Por Andrés Felipe Giraldo L.
Seguir considerando a Álvaro Leyva como el “mind master” de un Golpe de Estado contra el Presidente Gustavo Petro es un anzuelo fácil de morder para distraer la atención sobre los verdaderos planes golpistas que se gestan desde el inicio de este mandato, que ha estado permanentemente amenazado por las fuerzas oscuras del establecimiento, que son mucho más hábiles, refinadas y discretas que el ya decadente Leyva, movido más por el resentimiento y la sed de venganza que por el cálculo político.
Y con esto no quiero minimizar la gravedad de los audios en los que se escucha cómo babea planeando el derrocamiento del Presidente, pero sí es necesario comprender mejor el contexto para no quedarse embelesado con el canto de las sirenas. Por supuesto que Leyva se ingenió un plan de derrocamiento contra Gustavo Petro y creó todo un ejército imaginario para conseguirlo. Desde sus delirantes cartas, en las que acusaba al Presidente de ser un drogadicto, hasta los pedidos frenéticos en esas mismas cartas para que dejara el poder, es visible el deseo de Leyva por tumbar a Petro, sobre el presupuesto de que es un drogadicto y por drogadicto incapaz de gobernar. Cabe decir, que más allá de su relato plagado de especulaciones, conjeturas, suposiciones y una falsa condescendencia, Leyva no aporta ni una sola prueba que pueda dar algo de credibilidad a sus afirmaciones. Él creyó que haber sido el Cánciller le daría automáticamente la validación necesaria para lograr desestabilizar al Presidente irremediablemente, al punto de hacer insostenible su presencia en la Casa de Nariño.
Debo confesar que hasta hace poco estaba seguro de que las cartas de Leyva, e incluso sus incursiones a los círculos del poder político en Estados Unidos para defenestrar al Presidente, no eran más que las acciones delirantes de un anciano demente y senil digno de conmiseración. Sin embargo, la convicción sincera con la que brinda sus entrevistas, esas respuestas estúpidas plagadas de la franqueza de alguien que cree que obra bien, me han convencido de que el octogenario Leyva está en pleno uso de sus facultades mentales y que sus delirios no provienen de alguna falla en su torre de control, sino de la convicción íntima de que él tiene no solo el poder, sino el derecho legítimo, de tumbar al Presidente. Sin embargo, Leyva, como ya está demostrado, no tiene la capacidad para convocar a las fuerzas necesarias para dar un Golpe de Estado, que él llama “acuerdo nacional”, en su ingenua creencia de que el país lo ve como un referente respetable, cuando, la mayoría, nos preguntamos si aún controla los esfínteres.
Leyva simplemente representa el deseo de una gran facción de país que efectivamente quiere ver a Petro derrocado, algunos como un simple deseo y otros como un plan que debe ejecutarse. Desde febrero de 2023 ya Maria Fernanda Cabal decía en público, en Medellín, que su objetivo era que Petro no estuviera en el gobierno los cuatro años. Lo dijo en serio, frente a unas cámaras y ante un auditorio. Es decir, cuando un político de la oposición con los vínculos criminales que tiene Cabal, manifiesta estas intenciones en voz alta, hay que tomárselo en serio. Y no me cabe duda de que el Presidente tiene fundamentos cuando denuncia no solo que lo quieren derrocar, sino que también lo quieren matar. Pero esto va mucho más allá de las acciones temerarias de Leyva, que ahora vistas en retrospectiva, no son más que el vuelo en picada de un kamikaze que ya no tiene nada que perder. A Leyva lo rescató de las tinieblas del olvido el propio Gustavo Petro. Su vida pública yo no era ni siquiera un recuerdo. Y por alguna extraña razón, Petro creyó que era buena idea incorporarlo a su gobierno para dar esa sensación de que se podía gobernar con diferentes. Pero Leyva no es más que un oligarca de la vieja alcurnia que se sintió en la fiesta de un peón en la que podía hacer lo que se le diera la gana. Lo paradójico es que a Leyva ni siquiera lo sacó Petro, sino la Procuradora Margarita Cabello.
Pero más allá del deseo real que representa Leyva, los reflectores no deben apuntar hacia él y hacia su torpe estrategia de derrocamiento con la que pretendía tumbar a Petro en 20 días. El transfondo del plan para derrocar a Petro es mucho más sofisticado, astuto, paciente y calculado. La lupa realmente hay que ponerla en otros personajes mucho más siniestros que Leyva y con mucho más poder, no solo en el Estado, sino con seria influencia en los grupos criminales, y contactos con congresistas de los Estados Unidos como Mario Diaz-Balart, Maria Elvira Salazar y Carlos A. Giménez, entre otros, muy cercanos al Secretario de Estado Marcos Rubio y odiadores de profesión de Gustavo Petro y de toda la izquierda latinoamericana, padrinos de los grupos políticos de extrema derecha de América Latina y conspiradores por vocación.
