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Crónicas del abuelo

Por Octavio Giraldo Correa

El día amaneció claro y soleado, hace mucho tiempo que no lo veía así. Recuerdo la mañana aquella cuando decidimos salir de estas tierras en busca de nuevos horizontes.

Era el quinto día desde el último aguacero que asoló la provincia, ya habían terminado las lluvias de mayo y, como lo pronosticaron las cabañuelas en enero, los meses de junio y julio serían de verano.

En la villa había movimiento continuo, la calle real que con la plaza principal eran las únicas empedradas, registraban una actividad inusual, había gente por toda parte: los que partirían; los familiares y amigos que salían a despedirlos. Una despedida agridulce. Hoy se aventuraban en busca de una nueva vida, en encontrar una tierra nueva, en labrarse un porvenir para ellos y sus familias y sobre todo, vivir en paz. En este día saldrían con la alegría de que no iban a la guerra como venía ocurriendo desde hacía décadas. Ya había llegado el momento de luchar por ellos mismos. Los inviernos de los dos últimos años dejaron estas montañas improductivas.

Juan De Jesús Ramírez, el primo de tu abuela, viajó a el Sargento, allí compró una tierra en la vereda El Manzanillo; en las cartas que ha enviado nos dice que hay mucha tierra baldía, que tiene buenas aguas y es muy fértil. Joaquín, el esposo de mi prima Carmen, se radicó en Salamina y en sus cartas se ofreció a recibirnos y ayudarnos a comprar una buena parcela.

Ese domingo, al salir de misa y como lo hacíamos siempre, nos fuimos a casa de mis abuelos paternos Pedro Martín Giraldo y Teresa Ramírez. Ahí nos encontramos con mis padres, José Lucio Antonio Giraldo Ramírez y Jacoba Aristizábal, con mis tíos Antonio y su esposa María Josefa Giraldo Duque y con Ramón María. En el camino se nos unieron Gervacio Francisco Gómez y Catarina Ramírez, hermana de mi abuela; además de esto mis suegros, quienes venían de El Santuario con tres de sus hijos, hermanos de tu madre, que nos acompañarían en nuestra aventura.

Yo, sobre todo, me encontraba listo, ¡sí!, listo a empezar mi nueva vida, mi vida de casado junto a Eulalia. Hacía once días nos habíamos casado y queríamos llegar cuanto antes a nuestro destino.

La casa del abuelo, papá Pedro Martín, era de dos pisos en forma de U, en la parte baja, al frente, había dos piezas a los lados de la entrada, la de la izquierda, fue la oficina del abuelo cuando ocupó varios cargos públicos en la localidad y al momento de nuestro viaje era una botica. En la pieza de la derecha, mi papá tenía una tienda administrada por mi hermano Joaquín Antonio. La entrada desembocaba en un patio empedrado, por el lado derecho  estaban las pesebreras y el ordeñadero; al izquierdo, el cuarto de aperos seguidos de dos estancias que ocupaban cuatro ex esclavos que al recibir su libertad no quisieron abandonar la familia. Luego, la pieza del carbón y la leña desde donde nacía una cerca de latas de guadua que separaban el patio del solar, donde los marranos, bajo un cobertizo de esterilla y hojas de palma, compartían espacio con las gallinas cluecas y ponedoras. Las otras tenían cobijo en un naranjo donde se les había fabricado una casa en guadua y caña brava para protegerlas de la chuchas, comadrejas y tigrillos que buscaban su alimento en los gallineros de las casas.

Donde más ajetreo había era en la cocina, las mujeres estaban terminando los fiambres para el camino. Lo que más tiempo les llevaba eran las arepas de arriero que tardaban una semana en prepararlas. Sobre el fogón de leña, había varias varas de chorizo ahumado listas para empacar, una olla de barro con carne salada y cebolla picada . Temprano, ese día habían salido para Rionegro los dos negros que nos prestó el abuelo a recoger un par de bueyes cargados: uno con maíz y fríjol, el otro con menaje de cocina y unas vajillas de cerámica, mandadas a hacer en El Carmen De Viboral, para llevarle a la familia en Salamina.

