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Calidad de vida en Stuttgart: Presunción de buena fe y autoridades insobornables

Por Andrés Felipe Giraldo L.

Hace casi cinco meses llegué a este país. No es mucho tiempo, pero sí el suficiente para comprender por qué acá la calidad de vida es muy superior, comparada con Colombia y con la mayoría de países latinoamericanos que conozco, en donde solo Chile podría tener vestigios de un bienestar lejano, pero bien encaminado.

Además, para completar, vivo en la ciudad “menos estresante del mundo” de acuerdo con el ranking de la compañía británica Zipjet que evalúa anualmente 150 ciudades en el mundo. Algunas veces creo que me morí y que estoy en el cielo, si comparamos la tranquilidad de la ciudad menos estresante del mundo con Bogotá. Acá pueden ver algunos detalles de ese ranking: http://cnnespanol.cnn.com/2017/09/13/las-ciudades-mas-y-menos-estresante…

He procurado observar cada detalle para descifrar por qué acá las cosas funcionan de una manera tan ordenada, simple y eficiente, cayendo en esa comparación inútil con el caos de la Capital colombiana. Caos que solo me trae recuerdos malsanos y que además resulta inútil porque solo hay diferencias irritantes para los habitantes de Bogotá y liberadoras para los habitantes de esta bella ciudad germana que pocas personas podemos contrastar.

Para que tengan una idea de lo que me inspira Bogotá les remito a este texto que escribí en febrero de 2015 que no ha perdido vigencia: http://andrefelgiraldo.blogspot.de/2015/02/la-ciudad-civilizada-y-bogota-la-ciudad.html

Stuttgart es una ciudad de poco más de 600 mil habitantes de acuerdo con información de 2015. Se ubica al suroeste del país y su geografía es montañosa. Su reducida población, sin duda, la hace mucho más manejable en términos de organización comparada con ciudades con grandes poblaciones como Ciudad de México, el Cairo, Nueva Delhi, Buenos Aires, San Pablo o Bogotá, por ejemplo. Sin embargo, siendo una ciudad poblacionalmente del tamaño de Ibagué, ciudad en la que también viví, el desarrollo la convierte en mucho más que un centro urbano con una calidad de vida al menos aceptable como la capital del Tolima. Stuttgart es el emporio industrial de unas de las firmas de automóviles más prestigiosas del mundo como Mercedes Benz y Porsche. Además, es una ciudad pionera en la investigación en ingeniería, y en temas agrícolas y rurales, con las mejores universidades en estas materias de Europa, entre otras notables virtudes.

Tal como lo escribí en el texto sobre Bogotá, pienso que la ciudad, como sinónimo de civilización, se construye sobre dos pilares, uno espiritual y uno material. El espiritual es la cultura ciudadana, que es la certeza de que debemos compartir un espacio reducido con muchos humanos y sus formas, colores, olores, sabores y pensamientos. Y el material, que es la infraestructura, ese conjunto de obras que permiten que esos humanos en ese espacio reducido se puedan mover sin estrellarse unos con otros.

Pues bien, lo que hace de Stuttgart una ciudad con una alta calidad de vida es que estos dos pilares están muy bien cimentados, asimilados culturalmente y son protegidos como parte de la identidad de la ciudad, tanto por las autoridades como por todos y cada uno de los ciudadanos. Ellos sirven como garantes del buen vivir y la autoregulación que debe competer a ese ente llamado ciudadanía, que en Colombia solemos exculpar con toda ligereza como si fuera una masa sin criterio, sin poder de decisión y sin deberes o responsabilidades. Ente que además victimizamos permanentemente, siendo quizás la gran gestora de los males trasversales de toda la Nación por su actitud siempre conforme, complaciente y pusilánime. Es más fácil culpar a los políticos y a los gobiernos de turno, como si éstos no surgieran de la misma ciudadanía.

Y en esos dos pilares, cultura ciudadana e infraestructura, he detectado a su vez dos elementos que me permiten comprender mejor el origen del bienestar en esta ciudad. Primero, existe un respeto absoluto por la presunción de buena fe. Por ejemplo, las estaciones del metro (acá hay metro con más de 20 líneas) no tienen molinetes ni existe ningún tipo de control para el ingreso de pasajeros al sistema de transporte. Se supone que cada pasajero cuenta con su respectivo tiquete y los controles que se hacen son muy eventuales. Acá los colados tendrían una autopista abierta para sus fechorías todos los días y en todos los medios de transporte que hacen parte del sistema integrado que incluye además buses y tren. Pero, y este es mi segundo punto, también existe una autoridad severa e insobornable que cuando detecta que ese principio de buena fe se ha quebrantado, actúa con toda rigurosidad y castiga sin miramientos ni transacciones esas infracciones. Si un pasajero es sorprendido en el metro sin tiquete por algún agente debe pagar una multa de 60 euros (unos $200.000) y queda reseñado en una base de datos de infractores. Si el infractor es extranjero, como es mi caso, a la tercera multa se podría considerar la posibilidad de la deportación. Para los nacionales existen otra serie de sanciones.

