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Soriano

Por Andrés Felipe Giraldo L. 

Conocí a Osvaldo Soriano en 2010, cuando ya llevaba trece años muerto. Me lo presentó un amigo marplatense, Rafael Briano, a quien conocí en la Universidad de Buenos Aires compartiendo aula, él como profesor suplente y yo como profesor invitado en una clase de ciencia política. La sesión sobre El Contrato Social de J.J. Rousseau pasó con más pena que gloria, porque los estudiantes estaban concentrados en su asamblea permanente para exigir unas condiciones más dignas en la educación, debido al abandono que se hacía palpable en un salón al que se lo carcomía la humedad y en unos pupitres desvencijados, que en reflexionar sobre la voluntad popular o la dictadura de las mayorías. Ellos ya sabían que el hombre nace bueno, pero que la sociedad lo corrompe.

A la salida de esa clase, Rafael ya era Rafa. Para amainar un poco la decepción de una clase regular nos fuimos a tomar un café cerca de la universidad para conversar un poco sobre esas simpatías ideológicas y personales que deben emerger en espacios en los que hay que hacer equipo, más si tenés una camarilla de revolucionarios mal dormidos en frente, que abandonan el aula para encender las hogueras de las vigilias que acompañan las protestas estudiantiles, que son efervescentes y eternas.

Le conté a Rafa sobre mi gusto por escribir, por mi afición al fútbol, por las dificultades de cursar una maestría sin convicción, por la fascinación que me provocaba Buenos Aires y la buena onda que me daba Jimena, la amiga en común que nos había presentado y que nos tenía ese día compartiendo una clase sobre el Contrato Social. El reloj ya se aproximaba a la media noche y el mesero del café solo esperaba a que nos fuéramos para recoger e irse. En Buenos Aires los lugares permanecen abiertos hasta que los bostezos los cierran, y los míos ya eran ruidosos.

Antes de despedirnos, Rafa abrió su maleta y me pasó un libro. Pensé que era sobre alguna disertación filosófica afín con Rousseau o alguna revolución. Pero no. El título era sugestivo: “Rebeldes, soñadores y fugitivos”. Demasiado simple para la filosofía y demasiado evidente para la subversión.

—Mirá —dijo Rafa—. Este es un escritor que es poco valorado por los escritores y un periodista que es poco valorado por los periodistas. Los primeros dicen que le falta literatura y los segundos que le falta rigor. Pero acá lo leemos con avidez porque es sencillo y, como la Argentina, no sabemos en dónde termina la realidad y en dónde comienza la ficción. Ese es su mérito. Mezcla las verdades y las mentiras con la gracia de los políticos, pero con la honestidad que les falta. Leelo y me contás. Este es fácil, porque son cuentos. Empezá por donde querás.

He de confesar que no soy un buen lector. Y me avergüenza reconocerlo, porque lo menos que se le pide a un escritor (o a alguien que pretende serlo) es que lea. Entonces tomé el libro, prevenido, creyendo que, con leer un par de páginas, la contraportada y una que otra reseña, daría por satisfecha la expectativa de Rafa al compartirme un libro que se notaba era uno de sus favoritos aparentando que lo había leído.

El libro de Soriano se quedó encima de mi mesa de noche un par de semanas como una lámpara sin luz. Cuando veía a Rafa en la Universidad, evitaba hablarle de escritura o de cualquier tema parecido, porque no quería que me preguntara por el libro que no había querido leer aún. Sentía culpa, pero no quería hacer ningún esfuerzo por sacármela.

Sucedió una noche en la que el aburrimiento me estaba disecando. El insomnio se hacía insoportable después de varias noches y no encontré mejor somnífero que el libro de Soriano. Lo abrí con la esperanza de que me durmiera pronto. Abrí en cualquier cuento, como lo sugirió Rafa, y me encontré con “Coca Cola es así”, un lema con el crecí y que nos acostumbró a los niños a llamar a cualquier bebida gaseosa como Coca Cola. No importaba la marca. Todas eran Coca Cola. “Dame una Coca Cola de manzana”, le pedía a mi tendera del barrio. Ella sabía que para mí Coca Cola y gaseosa eran exactamente lo mismo. Coca Cola no era una marca. Era “la” única marca. El origen de la Coca Cola para mí era mitológico, impreciso, gaseoso. Pero el relato de Soriano era delicioso, divertido, anecdótico y, como la bebida misma, adictivo. Sin embargo, el somnífero funcionó. A la mitad del relato me quedé dormido con el libro en el regazo y cuando desperté me quité las lagañas y terminé sin levantarme siquiera de la cama.

