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Disparo al infinito

Por Laura @loridka.

Mi mano se estrella contra el panel traslúcido del trasbordador. Por un instante pienso que puedo agarrar uno de esos asteroides y atraparlo en mi puño. Afuera hay un mar negro a punto de devorarnos en cualquier momento, con estrellas que titilan como escarcha salpicada sobre tela. Yo he visto este paisaje por 142 días terrestres y la sensación de estar completamente abrumado por la belleza genuina persiste. Es imposible apartar la mirada.

Durante años estuve por aquí y por allá convertido en un pozo de apatía que no conoce fondo. La contemplación del paisaje era una imagen gris y borrosa. Estaba convencido de que eso no iba a cambiar. Creía desde lo más profundo de mi ser que no iba a encontrar nada que pudiera devolverme la fascinación por inmortalizar un paisaje. Cuando vi la Tierra allá, lejos, sentí que me quedaba sin respiración. Parpadeaba sin parar, pasaba saliva y tomaba bocanadas de aire. Era solo un granito de arena viajando dentro de una canica. Estuve llorando todo ese tiempo, pero solo lo supe cuando el piloto me lo dijo. En sus palabras, pese a que él se consideraba un tipo muy emocional, yo lo había superado.

Es inevitable ponerse a divagar cuando no hay mucho por hacer, o cuando lo que debemos hacer es casi lo mismo con cada ciclo. En este trasbordador una voz, que suena como el legendario Morgan Freeman, nos dice cuándo empieza el día, la tarde y la noche; así estemos técnicamente siempre a oscuras. Nos levantamos a las ocho y cerramos cada ciclo a las diez «de la noche». Somos cinco a bordo, todos hombres. Un doctor, un ingeniero electromecánico, un astrofísico-exobiólogo, el piloto y un copiloto que a veces cumple la función de florero (ese soy yo). El día comienza con el desayuno preparado por el encargado de las comidas del ciclo. Contra mis reservas iniciales, la dieta no consiste solo en barras de proteína deshidratadas con una bebida energizante, envasada en una bolsita plateada. Es menos aburrida: he tenido chance de saborear una hamburguesa en medio de las estrellas. Una hazaña que la gravedad artificial y el colega astrofísico —el mejor cocinero entre nosotros— hicieron posible. Podríamos ir con comida menos elaborada, proporcionada directamente por la inteligencia artificial de la nave, pero el protocolo de la misión nos exige tiempos mínimos de convivencia en las comidas y durante nuestras labores.

Cuando se termina la hora del desayuno, revisamos la agenda para los pendientes que pueden, o no, extenderse después del almuerzo e incluso hasta después de que finaliza un ciclo. Nos vamos a labores de mantenimiento del trasbordador, regar nuestro humilde invernadero, reportar y enviar mensajes protocolarios a la Tierra y recoger muestras de residuos espaciales, que manipulamos con ayuda de robots. Esta es de mis actividades favoritas, porque puedo mover dos brazos robóticos enormes usando un visor de realidad aumentada y guantes para recoger alguna que otra roca, para que esta nave la adopte como rata de laboratorio. Para alegría del gran total de un integrante de la tripulación, tenemos 176 rocas bajo análisis, la mitad reportando bacterias. A veces pienso en la roca número cero que hice polvo por culpa de la emoción.

