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¡Oye! Te hablo desde el Hospital

¡Oyeeeee! Te hablo desde el Hospital… muchas veces nos creemos más preparados para la muerte que para la enfermedad. Sabemos con certeza que vamos a morir, pero no sabemos si algún día nos vamos a enfermar. Y este es el verdadero reto de la vida. Porque este templo que parece inexpugnable llamado cuerpo, a veces nos recuerda que somos unos seres débiles y vulnerables, flojos y temerosos. Y las enfermedades están ahí, para recordarnos que no somos superiores a la naturaleza, que en cualquier momento estaremos sentados en la taza del inodoro con los ojos encharcados rogando por un pedo que nos alivie, lo que en otro momento no nos llenaría sino de vergüenza, en esa presunción de orgullo que sólo le sirve a la soberbia.

Ahora, me ha tocado a mí. Nunca estuve más de un día en un hospital y siempre pensé que eso sólo era cosa de gente enfermiza y paliducha, hipocondriacos eternos, cobardes de los virus. Pero no, el hospital es un lugar para recordarnos cuán tenue es el hilo que nos une a la existencia.

Buenos Aires, mañana dominguera. Todo comenzó con un dolorcito, como empieza todo mal. Dolor de panza normal de domingo en la mañana, suficiente para resolver con una sal de frutas en agua para que la vida siga su rutina. Como todo dolorcito que va encendiendo alarmas, subió y subió y subió. En la noche ya era un manojo de temblores. Los retorcijones me volvieron a formar como un feto acurrucado en el vientre del mismo infierno. Como mal bombero en gran incendio, el instinto me llevó a llenarme de analgésicos, como si ocultar el dolor acabara con el mal. Atacar el dolor sólo logra que la enfermedad se expanda mientras llenas tu cuerpo de mentiras.

En la madrugada, ya estaba como un ente deambulando buscando un hospital. Llegué al Hospital Fernández, bien reputado pero mal atendido. Estuve sentado con cara de perro hambriento durante dos horas y nadie se asomó para ver si había algún enfermo. No tuve más remedio que irme, abrazado por el intenso frío porteño de madrugada entrada la mañana. Tomé un taxi y regresé a mi casa. Me tragué un par de laxantes para que la mierda fluyera como manantial de expiación de demonios internos y tomé más analgésicos para mantener drogados a esos malditos. Otra vez me acurruqué como un feto en mi soledad, rogando por una mano que me sobara la barriga, pero sólo hallé la mía porque la incertidumbre de saber quiénes son los verdaderos amigos pasmó mis dedos para marcar a cualquier parte.

Lunes de mierda. Literalmente. Mierda por los laxantes, mierda por el dolor, mierda por la soledad, mierda por no saber qué hacer con un cuerpo cada vez más inútil y postrado. Más buscapina para lograr dormir. Los sueños fueron crueles. Parecía como si engañara a la humanidad dentro de una incoherencia en la que fingía que estaba enfermo pero lo disimulaba tan bien que nadie me creía, nadie me atendía, a nadie le importaba. Despertaba revolcándome, buscando una posición cada vez más contorsionada que me permitiera amainar el padecimiento pero sólo lograba un nuevo giro insoportable de sufrimiento. Así pasé todo el día. En la noche, ya agobiado y casi inmovilizado por las terribles punzadas de dolor, otra vez me embarqué a buscar un lugar de atención, armado de la plata que tenía y de las tarjetas de crédito para que no pensaran que era la economía lo que me llevaba a evitar una atención digna. De todas maneras volví al Hospital Fernández, por si de pronto esa imagen de insensibilidad infinita era sólo un espejismo. Pero no. Esta vez si había alguien en la recepción. Una chica desagraciada, insípida y vulgar, me miró como si fuera un contribuyente pagando un impuesto atrasado. Si al caso me escuchó que le dije que estaba enfermo desde hace dos días y que necesitaba atención. Para mi cara de perro nada mejor que una cara de perra. Me miró de soslayo y sólo rebuznó: Hay que esperar al menos tres horas para ver si alguien lo puede mirar. Sin más, tomó unos papeles y fingió como que yo no estaba allí y entendí por qué el vidrio de atención de ese lugar es blindado. Sólo provocaba escupir a esa recepcionista fría y distante, funcionaria pública promedio de la mediocridad latina. Sin pensarlo y con mucha rabia me largué a un lugar en donde al menos mi tarjeta de crédito pudiera conmover.

