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La batalla cultural de la incultura

Por Andrés Felipe Giraldo L.

Paradójicamente, el concepto de la batalla cultural no surgió de las huestes de la extrema derecha, que tanto usan el término para referirse al adoctrinamiento sistemático de la sociedad en la ideología económica libertaria y en presupuestos religiosos ligados al catolicismo y al evangelismo cristiano, sino de uno de los intérpretes más aventajados de Marx durante el siglo XX, el italiano Antonio Gramsci.

Gramsci, concretamente, hablaba sobre la importancia de disputar la hegemonía cultural a la clase dominante, porque no era suficiente ganar unas elecciones o llegar al poder para profundizar las transformaciones sociales. Además, había que disputar los espacios culturales en los que se transmiten valores colectivos para que la sociedad se piense a sí misma y en este sentido se oriente el cambio de las instituciones. Es algo un poco más complejo que “sacar a Marx de las escuelas y regresar a Dios”, como si Marx fuera la fuente del adoctrinamiento y no el dios católico y cristiano, cuyos devotos recién conversos en el gobierno quieren imponer como dogma por encima de la Constitución de 1991.

Hacia esta apertura ideológica, mental, religiosa y cultural es a donde la extrema derecha reaccionaria está apuntando los cañones de su llamada “batalla cultural”, que no es novedosa ni actual, sino que viene de modelos que se han expandido a través de la historia y la geografía en diferentes momentos y con diferentes nombres, iniciando con las cruzadas y la Santa Inquisición en la época medieval, hasta las dictaduras fanáticas religiosas, como la de Francisco Franco en España, que duró más de tres décadas reprimiendo con sangre, mazmorras, torturas y fosas comunes el disenso. Con esta bandera de la batalla cultural se están entronizando los movimientos de extrema derecha en el mundo contemporáneo, logrando peligrosos triunfos electorales en Estados Unidos con Trump, en Israel con Netanyahu, en Italia con Meloni y también en América Latina con Bukele en El Salvador, Milei en Argentina, Kast en Chile y Fujimori en Perú, solo por poner los ejemplos más representativos. Y digo peligrosos porque estos gobernantes no asumen solo posiciones retóricas, sino que son capaces de alimentar guerras y genocidios a gran escala como se puede percibir en el exterminio del pueblo palestino a manos de las fuerzas armadas de Israel o la guerra inventada de Estados Unidos contra Irán, capaz de arrasar con blancos civiles, como un colegio repleto de niñas indefensas.

Así pues, la tal batalla cultural es una guerra con damnificados, víctimas y muertos, en la que los más puristas hablan de “destripar al enemigo”, que no es más que la eliminación física del contradictor, empezando por la asfixia institucional de los espacios culturales que permiten la pluralidad, la diversidad y la libertad del culto y de pensamiento, avances que ya se lograron por Constitución y que no se pueden revertir, a no ser que se cambie la propia Constitución.

En este orden de ideas, es evidente que el gobierno entrante en Colombia alista sus ejércitos y sus armas para emprender lo que llaman la batalla cultural con la intención de “cambiar las narrativas” que, según ellos, es el adoctrinamiento que la izquierda ha inoculado en la sociedad para pervertir las mentes con “ideas comunistas” desplazando a Dios del centro de la sociedad. Por “ideas comunistas” quieren significar todas aquellas luchas sociales que han reivindicado la dignidad de los trabajadores asalariados, las libertades que le permiten a las personas pensar diferente y obrar en consecuencia, respetar los derechos de las comunidades sexualmente diversas, proteger el medio ambiente y los recursos naturales de la depredación industrial, el respeto por las comunidades indígenas, raizales y palenqueras en sus territorios, costumbres y creencias, la protección de los derechos de las mujeres para que sean dueñas de su cuerpo y de su destino, y un larguísimo etcétera de reivindicaciones sociales que se han ganado a pulso en luchas de décadas o siglos.

La extrema derecha mantiene vivo el fantasma del comunismo porque les resulta funcional para el miedo que quieren sembrar en la humanidad. Porque el comunismo como sistema demostró que nunca dejó de ser una utopía inaplicable en la realidad y que sus experimentos en la historia han fracasado estruendosa y dolorosamente, ya que Marx profundizó en los diagnósticos pero no tanto en las implementaciones, y las hibridaciones que intentaron sus ejecutores salieron mal. Por eso las ideas socialistas en el siglo XXI se disputan en espacios democráticos, hacen campaña y ganan elecciones. Pero esa es otra discusión. El punto es que la batalla cultural de la derecha reaccionaria que ganó las elecciones en Colombia se reduce al negacionismo histórico del conflicto social, al adoctrinamiento religioso por parte de católicos y cristianos, al desprecio sistemático hacia la protección del medio ambiente en nombre del desarrollo industrial y a la represión constante del disenso en nombre de la seguridad y de la autoridad.