El almuerzo es el break más extenso y es mesa para discutir desde la más pequeña arbitrariedad, hasta la posible necesidad de ajustar unos grados el curso de la nave, porque un asteroide cercano tiene una órbita inusual y nos podría dar en cualquier momento. Lo curioso de la noticia de hoy no fue la risa nerviosa del ingeniero. Fue que todos reímos y hasta el piloto se encogió de hombros. Yo también me reí. Tengo la esperanza de que si morimos en el espacio, será a causa de algo más interesante que el golpe de una piedra errante. En especulaciones iniciales, recibiremos una sacudida letal que podría matarnos en tres ciclos si su órbita no nos engaña. Hoy es martes, por lo que tenemos una tumba tentativa para el viernes. Cuando tenía trabajos de jornadas en días hábiles pensaba que era conveniente morir un lunes para no haber trabajado en vano toda la semana, todo lo contrario a morir un viernes, por obvias razones. En esta nave tengo descansos cada cuatro días, así que eso ya no importa mucho. No me molestaría seguir abriendo la boca con el panorama, pero no soy yo el que traza y calcula las rutas. Como mi trabajo no es tomar ese tipo de decisiones, me mantuve al margen. El doctor y yo éramos los únicos sin pronunciar palabra y luego de dos incómodas horas de no aportar absolutamente nada, dejamos el salón. Leí por un rato en el observatorio, hasta que volví a la ventana y, como el tiempo transcurre diferente cuando miro hacia afuera, no supe de nada ni de nadie y hasta borré la barrera que separa el vacío del espacio de mi propio cuerpo estirando la mano.

—¿Sabes por qué esta nave se llama Dante?

Quito la mano con lentitud. El arrastre de mis dedos sobre el panel hace un ruido agudo muy molesto. El panel permanece sin marcas, impecable. Una estrella resplandece a lo lejos. Giro la cabeza y ahí está nuestro chef de medio tiempo. No lo había visto venir. Volteo de nuevo hacia la ventana, hacia su reflejo. Un tipo canoso de ojos azules y sonrisa bonachona me devuelve la mirada. Yo presumía de escuchar los pasos hasta del felino más discreto sin que pudieran escuchar los míos. Esta experiencia continúa atrofiando mis capacidades. 

—Nunca me lo pregunté —admito, aguantando las ganas de encogerme de hombros.

—En la Divina Comedia, el autor se adentra al inframundo con un propósito más o menos sublime, y hacia allá es precisamente a donde vamos.

Lo miro por unos segundos sin saber qué decir, hasta que el brillo de una chispa en la periferia se roba mi atención, un escalofrío me hiela la sangre. La estrella en realidad es un diamante brillante que va a pegarle a esta nave. Una vocecita en mi interior susurra en mi cabeza: el modo de supervivencia pide hacerse cargo. Una vez más, se reproduce la molesta película que pasa frente a mis ojos cuando se avecina la muerte. La voz toma el control y de una sacudida me cargo al astrofísico sobre el hombro; está gritando y no puedo entender nada de lo que dice. Corro a toda velocidad hacia la puerta y tomo una bocanada de aire. Siento que corro sin parar, aunque sé que son solo unos metros los que separan la ventana de la puerta y solo necesito un poco más…

 El impacto de ese objeto desconocido contra el panel de acrílico es como la bala de un francotirador.  Hay una onda brutal de choque. Cuando escucho como la ventana se rompe violentamente, solo se me ocurre cargar al físico por encima de mi cabeza y arrojarlo con todas mis fuerzas hacia la puerta. Por fortuna, el sistema de detección de movimiento de la puerta funciona, la desliza y lo deja pasar. Doy un par de zancadas desesperadas en medio de millones de proyectiles de acrílico volando por todas partes. Estiro las manos para agarrarme del marco de la puerta para así impulsarme hacia el pasillo, pero un enorme trozo de plástico transparente se entierra de lleno en mi brazo derecho, perfora la tela a mitad del bíceps y cercena mi brazo, que cae trazando una cinta carmesí. Aprieto los labios. De mi boca no sale ni un sonido y tal vez hasta un aullido de dolor quede ahogado en medio del estallido que me rodea. No puedo detenerme a recogerlo. Tengo que dejar mi brazo abandonado en  donde la fuga de aire lo dejará flotando y lo congelará, dejándolo inservible. 

