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No alimentar al monstruo

Por Andrés Felipe Giraldo L.

Johan Sebastián Durán Guerrero fue asesinado por el agente del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (ICE, por sus siglas en inglés), David Brouillette, quien tiene antecedentes de violencia, según reportes de prensa. Johan Sebastián era padre de una niña de tres años, vivía con su esposa y su hija legalmente en los Estados Unidos y además tenía permiso de trabajo. Todo en regla. No era el objetivo de la redada. Contó con la mala suerte de tener cara de inmigrante para un gobierno que odia a los latinoamericanos, así esos latinoamericanos amen al gobierno de los Estados Unidos.

Los disparos de Brouillette acabaron con la vida de Durán sin ningún motivo. Hace apenas un par de semanas, el mexicano Lorenzo Salgado Araújo, también fue asesinado por ICE en circunstancias similares. Tampoco era el objetivo de la redada. Pero también tenía cara de latinoamericano, indicio suficiente para que las hienas hambrientas del ICE halen del gatillo. Ni siquiera a los ciudadanos de Estados Unidos que se han enfrentado al ICE, haciendo el uso legítimo de la protesta, les han respetado la vida. Renée Good y Alex Pretti fueron asesinados en enero.

La muerte de Durán Guerrero ha convertido el sueño americano de un joven de 26 años en la pesadilla de una familia que queda huérfana en los Estados Unidos y otra destrozada en Colombia. ICE pasó de ser una fuerza de regulación migratoria a un aparato criminal de un Estado que desprecia a los inmigrantes, los lleva a campos de concentración y los expulsa del país sin atenuantes en nombre de la autoridad y la lucha contra el crimen. En otras palabras, ICE es la fuerza coercitiva de un gobierno xenófobo, discriminador, arbitrario e inhumano. Y el presidente Trump, lejos de condenar estas muertes aberrantes e injustas, alimenta la máquina del terror diciendo que hacen un excelente trabajo y que tienen todo el apoyo de toda la sociedad de ese país. Se defeca así sobre los cadáveres aún frescos de personas que no cometieron más delito que no saber qué estaba pasando y reaccionar ante el abuso de una autoridad que no tiene límites, como lo eran las SS en la Alemania nazi o la Cheka en la antigua Unión Soviética, las manos destripadoras de Hitler y de Stalin, respectivamente.

Ni una sola palabra para condenar el vil asesinato de Johan Durán ha salido de la boca del presidente electo o de su vicepresidente. Este último tuvo al secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, al frente, solo un par de días después de la ignominia. Fue solo para refrendar lo que el país eligió por mayoría: seguir siendo el lacayo sumiso y obediente del imperio decadente del Tío Sam. Ni una palabra para reclamar de las autoridades de los Estados Unidos por el respeto a la vida de un connacional que, entre otras cosas, votó y apoyó decididamente a ese proyecto político. El mismo Marco Rubio que firmó un memorando para que otro colombiano, Beto Coral, fuera detenido, apresado y deportado solo por mostrar una postura contraria a los intereses del gobierno de los Estados Unidos con respecto a las elecciones en Colombia, como queriendo escarmentar a todo el que quiera expresarse libremente en la supuesta tierra de los derechos y de la libertad.

El vil asesinato de Johan Sebastián Durán Guerrero debería llamar la atención de todos los colombianos, independientemente de la ideología política. Durán era partidario del presidente electo Abelardo de la Espriella, como era su derecho y como lo manifestaba abiertamente en sus redes sociales. Pero eso no lo salvó del régimen de terror que ha instaurado Donald Trump contra los inmigrantes, especialmente contra los de países africanos o latinoamericanos, a quienes desprecia con toda la repugnancia de su cuerpo envejecido. Porque los agentes del ICE no reparan en la legalidad del estatus migratorio, sino que se guían por el acento, el color de la piel y el vecindario para desatar todo su odio violento con un poder que solo les dan los dictadores a sus esbirros más leales. Duele saber que la política exterior de Colombia del gobierno entrante llega de rodillas a ofrecer sus humildes servicios al hegemón del hemisferio, como el siervo o el esclavo que no tienen más opción que someterse.

