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Todo mal

Por Andrés Felipe Giraldo L.

Ver al presidente del país caminando entre cadáveres, jactándose de esas muertes, como si eso fuera un triunfo del Estado genera estupor, impotencia, tristeza y la sensación de que la democracia ha caído en su punto más bajo. El conflicto armado en Colombia hunde sus raíces en la historia, tiene un origen diverso y se ha venido transformando de acuerdo con la coyuntura de cada época. La violencia ha dejado cicatrices profundas en una sociedad plagada de víctimas y las palabras paz y reconciliación parecen el títular de una químera, a pesar de los esfuerzos de amplios sectores sociales que se han empeñado en buscar caminos para poner fin a décadas de enfrentamientos, hostilidades y muertes, que hacen que la franja roja de la bandera sea cada vez más ancha.

Por supuesto que el crimen debe ser perseguido y castigado, para eso existe toda una institucionalidad que se debe a ese propósito, pero notar el fracaso total del Estado Social de Derecho en la imagen de un presidente dando discursos triunfales al frente de bolsas blancas que contienen personas fallecidas, ciudadanos colombianos, a pesar de todo, degrada la intención para la cual fue concebido el Contrato Social de sociedades que se suponen civilizadas, y que deben garantizar derechos, hasta para los delincuentes, porque es lo que dictan la Constitución y la Ley. Ya la Defensora del Pueblo, Iris Marín, ha explicado la inconveniencia de esta escena por su carácter deshumanizante, y porque es innecesario que un presidente se presente además como verdugo ante la opinión pública.

Colombia parece haber elegido no a un presidente sino a un sheriff de pueblo del viejo oeste, con pistola al cinto e intimidando delincuentes en vivo y en directo, con toda una parafernalia marcial de armas y escudos, que solo le transmiten seguridad a él y a su fragil masculinidad, que se ve ensalzada por el show de la muerte que se ha empeñado en desplegar por todo el país, con el argumento de que esto hace “sentir terror” a los delincuentes, como si esos delincuentes no estuvieran ya acostumbrados al crimen y a la muerte.

Estamos ante un espectáculo repugnante. Poca esperanza representa la muerte en bolsas blancas. Poca autoridad refleja quien debe acudir a la parafernalia de pararse frente a una pila de cadáveres para inspirar respeto o “terror”, como dice el presidente. Porque no solo da la sensación de que no hay más plan que echar bala, sino que se desconocen de tajo las causas estructurales de la violencia en Colombia, para las que no hay ninguna fórmula de solución. Un gobierno que centra toda su política en la represión y en la religión no trae soluciones, trae caretas y placebos para entretener al pueblo con circo y oraciones, sin solucionar nada de fondo.

Estamos empezando cuatro años difíciles, en los que el gobierno va a seguir matando colombianos en nombre de la patria y de cristo rey, la combinación perfecta entre chovinismo y fanatismo, apelando a sentimientos tan básicos como la venganza y a soluciones tan bárbaras como las ejecuciones sumarias, llenando bolsas de muertos en una carnicería sin fin, porque van a seguir existiendo las empresas criminales con otros nombres y otros métodos, mientras no se ataquen las raíces de los problemas sociales ligados a la desigualdad, la falta de oportunidades y la pobreza, que llevan a que muchos colombianos opten por la ilegalidad como forma de vida, porque el sistema no les ofrece más que exclusión, miseria y muerte.

Además, para nadie es un secreto que quien hoy se presenta como un faro moral desde el solio de Bolívar, ayer se sentaba con esos mismos bandidos que hoy dice combatir en Santa Fe de Ralito, en DMG o con su amigo personal, Alex Saab, como él mismo se define, entre muchos otros escenarios, entre su actividad profesional y sus negocios personales. Las conversiones religiosas no borran el pasado y mucho menos hacen mejores a los seres humanos. Por el contrario, lo que se percibe con mucha facilidad es la manipulación de las emociones en un país tremendamente camandulero que aún cree en los elegidos de dios y en las misiones celestiales.

Estamos ante un gobierno desprovisto de valores humanos, sin una ruta de acción para combatir las causas estructurales de un conflicto extenso, profundo y arraigado que surge desde las grandes inequidades sociales y económicas, del poder político y del acaparamiento de la tierra, la riqueza y el poder. Estamos ante un ministro de agricultura al que le avergüenza la palabra campesino, una directora del Bienestar Familiar que niega a las niñas y a los múltiples tipos de familia y ante una ahora exministra de educación que critica el adoctrinamiento, mientras asegura que hay que devolver la educación a dios, al dios de su doctrina.

Este es solo el principio. Y está todo mal. Por eso resistir más que un mandato es una forma de supervivencia colectiva para quienes aún creemos en la paz y que el camino para conseguirla tiene que ver mucho más con la vida que con la muerte. Para quienes queremos caminar entre los vivos y no entre los muertos.

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