Para nadie es un secreto que los políticos gringos en una buena proporción son conspiradores y que gran parte de la desestabilización de América Latina ha salido de los despachos de algunos de ellos, que sin pudor juegan con la democracia de nuestros países como si fuera un juego de mesa. La extrema derecha en Colombia, tan devota de viajar a Miami cada tanto, lo sabe. Por eso no es extraño ver esas peregrinaciones de los candidatos y políticos de la oposición haciendo lobby a los descendientes de los marielitos cubanos que ahora son los más xenófobos del mundo, porque aprendieron a odiar no solo a sus raíces, sino a todo lo que se les parezca. Con un fluido español discriminan hispanos y hablan de América Latina como si fuera una cloaca digna de ser exterminada. Un asco. Y más asco que desde Colombia se hagan toures políticos para ganar su simpatía en el esfuerzo articulado para derrocar a Petro, porque ahí sí están las verdaderas conspiraciones. No con Leyva, a quien consideran un anciano fracasado de salida, no solo de la política sino de la vida, pero sí con esas figuras rutilantes que les ensalzan el ego y les prometen entre líneas que Colombia será una nueva estrella de su decadente imperio.
Por eso no hay que distraerse con Leyva. El foco hay que ubicarlo en esos que están sacando provecho político del atentado contra Miguel Uribe Turbay, que seguramente hace parte del plan para desestabilizar a Petro, porque cuando hay tantas casualidades, nada es casualidad. El foco hay que ponerlo en esas peregrinaciones al Congreso de los Estados Unidos. El foco hay que ponerlo en aquellos que juraron tumbar a Petro y no pierden oportunidad para moverle la balsa con la intención de que se caiga. No es tan difícil. Leyva es solo el intento más burdo, torpe y solitario por derrocar a Petro del que, por supuesto, muchos quisieron sacar ventaja. Pero hay que ser demasiado ingenuo para creer que Leyva hace parte de un plan. Él es un lobo (bobo) solitario que se sintió con las ínfulas y el poder de poder convocar un “gran acuerdo nacional” cuando ya ni siquiera coordina los pies. Pero esta situación reveló que quienes quieren tumbar a Petro van en serio, incluso, para atentar contra su vida.
El desespero de la oposición es evidente porque los días pasan y es un hecho que Petro va a terminar su mandato. Y no solo va a terminar su mandato, sino que está siendo capaz de pasar sus reformas. Además, sigue llenando plazas en los sitios más insospechados, en una época en la que ya ni los candidatos tienen fuerza para convocar multitudes porque la política hastía. A Petro lo quieren tumbar porque lo ven fuerte. Como no han podido masacrarlo moralmente, ni siquiera con toda la maquinaria mediática del establecimiento que acapara una gran franja del espectro electromagnético, lo quieren aniquilar físicamente. Esto hay que tomárselo en serio y proteger a Petro para que llegue vivo hasta el 7 de agosto de 2026.
Simultáneamente, instalan la narrativa de que Petro está fraguando un fraude para las elecciones de 2026. Insisten con la injerencia de Venezuela, el fantasma de Chávez y otras ridiculeces para invalidar cualquier buen resultado que obtenga la izquierda de cara a esas elecciones. De nuevo, puras especulaciones sin fundamento. Paparruchas, que llaman. Ni el Consejo Nacional Electoral, ni la Registraduría, ni las Fuerzas Militares respaldarían a Petro como para darle alas a una nueva teoría tan absurda. El riesgo de Petro no es que quiera perpetuarse en el poder. Es que al menos pueda llegar a terminar su mandato. El riesgo de la izquierda no es que Colombia se convierta como Venezuela. Es que al menos la dejen sobrevivir para poder competir legítimamente en las elecciones. Acá los riesgos no son para la derecha, como nunca lo han sido. Acá las amenazas siguen siendo para una izquierda que quieren sofocar en complicidad con los políticos latinos del regimen de la extrema derecha que gobierna a los Estados Unidos y los ataques mediáticos de la prensa del establecimiento siempre tan servil a los intereses de sus dueños.
Leyva es un pobre estúpido en los estertores de su vida que lo único que hizo fue mostrar de una manera burda, torpe y desprolija las intenciones de los verdaderos golpistas que actúan agazapados en las sombras fraguando la desestabilización del Presidente Petro. Esos mismos de los que estoy convencido que ordenaron el atentado contra Miguel Uribe Turbay, porque no me cabe duda de que harán lo que sea para extirpar a la izquierda del mapa político del país. Los mismos que desde la oscuridad exterminaron a la UP, asesinaron a tres candidatos presidenciales de la izquierda y hoy andan cargando ataúdes en las manifestaciones simulando que ahí llevan a Petro, no solo como una amenaza directa contra el Presidente, sino revelando sus verdaderas intenciones. No pierdan el tiempo con Leyva que a él ya se le cayó el tinglado de su intentona golpista porque siempre estuvo solo. Mejor vean hacia quienes han dicho de manera abierta y directa que su misión es no permitir que Petro gobierne los cuatro años y que aspiran a llegar, como sea, a la Casa de Nariño. Ahí están los verdaderos golpistas.
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