Estoy en estado de shock. Lo reconozco de entre tantas ocasiones durante las guerras, sé que la adrenalina impide que me desvanezca. Me aferro al marco con la mano que me queda con todas mis fuerzas. Siento que podría fracturarme la mano con tanta presión. Me balanceo hacia un costado y uso la inercia como sustento para atravesar el marco. Caigo al lado de mi compañero, que me observa paralizado en el piso. De un puñetazo cierro la puerta al observatorio y activo la alarma de emergencia (¿Cómo es que nadie disparó antes esta alarma de mierda?). Las luces del pasillo cambian a rojo y a los pocos segundos oigo un estruendo digno de un bombardeo, acompañado de una sacudida que de milagro no le da la vuelta a la nave. Pasan los segundos, y entre mi respiración agitada y el pitido de alerta, una punzada de dolor me recorre lo que queda de mi extremidad ausente. Hago el amago de mover el muñón para inspeccionarlo mejor. Hay un chorro grueso de sangre que escurre al piso como serpentina y al trazarlo con la mirada, hay un charco oscuro creciendo junto a mis botas. Aunque la cantidad de sangre en el piso es preocupante, antes de pensar en cómo proceder, la adrenalina decide zarpar definitivamente de mi sistema y mi cuerpo reacciona de la peor manera, dadas las circunstancias: las piernas flaquean, me dan náuseas y todo se vuelve negro.

Cuando recupero el sentido, pasan varios segundos antes de que mis ojos se acostumbren a la luz. Tengo puesta una máscara de oxígeno, estoy en la cama de la enfermería. Ah. Estoy vivo.  Esperaba sentirme como si una enorme piedra errante me hubiera aplastado. Lejos de eso. Me siento cansado, prácticamente incapaz de moverme y aun así, no me duele un músculo. Con ese dato en mente, observo un poco más el entorno con alivio y asumo que la nave sigue en curso. Las luces son blancas y parece ser que la nave funciona con relativa normalidad. Un monitor cardiaco da un pitido. A lo mejor indica que me acabo de despertar. Con ojos perezosos, sigo el cable de la máquina hasta mi brazo izquierdo, que reposa lleno de cortes y moretones. Entonces recuerdo el dolor del trozo de panel clavado en el otro brazo. Asustado, muevo la cabeza para ver el estado en que se encuentra y en su lugar… más plástico. Un brazo y una mano blanca ocupan el lugar que tenían los de carne y hueso. Las superficies que lo cubren son láminas opacas, y las uniones entre cada falange y articulación artificial están pintadas de negro con diminutos tornillos cromados. 

—Poliuretano termoestable y titanio. De lo más costoso y fino. Uno de los prototipos del laboratorio para manipulación de muestras, aunque tuvimos que terminarlo a las malas con nuestro amigo ingeniero en menos de 48 horas. Así que si tu nuevo brazo decide ahorcarte mientras duermes, es culpa de su mísero software.

La voz viene de la puerta, es como si me estuvieran hablando con una pared en medio.

Muevo los dedos de la prótesis, juntando el pulgar con los demás, lentamente. Giro el antebrazo para ver el dorso de mi mano. Las partes que rodean la articulación del codo se entrelazan como raíces. Es muy ligero. Hay una leve falla en el tacto respecto de la temperatura (no hay diferencia entre lo que toco), pero no puedo ser muy exigente.  Está conectado con cada nervio casi a la perfección… Un momento. ¿48 horas?

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? —La voz me suena como la de un muerto viviente.

—Mi software es fantástico, tus implantes son mierda. —Es la voz gruesa del mecánico. Escucho sus pasos y su cara regordeta entra en mi campo de visión. Tiene una sonrisa cansada.

—Mientras jugabas a la bella durmiente, pasaron exactamente 72 horas. 

Basta con escuchar ese número y me siento como resorte. El alivio de entender que la nave está, de alguna manera, andando, me había hecho olvidar que el observatorio quedó hecho añicos y mi brazo perdido debe ser ahora una escultura de hielo. Me quito la máscara de oxígeno y arranco la cinta que me conecta a las máquinas. Me da un leve mareo.

