Por Andrés Felipe Giraldo L.
No hay que ser un profeta ni un genio para saber que todas las fuerzas reaccionarias del establecimiento tradicional entronizadas en el gobierno se preparan para generar la represión más brutal que pueda ejercer un régimen que se siente usurpado en su derecho divino de gobernar, porque algún dios, el dios omnipotente que convierte a un ateo en católico-cristiano en el tiempo récord de una campaña política, los ha elegido para eso. Solo falta ver ondear las banderas nazis en Valledupar (un exabrupto histórico e ideológico desde cualquier perspectiva), la capital mundial del paramilitarismo, para comprender lo que se viene. La bestia está herida. Y lo que busca es venganza.
Los “nunca”, que son los mismos de siempre, pero con la sangre en el ojo, se han propuesto destripar a la izquierda pasando del discurso a la práctica. La teocracia de aleluyos y católicos radicales se ha apropiado de ministerios clave para aplastar al Estado secular que se logró en la Constitución de 1991. El discurso del gobierno entrante es cada vez más radical y agresivo y, sin disimulo, se aleja de la hipocresía de que van a gobernar para todos. Van a gobernar para todos, sí, pero a unos los van a proteger y a otros los van a reprimir.
La izquierda nunca la ha tenido fácil. El gobierno de Gustavo Petro no fue la regla. Fue la excepción. Una anomalía para el establecimiento reaccionario que se debía corregir. Un botín por recuperar y que han recuperado. Por ahora. Sin embargo, la izquierda no es una fuerza política minoritaria ni marginal. Las elecciones presidenciales se perdieron por menos del 1% y tiene las bancadas más numerosas en el Congreso, insuficientes para conformar mayorías, pero fuertes para hacer una oposición vigorosa, permanente y poderosa. Fueron más de 12 millones y medio de votos los que respaldaron la idea de que la izquierda siguiera gobernando, que por poco lograron darle continuidad al proyecto progresista, que la extrema derecha está desconociendo como si hubieran arrasado en las urnas. Obtuvieron un triunfo pírrico, pero actúan como si el país los estuviese apoyando en su totalidad y como si la resistencia de la oposición durante los próximos cuatro años no fuera más que un espejismo. Nadie se va a dejar destripar, al menos no sin dar la pelea.
El gobierno de Abelardo de la Espriella es inevitable porque los resultados electorales, por más controversiales que sean, por más cuestionados que estén, están confirmados por la Registraduría Nacional del Estado Civil y, de haber irregularidades, habría que esperar procesos judiciales que tomarían más tiempo que el periodo presidencial, porque sabemos que la justicia en Colombia es lenta y llega cuando ya no sirve, cuando ya a nadie le importa. Porque no importa qué diga el presidente Petro, el nuevo gobierno tomará posesión el 7 de agosto sin falta, como lo reconoce el propio mandatario, y los pataleos, aunque tengan fundamento, no serán más que eso.
Por eso sabemos que vendrá un gobierno cuyo primer objetivo será borrar todo lo que hizo el anterior. Los nombramientos en los ministerios son inequívocos sobre esta percepción. La educación será confesional; las relaciones internacionales, totalmente sumisas a los Estados Unidos, lo que incluye el apoyo a Israel sobre el genocidio en Gaza; el medio ambiente será arrasado por la locomotora minera y los territorios protegidos no serán más que desiertos para la explotación de los recursos naturales; y la justicia será una maquinaria de megacárceles, populismo punitivo y cacería de brujas. La protesta será reprimida salvajemente; la contrarreforma agraria devolverá los predios entregados a los campesinos, víctimas de la violencia, a los victimarios latifundistas que los desplazaron; y el país en general retrocederá en todos los avances sociales en nombre del patrioterismo, la religión y la mano dura, con la que tanto amenazan los gobiernos autoritarios escasos de legitimidad.
Se vienen tiempos difíciles. La izquierda será tratada como el enemigo interno de una narrativa centrada en la aniquilación física y moral del contradictor, y el disenso será asumido como terrorismo. Los medios de comunicación tradicionales, que se dedicaron a atacar al gobierno durante estos cuatro años, tendrán ahora cuatro años para lavarle la cara a los “nunca”, que no son más que los mismos políticos de siempre, reencauchados, salidos de las investigaciones, las cárceles, el desprestigio, el olvido y los vínculos familiares, para posar ahora de faros morales de la nación. En realidad, los nunca son “los nunca nos atrapan”, “los nunca pagaremos por nuestros delitos” y “los nunca dejaremos el poder”.
