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Educación para el éxito Vs. Formación para la felicidad

Tengo una tía, muy encopetada ella, que clasifica a la humanidad entre los exitosos y los fracasados. Los exitosos, por supuesto, andan sobre un riel magnífico de logros y méritos ejemplares que hacen de su vida un espacio envidiable, cómodo, estable y tremendamente lucrativo que los hacen mejores que los demás. Los fracasados, por el contrario, viven tropezando en la ruta, cambiando de carrera, errando en sus decisiones y al final, son unos “pobres diablos”, como diría mi tía.

Mi tía tiene la ruta del éxito clara, y es más o menos estándar. El exitoso estudia en un buen colegio, de “gente bien” de la ciudad, del que saldrá para hacer un año de intercambio en el exterior lo que le permitirá aprender otro idioma, regresará para entrar en una de las universidades de élite del país y de allí saldrá a hacer una especialización, una maestría y/o un doctorado también en el exterior, en una universidad prestigiosa con un nombre rimbombante. Aspirará siempre a cargos directivos de oficina con baño privado y por qué no, conductor y escoltas. Obviamente, la vida lo llevará a encontrar a una pareja “bien” que conozca y comprenda la ruta en el mismo riel. En algún momento se casarán invitando a mucha gente bien, el padrino tendrá que ser el dueño de la empresa, el alcalde o el Presidente de la República. Por supuesto, tendrán hijos bien que repetirán la historia, conservarán el patrimonio familiar y llevarán los estándares de los apellidos “divinamente” con los que el destino los ha bendecido. El círculo social de los exitosos es exclusivo y excluyente, tendrán espacios inexpugnables como los clubes, las logias y los centros académicos en donde le enseñarán a las nuevas generaciones de exitosos.

En esta ruta la educación es un pilar fundamental para garantizar el éxito, porque desde las instituciones educativas se inculca ese espíritu competitivo que pinta al mundo como una pirámide en donde solo los mejores podrán llegar arriba y desde allí, dominar a los demás. Por ser una estructura piramidal, de base amplia y cúspide estrecha, la competencia es esencial para no rezagarse en el camino. En este sentido, las demás personas se ven como medios y no como fines para llegar lo más alto y lo más lejos posible. Mi tía ama a los exitosos, los admira profundamente y siempre quiso que yo fuera exitoso, porque mi tía me quiere.

Sin embargo, la vida y mi propia mediocridad me han llevado a caminar siempre por la cornisa que lleva al fracaso. Desde allí, cumpliendo los requisitos del éxito lentamente y tropezándome a cada paso como borracho en laberinto, he disfrutado y comprendido que la némesis de la educación para el éxito, es la formación para la felicidad. Puedo decir que duré ocho años haciendo mi pregrado en ciencia política, cambié de carrera un par de veces y que ahora llevo cinco años haciendo una tesis de maestría que se niega a hacerse sola a pesar de mis súplicas.

La educación traza un camino formal, institucional, en el que cada logro debe ser certificado con un documento oficial de esos centros establecidos para que todo esté dentro del sistema. Diplomas, les llaman. Los títulos valen más o menos dependiendo del establecimiento que los expida. No es lo mismo un título obtenido en Harvard que en el Instituto Triángulo. Harvard educa exitosos. El Instituto Triángulo gradúa fracasados. Pero la cultura occidental nos ha inculcado que el éxito es equiparable a la felicidad. Es decir, que el exitoso va en el camino correcto hacia la felicidad y el fracasado será una persona desdichada y triste.

He bailado con el fracaso y me ha tentado. Muchas veces (incluso ahora) me he querido bajar del riel del éxito que en mi caso está sin aceitar y hace que ruede lento. Y no porque me quiera entregar rendido. No. Es porque cada vez creo más que el éxito así entendido está lejos de la felicidad, y que ese frenesí por el éxito está llevando a cada vez más personas a la ambición desmedida, a privilegiar el tener sobre el ser y a acumular riquezas que tampoco son capaces de disfrutar. La competencia hace hostiles las relaciones interpersonales. Esa sensación de que existen seres superiores desvirtúa la esencia de la humanidad que por definición nos concibe como iguales, dignos de los mismos derechos, capaces de compartir un mundo amplio que es generoso en recursos para todos.

La educación facilita la ruta del éxito, pero no el camino a la felicidad. La felicidad tiene una connotación más espiritual que material y para ello no hay que matarse en aulas en donde nos van a dar las herramientas para la competencia. ¿Por qué se cierran las oportunidades en el mundo si nuestro conocimiento no va certificado por una institución? ¿Qué ha pasado, por ejemplo, con los oficios legados de maestros a discípulos durante siglos que no tienen formalidades, ni horarios, ni requisitos? ¿Qué pasa con el talento cuando lejos de llenar el estómago y los bolsillos llenan de miseria los semáforos y las plazas de gente tratando de vender su arte por unas migajas?

La cultura occidental conscientemente ha estratificado a las personas por su nivel de estudios que sin mayor filtro parte del supuesto que los títulos determinan las capacidades, las capacidades marcan las oportunidades y las oportunidades definen el bienestar. A este paradigma hay que romperle el espinazo cuanto antes. Más que fracasados, nuestra sociedad se está colmando de jóvenes frustrados que por no cumplirle a la ruta del éxito están siendo infelices porque no encuentran oportunidades. La educación formal no debe ser el único sendero para realizarse en la vida. Las oportunidades deben des-academizarse y se debe entender a la educación formal como un camino más entre muchos otros, válido, por supuesto, pero no único. Y no se entienda este como un llamado a la anarquía, porque mi invitación no es al caos, sino a ampliar el espectro de los espacios de formación para las personas.

Cuando hablo de formación me refiero a esas herramientas que se brindan a las personas para que aprendan a convivir con otros humanos. Esa formación centrada en la empatía, en la capacidad para comprender al otro y su cosmogonía, para desarrollar el reconocimiento, la otredad, el respeto y la armonía. Hablo de esas herramientas que nos permiten comprender que somos un todo con el planeta y que sin el planeta no somos nada. Para esto no necesitamos pregrados, ni especializaciones, ni maestrías y mucho menos doctorados. Solo necesitamos ser mejores personas, reconocer que los recursos naturales son limitados y que el ser es mucho más valioso que el tener, que las demás personas tienen valor y no precio y que la felicidad es un bien que entre más se comparte más se multiplica.

Por eso el fracaso no me asusta. Por el contrario, convivo todos los días con él y todos los días me imagino una vida diferente. Tengo los títulos por pragmatismo pero cultivo mis oficios con pasión, por ejemplo, este oficio de escribir que llena mi alma de placer, de satisfacción, de felicidad.

Jóvenes, una vez más les reitero la importancia de que luchen más por su felicidad que por su éxito. El éxito es etéreo, fútil, gaseoso y perecedero. La felicidad es el único derecho y el único deber que justifica nuestra presencia en el Universo. Si comprenden esto, la educación será una herramienta más para su formación hacia la felicidad, pero no un requisito indispensable para asegurarse la supervivencia gris de quien ha sacrificado el espíritu por la materia.

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