A las cinco de la mañana, como era costumbre, nos levantamos, y mientras preparaban el desayuno, los hombres empezamos a aparejar las bestias: tres caballos, una yegua, cuatro mulas y un macho. Después de un abundante desayuno y de una despedida llena de recomendaciones para el viaje, saludos a los parientes del sur, pasada por gimoteos, así como por lágrimas de llanto, emprendimos el viaje. Al frente iban Juan Antonio, hermano de Eulalia, casado con mi hermana María De Jesús; y Juan Bautista, mi otro cuñado, esposo de María Josefa Abigail. Ellos estaban machete en mano limpiando el camino de malezas y pendiente de los contaderos. Estos eran los puntos más amplios del camino donde se podía cruzar con las recuas que venían en sentido contrario. Servían, además, para reacomodar las cargas, tomar un descanso y consumir alimentos. A continuación, las mulas y el macho, luego, las mujeres y los niños en los caballos y al final, estaba la negra Simona con su hija Magdalena quienes irían a vivir con nosotros. Y yo, en compañía de Nerón y Sombra, los dos perros que me acompañaron hasta morir de viejos, muchos años después.

A eso de las diez de la mañana llegamos a un contadero, allí tomamos el almuerzo, unos deliciosos tamales. Nos refrescamos un poco en un arroyo que pasaba por ese claro de la montaña y el sol nos calentaba generosamente. A las doce del día, después de rezar el Ángelus, nos dispusimos a continuar nuestro camino que siguió sin novedad hasta Rionegro, donde llegamos a las cuatro de la tarde. Ahí estaba José Félix Giraldo, mi tío, con otro arriero llamado Pablo y también con Benito y Cristóbal. Estos últimos eran los negros que habían viajado el día anterior a recoger los bueyes.

Desenjalmamos las bestias, nos dispusimos a preparar la comida y organizar el dormidero. Ese fue el primer día, así que después de rezar el rosario, nos fuimos a dormir. Con la primera luz del amanecer nos levantamos y en menos de una hora ya estábamos pasando por San Antonio de Pereira y en otra hora a La Ceja del Tambo. Esa segunda jornada hizo el viaje más lento por el paso de los bueyes, ya que, a partir de Rionegro, siempre iban a la cabeza de la recua. Hacia el mediodía llegamos al alto del pantanillo, famoso por los lodazales que se formaban en invierno. Afortunadamente, el clima veraniego los tenía prácticamente secos. En todo el alto hicimos la parada para almorzar, descansar y refrescarnos. El sol, como el día anterior, nos castigó con toda su energía. Con el Ángelus continuamos montaña abajo hasta llegar a los resbaladeros de la hondita, camino labrado en la roca que con el invierno se pone resbaloso, los cubrimos con mucho cuidado y con poca dificultad hasta llegar al alto de Las Colmenas, nuestra próxima parada. En este alto existía una posada para arrieros compuesta, básicamente, por un establo con tres canoas para la comida de los animales. Bajo este cobertizo se arrumaba la carga en forma de U y en el centro se acomodában las esteras para dormir. Inmediatamente llegamos, fuimos a cortar pasto y unas cuantas cañas para mezclarlas con maíz y darle de comer a nuestros animales. Nosotros terminamos con el fiambre que traíamos de Marinilla. De ahí en adelante teníamos que preparar la comida y por eso decidimos que al día siguiente Benito y Cristóbal se fueran adelante con la intención de que en un contadero armaran fogón y tuvieran agua caliente para cuando llegara el resto de la gente. Al son del tiple de José Félix, nos quedamos dormidos.