Entonces, los elementos que mantienen el bienestar y la calidad de vida en este país, porque el modelo se replica en toda Alemania, son simples pero sólidos: Presunción de buena fe y autoridades fuertes e insobornables. Por eso miro con tristeza el panorama en una ciudad como Bogotá, porque ni lo uno, ni lo otro.

En Bogotá por mera supervivencia se debe partir de la mala fe del otro, y por otro quiero significar cualquiera. Y el presupuesto absurdo que se gasta en esa presunción de mala fe (que no pasa por presunción sino por certeza) se pierde como inversión en verdadero desarrollo, progreso y gasto social. Sería un ejercicio interesante cuantificar la cantidad de dinero que se pierde en esa infraestructura inútil cuyo único fin es controlar la barbarie de una ciudadanía inculta y sin sentido de pertenencia.

El sentido de pertenencia es otra característica palpable en Stuttgart. Su ciudad es su patrimonio más preciado y es de todos sus habitantes, sin excepción, incluso de mi familia y mía ahora. Tuve la oportunidad de ir a un partido de fútbol del equipo local, el VfB Stuttgart, contra uno de los grandes de Alemania, el Schalke 04. A pesar de que el partido se perdió, la fe sigue intacta en este equipo recién ascendido con una nómina corta y poco palmarés. Sobre todo, en los últimos tiempos, que viene de capa caída. Y todos estos elementos tan favorables tampoco hacen que se pierda el sentido crítico y la posibilidad permanente de mejora o corrección, más ahora, cuando está llegando un flujo migratorio de refugiados bien importante que se ha convertido en la principal preocupación de los alemanes según las últimas encuestas. Por ejemplo, en ese partido que les cuento, las barras fanáticas del Stuttgart no hicieron cánticos ni ninguna manifestación de apoyo los primeros doce minutos del partido. Me pareció extraño y al otro día le pregunté a un amigo alemán sobre esa situación. Me contó que fue una protesta de las barras porque el equipo está jugando partidos en exceso lo que afecta el bolsillo de su hinchada que sin falta los acompaña. Y los doce minutos porque ellos, efectivamente, se consideran el jugador número doce de la escuadra. Y tienen razón, teniendo en cuenta que este equipo tiene 44 mil socios. Para una ciudad de 600 mil habitantes, podríamos decir que efectivamente el VfB Stuttgart, más allá de la retórica, es un equipo del pueblo.

Vivir en Alemania no es fácil para un bogotano acostumbrado al folclor de nuestro pueblo que irrespeta leyes todo el tiempo sin mayores consecuencias. Acoplarse es un ejercicio de respeto que además debe ser bastante comprensivo y aprehensivo en una sociedad que quiso imponer su cosmogonía a las malas en solo medio siglo provocando dos guerras mundiales. Los alemanes aprendieron la lección y ahora son más conciliadores, abiertos y demócratas. Pero siguen siendo muy celosos y rigurosos sobre sus hábitos, costumbres, tradiciones y en general su identidad cultural soportada por un lenguaje particular y una organización que se caricaturiza llamándola “prusiana” que sin llegar a esos extremos sí es rígida, respetable y respetada.

Entonces, pensando en una ciudad como Bogotá, sería un buen comienzo que cada ciudadano se empezara a comportar con base en una autoregulación individual, honesta y simple de su quehacer cotidiano. Un ciudadano que respete la ley y una autoridad que no se deje sobornar. Estas no son decisiones políticas o acciones de Gobierno. Es solo la actitud personal que se puede convertir en un apoyo invaluable para el resto de la ciudadanía. Si la gente percibe su buen comportamiento, su ejemplo y su pulcritud como ciudadano, habrá recuperado la esencia del buen vivir: La presunción de buena fe. Con eso quien lo conozca se sentirá seguro a su lado y sabrá que cuenta con un punto de apoyo en una ciudad tan hostil. Ese, les aseguro, es el mejor comienzo. Y no depende del alcalde de turno, ni de su vecino, ni de los políticos ni del Gobierno Nacional. Depende de usted y solo de usted. Por eso, como corolario de esta columna me atrevo a sugerirles con base en lo que les he contado “lleva un Stuttgart en tu corazón para hacer de Bogotá una ciudad mejor de corazón”.

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