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Patio de recreo

Por Umberto Valderrama.

La escuela no me disgustaba del todo, pero no me gustaba el patio de recreo. Quisiera saber por qué. ¿Cómo averiguarlo? ¿Trasladarme allí, intentar respirar y vivir otra vez ese ambiente? ¿Será recordar o torturarse? ¿Llegará el día en que me sienta listo para aventurarme?

La vía más expedita parece ser la de los recuerdos. Sin embargo, no parece un camino seguro, pues algunos siguen ahí como fragmentos de un espejo roto. Temo sus filos de crueldades y de víctimas. Además, es una vía engañosa porque todo recuerdo es, en parte, reconstrucción autocomplaciente. Por ahora, cuento con pedacitos de memoria y unas cuantas fotos que, al cabo de los años, me he atrevido a buscar y contemplar. Es paradójico sentirse a veces como un adulto sin recuerdos de infancia y, al mismo tiempo, sentir temor ante el acto de recordar, porque el mínimo esfuerzo para hacerlo evoca el patio de recreo junto con la inminente certeza de tener miedo.

Con la sensación de no poder recordar, pero a la vez sintiéndola como una barrera no del todo consciente, contemplar una de las fotos de esa época despertó la operación de re-membrar. Quizás la tomó mi padre uno de esos domingos de paseo a pie al aeropuerto donde saboreábamos helados. Mi madre aparece en el centro rodeada de nueve de sus hijos, faltan los dos mayores. Casi siempre era mi padre quien tomaba las fotos, aparece en muy pocas de las numerosas que conserva la familia. En la foto se ve en segundo plano la tía de mi mamá, Rosa, con quien yo mantenía largas conversaciones sobre su vida antes de que llegara a vivir con nosotros. Aparezco en primer plano, brazos cruzados, zapatos y ropa de domingo, un poco desgualetado. A mi izquierda, mi juguetón hermano Marcelo, menor que yo dos años, empuña en su mano derecha una de las pistolas de madera que nos tallaba un vecino como juguetes. A su lado izquierdo está nuestra hermanita Mónica. Los tres parecemos recién llegados a la foto, habiendo interrumpido uno de nuestros juegos. El detalle: mis dientes nuevos sobresalen en mi rostro deslumbrado por la intensa luz diurna y, en cambio, Marcelo deja ver que acababa de perder sus dos dientes de leche principales de la encía superior. 

Me propongo desenredar la madeja de los recuerdos empezando por lo más detestado. Pero antes de atreverme, se me agolpan sin control pedacitos de remembranzas de una época de inocencia sin patio de recreo, de cuando ni siquiera era un niño de kínder y no me imaginaba qué podía significar ese patio. Quizás no sabía que existiera o estaba vacío de niños cuando lo vi.

Por aquel entonces, ya conocía a la señorita Doly, nuestra profesora. Todo el que tuviera niños pequeños la conocía. Mi madre la trataba un poco más que otros porque vivíamos en la misma cuadra y ella tenía una miscelánea donde Doly compraba con qué vestir su enorme muñeca caminadora. Así que, al pensar en la escuela, no puedo evitar el recuerdo de la amable y cariñosa Doly. Siempre pendiente de los niños de otros, no tenía hijos.

Yo no sospechaba lo que era el patio de la escuela y ardía de ganas de entrar a estudiar. En casa se burlaban de mí porque aún tomaba tetero. Todo lo que me dieran de beber lo quería consumir en ese envase. Las burlas de los adultos y de mis hermanos y hermanas llegaron a volverse insoportables. Un día me armé de valor y me fui solo por el camino hacia la escuela. Ya lo había recorrido el año anterior con mis hermanos mayores cuando me llevaron a una “fiesta del niño”. Quizás tenía cuatro años o iba a cumplirlos. Con el tetero en la mano derecha caminé varias cuadras hasta los confines del barrio, llegué al puentecito sobre la quebrada, que aún conservaba su cauce natural, bajé a la playa de ese arroyo; allí lo llené de arena y piedrecillas. Volví a subir y, desde el puente, con gesto decidido, lo arrojé al arroyo, sin fijarme dónde cayó. Creo que era domingo, porque al regresar a casa encontré a todos en la sala reunidos en torno a mi padre que escuchaba su colección de zarzuelas en el tocadiscos. Me acerqué a él y le conté: “ya boté mi tetero a la quebrada”. La reacción que yo esperaba no llegó: que me regañara por haberme ido solo para la quebrada. El alborozo general fue mi gran premio de ese día.