De nuevo tomé un taxi hacia la única clínica privada que conocía, la Sacre Coeur (Sagrado Corazón) y descubrí que su nombre hacia referencia a que sólo atendían problemas cardiovasculares. De allí salí a la Clínica Palermo, en donde me dijeron que sólo me atendían con una obra social. No entendí ¿Qué era yo? ¿Una obra civil? En ese momento me sentía como una obra de alcantarillado en mal estado, pero igual, tuve que seguir buscando.Salí caminando, con el frío y el dolor más infame hasta la Clínica San José. La bienvenida fue: La consulta cuesta 100 pesos. Sin dudarlo saqué mi identificación en ese momento: Un billete de 100 pesos argentinos. Al cabo de un rato una doctora me atendió. Desde el primer momento me disuadió para no permanecer mucho tiempo en esa clínica. Parecía más angustiada por mi billetera que por mi salud. Y me reiteraba que cualquier tratamiento o atención en aquel lugar era venenosamente caro. Pero yo no quería dar más vueltas y le pedí que los exámenes que me tuviesen que hacer los hicieran allí. 236 pesos más por una ecografía, una radiografía y exámenes de laboratorio. Recorrí el recinto de extremo a extremo con ese dolor insoportable para que cada técnico hiciera lo que tenía que hacer. Sacar sangre, tomar la muestra de orina, tomar las placas de radiografía y por supuesto, la ecografía. Un residente joven, compatriota colombiano, pasó el sensor del ecógrafo por una media hora más o menos en la que conversamos largo y tendido. De entrada me dijo que el apéndice se veía bien, que creía que era un problema de alguna obstrucción intestinal que con líquidos se resolvía.

Esperé resultados y otra vez me senté retorcido del dolor a esperar la lectura de esos papeles y láminas. La doctora se demoró una hora y media más. Los 100 pesos ya estaban en las arcas de la clínica y la lectura de los resultados no incrementaría un mango más. Después de un tiempo apareció y me dijo que aparentemente tenía “un proceso infeccioso” pero que no era apendicitis. De nuevo se angustió por mi billetera, me dijo que una internación en San José era impagable y que lo mejor era que me fuera a un hospital público. Renegué con el hígado sobre el Hospital Fernández y me dijo que el Hospital de Rivadavia era mejor. Llamó a una doctora amiga que tenía a otra doctora amiga en la guardia del Hospital de Rivadavia y me dieron una notica de presentación y sus mejores deseos para que me atendieran. Cogí mis papelitos y me fui, otro taxi, otro trayecto, más dolor.

Llegué al Hospital de Rivadavia con la desesperanza adquirida en el Hospital Fernández. Pero me atendieron sin espera. Entregué la nota y fue como una orden para los doctores que allí se encontraban. Pasó la doctora amiga de la doctora de la Clínica San José, el cirujano y la Jefe de Residentes. Esta última me dijo que podría ser una gastroenteritis aguda, pero que como había pasmado mi organismo con analgésicos y antiespasmódicos, no podían hacer bien el diagnóstico. Me dijo también que me tenía que ir a casa a tomar muchos líquidos y esperar dos días para ver si mejoraba, de lo contrario, debería regresar. Me paré de la camilla. Otra vez salí a la gélida noche porteña con mi dolor a buscar un taxi que me llevara de vuelta a esa casa vacía. No soportaba ya el dolor, no soportaba ya la soledad.

Llegué al apartamento vacío y como un niño asustado llamé a mis padres en la madrugada. Cinco de la madrugada en Colombia, siete de la mañana en Buenos Aires: “Mamá, me duele mucho, por favor manden a Ángela para que me cuide, no aguanto más esto sólo, no puedo más, no puedo vivir más así, ayúdame mamá, ayúdame”. Mi mamá se asustó, por primera vez perdió la compostura y el optimismo y llamó inmediatamente a Ángela, mi prometida, mi ángel, mi luz, para coordinar su viaje esa misma noche.

El dolor amainó a la espera de que llegara Ángelita. Esa noche dormí intermitentemente aguardando con ansia la llegada de mi futura esposa. A las 10 de la mañana en punto sonó el timbre y yo sentí que me llegó la vida. Comprendí que sólo el amor hace a las personas inseparables y que en ese instante estábamos ensamblando dos almas a la eternidad. Vi el resplandor de sus alas y el brillo de su sonrisa que iluminaba hasta las costas de África. La abracé, lloré, me entregué a su regazo y a sus cuidados. Inevitablemente me sentí mejor, pero no era mi cuerpo, era mi alma la que irradiaba ese bienestar. Mi cuerpo seguía decayendo sin que yo me diera cuenta.

