Por Vladimiro Camacho R.
I
Se puede reflexionar sobre la amistad en cualquier momento de la vida, pero el más apropiado es cuando se es viejo, por las experiencias acumuladas y por la proximidad del fin de la existencia. He vivido ocho décadas y media en las que las amistades me han dejado enseñanzas, gratitudes, recuerdos y añoranzas que ahora me ayudan en estas reflexiones.
II
La amistad es un proceso hermoso y finito, como la vida misma: nace, se desarrolla, tiene intervalos, se reanuda y desaparece. Conocí a Alfonso en la universidad; nos acercó inicialmente la afición al fútbol: durante la semana, aprovechábamos las horas libres entre clases para el picadito con otros compañeros y el domingo íbamos al estadio. Esa puerta de entrada nos llevó a compartir inquietudes políticas y literarias. Recuerdo al Alfonso de esa época con el periódico doblado debajo del brazo y un balón en la mano. Accidentes de la vida nos separaron durante varias décadas, hasta que lo encontré en un correo electrónico colectivo hace quince años. A partir de ese momento construímos una de las amistades más valiosas de mi vida que sólo la muerte pudo interrumpir. Una mañana su esposa me llamó para decirme que la noche anterior Alfonso había fallecido de repente: “El último mensaje que escribió fue para ti”, me dijo, mientras yo rompía en llanto.
III
La amistad es indispensable para la vida plena. En 1966, después de terminar mis estudios universitarios, viajé a Alemania, donde realizaría mi especialización profesional. Fue muy dolorosa la separación del hogar familiar. Desde mi partida comencé a contar los días para el regreso, previsto para tres años después. Pasé una corta estadía en una casa de estudiantes extranjeros, antes de que me fuera asignada una habitación en las residencias universitarias. Allí encontré a Dino. Diez minutos después de conocernos, nos preparábamos para salir a buscar un restaurante y para iniciar una amistad que se cortó únicamente con su muerte. Su compañía en los siguientes meses fue indispensable para llenar el vacío por la ausencia de mi familia, me dio la tranquilidad y el entusiasmo necesarios para concentrarme en los estudios. La esencia de mi amistad con Dino la escribió él mismo en la dedicatoria de un libro de su autoría, que me regaló cuando nos citamos para almorzar hace algo más de una década, después de varios años de no vernos: “¡Un encuentro! Un encuentro con Vladimiro es un encuentro con el presente teniendo el pasado en perspectiva. Es una ocasión para decir que definitivamente HE VIVIDO y que en ello he encontrado seres maravillosos como precisamente, Vladimiro. Dino”.
IV
La amistad se cultiva en los encuentros, en las conversaciones, en las bromas, en los recuerdos, en las historias, en los conocimientos y en las experiencias compartidas; así como en las alegrías y las tristezas que se cuentan y se escuchan; también en los abrazos. El mejor escenario: el hogar. Importante: el apoyo de la pareja, su entusiasmo al recibir a los amigos. Unos años atrás, me llamó un compañero al que veía de vez en cuando. Me contó que nuestro amigo y compañero común, Pedro Luis, que ha vivido en Venezuela durante más de medio siglo, estaba próximo a llegar a Bogotá.Así que varios compañeros de colegio de Pedro Luis, a quienes yo conocía y ocasionalmente saludaba en ambientes relacionados con nuestra universidad, querían hacerle un agasajo. Ellos sabían de la hospitalidad que Gladys, mi esposa, brindaba a mis invitados, motivo por el cual me pedían que la reunión fuera en nuestra casa. Pedro Luis es uno de nuestros grandes amigos: estuvo en nuestro matrimonio, nos visita siempre que está en la ciudad y conocemos a su familia. La fama de Gladys como excelente anfitriona es el resultado de su esmero por atender a mis amigos: ¡un requisito para haber disfrutado de tantas amistades!
V
Un amigo comprende cosas que otros no; o no al menos como ese amigo. Un año después del reencuentro con Alfonso, el día del aniversario de la muerte de nuestro hijo Orlando, él nos escribió: “Con Orlandito crecieron ustedes sintiéndose por él amados y dando rienda suelta a sus enormes e inagotables capacidades de amar. Hoy los pensaré con la admiración y solidaridad de quienes hemos sido tocados por esa fuerza que los ha llevado a mantener vivo el espíritu de ese amado hijo que aún habita en cada palpitar de sus corazones”. Alfonso repitió este saludo año tras año en esa fecha y en cada ocasión que él encontró un motivo para unirse a nuestra pena. Alfonso no conoció a Orlando; lamenté que hubiera sido así. Tuvo el gesto de escucharme cuando le contaba detalles y anécdotas de mi hijo. Una en particular le gustó bastante: Nosotros vivíamos en La Calera, en los predios de Cementos Samper, la empresa en la que yo trabajaba. Los viernes solíamos ir de fiesta con Gladys y otras parejas hasta la madrugada. Un sábado regresamos hacia las cinco de la mañana. Nuestros hijos, de doce y siete años, llegaron una hora después a pedirme que me levantara y los acompañara. Yo pedí tiempo porque estaba cansado. Orlando me dijo: “Hoy es sábado y los sábados tú me perteneces”. ¡Tuve que levantarme!