El tercer día emprendimos la bajada hasta el río de El Buey. Este caudaloso río de corrientes ruidosas, aguas acaneladas y espumosas, labra su cauce entre el estrecho asiento de las dos cuestas, formando ya profundas charcas llenas de remansos y remolinos, ya angostos chiflones, en donde el agua rueda a tumbos sobre grandes piedras y se estrella contra el pardo peñón de sus orillas. Allí, a un lado del río, nos esperaba Benito con un fogón hecho sobre unas piedras y, como llegamos temprano, aprovechamos para darnos un baño. Esa mañana le dimos buena cuenta a una gallina con papa, yuca y plátano; y con las habilidades de Pablo pescando, nos dimos un banquete comiendo pescado frito. Teníamos que subir hasta el alto del Roble y desplazarnos hasta la subida de Santa Catalina. En seguida, subir hasta el alto de Las Dantas. En este punto la ruta continuaba hasta llegar al alto y bajada de El Chagualo. A continuación, se bajaba a la quebrada y se volvía a subir al alto de Las Yeguas para descender hasta el alto del Tusero y, finalmente, llegar a Abejorral. Este trayecto fue normal, pero al llegar, Eulalia se sentía mal. Fui a buscar al boticario, pero este había viajado la semana anterior a Medellín y se demoraba dos semanas más para regresar. Mientras andaba tras el boticario, la negra Simona le preparó un remedio con unas hierbas, así que cuando volví estaba bien. En la fonda donde llegamos, preparamos la comida para nosotros y para los animales y nos dispusimos a dormir acompañados por las notas musicales del tiple. Al alba tomamos camino, Eulalia estaba aliviada, sin embargo, empecé a llevarla de cabestro, solo la mortificaban las picaduras de los mosquitos y los zancudos, dueños habituales de la manigua. La negra nos preparó un repelente con salvia machacada y otras hierbas, para que en lo futuro del viaje estos molestos bichos no nos picaran más.

A la salida de Abejorral se encuentran las faldas dominadas por el pueblo al lado izquierdo y por los altos de Purima y Las Letras al derecho. Después de Abejorral se pasaba por la quebrada Chorro-Hondo, la cuesta, la quebrada y el alto de San Antonio, y bajada del Erizo. Tras la bajada y subida de Quebradona, que termina en el alto de Carrizales, se emprendía la bajada que conducía al río Aures, que traía sus cristalinas aguas en medio de agrestes y vírgenes montañas, para sigilosamente depositarlas en un amplio remanso donde los mortales lo pudieran cruzar. Allí, en un claro y extenso playón, hicimos una parada para darle descanso y comida a los animales. Las mujeres ayudaron a la negra Simona a preparar el almuerzo, al que dimos cuenta rápidamente para darnos una siesta arrullada al canto de mirlas, sinsontes y turpiales. Acabado el descanso, siendo las dos de tarde, retornamos al viaje y después de vadear el río, iniciamos la cuesta para llegar al alto del Capiro y descender un poco hasta Sonsón. Llevábamos caminando una hora cuando el calor del sol, que antes nos hacía transpirar en abundancia, fue cambiando por un viento frío con mucha neblina que hacía que nuestros dedos empezaran a entumecerse.

Entramos a Sonsón a las cuatro de la tarde. Al llegar a la posada, nos dieron chocolate caliente, para mitigar el frío, mientras esperábamos las cinco de la tarde,  hora de la comida. Tu abuela se sintió mal ese día pero entre ella y la negra me lo ocultaron. La estancia en Sonsón pasó sin novedad, pero éramos conscientes de que venía un día difícil. El trayecto hasta Arma Viejo era menos transitado que el que habíamos recorrido y por ende los caminos, si era que se podía llamarlos así, no tenían mantenimiento alguno desde que un tal Juan, encargado del portazgo, se había ido con su familia para Neira. Desde entonces, estaban a la espera del nombramiento de un nuevo encargado.

