LiteraturaReflexiones

Imaginar, escapar

La realidad no ilusiona, no emociona, no motiva. Mucho menos esa realidad que llega a través de los medios untada de sangre, de odio, de dolor y de desesperanza. Ver a los rescatistas quebrarse en llanto e impotencia mientras corren con niños desgonzados en sus brazos en Guta oriental o esa vergonzante campaña presidencial en Colombia cargada de agresiones, insultos y mentiras, me hacen querer simplemente refugiarme en el único lugar en donde encuentro sosiego, así pueda allí también recrear escenarios macabros, lúgubres y bizarros. Ese es el reino de la imaginación.

La imaginación es lo que observamos cuando la mirada se nos pierde en el vacío. Es tan mágica y misteriosa que a veces ella sola construye sus propias tramas. Es imposible no sonreír al menos cuando después de haber pasado por los escenarios más locos construidos en cuestión de segundos volvemos a fijar nuestra atención en algo real para dimensionar qué tan lejos llegamos volando con nuestro pensamiento. La imaginación es el único espacio genuino de intimidad que nos está quedando en este mundo hiperexpuesto, en donde ahora muchos quieren transmitir su vida en vivo y en directo solo para que los demás vean qué tan envidiable es. La imaginación está exenta de censura, de lógica y de reglamentos. Es tan libre como la mente que la posee y se ata solo por los prejuicios y temores de quien la usa. Muchos de esos prejuicios y temores nos los van construyendo desde que nacemos por distintos medios, de diversas maneras. La religión y la educación son los dos grandes envases de la imaginación y es allí en donde ha encontrado sus límites y sus adversarios más feroces. Una nos dice cómo debe ser el mundo de acuerdo con unos preceptos absolutos, dogmáticos e incontrovertibles y la otra nos dice cómo debemos usarla, para qué y por qué, en un mundo eminentemente utilitario en donde todo debe tener un propósito al menos de supervivencia.

Imaginar debe ser un acto de rebeldía. Aprovechar esa trinchera invisible e inexpugnable que cubre lo que solo habita en nuestros pensamientos nos debe dar tanta libertad como sea posible. Por supuesto, cada uno le imprime a su imaginación los valores y los principios éticos que en general tienen un fundamento simple: No hacer daño a los demás. La imaginación puede ser un fin en sí misma, sin más pretensión que permitirnos vivir con los ojos cerrados lo que no podemos con los ojos abiertos.

En días azarosos y tristes quizás no haya mejor aliado que una banca vacía y un paisaje al frente para sentarse un rato a imaginar. Imaginar, por ejemplo, cómo sería la vida sin esa tristeza. Imaginar es un derecho que no nos pueden arrancar por más adversa que sea la situación. Imaginar le permitió a Viktor Frankl superar las inclemencias de varios campos de concentración nazis en los que fue perdiendo su familia de a poco hasta que solo le quedó como compañía la imaginación. La imaginación y la experiencia que lo hicieron después uno de los referentes mundiales en psicología y psiquiatría para superar situaciones extremas. Escribió más de 30 libros y recibió 29 doctorados honoris causa. La imaginación le permitió a una mujer escribir la historia fantástica que hizo de un niño todo un universo mágico y maravilloso. Tuvo que fingir que era hombre para ser recibida sin resistencia por la crítica literaria que ha sido tradicionalmente machista. Hablo de J.K. Rowling y su inigualable Harry Potter. La imaginación nos ha permitido viajar y vivir en el espacio exterior, incluso compartiendo y tratando con otras especies siderales gracias a los genios que crearon Star Wars y Star Trek. La imaginación también nos ha llevado al futuro. Julio Verne imaginó en el siglo XIX lo que sería el siglo XX y, como en una carrera de relevos, Isaac Asimov ha imaginado en el siglo XX lo que será el siglo XXI. Así, podría seguir enumerando cuánta libertad le ha aportado la imaginación a una humanidad que todos los días se esfuerza por hacer más cruel y difícil su realidad.

También supongo que la imaginación nos ha traído cosas tristes y desgraciadas. Intuyo que los criminales han imaginado antes sus crímenes y que los delirios de poder, grandeza y riqueza que nos tienen en esta terrible crisis de valores en el mundo también han nacido en la imaginación de alguien. Esta semana leí algo al respecto sobre una mujer obsesionada con el personaje malévolo de “Pesadilla sin fin”, Freddy Krueger, que imaginaba matar a alguien y lo hizo con un desafortunado joven que cayó en las redes perversas de su imaginación. Sin embargo, la imaginación bien concebida es un ejercicio sano, creativo, productivo y profundamente liberador. A esta imaginación me refiero.

Esta mañana me levanté con un signo de interrogación remplazando mi cabeza. No sabía sobre qué escribir. Solo tenía claro sobre qué no quería hacerlo. Entonces empecé a imaginar y esto se convirtió un tema en sí mismo y pude descubrir que la imaginación es un ejercicio de escape hermoso y relajante.

Imaginar es nuestro reino privilegiado, exclusivo y propio de lo inaccesible. Es el banco en el que guardamos nuestros mejores deseos y anhelos o en el que transformamos nuestros recuerdos en lo que hubiera sido y no fue. La imaginación es lo que nos permite soportar el mundo y sus demonios, abrazar a esas personas que jamás veremos, besar a quien nos derrite con una mirada, estar en donde no hemos podido. La imaginación es un derecho, pero además es un deber. Quizás si imagináramos más confrontaríamos menos. Viviríamos más con la mirada fija en cosas sublimes a partir de las cuales trascendemos y menos en las banales que nos mantienen tan atados a esta patética realidad.

En fin. Hoy no sabía sobre qué escribir. Y ejercí mi inviolable derecho a la imaginación. Espero no les moleste.

Comment here