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Mi pospandemia

Por Andrés Felipe Giraldo L.

Retomé mis columnas de los domingos el 19 de abril cuando empezaba a repercutir la pandemia con todas sus restricciones y miedos alrededor del mundo, después de un paro de escritura personal de dos meses. Escribir me resultó terapéutico en ese momento y, además, el sentido del deber para cumplir con la columna me permitió estrenar textos nuevos en mi página. En esa oportunidad no escribí precisamente una columna de opinión, fue algo así como un texto para darme ánimo en medio de la angustia y la incertidumbre que titulé “A pesar de todo, hay que escribir”. https://linotipia.com/a-pesar-de-todo-hay-que-escribir/

Han pasado más de cinco meses desde aquel momento y cada domingo he estado acá dándole a las teclas tratando de comprender e interpretar la realidad que se vive en este momento y que me espera en el futuro cercano en Colombia. Poco a poco los temores propios de la pandemia han ido cediendo los sentimientos al ritmo natural de la cotidianidad y todas sus dificultades, las de antes y las de ahora. El COVID-19, si bien sigue alterando nuestros hábitos y costumbres, se ha convertido en el huésped incómodo de nuestros días con el que tenemos que compartir el mundo inevitablemente mientras lo podemos echar o se le da la gana de irse, rezando en el entretanto para que no nos mate. Por lo anterior, teniendo en cuenta que los sentimientos propios del confinamiento y el miedo han tenido que acoplarse a “la nueva normalidad”, hoy he decidido hacer un pequeño balance personal de lo que ha sido este tiempo.

En primer lugar, debo decir que la pandemia no me convirtió en mejor persona. Simplemente me enseñó a tenerle más miedo a la gente común, a esa gente que ni siquiera conozco, por el solo hecho de que habitamos el mismo mundo y compartimos el mismo aire. Me olvidé de dar y recibir sonrisas en la calle porque igual detrás de los tapabocas ya ni se ven. Me hice consciente de que la salud es una lotería y que tenerla es una bendición. Tuvimos mucha suerte, porque la pandemia nos sorprendió en un país del primer mundo que tiene un sistema de salud robusto y una sociedad disciplinada. Eso, sin duda, nos ha permitido capotear con mayor tranquilidad los temores del día a día. Pero también se siente mucho más la soledad, porque es un hecho que todas las personas que harían grandes sacrificios por nosotros no están acá sino en Colombia. Unas por otras. Pero sigo siendo el mismo. No soy más caritativo ni más altruista ni más amable. Quizás soy un poco más amargo y más consciente de mi amargura, nada más.

En segundo lugar, descubrí que para mí la palabra “reinventarme” no existe. Para mí aplica algo así como la palabra “reengañarme”. Cada tanto me estoy engañando con la idea de que puedo ser distinto, de que puedo ser mejor.  En los ratos de ocio divago sobre esa posibilidad. Durante este tiempo creí que ante la inminencia de una muerte inesperada por un contagio furtivo tendría que aprovechar esos hipotéticos últimos instantes para trascender y dejar huella en la humanidad. Y pues no. Me quedé tanto tiempo pensando en esa posibilidad que cuando me levanté para cambiar el mundo ya era tarde y me volvía a acostar, pensando que quizás lo haría al siguiente día. Y así cada día, creo que desde que nací o al menos de que tuve conciencia, con la muerte rondando o sintiéndola lejos. En otras palabras, creo que lo único que descubrí o mejor “redescubrí” fue mi cinismo, mi apatía y la certeza de que la vida es frágil. En el fondo he forjado la convicción de que la mejor manera de aportarle a la humanidad es intentar pasar por esta única dimensión con el menor impacto posible, haciendo el menor daño, con la menor huella que se pueda dejar, porque nunca sabremos con certeza si lo que dejamos en los demás fueron huellas o cicatrices.

En tercer lugar, mi visión general desde el 19 de abril hasta ahora no ha cambiado un ápice. Todavía creo que hay que escribir, a pesar de todo, hay que escribir. Acá en las letras he encontrado las catarsis de mi alma, el escenario más cercano a cualquier indicio de espiritualidad y las migajas que dejo en el camino para recordar el rumbo de vuelta a mi pasado, para identificar mi pensamiento, para suponer mis luchas, para reflejarme en algún espejo que intente explicarme quién soy, para qué soy, cuál es el sentido de que esté ocupando un tiempo y un espacio en este destello fugaz entre la nada llamado vida. Así nunca lo descifre, por lo menos estoy llenando páginas intentando averiguarlo. Por eso siento que tengo que escribir, este es mi cordón umbilical con el Universo. 

Ahora soy un ser pospandemia, con la parca por ahí rondando por todo el mundo en las exhalaciones de las personas, como fue antes, como es ahora, como será después. Tal como antes de que empezara todo esto, no sé de dónde vengo ni para dónde voy. Subsisto, sobrevivo y observo. Y escribo. A veces mirando hacia adentro, a veces hacia afuera, tratando de develar las claves de la existencia mientras me extingo con el roce del cosmos en mi cara que va dejando esos surcos que llaman arrugas, que van apareciendo mientras la vida es indulgente y nos regala un día más.

La pandemia no me ha dejado ningún aprendizaje memorable en lo personal, gracias al dios en el que creo o a lo que sea en lo que crean los que quiero, hasta ahora no se me ha llevado a ningún ser querido, lo cual agradezco entrañablemente, porque ese dolor en la distancia se maximiza.

Después de todo esto, solo sé que necesito gafas con urgencia. Las letras me quieren huir de la pantalla y se me esconden, los párpados se me vienen sobre los ojos, refunfuño más, soy más cascarrabias. Este ser pospandemia no es un mejor ser humano, lamento defraudarles. Y la verdad hoy no sabía sobre qué escribir, no por falta de tema, sino por falta de ánimo, de ideas, de inspiración. Por eso hoy escribí cualquier cosa. Mis disculpas.

 

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