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La izquierda goza de buena salud

Por Andrés Felipe Giraldo L.

La tristeza en la izquierda colombiana debido al resultado de las elecciones del pasado 21 de junio es evidente. Porque es un resultado decepcionante. Se perdieron unas elecciones importantes. Además, se perdió la oportunidad de profundizar en las políticas sociales que vienen impulsadas desde el actual gobierno y que han redundado en el bienestar de los ciudadanos más relegados y vulnerables. Es una lástima, pero también una muy buena oportunidad para que las fuerzas políticas de izquierda se revitalicen, se piensen, se organicen y tomen verdadera conciencia de su capacidad y poder.

Hace apenas veinte años, en 2006, Carlos Gaviria sorprendía en la primera vuelta presidencial con una votación de dos millones seiscientos mil votos, quedando segundo, detrás de Álvaro Uribe, el presidente reelecto que ganó con facilidad con más del 60% de la votación. Carlos Gaviria no pasó a segunda vuelta, pero se alzó una bandera de futuro. Ese mismo año, en las elecciones legislativas, el Polo Democrático Alternativo, único partido de izquierda, obtuvo diez curules en Senado y apenas ocho para la Cámara de Representantes.

Para las últimas elecciones legislativas, en 2026, el Pacto Histórico, único partido de izquierda en Colombia, obtuvo 25 curules para el Senado y 42 para la Cámara de Representantes. Es la bancada más numerosa del Congreso, aún insuficiente para formar mayorías, pero determinante para hacer una oposición vigorosa, estructurada y propositiva.

La izquierda democrática en Colombia ha crecido constante e ininterrumpidamente en las urnas y pasó de ser una fuerza política marginal a gobernar en menos de cuatro décadas, después del genocidio de todo un partido político (la UP) y del asesinato de tres candidatos presidenciales (Pardo Leal, Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro).

Las elecciones presidenciales se perdieron, pero las cuentas de la extrema derecha eran mucho más optimistas después de la primera vuelta. Habiendo ganado el 31 de mayo por casi 700 mil votos, las predicciones de la campaña de De la Espriella afirmaban que en segunda vuelta ganarían por dos millones de votos o más. No solo no pasó, sino que la diferencia se redujo a menos de 250 mil votos. Cuando se pensaba que el techo de De la Espriella era más alto, considerando que toda la votación de Paloma Valencia se iría con él, la remontada de Iván Cepeda por poco se concreta. Faltó tiempo. Si bien la narrativa falaz del “voto fusil” ha pretendido deslegitimar la importante cantidad de votos que obtuvo Iván Cepeda en la segunda vuelta, la realidad es que la izquierda en Colombia se encuentra fuerte, masiva, deliberante y lista para seguir creciendo, ahora, desde la oposición. También es realista aceptar que no todos los votos que obtuvo Cepeda vinieron de la izquierda. Una gran parte llegó de sectores que se resistían a aceptar que De la Espriella fuera el presidente, por motivos que se han explicado desde diversas voces del periodismo.

Por supuesto, perder la continuidad en el gobierno es un golpe duro que resiente todos los programas sociales que se venían implementando, principalmente todos aquellos que estaban restableciendo los derechos de los campesinos sobre los territorios, que son el gran foco del conflicto en el país desde tiempos inmemoriales. Seguro habrá un retroceso y que lo ganado en este periodo en favor de las comunidades más desfavorecidas se deteriore pronto. Pero los liderazgos que se han consolidado en estos cuatro años tendrán la oportunidad de brillar en las elecciones regionales, porque muchos de estos liderazgos provienen justamente de las regiones. No hay tiempo de lamentarse. Hay una bancada de oposición que debe fortalecer sus alianzas y hacer un control político riguroso del gobierno entrante. Vienen unas elecciones regionales críticas que se deben ganar en gran parte del territorio nacional para poder contrarrestar las políticas del gobierno nacional que pretende imponerse “por la razón o por la fuerza”.

La izquierda, por el contrario, debe convertirse en la fuerza de la razón. De las elecciones pasadas, a pesar de la derrota, quedó claro que es posible crecer electoralmente sin benedetis y sin roys, que nuestra fuerza democrática está en las organizaciones indígenas, sociales, sindicatos populares y, sobre todo, en la juventud, que votó mayoritariamente por el Pacto Histórico y por Iván Cepeda. Esa juventud está creciendo, está tomando posición, está asumiendo liderazgos y está incorporando a sus acciones una conciencia social que hará de la izquierda una fuerza política cada vez más madura y estructurada.

Por supuesto, es un golpe duro haber perdido las elecciones. Pero hay que entender esta derrota en un contexto histórico amplio y complejo de más de 200 años de vida republicana en donde apenas estamos empezando a gobernar después de dos siglos de gobiernos de las élites de la derecha. La izquierda pasó de ser una fuerza marginal, perseguida y vapuleada, a ser una fuerza de gobierno capaz de competir y ganar elecciones a nivel regional y a nivel nacional. Ahora el reto es el de preservar la democracia a toda costa para que las urnas garanticen el derecho de la izquierda para volver al poder si así los ciudadanos lo quieren.

No hay tiempo de llorar ni de lamentarse. Vienen cuatro años difíciles, de desafíos mayúsculos en donde las comunidades en el campo, las minorías étnicas, las feministas y las diversidades sexuales tendrán que proteger lo que han ganado a través de décadas de luchas y reivindicaciones. Son casi trece millones de votos que no otorgaron un gobierno, pero sí un mandato popular, que deben ser defendidos desde cada espacio en donde la izquierda se pueda pronunciar.

La izquierda goza de buena salud. No es la primera vez que perdemos unas elecciones. De hecho, en 2022 fue la primera vez que las ganamos a nivel nacional. Volveremos y seguiremos siendo millones. Paciencia, aguante, persistencia y mucho trabajo. Son muchas las personas que han sembrado la esperanza de un país más justo, equitativo y democrático en un movimiento político que se ha construido en la adversidad, poniendo el pecho a las balas y derramando sangre para que el futuro pueda germinar, privilegiando el espíritu combativo que ponga al ser humano en el centro del debate político y a la dignidad humana como pilar fundamental de la acción social. La izquierda goza de buena salud. Estamos y seguiremos vivos para volver al poder cuando sea el momento.

Nadie en la izquierda puede bajar los brazos ahora, cuando los necesitamos para luchar.

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