Ya era miércoles. La dieta de Clight de manzana mejoró por cuenta de Ángela a punta de crema de calabaza, crema de espinaca, merluza al horno, pollo en caldito… cómo no me iba a mejorar… el amor estaba en mi comida y la sensación de bienestar regresaba. Pero en las noches las alarmas se encendían. Un dolor profundo y quedo me arrasaba las entrañas. Entraba al baño cada hora y no era más que una danza de nada. Un poquito de agua barrosa y nada más. Mi intestino se negaba a aliviarme y yo sentía como ese excremento me inundaba hasta la razón. Dolor, sólo dolor. Así pasó el jueves también, con leves intentos de mejoría pero nada, todo seguía atrofiado en mi interior. Yo sentía como si la mierda se estuviera estancando como si fuera llevada por mi intestino como un Transmilenio en hora pico. Un poquito salía y mucho más subía.

El viernes tomé la decisión de ir al Hospital de nuevo. La sensación de mejoría era sólo eso, una sensación, motivada más por la alegría de ver a mi amada que por una reacción real favorable del cuerpo. A punto de salir, desapareció mi DNI (Documento Nacional de Identificación) de Argentina. Traumatizado por la atención en Colombia, en donde si uno no aparece con la cédula, la declaración de renta y un fiador con finca raíz no lo atienden, decidí postergar nuevamente mi ida al Hospital. Esa noche me quedé en casa, resignado. El mismo viacrucis. Incursiones al baño para ver cómo mis intestinos no trabajaban. Pensando para dónde estaría yendo toda esa materia fecal dispersa en mi cuerpo. Me sentía literalmente como una mierda andante. El dolor era insufrible y llegó lo inevitable: El delirio. Ángela me contó que yo preguntaba en dónde estaba, que si tenía hijos, qué quién era ella y qué hacía en mi cama. Ella respondió todas mis preguntas con paciencia infinita, pero no pudo dejar de reír cuando le reproché por decirme que si me iba a casar con ella por qué no tenía anillo de compromiso. Fue un bumerán de idiotez porque he evadido ese obsequio convenientemente esperando la oportunidad económica de brindarle algo decoroso.

El sábado mejoré súbitamente. Otra vez la comida, amenizada con un poquito de arroz y pollo al horno me devolvieron la ilusión de bienestar. El fútbol de la selección sub -20 me hizo dispersar un poco. Pero con la noche llegó de nuevo el dolor, las lamentaciones, las peregrinaciones eternas a la taza para suplicar que una masita consistente abandonara mi cuerpo. Pero nada, más agua barrosa en porciones de copa aguardientera era todo lo que mi cuerpo podía excretar.

El domingo decidí regresar al Hospital, sin documento, sin nada, con mi cuerpo enfermo que creo era suficiente para llamar la atención de un Hospital. Y así fue. Al cabo de una hora de espera entré a la sala de consulta. Conté todo el cuento, casi fielmente como lo he relatado acá. El cirujano entró y me dijo algo que recordaré toda mi vida: “Te voy a hacer un tacto rectal”. Mi virginidad anal desaparecería en un instante. Sacó una pomadita, me embadurnó el orto y ¡suácate! Tenía un dedo explorando mi recto y yo apenas lagrimeaba. No sabía si suplicarle un besito al doctor, que me diera su número telefónico para invitarlo a un café para hablar de este episodio con calma. Pero no, sólo me dijo que sentía que era apendicitis. Por primera vez me habían hecho el diagnóstico adecuado.

Inmediatamente me ordenaron nuevos exámenes: Laboratorio, radiografías y ecografía. Esta vez todo coincidió. El apéndice estaba como una pelota de ping pong y había que sacarlo ya. Me prepararon para el quirófano. Me empelotaron y me pusieron un gorrito ridículo, un batón que me dejaba las nalgas al aire y unos zapaticos de tela. Entré y el anestesiólogo me dijo: Te vas a dormir. Hasta ahí me acuerdo.

Cuando desperté, Ángela estaba llorando desconsolada a mi lado. Yo sólo atiné a preguntar medio dopado: “¿Todo salió bien?” Lloró aún más fuerte con lo que supe que no todo había salido bien. Entre sollozos me explicó que el apéndice se había perforado, que había hecho peritonitis y que todo estaba más complicado de lo que parecía. Que me pude haber muerto. El dolor empezó a emerger dentro de mí y pasé del letargo a la histeria. Tenía una sonda metida en mi nariz que llegaba hasta el estómago. Tres sondas gruesas salían de mi barriga cual trompas de elefante y llegaban a tres tarros que se llenaban de un líquido sanguinolento y aguado y varios catéteres entraban en mis venas. Una sonda más salía de mi uretra, un conducto del que jamás pensé que le pudiera entrar algo, cuando aveces me costaba que saliera ese fino hilo de orín. Pero allí estaba, tendido, más conectado que una consola de sonido en fiesta de 15. Supe entonces que estaba grave, que esto iba a ser largo y que todo lo que pensé iba a pasar en unos días a punta de jugos y sopas sería una larga y dolorosa convalecencia. Además, con pronóstico reservado porque mi interior estaba lleno de líquido necrótico que no sólo estaba muerto sino que me estaba matando.