El año en que entré al kínder de la señorita Doly fue el mismo en que mi papá, cada vez más incómodo con que sus hijos fuéramos a la casa de los Rodríguez a ver televisión, compró un enorme televisor Sharp, con cuatro patas de madera. Lo instalaron en el lado principal de la sala. Digo principal porque era el lado de la pared donde colgaba el cuadro del Corazón de Jesús (“con la víscera al aire”, dijo un escritor), y en torno a ese muro, contra el que estaba también el sofá grande, puesto de papá y mamá, rezábamos el Rosario cada tarde a las seis. Ahí se instaló el televisor. A partir de ese día, mi padre, al llegar del trabajo, estaba tan interesado en la caja idiota que los rosarios se volvieron esporádicos y los frijoles ya nos los comíamos frente a la pantalla. Ese año tuve una discusión con mi madre, exactamente el 20 de julio de 1969, cuando transmitían en directo por TV la llegada del hombre a la luna: “es un montaje”, “es una farsa de la televisión”, “no puede ser posible”. Y yo, pertinaz, intentaba convencerla de que efectivamente juntos, solos en la casa, en vacaciones de mitad de año, ella y yo estábamos presenciando un acontecimiento histórico. Estaba fascinado. Tenía ganas de salir gritando a la calle: “¡llegamos a la luna, llegamos a la luna!”. Pero no era capaz de despegarme de la pantalla, mientras escuchaba la retahíla de mi mamá.

Más joven gozaba recordando. Ahora me dio porque quiero recordar. Y ese deseo se volvió tarea. Cuando me di a ella, recordar comenzó a convertirse en necesidad. Si existiera la pastilla de la recordación, me la tomaría. Por ahora debo armar algo con retazos de recuerdos. Podría decir más sobre mis evocaciones, pero no quiero eludir el patio de recreo y noto que pasar por la precuela es más bien fácil. Decido entonces hacer el siguiente ejercicio: tratar de ponerme en los zapatos del niño de primaria que nunca quería ir a la escuela. ¿Por qué le tenía tanto miedo al patio de recreo? Lugar de múltiples crueldades. “Prohibido quedarse en el salón de clases durante el recreo”, según la jefe de disciplina, para evitar robos. Hay que salir al patio. Miro vacilante desde el corredor, cerca de la puerta cerrada del aula. Diviso a la profesora Altagracia, con su enorme cuerpo, su piel tan blanca, sus hermosos ojos color miel y su mirada buena, erguida como vigilante del recreo cerca de las pocetas donde bebemos agua. Voy hacia ella, me acerco, tomo su mano, sé que no me rechaza. Ya no me pregunta por qué me quedo ahí con ella. Siempre respondo con silencio. A su lado, estoy seguro, bajo el amparo de Altagracia.

No pasó mucho tiempo antes de que aceptara que no podía estar siempre protegido por las profesoras de primero, ni por Altagracia, ni por la hermana Mercedes, cuyo hábito azul y toca negra no lograban ocultar su belleza de joven mestiza ni disimular su sonrisa adornada por “ese lunar que tienes cielito lindo junto a la boca” (le cantábamos para hacerla reír); ni por la hermana Graciela, a quien fácilmente se le sonrosaba la piel blanca del rostro cuando le recordábamos su belleza. De la hermana Myriam ni hablar, la detestábamos, porque no perdía ocasión para pellizcarnos o castigarnos con su enorme regla de madera.

Aunque me intimidaba este patio de grava suelta con cientos de niños, todos varones, algún día tendría que aventurarme, con uno o dos compañeros recién conocidos, a hacer recorridos por él durante el recreo. No sé cuándo ni cómo fue la primera vez, pero sé que la hubo y que debía volverse costumbre, porque iría allí, infaltable y obligado, de lunes a viernes durante al menos cuarenta semanas de cada uno de esos cinco años.

