Por Andrés Felipe Giraldo L.
Tengo que escribir un libro de ficción. No es opcional. Es obligatorio para poderme graduar del Máster que estoy haciendo en la Escuela de Escritores de Madrid. Me había costado mucho encontrar una historia en mi mente que tuviera la fuerza y el alcance que me diera para lograr el objetivo. En esta columna, les contaré el argumento principal, para que ustedes me ayuden a desarrollarlo. Será muy importante para mí que hagan sus aportes, por lo que estaré atento a la retroalimentación en las redes sociales. Empiezo.
Se trata de un expresidente de la izquierda democrática que gobernó a una república bananera de esas que históricamente se han creído colonia de los Estados Unidos, que en la novela no se llamará Estados Unidos, sino Trumpland. Nuestro expresidente, llamado Jaime Batemán (no sé, se me ocurrió algún nombre que no genere resistencia entre los lectores de extrema derecha de mi país), es un ser humano bastante común, pero tiene una debilidad insalvable: le encantan las mujeres. Nada extraordinario, le gustan las mujeres como a cualquier hombre alto en testosterona, pero pues, él ha ocupado altos cargos en el Estado, incluyendo la Presidencia de la República. El país al que pertenece este personaje no se podría llamar diferente. Se llama Colonia.
La historia empieza después de un fraude electoral colosal en el que la extrema derecha de Colonia, aliado con los organismos de inteligencia de Azrael, un país artificial fabricado por las grandes potencias en el medio oriente, que viene cometiendo un genocidio contra el pueblo arameo asentado en el mismo territorio, alteran el algoritmo en el conteo de los votos para robarse las elecciones. Pero esta idea no la voy extender. La idea central de la historia es que la extrema derecha del país, liderada por un grupo de empresarios poderosísimos, que se hacen llamar “los cacaos”, quieren evitar a toda costa que la izquierda vuelva a gobernar nunca jamás en Colonia. Para lo anterior, idean toda una estrategia a la que bautizan “operación Bateman naranja”, cuyo principal objetivo es que Bateman sea extraditado a Trumpland, con lo cual, por supuesto, el presidente de Trumpland, llamado Mario Blonde, un extremista taimado y resentido, está de acuerdo.
En el fraude electoral mencionado, los cacaos montan a la Presidencia de Colonia a un tipo, dijéramos, folclórico, básicamente a un don nadie que ha venido escalando posiciones sociales a través de su profesión de contador público, en donde ha sabido estafar hábilmente a sus clientes con alteraciones en los estados financieros de sus compañías, que cuando notan, ya están en la cárcel o muy cerca del cementerio. Sin embargo, este tipo folclórico, nacido en un pueblo del caribe, pero con ínfulas de angloeuropeo, cantante de ducha y cuyo sastre lo odia, es lo suficientemente histriónico y funcional a los intereses de los cacaos para mantener al pueblo en una especie de altergamiento constante, en donde él se vuelve un showman experto en necroespectáculos, porque le encanta mostrar muertos por todo el país. Es como un fetiche. Esa idea está por desarrollar. El Presidente se va a llamar algo así como Abel Estrella.
Mientras el payaso que montaron de Presidente hace eventos por todo el país, distrayendo a la opinión pública con sus necroespectáculos, el mind master de toda la operación Batemán naranja elabora una megaestrategia con los directores y presidentes de junta de los medios de comunicación que son propiedad de los cacaos, que básicamente acaparan todo el espectro electromágnetico de transmisión de Colonia, relegando a los medios alternativos a estrechos espacios en la internet. El objetivo de la estrategia en su primera fase en sencillo: Destrozar la vida íntima de Jaime Batemán a través de la combinación de todas las formas de lucha. Saben que su debilidad son las mujeres y crean todo un operativo para reclutar a todas las mujeres que se le han acercado o han pasado por su vida para instalarles un libreto en el que vuelven de Bateman un tipo abusivo, despreciable, adicto, corrupto y un sin fin de adjetivos que se irán notando a medida que avancen los testimonios de las supuestas víctimas que no son más que personas necesitadas o mercenarias que se venden al mejor postor. Por supuesto, no todas las mujeres se venden, antes de que me acusen, como a Bateman, de machista y misogino, y de hecho, es una mujer la que al final salva, no solo a nuestro protagonista, sino a Colonia entera. Pero aún no llego a ese punto. Este mind master era una persona muy cercana a Bateman, lo acompañó desde la campaña política y ocupó altos cargos en el gobierno. Siempre ambicioso, siempre envidioso, siempre inconforme. En una sola palabra, un hombre insaciable. A este personaje lo llamaremos Alfredo Ventura. El tipo ha llegado a un acuerdo con los cacaos y con el nuevo gobierno para que cesen todos los procesos judiciales en su contra, de los que no se volverá a hablar en cuatro años. Si bien las Altas Cortes de Colonia en teoría gozan de independencia y autonomía, la antigua magistrada que perseguía a Ventura, ahora es la Ministra de Justicia de Abel. Esto facilita la negociación entre los poderes.
Al frente de la estrategia de medios se encuentra una mujer que había pendulado entre la política y el periodismo sin ningún pudor. Se hacía llamar periodista cuando estaba al frente de un medio y candidata, cuando incursionaba en política. Creía, firmemente, que entre estos dos oficios no había conflictos ni contradicciones. Su distopía era tan profunda, que al final terminó siendo la jefe de prensa de Abel y la directora de la revista más leída del país de manera simultánea. A ella la llamaremos Verónica Ferrer. Otro personaje clave en los medios es un octogenario y obeso homosexual que ha construido su patrimonio extorsionando durante décadas a los cacaos incapaces de salir del closet. Pero este personaje lo desarrollaré más adelante. Lo que sí es claro es que no hay persona que odie más a Jaime Bateman que él. La razón es simple, nunca le prestó atención a sus constantes coqueteos, porque creía que Bateman era bisexual. Se sintió despreciado y esto terminó incubando un odio visceral de proporciones venenosas. A este personaje le pondremos el nombre de Gustavo Lleras.
La trama se desarrolla para resolver una pregunta simple: ¿Podrán los cacaos extraditar a Jaime Batemán a Trumpland? Las únicas dos personas en la que puede confiar Bateman son un abogado y un periodista, quienes con muy pocos medios y todo el establecimiento en contra, deben contrarrestar el poder ilimitado de los cacaos y sus medios de comunicación. El presifrente es realmente un personaje secundario, un pelele venido a más quién se divierte como un niño con un juguete que se llama Colonia, pero que será inclementemente desechado por los cacaos cuando cumpla su misión, para lo cual tiene solo cuatro años de diversión. Luego pasará al olvido.
En fin, la historia todavía está tremendamente cruda. Aún faltan los capítulos, el desarrollo y el final. No sé cómo termine esta historia pero los insumos están a la mano. Solo hay que abrir la prensa a diario para que la imaginación tenga que contenerse ante la realidad abrumadora que circunda historias parecidas. Aclaro que esto es 100% ficción y que cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.
Gracias por todas las ideas que le puedan aportar a esta novela.


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