—Ey, con calma —dice el doctor. 

—Esto no es nada.

No miento.

El ingeniero y él se miran un momento.

—¿Qué pasó con el observatorio? ¿Dónde está el amante de las rocas? —Tengo toda la intención de buscarlo, pero debo orinar primero. Muevo otra vez mis dedos blancos—. ¿Los baños funcionan bien?

—La buena noticia es que el impacto causó una ligera variación en el curso de la nave. ¡No debemos calcularlo otra vez!

Levanto las cejas. Evito resoplar porque pueden escucharme a través de los comunicadores. Admiro esa inmunidad al trauma del astrofísico. No estoy seguro si se debe a una curiosidad casi infantil o a un instinto de conservación mediocre. 

El hombre me dio las gracias apenas me vio, admiró mi brazo y pidió ir al observatorio. El piloto me dijo que el astrofísico me había cauterizado la herida con un láser de un botiquín del pasillo. También me donó sangre. Quedamos a mano, supongo.

En este momento, estamos flotando sobre lo que queda del observatorio. El ingeniero, el físico y yo tenemos tres labores: uno, encontrar restos de lo que le pegó a esta nave. Dos, ver si queda algo rescatable de este salón (nada, es una labor estúpida). Tres, sellar el área con una lámina flexible e impedir que algo entre o salga por el enorme hueco que quedó en el panel de acrílico. 

—¡Ah! Ahí está.

Volteo y a pocos centímetros de él, flota un diamante gris. Es opaco, la luz de nuestros cascos no lo atraviesa. Activo el propulsor de mi traje para acercarme mientras el físico prepara una cápsula transparente de sellado para guardarlo. Es diminuto, más o menos del tamaño de mi pulgar. Está intacto, con su superficie lisa y libre de cualquier imperfección. Gira lento sobre su eje vertical, contra las manecillas del reloj. Alzo la mirada al mismo tiempo que mi compañero. Ninguno dice nada. En el fondo de mi mente, la pregunta sobre el significado de esto deambula peligrosamente y amenaza con flotar en el océano de la ansiedad y el temor. La duda asoma su cabeza y se posa en la orilla de mis pensamientos. «¿Qué hace esa gema perfecta aquí? ¿Por qué está flotando al alcance de nuestra mano? » Antes de empezar a divagar en temas abrumadores, sacudo la cabeza. El astrofísico parece reaccionar ante el movimiento, empuja la caja hacia el diamante, como si fuera una trampa para insectos y, una vez cubre el objeto, cierra la tapa.

Dejo escapar una exhalación.

—¿Ya terminaron? —pregunta el ingeniero, flotando junto a la puerta. Las paredes del observatorio ya están cubiertas. 

—Sí.

Flotamos hacia él, en silencio. De un salto, aterrizamos en el pasillo. Detrás, la puerta se cierra. El ingeniero presiona unos botones en el dispositivo que la controla, tal vez asegurándose de que ninguno de nosotros vaya a abrirla ni por casualidad. De reojo, me doy cuenta de que el físico abraza la caja contra su pecho.

A unos metros, el piloto y el doctor se acercan. Ambos se señalan la muñeca derecha. Me tardo un momento en entender que es hora del almuerzo. Pero también es hora de discutir el asunto más importante. Pasamos rápidamente por el vestier para dejar los trajes de exploración e ir hacia el comedor. El físico no suelta la caja.

—Tenemos que volver —dice el piloto con voz grave. Tiene los dedos entrecruzados. Los ravioli en su plato sueltan vapor. El único que está comiendo soy yo.

A su lado, el ingeniero se pasa la mano por la cabeza, echando su cabello hacia atrás. Los crespos vuelven a su lugar enseguida.

—Lo que nos pegó afectó al sistema del transbordador. El choque generó una interferencia desconocida y ahora la inteligencia artificial es inestable. Se cae y queda fuera de línea por momentos. Tuvimos que dejar varias funciones en manual.

