LiteraturaReflexiones

El columnista

Por Andrés Felipe Giraldo L.

En este momento tienen ante ustedes un despojo de ser humano batiéndose a muerte con un teclado para transmitir una idea coherente, comprensible, clara y en la medida de lo posible, polémica. Por supuesto, lo que quería escribir era otra cosa, tenía el tema diáfano en mi cabeza y solo era cuestión de desarrollar mis argumentos en forma de párrafos para concluir con alguna ironía o algún sarcasmo, mi marca registrada, según aquellos que se han acostumbrado a leerme cada domingo de manera sagrada, como si de ir a misa se tratara.

Pero la verdad es que la enfermedad que tengo desde hace tres días que llegué de Medellín, me tiene postrado, errante, flojo, oscilando como un fantasma entre las cobijas de la cama y el sofá de la sala. En Medellín quizá ya estaba enfermo, pero me la pasé ebrio, entonces no tuve tiempo de notarlo. Pero acá, en donde mi único deseo es ver a mi hijo menor después de dos semanas, la ausencia se me ha convertido en una tortura y maldigo al virus que se me instaló entre el pecho y la espalda. Tengo que verlo por la pantalla del celular que a veces es como esos cristales de las cárceles de donde uno no puede abrazar porque ha perdido el derecho.

Sí, evidentemente estoy triste y abatido, a esta hora la realidad del país para mí es tan irrelevante como la clasificación mundial del PGA, y procuro abrazarme en soledad a las personas que me llaman de cuando en cuando para ver cómo sigo. Yo creo que es gripa, les digo, mientras sigo un riguroso aislamiento para que a la gente no se le pegue ni mi enfermedad ni mi tristeza. Hoy me desnudo con estas palabras para que sepan que detrás de esta columna hay una persona que se esfuerza por cumplir a pesar de la adversidad. Linotipia es mi página, a mí no me pagan por escribir, lo hago porque esta es la trinchera desde donde doy mis luchas ideológicas tratando de ser riguroso en la argumentación y en conservar ese algo que hace que muchas personas me lean porque sienten que soy capaz de dar luces en el debate nacional.

Pero hubiera sido un despropósito intentar plantear con algo de ilación cuando la verdad es que estoy al borde del delirio. Por eso decidí levantarme a la una y media de la madrugada para rendir este testimonio no pedido de debilidad manifiesta, incapacidad por enfermedad y tristeza por soledad. En otras palabras, solo vine a desahogarme. Y, por supuesto, a cumplir con esta columna a la que no le he fallado desde abril en plena pandemia y en unas condiciones completamente diferentes. Los lectores no logran dimensionar cuánto esfuerzo requiere mantener la sensatez durante las horas que uno escribe acá sobre asuntos tan importantes como intrascendentes. Somos la suma de nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, y a veces los segundos logran anular los primeros, como me está pasando en este momento.

Soy un cuarentón que se acerca día a día al quinto piso mientras ve cómo se le esfuman los sueños más convencionales. Me estoy separando en un proceso que aún no comprendo porque la soledad se convierte en un estado híbrido del alma en donde el pasado es todo lo que añoro, el presente es todo lo que odio y el futuro es tan incierto y vacío, que lo mejor es no pensar en él más que como un acto de supervivencia. Extraño todo lo que era, pero debo aceptar con la mirada fija en el vacío que lo que fue, no volverá a ser. Hasta ahora me estoy acostumbrando a ser papá de fines de semana cuando mi vida entera eran los amaneceres y los anocheceres sabiendo que mi hijo estaba a dos puertas de distancia. Por supuesto que duele, y duele mucho más que mi cabeza en resaca o enfermedad. Es un dolor que desgarra las entrañas y que no puedo describir. Por supuesto que lloro, lloro con ese llanto que no cabe en el alma y que rompe cualquier nudo en la garganta para desatarse como una avalancha contra la almohada para no despertar a los vecinos.

En esta madrugada no tengo análisis por hacer, fenómenos por comprender o hechos que narrar. Solo tengo la necesidad inmensa de drenar mi alma para dejar mi alma desnuda expuesta bajo la lluvia, para sentir el pesar por mí mismo que he contenido durante todos estos días como si fuera pecado exponer de manera cruda que soy una persona tan vulnerable como débil, sensible y torpe, que es capaz de llenar su columna dominical con las diatribas de su vida.

Pido perdón por este desahogo callejero. Me siento como el loco que trata de explicarle al mundo la razón de su locura elevando su voz en una plaza pública en donde nadie entiende y a nadie le importa. Y no me importa, para ser honesto, porque cuando uno se convierte en un pornógrafo del espíritu suele abrir su gabán sin pudor para que la gente vea de vez en cuando sus miserias.

Gracias si llegaron hasta acá. Me esforcé por no dejar este espacio vacío. Para mí es muy importante comunicarme cada domingo y acá estoy, exponiendo los pedazos que aún no recojo de mi existencia, viendo en dónde están las partes para ensamblarlas de nuevo, creyéndole a pesar de todo a la ilusión y al amor porque ellos no tienen la culpa de mis tristezas. Por el contrario, son los únicos bastiones de mi esperanza. Espero estar menos enfermo y menos delirante el próximo domingo. Ténganme paciencia.

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