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Volví

Por Andrés Felipe Giraldo L.

El jueves regresé a Colombia después de haber vivido tres años en Alemania. Es decir, hoy perdí la cómoda ventaja de siete horas que tenía para escribir esta columna, lo que me permitía empezar los domingos tarde y relajado a redactar, para que al despuntar el alba en Colombia ya pudiese estar en el menú de todos los columnistas dominicales que no son pocos. Por eso, estoy hoy a las 3:30 de la madrugada pegado al teclado, un poco por el efecto del jetlag que aún no se me pasa y otro poco por el sentido de responsabilidad que me tiene escribiendo esta columna ininterrumpidamente desde abril.

Mis sensaciones al regresar, cuando todavía siento que no he aterrizado del todo y que tampoco me siento preparado para hacer un balance de lo que fue mi estadía en ese país, parten del sentimiento que me genera tomar consciencia de que desde allá viví una realidad paralela, extraña y ajena, mientras seguía imbuido en la cotidianidad de mi país, en sus noticias y en esta realidad lejana que hoy la puedo ver a través de una ventana. Nunca, durante estos tres años, me desprendí emocionalmente de Colombia y todo lo que significa para mí, a pesar de esta relación tan dolorosa, amarga y conflictiva que me ha enviado al exilio voluntario durante varios periodos de mi vida.

Noto, a pesar de mí, que la Patria sí existe aunque reniegue todos los días de ella y quiera apostatar de esta idea porque me parece arbitraria como concepto. Noto, a pesar de mí, que la Patria no es una ficción, como he venido sosteniendo desde hace muchos años, sino que es más bien un artificio creado por el humano, que tiene entidad y estructura, justamente porque tiene tantos impactos e implicaciones en la vida de la mayoría de las personas, que es necio creer que no existe, a pesar de que sea un producto de la imaginación que fue evolucionando hasta convertirse en el paradigma que orienta la convivencia de los humanos desde hace un par de siglos. Benedict Anderson, en su libro Comunidades Imaginadas, logra explicar cómo fue este proceso y qué elementos subyacen en las concepciones de Patria y Nación.

Y noté todo esto porque nunca creí poder encajar en la cultura alemana, empezando por el idioma que se me convirtió en un muro infranqueable, y que por más que traté de aprenderlo, fueron inútiles mis intentos por lograr asimilar la estructura gramatical con la que ellos construyen sus oraciones. Por supuesto, el problema fue mío, por falta de voluntad, disciplina y dedicación, pero también noté que no tenía ningún interés en encajar, más allá de cumplir unas mínimas normas de comportamiento y de convivencia, que de todas maneras procuro cumplir en cualquier parte del mundo. Quizá siempre tuve en mi mente que quería volver, que iba a volver, y no por un sentimiento patriótico en el sentido etéreo y romántico, sino porque mi afán diario por saber qué pasaba acá, el lugar de mis afectos, en donde habitan mi familia, mis amigos y la mayoría de personas que me importan, tendieron un lazo emocional hasta un entorno que me mantenía seguro y protegido, pero que no era mío.

Comprendí, con el paso del tiempo, que por elección o por incapacidad para adaptarme a otros entornos, esta, la realidad desde la cual escribo en esta madrugada, es en la única que puedo incidir. Porque acá está mi comunidad imaginada, con la que comparto un pasado común aún así lo sigamos discutiendo y reconfigurando a diario, la comunidad con la que padecemos un presente que nos afecta a todos, porque las carencias de una sociedad sometida, empobrecida, manipulada y que padece una violencia cruel, se va manifestando en un clamor popular que parte desde nuestras raíces ancestrales, así algunos las quieran negar y vilipendiar, como si les produjeran más vergüenza que orgullo. Y noté, a pesar de mí, que acá está mi futuro, ese futuro que se edifica en la lucha mancomunada de las ideas, los anhelos y las expectativas de una Patria que se debe reconstruir desde las bases, y por la que hay que pelear hombro a hombro con quienes visualizan un futuro similar al que yo quiero para mis hijos y para mí.

Por eso estoy acá, por eso volví, no porque me sienta llamado a liderar ningún proceso ni porque crea que sobre mis hombros recae la responsabilidad de lograr grandes cosas. No. Volví porque la realidad que estuve analizando durante tres años desde la lejanía es esta, la que me incumbe, la que me determina y la que me afecta. Por eso creo y siento que mis análisis y reflexiones son más útiles desde acá, y que estar en Colombia me va a permitir evitar las mediaciones que distorsionan la realidad cuando nos llega filtrada por unos u otros intereses.

Sin embargo, algo que sí aprendí de Alemania y de los alemanes, es que es posible cambiar el destino por más incierto que parezca. Un país que provocó dos guerras mundiales en menos de medio siglo que dejaron más de 70 millones de muertos y que derrotados fueron divididos, desgarrando su nación y su cultura; un país que fue capaz de reconstruirse primero y reunificarse después, proceso del que se habla poco pero que sigue siendo traumático, porque cada parte de Alemania tuvo 40 años para forjar su propia identidad, y una de esas partes debió renunciar a lo construido para adaptarse a la otra; un país que debió luchar contra el estigma y que ahora, a pesar de algunos brotes de racismo y de xenofobia, es uno de los Estados más poderosos de Europa y del mundo y uno de los que mejor vivir y oportunidades le da a los inmigrantes y refugiados. Alemania resurgió de las cenizas y del lastre de su propia historia.

Es decir, comprendí que es posible luchar contra la inercia de la historia y que ninguna nación está condenada a su pasado si es capaz de comprender que hay unos principios básicos de convivencia, ligados en gran medida a la democracia y al Estado Social de Derecho, que hoy están en uno de sus puntos más bajos en Colombia. La lucha es dura y debe ser paciente. Pero debe ser contundente y consistente. Eso lo noté en los rostros de los viejos y las viejas que vivían en los hogares para adultos mayores que quedaban cerca de mi casa. Esa generación de las arrugas que me crucé a diario en los caminos del barrio, que se echaron ese país al hombro y lograron todo lo que es Alemania hoy, lo hicieron con persistencia y en silencio, con trabajo y disciplina. Nosotros estamos llamados a ser esa generación. No podemos seguir delegando esa responsabilidad en nuestros hijos y que ellos lo hagan en nuestros nietos, en un proceso eterno en el que las generaciones que se van no tienen más que pedirle perdón a las generaciones que vienen porque no fueron capaces de dejarles un país mejor.

Por eso estoy acá, porque quiero hacer parte de la generación que sea capaz de imaginar una comunidad mejor, una Patria mejor, con lo único que creo que sé hacer: escribir.

Gracias por sus bienvenidas, las he sentido en el alma, me han conmovido y abrigado. Gracias.

 

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