—No tiene sentido volver —interviene el doctor, y se le va una casi risa en la pausa—. De ninguna manera podemos regresar con las manos vacías.

—¿Entonces vamos a llegar a Hidra y a Cerbero muertos? ¿Es eso lo que propones? —le dice el piloto. 

—No van a darnos recompensa ni indulto si volvemos sin muestras de suelo y sin registros —insiste otra vez el doctor, acentuando cada palabra. Parece que aprieta los dientes al hablar.

El ingeniero agita las manos.

—Acaba de pegarnos un objeto desconocido, casi se mueren esos dos. —Nos señala al físico y a mí. Habla a toda velocidad—. Perdimos el observatorio, nada garantiza que otra cosa igual no nos vuelva a impactar. Nunca había pasado algo así en ninguna de las naves que han ido al espacio. El sistema va y vuelve y podríamos quedarnos sin respaldo. 

Toma una bocanada de aire y queda jadeando.

—¿Es que no piensan sobre lo que puede significar esto? —susurra, suena como si estuviera a metros de nosotros. Agarra con furia el vaso de té helado junto a su plato y lo bebe con tragos largos.

El piloto lo mira por unos segundos antes de volverse hacia el resto. 

—Aún podemos regresar —asegura.

El doctor resopla, en claro desacuerdo.

Dejo el tenedor sobre la pasta, pensativo. Honestamente, es muy pronto para volver. No hay nada para mí en la Tierra. No hay nada para ninguno de nosotros a menos de que esta misión sea un éxito.

—Continuemos —digo luego de unos segundos de silencio. Pienso en las estrellas.

El ingeniero y el piloto me miran sorprendidos. 

—Tú no tienes nada que perder —reclama el ingeniero, en tono de repente crudo—. Pudiste haber muerto hace días y no habría cambiado nada para ti. Tengo razones para volver. 

Aunque no es falso lo que dice, el enojo que estoy reprimiendo amenaza con salir. Entrecierro los ojos.

En ese preciso instante, el doctor estalla en risas. Se lleva la mano al rostro y las carcajadas se vuelven maniáticas. No puede aguantarlas.

—¿Razones para volver? ¿Esta tripulación de porquería? 

Los hombros de todos se ponen rígidos.

—El espacio los atrofió tanto que les borró la memoria —prosigue. Su voz es una mezcla extraña entre lo condescendiente y lo venenoso. 

El ingeniero crispa los puños.

—Tanto así que se les olvidó que estamos aquí para que no nos ejecuten en una maldita cárcel.

—¡No es…! —empieza el piloto, pero no lo dejan hablar.

—¿Alguien que paseaba en su avión con sustancias prohibidas para venderlas en todos lados y estuvo a nada de ser electrocutado extraña volver? No me jodas.

El piloto retrocede en su silla como si lo hubieran abofeteado.

Con que se trataba de eso. Siempre supe que estábamos a bordo unos parias, forzados a convivir en una nave que viaja rumbo a un gélido sistema de lunas al borde del sistema solar. Aunque parece que no soy el único que trae a cuestas crímenes graves. Ninguno debería estar al tanto de los antecedentes de los otros.

—Debo resaltar que encuentro fascinante que tú mismo hayas sintetizado la droga que vendías.

—¿Cómo sabes eso?  —pregunta el ingeniero, con los ojos muy abiertos. Miro al piloto: le tiemblan los puños.

—De la copia ilegal que sacaste de nuestros registros (dupliqué en silicona la huella de tu índice y me hice una también).

A todos se nos va una exhalación. El piloto, el físico y ahora el ingeniero lo observan pasmados

 —También es admirable que nos acompañes, un estafador de bancos de tu calibre. Jamás entendí qué hiciste con todo ese dinero —se mofa del ingeniero.