No era que no estuviera habituado a hordas de niños. Vivíamos en un barrio obrero construido como obra de caridad de una sociedad católica de laicos consagrados y ricachones, la Cofradía Filantrópica. Un paisano de mi padre, don Sixto, era beneficiario de la obra y trabajaba como conductor de uno de los tantos carros que poseía nuestro benefactor, don Alejandro Isaza, dueño de industrias, empresas y donante del terreno en que recién se había edificado el barrio San José. Don Sixto pudo interceder por mi padre y le consiguió el dichoso formulario de solicitud, que mi padre llenó sin poder escoger ya lote ni vivienda porque, si le aprobaban, debía simplemente aceptar de lo que quedaba. Entre las condiciones para obtener uno de esos créditos para vivienda obrera, medio terminada, en un barrio hecho a medias (sin parroquia, sin escuelas, sin centro de salud, sin zonas recreativas, sin alcantarillado), estaban: ser familia católica, cuyo padre demostrara tener algún empleo y tener seis hijos o más. Mis padres cumplían todo eso, es decir, eran pobres, él trabajaba en una fábrica, creyentes, casados por lo católico y llenos de hijos. En ese momento tenían siete y mi madre esperaba un octavo, que era yo. Con semejantes condiciones, natural que en la cuadra y en el barrio los niños pulularan como plaga. Es más, así nos llamaban los adultos: “plagas”.

Casi siempre pasábamos toda la tarde encerrados con mis hermanos mayores, jugando en la casa de la que explorábamos cada rincón. Solo cuando nuestros padres llegaban, al atardecer, nos dejaban salir un rato a jugar con amigos en la calle. Algunas tardes nos reuníamos después de la escuela y jugábamos, casi sin control, durante horas. En la cuadra llegábamos a reunirnos unos treinta niños, las niñas jugaban aparte. Así que, más o menos, yo pertenecía a una horda de niños. Digo más o menos, pues era pequeño y no había sido realmente admitido entre los más grandes que tenían su jerarquía, sus reglas y su círculo cerrado.

Con los años, ir a la escuela se volvió costumbre, pero estoy seguro de no recordar un solo día en que quisiera ir. La escuela también creció un poco. Cuando estaba en tercero, ya había dos patios (ambos pavimentados) y nunca volví a estar en el “segundo patio”, donde salían a recreo los más pequeños (kínder, primero y segundo).

Desde segundo, asumí costumbres de escolar, con maleta perfumada a plastilina, lápices, tinta y gomas de borrar. Era la época de los “tableraos”. Así llamábamos a un tablero repleto de escritura eficiente, sin márgenes ni espacios, que los profesores llenaban impecablemente con tiza y borrador. Nuestra misión era transcribir en nuestros cuadernos lo que había en el tablero, a medida que el profe o la profe lo iban llenando. Adopté la costumbre de leer y releer lo que allí escribían, antes de comenzar a copiarlo. La profesora Nidia era muy ágil y podía llenar dos o tres tableraos en una sola sesión. Cada que terminaba uno, preguntaba: “¿ya terminaron de copiar?”. Dos o tres gritábamos: “¡no borre, no borre todavía!”. Esperaba en silencio mirándonos. Yo me embelesaba con su mirada, que ella pretendía severa, un poco disimulada detrás de sus lentes ahumados y enormes, insuficientes para ocultar su ternura. A la tercera o cuarta vez de ella preguntar “¿puedo borrar?” y repetir “esperemos a la tortuga del salón”, yo desistía del intento de copiar y le respondía “listo”. Ella procedía a llenar otro tablerao y yo a leerlo y releerlo. No aprendí el oficio de copista, pues solo leía y releía. Al día siguiente, deslumbraba cuando recitaba de memoria lo que Nidia había escrito. Pero mi cuaderno tenía solo algunos trazos de una torpe caligrafía y cada vez más espacios en blanco que yo iba dejando para un día desatrasarme.

Leer tableraos se me volvió una costumbre deliciosa durante esos años. Ya en cuarto grado, al hermano Juan, un viejo gramático por quien sentía una profunda admiración, le encantaban mi forma de leer en voz alta y mi extraordinaria memoria. Se le iluminaba el rostro cuando en su clase yo levantaba la mano. A mi madre, cansada de las quejas incesantes sobre mi indisciplina, le repetía que yo era el predilecto del Hermano Juan. Así me hacía perdonar mi desorden, mis cuadernos a medio hacer y mi indisciplina.

Y de acostumbramiento en acostumbramiento me aventuré a jugar y a dar paseos por el hormigueante patio de recreo. Nunca hacía las filas tumultuosas de la tienda del hermano Rubén, muy caro todo, mejor esperaba la leche con pan gratis de las once. Así que esos minutos del recreo, los empleaba íntegros en explorar el patio. En segundo y tercero de primaria me había sentido temeroso e impotente ante la multitud de niños, los juegos bruscos y los acosos de los más grandes del patio de recreo.