Por eso resistir es mucho más que un eslogan o un mantra. Debe convertirse en una consigna permanente de lucha y de reivindicación, porque los derechos adquiridos para las poblaciones más vulnerables y para las minorías discriminadas deben ser defendidos sin vacilaciones. Los avances sociales mediante los cuales se retornaron las tierras a los campesinos desplazados, se amplió la cobertura de la educación hacia sectores olvidados, se recuperaron los derechos laborales que nos quitó Uribe, y se puso en el eje del debate público a la salud como un derecho universal y no como un negocio de empresarios que juegan con la vida de los colombianos para su propio lucro, se deben defender con todas las herramientas que la lucha social permite, sin transgredir las fronteras de la legalidad, pero sin ser sumisos a un sistema opresor, explotador y abusivo con los débiles que ya no tienen quién los proteja.
Porque hablar de “destripar”, “silenciar” o “aniquilar” a la izquierda, como lo dijera el gobierno entrante en campaña, no se debe tomar a la ligera ni como un recurso retórico. En Colombia la izquierda ha sido históricamente aniquilada desde que las poblaciones reprimidas se han sublevado, desde la propia independencia, pasando por la masacre de las bananeras, la época de la Violencia, hasta el genocidio que arrasó con la Unión Patriótica hace apenas unas décadas. El exterminio de la izquierda no es solo un discurso de guerra que se ha promovido desde las élites, sino acciones concretas de eliminación física y moral, en una connivencia macabra entre fuerzas del Estado y grupos paramilitares que defienden los intereses de unas minorías que acaparan el territorio, la riqueza y el poder político a lo largo y ancho de todo el país. Por eso ninguna amenaza desde la extrema derecha, mucho menos administrando el poder que da el gobierno, se debe desestimar. Esa obsesión por exterminar el disenso en Colombia en nombre de la seguridad nos ha dado episodios tan sórdidos como los mal llamados falsos positivos durante el gobierno de Uribe Vélez, que dejó a más de siete mil jóvenes asesinados en total estado de indefensión, engañados, disfrazados y pasados por bajas en combate para que los militares se ganaran algún peso, una condecoración y un permiso de fin de semana. A eso ha llegado la degradación moral en Colombia en su afán por destripar a la izquierda.
Por eso la consigna es resistir. La Colombia demócrata, social y humana debe resistir con toda la fuerza de la inteligencia, el arte y la palabra, atributos que no caracterizan precisamente a los gendarmes que han ganado por un estrecho margen su derecho a gobernar. Nadie se debe dejar destripar sin dar la pelea. Nadie tiene por qué dejarse arrebatar los derechos que han sido legítimamente ganados en luchas de años, décadas y siglos. Ningún dios tiene el derecho a imponer su visión omnipotente del mundo mientras nos rija una Constitución secular. Ninguna creencia puede ser impuesta allí donde la libertad de culto es un mandato consagrado en la Carta Fundamental. Nadie puede someter a un pueblo libre, deliberante y combativo con base en la coerción de las armas del Estado que, por mandato, deben proteger al pueblo. Resistir. Resistir con la palabra y con toda la fuerza de la razón, porque el país no se va a acabar en estos cuatro años y la esperanza va a seguir viva porque volveremos. Volveremos como han vuelto en Chile, en México, en Brasil, en Uruguay y en todos los países en donde la democracia ha resistido los embates de las oligarquías delirantes que se creen dueñas de las naciones. Volveremos y seremos millones. Volveremos para que lo que se ha ganado se consolide y lo que se ha perdido se recupere. Este no es un adiós sumiso que nos va a enviar a los escondites, las guaridas en el monte o la clandestinidad.
Somos colombianos dignos que resistiremos en las calles a plena luz del día, sin ocultar los rostros ni avergonzarnos, porque nunca más cederemos al temor que quieren inocularnos aquellos que nos dicen que nos van a destripar. Somos indestripables, si esa palabra existe. Y si tenemos vísceras, no será para ofrendarlas a nuestros verdugos, sino para dar una batalla visceral por lo que se ha obtenido en más de dos siglos de luchas por la justicia social y la equidad económica. Resistir. No hay más.


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