—Ya basta —espeta el piloto y se pone de pie. Lo hace con tal fuerza que la silla cae con un golpe. Eso es suficiente para que el doctor deje de hablar. Por desgracia, no se le borra la molesta sonrisa que tiene. Pasan unos segundos en los que me cuesta pasar saliva.

—¿Por qué te avergüenzas? Estaba a punto de llegar a los dos que faltan: el soldadito de plomo y el que acabó con una metrópolis entera porque, deliberadamente, quiso ahorrarse algunos millones de dólares extrayendo unos minerales.

Pasa al instante. Mis reflejos entorpecidos fallan y mi mano no alcanza a interceptar el vaso que lanza el piloto. El té se derrama de lleno sobre la cara del doctor, quien solo atina a llevarse las manos a los ojos con un aullido indignado. Me giro hacia el piloto con el fin de calmarlo, al tiempo que algo en mi periferia se mueve. Es tarde otra vez cuando me doy cuenta de que el ingeniero literalmente se abalanza sobre el doctor y aparta su silla de una patada. Su expresión es de furia animal.

Sus manos enormes y gruesas lo agarran de los costados. Es la imagen de un oso contra un venado escuálido. Aunque el doctor forcejea, el ingeniero se lo lleva por delante y lo estrella contra una pared. El impacto le hace blanquear los ojos. No tiene tiempo para recuperarse porque recibe un puñetazo. Se oye un clac de algo pequeñito que cae. A lo mejor un diente.

A mi lado, el piloto decide ir hacia ellos. Aunque alargo el brazo para detenerlo, me quedo a medio camino. No estoy seguro de cómo debería actuar. No es como si estuviera rodeado de combatientes letales. Son igual de peligrosos que un gatito.

El doctor se quita de encima al ingeniero de una patada. Prepara un gancho que veo pasar en cámara lenta, con tan mala suerte de que le pega al piloto de lleno en la mejilla. Otro clac. El piloto se la devuelve con un puño a la nariz.

No me gustan las peleas innecesarias.

Volteo hacia la mesa, el astrofísico no nos está mirando. Contempla con fijeza la caja transparente del diamante. ¿Qué diablos hace? 

—¡El famoso doctor que experimentaba en jóvenes con mutaciones de guerra es el que menos debería hablar!

Vuelvo los ojos hacia la riña. 

El grito del ingeniero resuena en el comedor. Cada dos o tres palabras vienen acompañadas de un puñetazo. El doctor intenta defenderse pero el piloto se lo impide con una patada en el estómago.

—A diferencia de ti, tengo una hija que me necesita —escupe el piloto en medio de la lluvia de puñetazos.

—Sí, esta tripulación es una porquería. Solo que tú eres el peor entre nosotros. Tal vez nos las arreglemos sin un encargado de enfermería —dice el piloto. 

Él y el ingeniero estallan con rosarios de insultos. Muchos son dignos de interrogatorios a enemigos en guerra.

El piloto saca un cuchillo delgadísimo de su bolsillo.

Tomo aire.

Esta pelea de bar no tiene sentido. El viaje tiene que seguir. El paisaje afuera vale todos y cada uno de los riesgos que las basuras a bordo de esta nave asumimos hace tiempo. Lo que sea que haya en Plutón y sus lunas, quiero verlo. Con mis propios ojos.

Me muevo en silencio. El doctor tiene la cara llena de sangre y los ojos cerrados por la hinchazón. Los otros dos siguen golpeándolo con tal concentración y sevicia que no se percatan de mí.

A unos pasos, doy una patada al tobillo izquierdo del piloto, haciéndolo perder el equilibrio. Antes de dejarlo caer, lo sujeto de la muñeca con mi brazo mecánico. El cuchillo cae con un traqueteo. Oigo un ligero crujido proveniente de su brazo. Vaya. La prótesis ejerce más fuerza de lo esperado. Uso la otra mano para posarla sobre su hombro derecho y torcerle la articulación hasta dislocarla. Lo empujo lejos del doctor, aprovechando que el dolor lo distrae. 