Cada noche, para dormir, me propuse leer un cuento. Fueron 35 cuentos. 35 noches en las que dormí plácidamente, con una sonrisa tatuada en los sueños. Después del cuento de Coca Cola y de su desafortunado inventor, John Pemberton, pude darle la cara a Rafa para conversar, como si fuera un lector consagrado, de las bondades del libro que me había prestado. Las conversaciones sobre los cuentos nos llevaron a discutir apasionadamente sobre fútbol, él, hincha de Boca y yo, hincha de River. “¿Viste que hasta a los milicos les gustaban los cuentos de fútbol de Soriano?”, me decía Rafa, cebándose otro mate, mientras me explicaba con desdén por qué Boca siempre iba a estar un escalón arriba de River. Porque Soriano tenía una especial debilidad por los cuentos futboleros, a los que les daba un toque especial, cáustico y los mezclaba con la política y con la intimidad, porque él era todo eso.

“Rebeldes, soñadores y fugitivos” es una compilación de quince años de cuentos de Soriano sobre diversos temas, que me enamoraron del escritor y de su retórica. Saber que era un autor a medio camino entre dos oficios, que no terminaban de reclamarlo, según me explicaba Rafa con especial devoción, como si él lo estuviera reivindicando, casi que vengándolo para la posteridad, me hizo sentir una gran empatía por el difunto.

Sin embargo, no leí nada más de Soriano. En ese momento estaba cursando una maestría en sociología y la carga de lecturas me hacían prescindir de cualquier otra lectura que no estuviera relacionada con mis deberes académicos. Rafa me pidió el libro de vuelta. No era un regalo. Era solo un préstamo. Y se lo devolví. Algo que no se hace con los libros. Los libros que se prestan no se devuelven. Está en la Biblia.

Soriano me introdujo a la vida porteña de Buenos Aires. Me dio un tema de conversación para quienes querían hablar de literatura y, además, tenía la ventaja de que fuera argentino, para presumir un poco más. También me enseñó a conocer el fútbol a través de los ojos de un apasionado que, además de saber contarlo, lo había jugado. Así abrió la puerta para que me acercara a otros escritores futboleros como Eduardo Sacheri, el gran Fontanarrosa o Eduardo Galeano. El fútbol hecho literatura es tener lo mejor de los dos mundos en las manos, cuando no se tiene talento en los pies.

Dieciséis años después de esa noche en la Universidad de Buenos Aires, me encuentro de nuevo con el gran Osvaldo Soriano. En una clase de Literatura Contemporánea en español nos pidieron imitar un referente que nos gustara con un texto que fuera similar al de nuestro elegido. Además, que notáramos qué aspectos nos habían llamado la atención del autor en las obras que habíamos leído. Pues bien, yo creo que puedo hacer las dos en el mismo texto, porque Soriano, más que un referente, es un modelo que seguir, como lo era el Míster Peregrino Fernández, en el mundo imaginario del fútbol, para el propio Soriano.

En este reencuentro viajé desde Bakú hasta Munich para conseguir una de sus mejores novelas y su libro que compila casi todos sus cuentos sobre fútbol. “No habrá más penas ni olvido” y “Arqueros, ilusionistas y goleadores” llegaron a mi biblioteca recién desempacados de la maleta haciendo fila para ser leídos con devoción. Uno no vuelve a los escritores por casualidad: los persigue por el mundo como quien persigue una promesa incumplida. Al menos sabía que era un autor a quien admiraba y con quién me sentía identificado. Un escritor que escribe como periodista o un periodista que escribe como escritor. Da igual.

Empecé a leer los cuentos de fútbol como me había recomendado Rafa que leyera los cuentos de Soriano. Sin un orden específico, donde abriera la página ese día. 271 páginas que en cualquier momento iban a rebotar contra las esquinas porque rebosaban de fútbol. Como fiel fanático del fútbol, asiduo visitante del Monumental de River, justo en la temporada que se fue al descenso, en donde los ancianos me contaban antes de los partidos cómo habían llegado Rossi, Pedernera, Di Estefano y todas las estrellas de las gallinas a mi adorado Millonarios de Colombia, en un paro del fútbol argentino, por allá en los años cuarenta, contemplar estas historias que oscilaban entre la memoria y la fantasía hacía parte del ritual. El fútbol con acento argentino es más que un deleite para la imaginación.