El quinto día de nuestro viaje, viernes, en una mañana fría y nublada, como siempre ha sido característico de Sonsón, emprendimos marcha no sin antes hacer uso de ruanas y muleras para protegernos del frío y la humedad. Para  sortear la ladera nos pusimos al frente de la recua con el fin de ir quitando una cubierta de zarzas y bejucos. La bajada al cañón del río Arma fue lenta y dispendiosa, fuimos dejando la espesa neblina y rápidamente el sol mañanero irrumpió sobre nosotros haciéndonos despojar de las ruanas, muleras y ponchos con los que habíamos salido. Los perros de un momento a otro iniciaron veloz carrera persiguiendo una guagua y Félix tras ellos, escopeta en mano, encontró el animal tratando de esconderse y ni corto ni perezoso le propinó un certero disparo. Luego de preparar y salar la carne de la guagua, le dió parte de las vísceras a Nerón y Sombra, como recompensa por su hazaña.

Llegando al fondo del cañón nos encontramos con el abra profunda, fragosa y pesadísima del río Arma, donde sus turbulentas y cristalinas aguas no encuentran sosiego alguno en medio de los agrestes peñascos por donde se ve obligado a descender, para finalmente depositar todo su caudal en el majestuoso río Cauca. Allí, en lo más profundo de la montaña, cruzamos el río y emprendimos la cuesta hasta el alto de Los Medios, donde menudeaban los pasos azarosos, consistentes en desfiladeros de tierra deleznable tajados sobre precipicios que van a dar al río en hondos fangales en donde las bestias se consumen hasta los pechos, en estrechuras obstruidas por la maleza, sin hacer mérito de la continua sucesión de saltos y resbaladeros que constituyen el resto del camino. Después del alto de Los Medios, arrimamos a una fonda junto al casi despoblado Arma Viejo y allí nos encontramos con un grupo de arrieros, amigos de Felix, procedentes de Nare que venían con mercancías para los comerciantes de Salamina y de la recién creada Manizales. Terminada la desaparejada y una opípara y deliciosa comida, nos reunimos con  los amigos de mi tío a oír sus historias en medio de trovas y canciones pasadas por  aguardiente hasta la hora de dormir.

El canto de las aves del monte y los gallos de la aldea nos anunciaron el nuevo día, un nuevo destino que se inició siguiendo por terrenos quebrados, para llegar al alto y cuesta de la Chorrera, pasando el alto y la quebrada de Pore, el alto y quebrada de La Arenosa y la subida de Aguas Claras, que conducía a nuestra próxima meta. En Aguadas fuimos recibidos por mi primo Nicacio Giraldo Ocampo y Dolores (Lola) Medina Ramírez, su esposa, también emparentada con nosotros. Ya en la pesebrera de su casa revisamos los cascos de los animales cambiando algunas herraduras, le hicimos una curación a uno de los bueyes que se cortó un anca trasera en el filo de una peña, pasando por un estrecho paraje en la quebrada de La Arenosa y después de un baño, les dejamos pastar libremente en el potrero de Nicacio.

Antes del ocaso salimos a dar un recorrido por el pueblo y nos encontramos con varios paisanos ya establecidos, quienes nos contaron sus experiencias como pioneros en la colonización: cómo a punta de hacha y machete abrieron caminos devorando montaña, cómo con persistencia, trabajando de sol a sol, sin importar el clima, fueron convirtiendo la inhóspita, verde y oscura selva en un hermoso labrantío donde había cultivos de pancoger, grandes cantidades de fríjol, maíz y yuca para ser vendidos a comerciantes que los llevaban hasta Medellín donde tenían gran demanda. Mucha tierra, antes bosque, estaba convertida en grandes fincas dedicadas a la ganadería y la cría de caballos.

A las cinco y media nos regresamos a casa. Lola nos esperaba con una abundante cena: fríjoles, arepas recién asadas, chicharrón, tajadas de plátano maduro, chorizo y arroz. A cada plato de fríjol se añadía una cucharada de manteca de empella y otra de hogao. Terminada la comida, rezamos el rosario antes de irnos a dormir.