Y lloré. Lloré porque siempre me creí invencible frente a las enfermedades porque eso sólo le pasa a los enfermos. Lloré por haber sido tantas veces desagradecido al despreciar mi vida y todo lo que Dios había hecho para dármela. Lloré porque sentí cuánta falta me haría el mundo y sus encantos que en mi eterno pesimismo y negatividad había vuelto opacidad. Lloré por mis padres, mis hermanos, mi familia y mis amigos. Lloré por mi hijo, porque no sabría qué sería del mundo de él sin mí, de mi cielo sin él. No sería mundo, no sería cielo. Lloré por Ángela, por el matrimonio al que no iría, por los hijos que no tendríamos, porque no tendría vida para devolverle la vida que me había dado. Lloré porque la muerte me tocó el hombro y me habló y comprendí que no debo jugar más al existencialista protanatos si no quiero que Tanatos me esté recordando la severidad de su hoz.

Ángela se fue mientras yo recobraba mi consciencia. Luego llegó Leo, mi amigo chileno. Se sentó al lado mío sólo para decirme en su particular acento que todo iba a estar bien, que me recuperaría, que ya había pasado lo peor. Sentí que un amigo estaba al lado mío, que me abrigaba con su consuelo. Eso me dio una tranquilidad infinita. Se fue y me trasladaron de la sala de recuperación a una habitación. Es una habitación de cuatro camas, cada una con su mesita de luz y una gabetica. Todo lo que necesitaba para estar mejor. Cama 20, junto a las camas 17, 18 y 19. Cama 17, un operado de una hernia que no duró ni dos días. Cama 18, un tipo con un absceso en el ano, doloroso pero de rápida recuperación. También se fue. Y cama 19, un adulto mayor, con un palmarés impresionante de títulos y logros académicos que le exponía a cada enfermero y cada médico que quería descrestar. Mientras ellos trataban de descifrar por qué tenía sangre en sus deposiciones él argumentaba que él era dueño de su cuerpo, que sólo él podría saber qué le pasaba, que sólo él era digno de descubrir sus males. Que sólo él. Era un hombre tan aferrado a su ego de antiguas glorias que sólo se había quedado. Se fue peleando con los médicos, acusándolos de ignorantes e incapaces. Se fue sólo y nunca supo qué tenía. Ni los médicos. Ni yo. Sólo se llevó un ego enorme que lo estaba rompiendo por dentro. Así me quedé en una habitación de cuatro camas para mí solito.

Las enfermeras llegaron una a una a cuidarme. Cada una me llamaba por mi nombre, el que menos me dicen pero el que más estoy queriendo por cuenta de todo el cariño que me dan acá: “Andrés, cómo seguís, te vas a mejorar, te vamos a cuidar, vas a estar bien”. Y todo lo han cumplido. Han estado conmigo todo el tiempo. Los médicos son sumamente profesionales, como se ven en las series serias de televisión, en donde el paciente no es un número sino un reto frente a la vida por la que ellos mismos dan su vida. Me hacen las curaciones, me miman, me animan. Poco a poco me han ido desconectando. Me quitaron la sonda que iba de la nariz al estómago y fui feliz. Me quitaron uno de los tarros que salían de mi barriga. Antes parecía un carro de recién casados, arrastrando los tarros para que hicieran ruido contra el piso de la calle. Ahora llevo sólo dos, dignamente, colgaditos pero silenciosos. Sólo tuve un leve incidente con esa detestable sonda que salía de mi uretra. Por alguna razón se tapó. Pero las enfermeras creyeron que era que yo no estaba haciendo chichí y decidieron darme diuréticos. Así pues, el líquido empezó a salir en cascada hacia una sonda obstruida. Se colapsó la sonda y mi glande empezó a inflarse cual globo de agua. Grité en medio del desespero de pensar que mi pene quedaría como una crispeta. Llegó la enfermera y movió un poco la sonda, el glande escupió con fuerza el último centímetro de esta maldita unión y una explosión acuosa, amarillenta y turbia mojó mi rostro, el uniforme de la enfermera, la cama, el piso… más allá de la vergüenza decidieron quitar la sonda porque al parecer yo ya podría controlar mi orina. La primera sonda que me quitaron. Un somero y bochornoso indicio de que todo estaría mejor.