Soriano entra por los ojos con sus cuentos podando el césped de los potreros, en donde jugó algunos partidos reales y otros imaginados. Fue un futbolista frustrado. Él decía que era bueno. Pero no queda nadie para corroborarlo. Solo sé que si jugó como escribía, el socio veterano de Kempes se quedó lisiado entre vendas en un partido contra Centenario en Neuquén.

Su novela “No habrá más penas ni olvido” transcurre poco después de morir el caudillo. Nadie lo nombra sin bajar la voz. Ignacio Fuentes, el protagonista, aprende rápido esa lección: en un pueblo de pocas cuadras basta un rumor mal intencionado para que lo acusen de comunista y le arruinen la vida entera. Perón murió, pero en la Argentina eso no cuenta como noticia definitiva: cada uno decide cuándo se termina de morir un mito. Soriano lo sabía, y por eso nunca lo mata del todo en sus páginas.

Paradójicamente, Soriano habla del fútbol con un cariño entrañable y a la política la plasma con toda la ironía que le cabe a la inteligencia del rebelde, de quien quiere golpear con guante de seda que en realidad cubre una mano de hierro. Por eso los dictadores no lo querían. Por eso lo mandaron al exilio y solo pudo regresar a la Argentina cuando ya la dictadura había caído. Su pluma era punzante y locuaz.

Esa misma pluma, que no perdonaba a los dictadores, tampoco les regaló un lugar fijo a sus personajes. Sus personajes nunca terminan de estar donde están. Son árbitros que persiguen padres que no los reconocen, pilotos que bombardean pueblos con mierda antes de morir fusilados por una causa que no era del todo suya, futbolistas viejos que juegan partidos que nadie más recuerda: gente corrida de sí misma, instalada en los márgenes de una historia que nunca los reclamó del todo. Yo tampoco terminé de acomodarme nunca en un solo lugar, ni en Bogotá, ni en Buenos Aires, ni en las ciudades que fui acumulando después, como quien junta estampillas de países que ya no piensa volver a visitar. Por eso entiendo a esos personajes mejor de lo que quisiera. Lo entiendo cada vez que hago una maleta y no sé bien a cuál de mis casas la estoy llevando, o cuando alguien me pregunta de dónde soy y dudo un segundo de más antes de responder.

Ahí me contengo. Cuesta escribir así por mucho tiempo; enseguida quiero explicar de más, como si desconfiara del lector.

Haber vivido en Argentina y haber estudiado en una Facultad ligada estrechamente con la izquierda revolucionaria de ese país hizo que Soriano quedara en el archivo de los autores a los que debía regresar algún día. Recobrar su tono en mi memoria, disfrutar del fútbol hecho palabras e identificarme con el estupor que le provoca la política me regresan inevitablemente a esa noche de invierno en la que Rafa Briano me prestó su libro.

Soriano es un escritor nostálgico y la nostalgia la hace verso. Por eso la experiencia de haber vivido en Argentina, en la porteña Buenos Aires, me lleva a querer emular tanto al periodista como al escritor. Caminar por Calle Corrientes desde la avenida 9 de julio hasta Palermo en las noches frías de agosto, por ejemplo, es un desperdicio si no se va cantando un tango mentalmente que acompañe el recorrido. Porque en el camino se turnan los teatros, las librerías y los cafés con tal sincronía que es imposible no sentir un llamado a gritos de la bohemia como una invocación a la perdición. El buen Osvaldo es un trago de argentinidad que se bebe uno y queda con ganas de evocaciones melancólicas que van desde Puerto Madero hasta La Boca, una con su olor a río fresco y la otra que hiede a estiércol. Pero ambas tan típicas, tan propias y sublimes, que al final huelen a lo mismo: Evita, Maradona y Gardel. Buenos Aires es Puerto Madero. Buenos Aires es La Boca. Buenos Aires es, sobre todo, la costumbre de mezclarlas hasta que huelen a lo mismo.

No sé si vaya bien en este propósito de imitarlo, tan capaz él de escribir sin la pompa grandilocuente del literato consagrado, pero con la habilidad tan esquiva de cautivar al lector con historias hiladas, fluidas y claras. Pero asoma la nitidez de lo que me gustaría emular. Ahí está el hijo de Butch Cassidy: un árbitro con revólver al cinto que soñaba con conocer la tierra de su padre. Nunca la conoció. Ahí está Cerviño, que bombardeó un pueblo entero con mierda desde una avioneta y murió fusilado poco después, sin tiempo de arrepentirse. Ahí está el Míster Peregrino Fernández, abandonado en un geriátrico, todavía dando consejos que nadie le pide. Soriano no explica a sus personajes. Los deja ahí, como quien deja una apuesta sin cobrar.