Un rayo de luz atravesando una hendija en el postigo de la puerta, el sonoro y acompasado paso de las mulas sobre el empedrado de la calle real, nos comunicaron que ya era domingo. En la cocina ya había movimiento, mientras unas molían el maíz, otras lo amasaban e iban construyendo unas delgadas arepas que pasaban luego al fogón de leña donde se asaban. Uno a uno fuimos al solar a darnos un baño para luego hacer uso de nuestras mejores galas y asistir a la misa dominical. Después del desayuno, salimos a dar una vuelta por el mercado y a las diez nos entramos a la iglesia. Como era costumbre, los hombres en la nave derecha y las mujeres en la izquierda, lo que me impidió estar junto a Eulalia. A media misa noté cómo ella se recostó un momento sobre Damiana, su cuñada. Me asusté y ellas notaron mi preocupación y con una leve sonrisa me hicieron señas para que me calmara. Por su puesto que no me pude calmar, la hora y media siguiente fue eterna. Saliendo me dirigí a ella y estaba bien, o al menos eso me hizo creer. La negra viéndome me dijo: -no se angustie, póngase alegre, la amita no está enferma, todos estos días ha tenido mareos y vómitos y eso es común en las mujeres cuando van a ser madres-. Mi estado no me permitió entender lo que dijo Simona. Solo cuando los demás, entre risas y abrazos me felicitaron, lo entendí.

Entre bromas al nuevo papá, nos consumimos un delicioso sancocho para luego ir al mercado a comprar algunas golosinas y visitar al boticario quien le preparó algunos medicamentos a tu abuela para su estado. El resto de la tarde la pasamos reunidos en casa y entrada la noche nos retiramos a dormir.

Empezando a clarear, fuimos al potrero a traer los animales e iniciar la misma faena de los días de viaje. A las seis de la mañana nos despedimos de Lola y salimos junto a Nicasio quien nos acompañó hasta el alto de La Montaña, donde quedaba su finca. Seguimos luego a la quebrada de Castrillón, el alto del Oso y de Viboral, para llegar a Pácora. Ascendimos luego al alto de Rancho alegre, para desviar hacia el sitio en donde la quebrada de Arquía entra en el río Cauca, en el paso de Bufú. Luego, se encontraban las pequeñas sabanas de Las Trojes, y al terminarlas, se emprendía el descenso de la gran cuesta que conduce al río Pozo, en cuya opuesta eminencia se alcanza a ver la población de Salamina. A corta distancia del río Pozo se encuentra el pequeño llano y la quebrada de La Frisolera, desde la cual, serpenteando por el cerro, sube el hondo y encajonado camino que termina en Salamina. Salamina está situada en un enorme cerro, el cual dibuja el perfil semicircular de su cumbre sobre el horizonte que remotamente limita la cordillera, y aparece como en el fondo de un escenario al que sirvieran de bastidores laterales los abruptos cortes de una serie progresiva de cerros. En la cúspide de esa mole gigantesca, estaba ubicada la población. Tomamos el camino de La Frisolera hasta el poblado. Allí nos estaban esperando Joaquín con la señora, su familia y varios marinillos que sabían de nuestro viaje. Después de ponerlos al tanto del viaje, el estado de Eulalia y los últimos sucesos en Marinilla comimos y nos fuimos a descansar.

El amanecer vino con sorpresas, Joaquín me saludó e inmediatamente me dijo: -ya tengo negociada una tierra para ustedes tres, a lindes con la mía, queda en El Sargento cerca a Filadelfia, mañana nos vamos a verla y pasamos al pueblo donde estoy terminando una casa. Varias personas, entre ellas Jesús Duque, mi primo, están muy interesados en volver distrito parroquial este caserío, para ello Jesús donó terreno para el templo, la plaza y las calles. Yo le recibí el solar donde estoy construyendo-.

El siguiente día despedimos a Félix y su socio arriero quienes partieron hacia la Vega De Supía a recibir una recua de veinte mulas continuando el viaje de regreso por la ruta de Santafé de Antioquia hasta Medellín pasando, luego, a Marinilla. Tal como lo planeamos con Joaquín, fuimos a ver la finca, no hubo mucho regateo, la finca pertenecía a una señora que había quedado viuda por culpa de la guerra. Sus tres hijos, después de haber ayudado a su padre a tumbar montaña y montar una productiva parcela, se querían dedicar a la arriería. Estos muchachos, con los reales recibidos, compraron cinco animales y, después de dejar a la madre en casa de una hermana, se unieron a un grupo de arrieros que iban para Manizales.