A esto subyacen unos postulados simples y efectistas que caben en las tres páginas de un programa de gobierno repleto de consignas y arengas que no requieren mayor elaboración intelectual. “La patria milagro”, “la era del tigre”, “firmes por la patria”, “defensores de la patria” y toda esta parafernalia nacionalista y patriotera no son más que el abuso de símbolos castrenses y camanduleros para enfilar al país hacia una nueva era de violencia. Es evidente que los símbolos que está usando el gobierno entrante no se quedan solo en el campo de la semiótica, sino que son claras advertencias, por no decir amenazas. Llevar a cabo la posesión en una guarnición militar es una clara provocación a la cultura civilista del país y envía un mensaje nefasto para los ciudadanos que verán de nuevo en la bota militar no a los garantes de los derechos de todos, sino a la fuerza represora del Estado que tan malos recuerdos ha dejado cuando se le llama “seguridad” a la persecución indiscriminada contra opositores y críticos.

Elegir a una fanática religiosa como ministra de educación y a la hija de un testaferro de Pablo Escobar como ministra de cultura no da espacio a las interpretaciones. Las etiquetas están claras. Van a meter al dios católico y cristiano a las escuelas a la fuerza en un país laico por Constitución y una vez más la cultura traqueta de la que tanto nos avergonzamos estará acomodada impune en el país ahora desde el gabinete ministerial.

El panorama es desolador. Los mensajes desde el gobierno entrante son más que evidentes. Como en el medioevo, los cruzados seguirán matando herejes mientras los obispos y pastores vivirán en sus palacios de decadencia moral y espiritual ante un dios que lo perdona todo porque, aunque lo ve todo, lo permite todo. En nombre de dios se seguirán cometiendo los más absurdos atropellos porque para eso sirve un dios que nadie fiscaliza, que está por encima de todo y de todos. Y mientras la opinión pública se sigue enfrentando en los debates ideológicos de la tal batalla cultural, las multinacionales estarán arrasando con los recursos naturales de nuestros ríos y nuestros páramos, la brecha económica entre ricos y pobres se hará más profunda y las entidades del Estado que deberían velar por los derechos de todos y por la memoria de las víctimas irán desapareciendo una a una, al tiempo que la sociedad civil se organiza para honrar a sus muertos que por décadas han caído ante el poder opresivo del establecimiento.

Para la batalla cultural que el establecimiento reaccionario y tradicional plantea solo nos queda pueblo, memoria y gente formada capaz de mantener la llama de la revolución ardiendo. Porque más allá de las arengas efectistas que buscan exacerbar el patrioterismo camandulero que arrastra la ignorancia a través de la represión y el miedo, a los revolucionarios nos queda el deber y el compromiso de mantener viva la historia que nos ha llevado mucho más allá de ganar unas elecciones. Hemos ganado derechos y libertades, y eso es mucho más valioso, mucho más importante. En esa lucha no se puede retroceder ni claudicar.

Todos los gobiernos fascistas han intentado borrar la memoria para borrar sus infamias y lo único que han logrado es reabrir las heridas que ya estaban cicatrizando. Solo hay que ver los debates alrededor de las prohibiciones que Trump le ha puesto a los museos en los Estados Unidos para notar que aún hay comunidades dispuestas a reivindicar a sus muertos, a sus luchas, a sus derechos. El negacionismo de Milei con respecto a la dictadura en Argentina reactivó a las abuelas y a las madres de la Plaza de Mayo, y ahora son los nietos arrebatados a los milicos los que están alzando su voz contra el gobierno que los quiere desaparecer una vez más. No hay discurso en donde a Keiko Fujimori no le recuerdan los crímenes de su padre y a Kast no lo dejan en paz con el pasado nazi de su padre.

Se entiende que alguien como Abelardo de la Espriella apele a amenazar con imponer sus posturas “por la razón o por la fuerza”, porque de lo primero tiene muy poco y lo segundo es lo único que le queda a los brutos para imponerse. Porque cuando los argumentos necesitan de batallas, es decir, de violencia para imponerse, es porque no tienen mayor fundamento. Y en eso sí que tenemos la tal batalla cultural ganada de antemano. Porque nos acompaña la fuerza de la razón, que es mucho más poderosa.

*Imagen tomada de: https://cinecitta.com/en/film/antonio-gramsci-i-giorni-del-carcere/

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