De inmediato, bloqueo el golpe del ingeniero apartando su brazo. Es más alto y corpulento que yo, pero eso no es problema. Pongo mis manos en sus sienes, le doy un cabezazo que lo deja privado y termina cayendo encima del otro. Todo me toma alrededor de dos segundos.

Cuando dirijo la mirada al doctor, el hombre levanta ambas manos en señal de rendición.

—No intentes nada —advierto.

—No, gracias. —Lanza un escupitajo de sangre y se ríe para luego dar un quejidito penoso —. ¿Contra un soldado que acabó con veinte militares armados usando una cuchara de postres? Soy inmoral, no imbécil.

Suena sarcástico incluso apaleado. Curiosamente, tengo la impresión de que está cuidando sus palabras.

Es en ese momento que el astrofísico decide quitar el seguro de la caja. Un clic sonoro lo delata. El diamante se eleva, ignorando por completo la gravedad de la nave. Sus ojos están ensimismados en la gema. Estira la mano y la envuelve.

Se desmaya en el acto. 

El doctor murmura algo como «por dios».

Fantástico, a ese no tuve que pegarle.

Corro hacia él. Lo cargo y lo recuesto sobre una silla. Respira. Su pulso es normal.

Contemplo unos segundos el panorama del comedor: tres golpeados y uno inconsciente. Suspiro. Tengo que llevarlos a todos a la enfermería.

—A veces me pregunto si la verdadera razón de que estés en esta nave es para este tipo de situaciones. Y con ese brazo, ni siquiera sería necesario el robot para agarrar piedras —dice el ingeniero con voz adolorida. Tiene un moretón ridículo en la frente.

—No necesito este brazo para neutralizarlos.

Apenas suelto esas palabras, el doctor, el piloto y el ingeniero se quedan tiesos.

—Vamos a continuar con el viaje —declaro en un tono que espero suene conciliador. El doctor se vuelve a carcajear con una tosecita.

El piloto y el ingeniero no dicen nada, se miran en silencio. Me acerco al doctor y lo cargo en brazos. La paliza no le deja hacer reclamos y parece que se acurruca contra mí. Camino hacia la enfermería mientras le ordeno al sistema del transbordador que prepare el lugar con botiquín. Al llegar, lo dejo sobre una camilla y voy por el ingeniero y por el piloto. A ambos los arrastro a la enfermería apoyados en un hombro cada uno. Les desagrada que los amarre a las camillas y esquivo saliva en el proceso. Estoy seguro de que el doctor no les hará nada. Probablemente.

—No intenten nada —repito por si acaso.

Hago el último viaje para llevar al astrofísico a la enfermería. Cuando vuelvo a entrar al comedor, el hombre está despierto, parado junto a la ventana. Es pequeña y bella. No se compara con la del observatorio. Era única.

Un destello llama mi atención; es el diamante. Descansa apacible a unos pocos centímetros del suelo. Como no tengo guantes, lo tomo con el brazo mecánico. 

No pasa nada.

De pronto, el físico me llama por mi nombre de pila, algo que jamás había hecho en todos los meses que lo conozco. Se gira hacia mí y sus ojos azules ahora son plateados. Lo examino con cautela. Vagamente pienso que podría incapacitarlo en menos de un segundo.

No digo palabra. Camino hacia él, con la guardia en alto. 

—¿Qué esperas encontrar cuando llegues? —me pregunta. Cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir, son de su color original.

—Cuando lleguemos a ese infierno helado, y pasemos por cada órbita de cada luna, así como hizo Virgilio con cada círculo… quiero seguir viendo paisajes que me dejen sin respiración. No necesito respuestas. Solo un lugar para observar.

Hay asteroides y cristales de hielo flotando en una ola tranquila de la inmensidad negra. Yo aprieto el diamante en mi puño blanco.

* Fotografía aportada por la autora.

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