En el transcurso de una semana legalizamos la compra en Salamina, allí nos encontramos con Jesús Duque quien, al enterarse de nuestros planes, nos ofreció solares en El Sargento, con la condición de que edificáramos y ayudáramos a poblar el lugar.

La finca la recibimos con cultivos de maíz, plátano, frijol, papa, arracacha y cebolla; separados por largas hileras de penca cabuyera, que nos generaron muy buenos recursos. Pero lo que más ingreso dio fue la venta de madera. En la parte montañosa había cedros, robles y cominos, maderas muy apreciadas. Los cinco días siguientes a la menguante se destinaban a la tala, repartiendo el resto del tiempo entre el aserrío y siembra de la parte talada. Con el descuaje a punta de machete fuimos domando la fértil montaña, cambiando malezas y bejucos por potreros, frisoleras y cañausales adornados con espigados y elegantes guaduales, regados con abundantes y transparentes nacimientos de agua.

A mediados de agosto la casa de Joaquín estaba terminada. Para finales del mes estábamos viviendo allí. De las nuestras, solo una estuvo lista en noviembre y las dos restantes fueron terminadas en enero del año siguiente: 1851.

El posta, cartero de la época, pasaba semanalmente trayendo y llevando nuestras cartas. En Marinilla la situación no mejoraba para los más jóvenes. Unos pocos, al terminar el colegio, continuaban sus estudios en Medellín o Bogotá, cuando sus familias disponían de recursos. El resto se apresuraban a formar familia y salir en grupos a hacerse de tierras en otras partes. Por eso, constantemente nos solicitaban información. Al enterarlos de las nuevas fundaciones en tierras vírgenes y productivas, se fueron dando oleadas de nuevos colonos que se repartieron desde Aguadas hasta Manizales. La mayor parte pertenecían a nuestra familia, tanto así que nuestro apellido, Giraldo, en poco tiempo llegó a ser el más común de todos, seguido por Gómez, Ocampo, Duque y Aristizábal.

A principios de marzo llegaron de Marinilla mis suegros Gervacio y Catarina con mi mamá. Lucio, mi padre, vendría después de las siembras de San José. El 18 de marzo terminamos las quemas para las rosas de maíz y en la tarde, al regresar de la finca, llegando a la casa, salió corriendo Magdalena, la hija de Simona, anunciándome que mi señora estaba mal. Apurando en caballo llegué pronto y al ir a verla, la negra Simona me cortó el paso diciéndome que la partera no admitía hombres en el cuarto. Estando en estas, el llanto débil de un niño me crispó los pelos y sin hacer caso me entré a la alcoba, encontrando a Eulalia acostada con un bebé en su regazo. Me le acerqué, y ella, con el rostro cubierto de lágrimas, pero con una sonrisa de triunfo, me entregó una pequeña, mi hermosa María José. Simona y su hija rápidamente asearon todo porque ya empezaban a llegar los vecinos, es decir, la familia.

Así como transcurrió el embarazo pasó la dieta, sin contratiempos, fueron cuarenta días interminables para ella, en el cuarto todo el tiempo, solo la dejaban salir al corredor un rato en la mañana, siempre y cuando el día fuera despejado y caliente. En cambio, a María José la pasaban todo el día lejos de mamá entre abuelas y tías. Cuando la niña cumplió seis meses, nos fuimos del todo para la finca. El negro Benito me pidió permiso para casarse con Magdalena y después del matrimonio se quedaron con nosotros. Cristóbal se había regresado para Marinilla con mis padres y mis suegros.

Allí en Aranzazu, como se llamó El Sargento después de convertirse en parroquia, nacieron nuestros trece hijos. Allí vivimos cerca de 25 años antes de venir  a esta tierra, Anserma, la que muy pronto habrá de verme partir a colonizar el paraíso.

 

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