Hoy ha pasado una semana exacta desde mi operación y 15 días desde que empezó este sufrimiento y gracias a la Salud Pública de la Argentina cada vez estoy mejor. No estoy pensando en la cuenta. Sólo en la mejoría. Los contribuyentes argentinos me están salvando la vida. Esto no pasaría en Colombia porque aún habría un médico de Saludcoop gambeteando mi operación para no deteriorar la fastuosidad de las obras de Villa Valeria de Carlos Palacino, porque la salud en Colombia es una mierda costosa e ineficiente, que a un muy alto precio se presta como caridad pública de la peor ralea. En dónde el éxito no se mide por el paciente que se salva sino por la cuenta que se le cobra al Fosyga, por los sobrecostos en los medicamentos, por el tratamiento que se niega al paciente para seguir robando las arcas del Estado. Acá la salud no es un privilegio, es un derecho y como derecho me lo han brindado sin reparos ni mezquindad. Nada me ha faltado, y lo más importante, la vida, me la están devolviendo.

He aprendido a valorar el amor verdadero. El de mi Ángelita. Tantas veces posé de galán seductor para atraerla y ahora está al lado mío sin miramientos. Con decir que me sostuvo la mano cuando al fin pude cagar. Ella me miraba mientras yo pujaba suavemente, rogando para que se me abriera primero el esfínter del ano que los puntos de la cirugía. Y me vio sudar, lloriquear hasta que esa masa bendita como dulce de leche pero con olor hediondo abandonó mi cuerpo para avisarme que mis intestinos habían revivido. Siempre pensé que la mejor forma de olvidar a alguien era imaginársela cagando. Ahora con Ángela nos reímos de ese cuadro, y ella nunca podrá utilizar esa imagen para olvidarme porque ya no puede ser un producto de la mente, ahora es un recuerdo.

Ahora como cositas ligeras. La poteca de calabaza que tanto odié, es un manjar que se derrite en mi lengua. Las galletas sin sal son langosta de harina. Todo es una delicia, hasta la vida misma me sabe a más porque me ha hecho sentir su valor.

Mis hermanas vinieron. Sonrieron conmigo para llevarle sonrisas a mi padre que lloró cuando supo que estaba tan mal. Para llevarle vida a mi hijo que es mi vida. Para acompasar todas las llamadas de aliento que recibí de mi familia entera, todos los días, a cada instante, para recordarme cuánto me quieren. Hasta mi hermano mayor, con quien he tenido una relación cálida pero distante, me ha llamado todos los días para hacerme una broma y sacarme una sonrisa, para abrazarme con sus palabras, para hacerme saber que por encima de todo, es mi hermano. Luis desde Canadá, Alejo con su agenda a reventar, Oswaldo con su lucha eterna contra la tecnología, Pacho y su familia, todos han estado presentes. Mi madrecita, atenta y llena de espiritualidad para darme un poco de las bendiciones de su vocación y creencia. Mi tía, siempre atenta a mi vida, en las buenas y en las malas. Mis amigos, mi familia porteña, mis amigos de la Facultad que han venido todos los días a visitarme para recordarme que no estoy sólo. Y los mensajes de aliento, por lo menos 30 al día que son inyecciones de positivismo y aún más amor por la vida y por los humanos.

He aprendido más en estos 15 días que en toda mi vida. La cercanía a la muerte me ha hecho más humilde y más sumiso a Dios, a quién le entregué mi vida para que la repare. Ahora la vida no es un lastre inspirador de odas lúgubres. Ahora la vida para mí es una oportunidad para trascender y servir, para dejar una huella profunda de bondad en los corazones con los que me cruce, un llamado para ser un mejor ser humano sin presunciones ni resquemores. Un nuevo despertar que me lleva a gritar a todo pulmón, desde mis entrañas aporreadas ¡¡¡Oye!!! ¡¡¡Te hablo desde el Hospital!!! valora tu cuerpo y tu vida, dale aliento a tu salud y no te creas invulnerable porque las enfermedades te recordarán tu lugar en el cosmos. Sé humilde y ama. Cuando estés en una cama parecida a esta, sólo querrás estar mejor y darle las gracias a Dios y a todos los que te quieren por hacerte un ser humano, profundamente humano, devotamente humano, conmovedoramente humano… con todos los privilegios y carencias que ello tiene. Ama la vida, sólo así la vida será indulgente contigo… ¡Oye! ¡Escúchame! ¡Te hablo desde el Hospital!

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