Cuando mis dos hermanos mayores entraron a quinto, yo comencé tercero. Pensé que con ellos estaría protegido y no sería víctima de los más grandes. Estaba equivocado, pues mis hermanos vivían muy ocupados con sus amigos y poco los cruzaba en el patio. Me había refugiado a veces en las profesoras, pero ese recurso se alejaba, porque cuanto más lo utilizara, más sería yo estigmatizado como flojo y “niñita”.

Las cosas comenzaron a cambiar cuando mis dos hermanos mayores salieron de la escuela y mi hermano Marcelo, al pasar a segundo, compartía conmigo el patio de recreo. Éramos casi del mismo tamaño y extremadamente parecidos. En la casa y en la cuadra éramos muy unidos, y a partir de ese año, todos los días nos íbamos juntos para la escuela y nos veíamos con frecuencia durante el recreo, porque yo siempre me interesaba por lo que hacía y con quién estaba. Él era fuerte, pendenciero, negociante y sagaz. Desde los primeros días de febrero me dijo que nadie se metería conmigo, pues él me defendería.

Había dos muchachos malandrines, que ya habían exhibido sus navajas delante de los demás para mostrarse temibles. José Elber y Reinaldo, clasificados como “repitentes”. Ambos reprobaban los años y por eso llegaron a la adolescencia en la escuela primaria. Eran uña y mugre. Si uno veía al uno, de seguro por ahí andaba el otro. Robaban, acosaban, manoseaban, desafiaban, hacían lo que les daba la gana. La mayoría les temíamos. Desde hacía meses, uno de los dos me montó una persecución constante y asfixiante. Le conté a mi hermano menor y lo esperamos a la salida. Cuando José Elber me vio con Marcelo, simplemente huyó y no se volvió a meter conmigo.

Sin embargo, Marcelo exigía su autonomía y por eso yo no podía estar siempre con él. Había un chico, Zapata, que me miraba a veces con ojos pícaros. No lo conocía, aunque su hermanito Andrés estudiaba en el mismo salón que yo. En la escuela, yo procuraba estar solamente con Marcelo o con amigos. Esa mañana no fue así y atravesé el patio hasta el corredor de la rectoría acompañando a Andrés, a quien apenas conocía, a buscar a su hermano mayor. Zapata nos miró con algo de maldad, era más alto y fornido y uno de los pocos niños de pelo bastante largo, reía a carcajadas por cualquier tontería. Me causaba curiosidad, pero quizás era la primera vez que lo contemplaba de cerca. En un momento dado se me quedó mirando, luego me agarró las orejas desde atrás, sacudió una vez mi cabeza y estrelló mi cara contra el suelo, en pleno recreo, delante de mucha gente. Villa, el portero, acudió a auxiliarme tarde, mi boca sangraba y yo aullaba de dolor. Tenía dos enormes dientes nuevos en todo el medio de mi encía superior, sentí la mitad de uno de ellos contra mi labio inferior que sangraba. Villa se apuró a llevarme a mi casa, donde estaba mi madre que me consoló y me untó miel de abejas en la boca herida. Comencé a sentir cómo corría por mi mentón la miel mezclada con sangre. Con mi madre comprobamos que el golpe y el filo de los dientes me habían roto el labio inferior de adentro hacia afuera, y que el diente de la derecha se había partido en dos.

Ir al centro de salud, ni hablar, solo remedios caseros de mi madre, quien me llevaría luego al dentista. Y empezó otro doloroso acostumbramiento, el de ir a los gabinetes dentales donde manos inexpertas trataron de reparar el daño. No sé si hicieron lo que pudieron, pero ya grande supe que lo hicieron de forma mediocre. Una especie de camisa que le instalaron a los restos del diente no se quedaba en su sitio, la intentaban reparar una y otra vez. Cumplía mal su función de completar una sonrisa de niño.

Portador de ese defecto, seguía viviendo en los hábitos de escolar, me consolaba el ser admirado por el Hermano Juan y haber descubierto otros juegos con un vecino de la misma edad, Gabriel, cuyos padres nos mimaban en exceso con tal de que no saliéramos a la calle. Ese año organizaron la primera comunión de Gabriel, último hijo en una prole mujeril. Él pasaba casi toda la tarde en su casa con su madre, antes de que llegaran sus hermanas, colegialas más grandes. Su padre era chofer, viajaba mucho y, cuando regresaba, le traía regalos como para compensar la ausencia. Como a otros niños y niñas del barrio, a este niño solitario lo prepararon en el Colegio de las monjas para hacer la primera comunión en diciembre de ese año. Hubo misa, fiesta y regalos. Lo pasamos bien ese día comiendo golosinas y estrenando los nuevos juguetes de Gabriel. La pregunta de su familia para mí era: “Y tú, Iván, ¿cuándo harás tu primera comunión?”.