El 10 de noviembre de 1963, Malcolm X pronunció un discurso ejemplarizante para referirse a la esclavitud en los Estados Unidos, en el que hablaba sobre “el esclavo doméstico”. De este decía lo siguiente: “Este negro doméstico moderno ama a su amo. Quiere vivir cerca de él. Pagará tres veces más de lo que vale la casa solo por vivir cerca de su amo, y luego presumirá diciendo: ‘Soy el único negro aquí’, ‘soy el único en mi trabajo’, ‘soy el único en esta escuela’. No eres más que un negro doméstico. Y si alguien viene a ti ahora mismo y te dice: ‘Alejémonos’, dices lo mismo que dijo el negro doméstico en la plantación: ‘¿Qué quieres decir con alejarnos? ¿De los Estados Unidos? ¿De este buen hombre blanco? ¿Dónde vas a conseguir un trabajo mejor que el que tienes aquí?’. Quiero decir, esto es lo que decís. ‘No tengo nada en África’, eso es lo que decís. ¿Por qué? Dejasteis vuestra mente en África”.

A partir del 7 de agosto, tristemente, Colombia será un esclavo doméstico de los Estados Unidos. La política exterior se basará en sobarle la chaqueta a Marco Rubio para que este, a su vez, opere como intermediario ante Donald Trump, con la banal pretensión de que este deje caer las mejores migajas de su mesa para Colombia, como ya lo está haciendo Milei con Argentina, otro mandatario abyecto y sometido a los deseos del imperio. Colombia dejará de ser un país digno alineado con quienes se oponen al genocidio en Gaza para pasar a engrosar la lista de peones de Netanyahu, y no será extraño ver a De la Espriella haciéndole los coros a Milei para darle serenatas de amor al Hitler de la estrella de David. Qué vergüenza.

El fascismo está invadiendo el mundo, porque asesinar inmigrantes, promover guerras en todo el mundo y exterminar pueblos enteros es de fascistas. Lo peor es que los fascistas están ganando en las urnas porque el mundo se llenó de esclavos domésticos, quienes, sometidos por el poder de sus amos, prefieren la supervivencia a la dignidad. Pero ese monstruo no se puede seguir alimentando. La resistencia ante el atropello contra los derechos y las libertades debe ser firme y vehemente, así las respuestas hostiles vengan de los esclavos domésticos, que sostienen desde la base a los regímenes fascistas, que se carcomen a la humanidad a pedazos con represión o guerras inventadas. El monstruo no se puede alimentar de nuestro silencio o nuestra apatía. No podemos ser indiferentes ante la muerte de un colombiano, así ese colombiano haya apoyado al proyecto fascista, porque si algo tiene el fascismo es que coloniza los cerebros alimentando vanas ilusiones de igualdad y grandeza.

La resistencia no puede ser tímida ni soterrada porque lo que se juega es la existencia misma de la especie. Estamos enfrentados a negacionistas que depredan el medio ambiente en nombre de un desarrollo que no es más que la industria devastando los elementos que le permiten a la humanidad mantenerse con vida en un planeta donde los recursos naturales son escasos. Estamos enfrentados a criminales capaces de asesinar a millares de niños indefensos en nombre de un dios inexistente que les justifica todo, que les perdona todo. Estamos ante dementes sentados sobre millones de barriles de pólvora, dispuestos a hacerlos estallar en nombre de sus naciones, que no son más que la proyección de su ego. Estamos ante criminales condenados capaces de permanecer eternamente impunes, por el poder que les permite burlarse de la ley sin más consecuencia que las voces que protestan, voces que sus fuerzas de opresión callan a macanazos o a balazos.

El monstruo se alimenta de nuestro miedo. El monstruo aprovecha la debilidad que provoca la vacilación y ataca. El monstruo se cree indestructible porque ha sido capaz de someter a pueblos enteros “por la razón o la fuerza”. Y por eso no hay que alimentar al monstruo. Hay que enfrentarlo como Teseo enfrentó al Minotauro, derrotarlo y devolver al país la humanidad, la democracia, los derechos y las libertades que son el hilo de Ariadna que nos queda a los revolucionarios y a los soñadores.

Paz en la tumba de Johan Sebastián Durán Guerrero. Porque era colombiano. Y hay que darle dignidad a su vida con las palabras, mientras José Manuel Restrepo le sigue sobando la chaqueta a Marco Rubio en silencio.

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