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Luis Díaz, ¿el insensible?

Por Francisco Javier Méndez

Hay futbolistas que han tenido conductas realmente reprochables fuera de la cancha. Por ejemplo, están las acciones de Sebastián Villa en contra de su expareja, Daniela Cortés, que lo llevaron a ser declarado culpable de violencia de género por haberla agredido y amenazado. Otro ejemplo es el de Arturo Vidal, quien en plena Copa América del 2015 estrelló su auto borracho y se salió con la suya, debido a la coyuntura de que Chile era la sede de la Copa y él era pieza clave en la selección de dicho país que finalmente salió campeona de la competición. En ambos casos hablamos de delitos que pusieron en riesgo la vida y la integridad de otros seres humanos.

También es legítimo cuestionar las posturas políticas de los exponentes del balompié, pues al fin y al cabo la política es algo que nos afecta a todos. Toda persona que expresa abiertamente sus posiciones políticas y/o que promueve una ideología tiene que estar abierta al debate, eso sí, preferiblemente dentro del marco del respecto, aunque no es común que esto se dé en un mundo donde se les ponen más filtros a las fotos que a las palabras.

Sin embargo, hay actos por los que se han condenado a deportistas que no merecen ser tratados con tanta severidad, como si de crímenes se trataran. Y es que crucificar a alguien por la manera en que actúa ante la muerte de un compañero me parece completamente fuera de lugar. No conozco mucho de Luis Díaz, más allá de algunos datos generales de su carrera como futbolista, de la cual tampoco es que sepa todo. La vida personal de “Lucho” (como le dicen muchos de los que hoy lo juzgan) no es un tema en el que haya ahondado para nada. Así que el objetivo de esta columna no es partir una lanza a favor del “guajiro” porque sea fan de él (aunque lo admiro como futbolista) ni promover el discurso barato de que hay que pasarles cosas a los deportistas en nombre de “las glorias que nos han dado”.

Simplemente, estoy convencido de que la manera de vivir un duelo es personal y cada cual puede hacerlo como mejor le parezca. Cada cual llora, o no, y honra, o no, a sus muertos como le salga de las entrañas. Claro, Diogo Jota tuvo un gran gesto de solidaridad con Díaz y se esperaría cierta reciprocidad, pero la reciprocidad se da en los términos en que los implicados lo crean conveniente, no en la manera en que los externos piensen que se debe dar. No sé por qué Luis Díaz no asistió al funeral de Jota ni por qué subió un video donde se le ve sonriente acompañado de “influencers” después de la muerte del exjugador de Liverpool, aunque la verdad es que tampoco me interesa, fue él quien compartió con Jota, no yo ni muchos de los opinadores de “X” ni los periodistas que quieren dar catedra de moral. Es paradójico que quienes acusan a Díaz de falta de empatía se crean muy empáticos por señalar a una persona que acaba de tener una tragedia en su vida.

No faltará quien diga que ese es el precio a pagar por ser una figura pública. No obstante, habría que tener en cuenta que hay que ser muy desocupado, por decir lo menos, para estar con el termómetro moral detrás de las figuras públicas para recriminarles la manera en que afrontan sucesos que no tienen nada que ver con el interés general. Por otro lado, es falso que en Colombia sólo se juzguen a las figuras públicas por cómo viven el luto: muchas veces hay recriminaciones cuando alguien del común no actúa como se espera ante el fallecimiento de un amigo o un familiar.

Al final, casos como este exponen uno de los lados más problemáticos de las redes sociales y los medios de comunicación: que amplifican las opiniones de personajes que aspiran a ser la “policía de la moral”; ya sea para figurar en un hecho en el que no tienen nada que ver, ya sea para tratar de imponer sus propios valores y prejuicios.

*Fotografía tomada de Pixabay.

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