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La cotidianidad de un personaje de ficción narrada por él mismo

Por LInotipio Rodríguez

Soy Linotipio Rodríguez, un personaje ficticio que habita en la ciudad de Bogotá. Sé que para muchos parece increíble que un ente imaginario viva en un pequeño apartamento dentro de una urbe repleta de seres humanos de carne y hueso. Pero no importa, porque la realidad es que Bogotá es una ciudad inverosímil por sí misma, donde pasan cosas absurdas todo el tiempo. De todos modos, si yo existiera, estoy seguro de que sería una persona anónima, de esas que te cruzas por la calle y solo te fijas en ellas para evitar una colisión.

Lo único notorio en mi aspecto físico es una fractura de muñeca, producto de una caída en un bus que frenó en seco. Mis huesos no han querido soldar y mi recuperación quedó a medias, como todos mis proyectos. Tengo 35 años, aunque aparento más debido a mi calvicie y mi sobrepeso.

Mi único vicio es el café, a pesar de que no lo tomo leyendo poesía, sino intercambiando miradas con el perro del apartamento que queda en frente de mi cocina, mientras se asoma por la ventana esperando a que lleguen los humanos con los que convive. La poesía la leo en las noches en que el insomnio me ataca, obligándome a repetir varias veces el mismo verso, intentando comprender lo que el autor quiere expresar.

No tengo muchos amigos, primero porque no existo en sentido estricto; segundo porque no me gusta salir de la comodidad —o incomodidad— de mi hogar. Me considero un «agorafóbico auto diagnosticado», puesto que muchos espacios públicos me llenan de ansiedad, provocándome taquicardia, vértigo y una muy irónica sensación de irrealidad. Esto no siempre fue así, antes del accidente disfrutaba dando largos paseos por la ciudad. Supongo que a partir de ese evento me di cuenta de lo vulnerable que en realidad soy.

Me gano la vida —o se podría decir que pierdo mi vida— dando cursos virtuales de español y sociales a adolescentes que no quieren aprender, cuyos padres me pagan para que les enseñe aquello a lo que no le prestaron atención en el colegio. Sin embargo, mi sueño es ser escritor. El motivo es muy sencillo: solo existo cuando alguien me lee. Muchos sueñan con vivir de sus textos, yo sueño con vivir a través de mis textos, que no es lo mismo.

Sé que mi vida es bastante gris y que en teoría los personajes ficticios deberían ser creados para vivir aventuras extraordinarias. Yo he vivido un par de aventuras, quizás no tan extraordinarias como hubiera querido. Pero esto de escribir con una sola mano es agotador, así que se las cuento otro día.

 

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