Soriano no tiene miedo a las digresiones, pero mientras reflexiona no deja de narrar. Por ejemplo, mientras en algún banco de pueblo el intendente confabula con su séquito para desollar al delegado municipal por insubordinado, en otra página sus personajes batallan en el sinsentido de una guerra que ni ellos mismos comprenden. La forma entrañable en la que narra el fútbol como un escenario de amistad, de superación, de gestas épicas y de camaradería es también una forma de contar cómo surge el heroísmo en la adversidad.

Ahí asoma el policial que Soriano nunca quiso tomarse del todo en serio: comisarios truchos, intendentes de opereta, conspiraciones de pueblo chico que arma y desarma como quien juega al truco con las convenciones de Chandler. Donde Chandler pone humo de cigarrillo y desencanto solemne, Soriano pone mate frío y una carcajada que no perdona a nadie, ni siquiera a sí mismo. Confieso, otra vez avergonzado como aquella primera noche con Rafa, que todavía no he leído “Triste, solitario y final”, la novela con la que dicen que mejor se prueba eso. Está ahí, en el archivo de las deudas pendientes, esperando su turno como esperó “Rebeldes, soñadores y fugitivos” aquella vez, con la misma paciencia de las cosas que uno sabe que va a hacer, pero no hoy.

Me animo, entonces, a intentarlo yo también, aunque sea una vez, aunque sea mal:

Las escaleras

«El viejo subió las escaleras del Monumental como quien sube al patíbulo con ganas de llegar rápido. Setenta y ocho años, dos rodillas prestadas y un bastón que dejaba en la boletería porque decía que ahí arriba no hacía falta, que las piernas se acordaban solas.

—Es la última vez —le dijo a nadie, o a mí, que fingía no escuchar.

Yo conté los escalones como quien cuenta ovejas: cuarenta y dos. Él los subió sin apurarse, parando cada diez para mirar el cielo, no porque le faltara el aire sino porque el cielo de Núñez, decía, se veía distinto un domingo de clásico.

Llegamos justo cuando salió el equipo. River perdió dos a cero, como perdía siempre que él prometía que era la última vez. Al final, mientras la gente bajaba empujándose, el viejo se quedó sentado, mirando la cancha vacía, y me dijo que ya estaba, que la próxima la iba a ver por televisión, que a los ochenta no valía la pena hacerse el guapo con las escaleras.

No hubo próxima vez. Pero yo sigo contando los escalones cada vez que subo solo: cuarenta y dos, uno por cada domingo que no volvimos a compartir. River sigue perdiendo los clásicos. Algunas tradiciones son más tercas que la muerte».

Ahí lo dejo, con las escaleras contadas. Vuelvo al suyo, que hace mejor este oficio.

Recordar a Soriano para llegar a este texto es recordar también los días en los que me enamoré de una ciudad encantada en la que se habla el español con acento italiano. Es recordar el día en el que entré a una cancha de fútbol y me paré en el arco creyendo que los argentinos eran imbatibles en el fútbol, hasta que noté que a la estrella del equipo contrario le decían “el colombiano”. Tan colombiano como yo, que le atajé un par de masitas que tiró a mi arco sin más convicción que la de un amateur que se dedica en su vida cotidiana a la ingeniería o a cualquier otra cosa. Los argentinos aman tanto el fútbol que lo juegan hasta los que no saben jugar. Recordar a Soriano es verme sentado en una obra experimental de teatro, solo, en medio de un público ajeno, viendo al actor principal tambaleándose en delirios en el papel de Gregorio de las Heras, recitando versos de memoria a la tropa en la ruta de Uspallata. Recordar a Soriano es ver de repente a un par de espontáneos bailando tango en una esquina, sentir una punzada en el corazón cada vez que suena Gardel en la vitrola vieja de mi padre, que escucha mi madre en las tardes de domingo, porque extraña al viejo que ya se le fue hace doce años en la misma cama en la que todavía duerme.

Cierro el libro, ya exhausto. Apago la luz. Y en la oscuridad, como siempre, me gano un cuento más.

*Fotografía tomada de: www.pagina12.com.ar

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