Yo contaba mis aventuras en casa y, por supuesto, pregunté por mi primera comunión. Mucho de lo que me gustaba en esa época era mal visto por mis padres; la que opinaba era mi madre, mi padre solo hacía gestos patéticos. Detestaban mi eterna inquietud en la escuela, no querían que entrara a la casa de Gabriel, ni que pasara tantas horas con él y tampoco que prolongara mis juegos en la calle. Él y yo nos abstraíamos del mundo hablando una lengua exclusiva inventada por nosotros. Percibí que en mi casa detestaban a Tina, la madre de Gabriel, dizque por aparentosa y estirada. Quizás sí era algo soberbia, pero mis padres no sabían cuán afectuosa y generosa podía ser.

En fin, el tema estaba planteado: había llegado a la edad de la primera comunión, lo que implicaría gastos. Mis padres las planeaban por pares: Aleida y Alirio, los primogénitos, la hicieron en el pueblo, vi las fotos. Ya viviendo en la ciudad: Aldemar la hizo solo. Julia y Leonor, el mismo día. Estos tres, en la iglesia del barrio de colinas, El Salvador. Héctor y Efraín la hicieron en el barrio obrero, San José, en la casa nueva. La pareja que seguía era la mía: Iván Darío y Marcelo. Pero como este era menor casi dos años, yo debía esperar hasta el año siguiente.

Esperaba entre rutina y costumbre; en los días sin escuela, cuando el sol calentaba fuerte, pasaba ratos largos en la contemplación, acostado de lado en la baldosa fría recién aseada por la tía Rosa, con una mejilla bien pegada al piso. En esa posición, el mundo se veía enigmático, enorme y hermoso. El año corría lento esperando mi mes preferido, cuando casi no llovía, todo el mundo estaba de fiesta y no había que ir a la escuela.

Desde comienzos del año, consiguieron quién nos preparara para la primera comunión. Éramos cuatro, Marcelo, un par de primos y yo. Comenzamos la preparación con Johny, un diácono que ayudaba en los oficios del templo. Fue divertido que en las mañanas de los sábados pudiéramos entrar con Johny en ese templo enorme de ladrillos. Lo recorrimos todo, incluida la alta torre del campanario, desde donde se gozaba de una vista impresionante. Johny despachó rápido la catequesis porque se dio cuenta de que nos sabíamos de memoria cuanto quería enseñarnos. Entonces, cada mañana, pasaba apurado por la teología y las oraciones para enseñarnos todo tipo de juegos y también trucos con barajas. Terminada la preparación, como en octubre o noviembre, había que confesarse por primera vez. Entonces nos habló del pecado y no entendimos casi nada. Él estaba incómodo, sobre todo cuando nos preguntó si habíamos pecado alguna vez. Los otros dijeron que le habían desobedecido a la mamá y yo le dije que yo nunca había pecado. Me miró perplejo.

Una semana después debíamos ir a la confesión. Era sábado, a comienzos de la tarde, el templo estaba solitario. Me tocó de último en el turno. El padre me preguntó cuáles eran mis pecados. Como no se me ocurría nada, le dije una frase que había oído en una de esas películas de 16 milímetros, en blanco y negro, que los viernes por la noche proyectaban los hermanos de La Salle en el patio de la escuela. No sé por qué se me había grabado la frase, si ni siquiera me había gustado la película que a todos nos pareció aburrida, porque era una historia de amor, tras tres viernes seguidos de ver solo aventuras de El Zorro. Pero la frasecita resonaba en mi cabeza: “He fornicado”. Más o menos sabía su significado. Los ojos del viejo cura se abrieron grandes y la expresión lasciva de su rostro mientras me preguntaba “¿solo o acompañado?”, me dio mucho miedo. Salí corriendo y en mi fuga no reparé ni en mi hermano ni en mis primos. Llegué a mi casa agitado, asustado y con una sensación de asco y suciedad que nunca había experimentado. Le dije a mi madre que jamás volvería a confesarme, pero no le expliqué por qué. Ella solamente me abrazó.