VI
La desazón como expresión del dolor por la muerte de una persona querida la viví cuando murió mi amigo Rafael. Nos conocimos en la juventud, en las calles del barrio. Estuvo presente en momentos trascendentales de mi vida. Por causas complejas, Rafael tuvo que alejarse de la ciudad muchos años, durante los cuales no tuvimos contacto. Una casualidad me permitió hablar con su hijo mayor, quien me dio el número de su teléfono. Nos vimos casi todas las semanas siguientes durante casi dos años. Un día me llamó para proponerme una cita; le dije que esa semana estaba ocupado, que en la siguiente me era posible. Dos días después contesté una llamada desde su número. No era él: su hija me dijo que unas horas antes lo habían encontrado muerto en su apartamento. Estallé en llanto. Los días restantes de esa semana, en la que le había dicho que yo estaba ocupado, los pasé en la funeraria y el cementerio, dándole la compañía que le había negado en vida.
VII
La amistad es generosa. En una oportunidad en que me encontraba en una situación financiera difícil decidí vender mi carro. Lo ofrecí a todas las personas que conocía. También en las empresas donde prestaba servicios de asesoría. Álvaro me preguntó por su precio, El día siguiente me entregó un cheque por esa suma. Cuando le extendí las llaves del carro, me dijo que era un préstamo, porque yo necesitaba el vehículo, que le pagara cuando pudiera. Pude hacerlo sólo después de muchos años; no me aceptó el pago de intereses.
VIII
Los amigos son como hermanos. También se llamaba Rafael mi compañero de universidad. Él y Jorge se cambiaron de grupo para estar cerca de nosotros. Antes de la pandemia nos citamos a un almuerzo de compañeros. Ese día me hospitalizaron de urgencia. Me excusé de asistir. Rafael me dijo: “Lo siento, hermanito. Yo vine a este almuerzo para encontrarme contigo”. No puedo borrar de mi mente nuestra despedida. Él estaba sentado en la parte de atrás de su carro. Me agaché para abrazarlo. Una lágrima rodó por su mejilla. Era el último adiós del amigo que fue como un hermano.
IX
Cuando hago estas reflexiones sobre la amistad, y recuerdo pasajes compartidos con amigos, pienso en que no menciono amigas. Sí tuve amigas; pocas, quizás, por los prejuicios machistas de mi generación. Recuerdo dos en particular. Aracely en los años sesenta cuando yo era estudiante universitario e Irma Luz en la década en la que ella formó parte del grupo que tuvimos en Tenjo. Aracely era vecina de unos primos míos. Yo iba allá con alguna frecuencia. Tuvimos una amistad muy cercana. Era una muchacha bastante inteligente que leía mucho y a quien le gustaba discutir a fondo temas variados de historia, política y ciencia. Dejé de verla cuando viajé al exterior a realizar mis estudios de posgrado. Después, solo la ví una vez por casualidad. Unos años más tarde, murió en un accidente aéreo en las selvas de la Orinoquía colombiana. Irma Luz fue compañera en la universidad. Tuvimos poco contacto en esa época. A mediados de la década pasada se incorporó al grupo de compañeros que nos reuníamos en la casa de Alfonso, tres o cuatro veces al año. Además, ella nos visitaba en nuestra casa, nos acompañaba a eventos culturales y de apoyo a fundaciones. Con su reciente muerte se acabó definitivamente el que llamábamos “Combo de Tenjo”.
X
Después de escritas estas reflexiones y estos recuerdos debería poder definir la amistad. No intento hacerlo porque me parece un ejercicio demasiado racional para lo que es fuente de emociones que llegan hasta los rincones más profundos de mi ser, de mi manera de sentir. Solo puedo concluir que he tenido la fortuna de tener amigos en todas las etapas de mi vida, que de todos ellos guardo recuerdos entrañables, enseñanzas, confidencias, ratos de risas y de tristeza. Sus muertes ocurridas a partir de 1977, cuando se ahogó en un río de Los Llanos mi amigo Chucho, han sido causa de amargura. A veces pienso que mi vida sería distinta si todos ellos aún vivieran, como lo sería si no hubieran muerto mis hijos Carolina y Orlando ni mis padres. Pero, como le digo frecuentemente a Gladys: ¡Es la vida que nos tocó vivir!
* Imagen tomada de pixabay.


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