios, la gira “mundial” con Don Jediondo después de meses de rehabilitación por todos los balnearios de la vía Bogotá-Melgar, su show de hoy en Ácido Bar donde por primera vez absolutamente nadie, ni por compromiso ni por lástima, se rió.  

Reconoció que a su talento antiguo y marchito se lo estaba comiendo el olvido y la irrelevancia. Si, como él mismo le había a dicho Alejandra, “el objetivo de un comediante es hacer reír a la gente”, ahora él no era nada más que un malparido excuentachistes.

–Disculpa, volví porque quería hacerte una pregunta.

–Le vuelvo a repetir que yo no sé quién es usted. 

–No, es algo diferente, me quedé pensando en lo que me dijo antes y me gustaría contarte un chiste. Es mi mejor chiste, con él me volví famoso. 

–Yo estoy muy ocupada. En menos de 10 minutos llegan las compañeras y tengo que seguir acomodando todo y usted no hace sino estorbar.

–Por fis, no me demoro. Solo quiero que lo escuche y que me diga qué opina. 

–Hágale rápido que en serio estoy muy ocupada. 

–¿Usted sabe por qué las mujeres suelen casarse de blanco? Para que hagan juego con la nevera, la secadora y la lavadora. 

Alejandra lo miró fijamente en silencio durante cinco segundos. Cerró los ojos, respiró profundamente y exhaló en cámara lenta. Con una voz suave y extrañamente melancólica, le respondió: 

–Tengo que confesarle que me esperaba que me contara un chiste machista, homófobo o racista, pero en el fondo de mi alma albergaba una pequeñísima esperanza de que por lo menos me contara uno que me hiciera reír.

–Usted es una amargada. Ese chiste es a prueba de balas. Nadie puede escucharlo y no reírse.

–Me imagino que si usted perdió algo aquí es porque hoy hizo un show en este mismo lugar, ¿cierto?

–Sí, hace un par de horas hice mi espectáculo y fue un éxito rotundo.

–¿Contó ese chiste?

–Por supuesto.

–¿El público se rió?

–Bueno… de ese específicamente, no… pero del resto del show…

Alejandra no permitió que Pablo Daniel terminara la frase. Con el dedo índice de la mano derecha lo obligó a hacer silencio, mientras que con la otra recogía una bolsa de basura que tenía junto a sus pies, la abrió y lo invitó, estirando los labios como buena bogotana, a que inspeccionara su contenido. 

–Cuando estaba limpiando encontré todo este maíz pira en el suelo. Pensé que la gente o era muy cochina o que la actividad anterior había sido una conferencia de Antanas Mockus. Lo que nunca me imaginé, y hasta ahora caigo en cuenta, es que tantas palomitas tiradas en el suelo fueran los rastros dejados por el público ante su supuesto “éxito rotundo”.

Pablo Daniel, con un movimiento casi infantil, le arrebató a Alejandra la bolsa y la cerró en un santiamén, como si así pudiera borrar de la faz de la tierra la prueba reina de su fracaso. Dio media vuelta, caminó rápidamente hasta el lugar donde estaba el resto de basura e intentó camuflarla sin éxito. Al volver, con un tono inexplicablemente altivo en medio de semejante desgracia, la retó: 

–Si usted se cree tan chistosita cuénteme un chiste. 

–¿Usted sabe en qué se parece un hombre a un brassier?

–No, ni idea. 

–Pues en que son putamente incómodos, pero la sociedad nos ha obligado a pensar que son necesarios. 

Pablo Daniel sonrió condescendientemente. Comprobó que esta vez sí tuviese su canguro y se dirigió, de nuevo, hacia la puerta de salida. Bajó las escaleras con la cabeza un poco inclinada, concentrándose en el movimiento armónico de sus piernas y en el desgaste irregular de sus tenis. En el andén recordó que aún no conseguía a nadie para limpiar su casa y que se iba a quedar sin calzoncillos limpios. 

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