Ese mismo año, un primo de mi papá se ordenaría sacerdote y tuvieron la idea de hacer coincidir nuestra primera comunión con esa ceremonia. No sospechaba lo que resultaría de eso. Por fin llegó el diciembre anhelado, día de la Inmaculada, primeras comuniones en todas las parroquias. La ceremonia de ordenación era en un municipio a cuarenta kilómetros de la ciudad. Nos entraron por una puerta lateral del templo para acomodarnos en los asientos delanteros. La primera sorpresa de ese día fue la iglesia repleta. La ceremonia la presidió un obispo y ordenaron a muchos nuevos curas. Había un gran gentío, un montón de niños y niñas que, como nosotros, recibieron su primera comunión. Eran ordenaciones y primeras comuniones a granel. El fuerte olor a incienso y la multitud en ropa dominguera me hizo sentir en puro ambiente pueblerino. Esto y mi muñón de diente mal cubierto aumentaron mi desconsuelo. Me aburrí muchísimo y me quedé dormido en esa banca de iglesia. Me despertaron en plena comunión. Hacía la enorme fila somnoliento, no veía la hora de que aquello acabara; llegado mi turno, tomaron las fotos del “acontecimiento”, en las que no quise o no pude sonreír. A casa regresamos en la noche muy cansados. No hubo fiesta ni regalos ni bizcocho. Anhelaba mi cama y me acosté sin cenar. La fatiga no me permitió llorar.

Al año siguiente, yo estaba en quinto y Marcelo en tercero. Era mi último año en la escuela. Tenía varios amigos y pertenecíamos al grupo de los grandes. Nuestra gran aventura era aprovechar uno que otro día en que la jornada acababa más temprano para entrar al aeropuerto, cerca de la escuela. Y allí sentarnos a tomar café con mucho azúcar: había una inmensa rotonda en la sala principal de viajeros donde repartían café negro gratis todo el día.

Mis padres acababan de crear una nueva empresa en el centro de la ciudad o, más bien, mi madre había ido transformando el almacén de bolsos y calzado de mi padre, en quiebra inminente, en una inmensa mercería cuyas ventas crecían día a día. La mercancía de mi madre iba invadiendo mes por mes, y cada vez más, los estantes del local de zapatos; mientras mi padre remataba a precio de huevo bultos de bolsos y zapatos pasados de moda, “huesos” los llamaba.

El nuevo negocio ocupaba demasiado a nuestros padres y pasábamos casi todas las tardes solos, jugando en la calle con el enorme grupo de amigos de la cuadra. Los juegos siempre contemplaban castigos para los perdedores y estos eran cada vez más rebuscados y crueles. Una de esas tardes, unos niños me llamaron porque le harían el castigo del ascensor a mi hermanito Marcelo, quien había salido perdedor de un juego de pelota. Ese castigo consistía en meter al niño en un saco de fique, amarrar el bulto a una liana y subirlo con una especie de polea improvisada a lo más alto de un inmenso caucho. Cuando llegué a la escena, mi hermano ya ascendía muy arriba en el árbol. Entre los gritos de los demás niños, dos de ellos halaban la liana y, de un momento a otro, el amarre se reventó y Marcelo cayó al suelo sobre su espalda, se golpeó también la cabeza. Creímos que estaba muerto. Pasó horas inconsciente y yo llorando a su lado. Cuando despertó, se reía de los sueños bonitos que había tenido, me contó que soñó nadando en una piscina inmensa y que no quería despertar.

Desde ese día no quería dejarlo solo nunca. Sentía que debía protegerlo, que él solo no sería capaz con la vida y que siempre andaría metiéndose en líos. Mi protector era más frágil de lo que él mismo creía.

Sin embargo, mis nuevos círculos de amigos, los afanes por el paso al bachillerato, entrar a un colegio donde todo sería nuevo, en resumen, los intereses de un niño más grande me iban alejando de los del más pequeño. La preocupación por mi hermanito era como una herida abierta para siempre. Desde esa época sentía que él se perdería. Era inmensa mi sensación de impotencia ante su destino. Esa sensación seguramente opacó la aprehensión que me producía el patio de recreo.

El ejercicio de recordar conscientemente me hizo descubrir que el terrible golpe con el que Zapata me dañó los dientes y que me convirtió por mucho tiempo en un niño triste, no era casi nada, en cuanto a dolor se refiere, comparado con el dolor que me produjo otro recuerdo que esta tarea hizo aflorar: mi pequeño protector, mi hermanito, en caída libre inerme desde lo alto de un árbol. Descubrí que el patio de recreo era solo un recuerdo encubridor.

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