Por Francisco Javier Méndez
Esa mañana me desperté con resaca en el apartamento de Alejandro. Era un buen apartamento: amplio, iluminado y ubicado en una de las mejores zonas de la ciudad. Habíamos estado tomando cerveza, whisky y tequila en bares costosos y exclusivos. De hecho, el portero casi no me deja entrar al último sitio al que fuimos debido a mi vestimenta corriente y tocó que Alejo se devolviera a hablar con él para que yo pudiera pasar.
Es un buen tipo Alejo. A veces hasta se pasa de buena gente. De hecho, esa noche él gastó todo y no me dejó poner ni un peso. Aunque también es cierto que a él ese dinero no lo empobrece y que mi presupuesto es mucho más limitado que el suyo. Pero eso no quita el hecho de que se hizo cargo de las elevadísimas cuentas, ni tampoco pone en duda su enorme generosidad.
Pero Alejo no solo es buena gente, sino que también tiene una vida llena de placeres y excesos: come en buenos restaurantes, toma casi todos los días trago fino, consume algunas drogas de calidad y tiene un grupo cada vez más numeroso de mujeres con las que se acuesta frecuentemente. Su trabajo con un buen salario y el hecho de no tener hijos ni pareja le permiten darse esa vida de rockstar.
Así que ahí estaba yo, en el cuarto de huéspedes de mi amigo, cuando escuché que la puerta de su habitación se abría. Entró a donde yo estaba con un café en la mano y me dijo “voy a hacer unas vueltas, pero quedas en tu casa”, y salió cerrando la puerta. Todavía no he descubierto cómo hace para tomar tanto y levantarse al otro día como si nada, quizás tenga alguna “droga mágica” o quizás sea la costumbre. Yo sentía que necesitaba dormir otro rato antes de arrancar para mi casa, así que me eché las cobijas encima y me dispuse a descansar.
Pero no pude dormir. Me quedé un rato mirando hacia la pared, pensando en todo y en nada, hasta que una idea apareció en mi mente y se rehusó a irse: quizás yo también podía ser como Alejandro. Acababa de terminar la carrera en la universidad y tenía a varios familiares y amigos, entre esos el propio Alejo, que me podían echar una mano para acceder a un buen cargo en una empresa. Eso sí, para lograrlo debía dejar de lado mi objetivo de poner mis conocimientos al servicio de alguna causa social y dedicarme a hacer dinero.
En mi cabeza se empezaron a proyectar imágenes mías viviendo la vida de Alejo: comiendo platos de nombres exóticos preparados por chefs ganadores de premios, tomando tragos finos y cócteles de autor en bares de moda, metiéndome por la nariz el equivalente del sueldo de muchas personas, acostándome con mujeres hermosas sin la necesidad de ningún tipo de compromiso. Sin embargo, a medida que las imágenes en mi mente se hacían más vívidas e intensas el malestar por la resaca aumentaba, produciéndome un mareo que se fue haciendo paulatinamente incontenible y me hizo levantarme de la cama para dirigirme al baño a vomitar.
Y, entonces, sucedió lo que tenía que suceder: con cada arcada salía de mi cuerpo tanto el vómito como la absurda idea de vivir una vida que no era la mía y que no me correspondía.


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