Por Carlos Mora
Eran las tres de la mañana. La pantalla proyectaba su luz sobre mi rostro, mutando en cada video como si me probara distintas máscaras. Necesitaba dormir, los párpados me pesaban, pero seguía desplazando el dedo, atrapado en una corriente interminable. Cuando por fin lograba escapar y apagaba el celular, me obligaba a cerrar los ojos… entonces el socavón en mi interior se abría como una boca negra, tragándose la calma. Sentía vértigo y miedo. Todo a mi alrededor parecía estar a punto de derrumbarse y caer en ese abismo. Yo era esa ciudad invisible que se tambaleaba en silencio frente a un espectro oscuro y voraz. Ante ese temor abrí los ojos con rapidez, tomé de nuevo el celular y me hundí otra vez en mi bucle infinito de deslizar el dedo sobre la pantalla, hasta que el cansancio, por fin, me venció y me dejó dormido.
La mañana era anunciada por una rendija entre la cortina y la ventana. Esa claridad me hería. Me incorporé con fastidio. El socavón, milagrosamente, había desaparecido; no sé qué lo borró durante la noche, pero dentro de mí algo estaba otra vez lleno, aunque no supiera de qué. Sin embargo, la urgencia seguía ahí: el día debía rendirme, porque en el fondo sentía que estaba dejando escapar mi vida. Nunca tuve un trabajo estable. Buscarlo me desgastó hasta los huesos; rechazo tras rechazo fueron apagando mi fe, convenciéndome de que no servía para nada. Frente a esa certeza, me lancé a iniciar mil proyectos, y hoy ninguno ha llegado a concluido. Quizás siempre fui –o siempre supe que era– un fracasado.
Entré a bañarme con esa lucha en mi cabeza, el socavón regresaba. Se asomaba como un animal paciente, esperando el momento de atacar. Trataba de mantenerlo a raya, evadía el pensamiento, cantaba una canción, componía una letra para mi gato. Era de mañana, y no podía permitirme que saliera a la luz. Alguien podría notar ese vacío inmenso que crecía en mí. Así que me puse la máscara y continué.
***
Me senté a trabajar. Empecé, poco a poco, a organizar el espacio. Moví los libros y libretas que tenía en el escritorio. Todo empezaba a transformarse en un mapa de guerra: necesitaba que cada elemento ocupara la posición correcta, milimétricamente alineada. De no ser así, el caos se desataba.
Una vez organizado el escritorio, miré a mi alrededor. Algo no cuadraba. Algo me incomodaba. El animal me asechaba de nuevo. Tenía que resolverlo: cazar o ser cazado, esa era la consigna. Fijé la vista en la biblioteca, buscando el libro que necesitaba para comenzar a trabajar. No debería ser difícil; en mi espacio, los libros están ordenados alfabéticamente por el apellido del autor y clasificados por temas. No me tomaría más de dos minutos.
“¡Mierda! Hay libros mezclados entre la F y G”. La ira me invadió: alguien había estado aquí y desordenó mi espacio. Fui al computador, abrí el Excel donde tengo consignado con detalle cada título. Empecé a revisarlos uno por uno. Y, sin darme cuenta, estaba reorganizando toda la biblioteca.
“¡Mierda! Ya perdí toda la mañana. No he hecho nada. Pero, bueno… me consuelo con que, al menos, he hecho algo de oficio”.
Esa tarde almorcé con Alicia –mi pareja–. Para no verme como un inútil, le conté que había tenido que reorganizar de nuevo todo el espacio y que, a pesar de esa demora no prevista, había alcanzado a escribir unos párrafos del texto que estaba preparando. Mentira: no había hecho nada; sólo abrí el computador para ordenar.
Ella me abrazó y me felicitó por haber empezado otro texto, uno más de esos mismos textos que llevaba prometiendo desde hacía mucho. Lo que ella no sabía era que me costaba la vida sentarme frente al computador e intentar, una y otra vez, escribir algo. El socavón se presentó también en el almuerzo, susurrándome que no debí haber estudiado esto, que no servía para nada. La realidad –y mis allegados– me decían otra cosa: tenía dos tesis escritas y, de las pocas cosas que publicaba, quienes las leían las elogiaban y las recomendaban a sus allegados. Pero para mí todo era un engaño: los había engañado muy bien, era la mente maestra del engaño.
El socavón se apoderaba de nuevo de mí. Estaba con Alicia; ella no debía darse cuenta. Volví al espacio que compartíamos y le pregunté algo, aunque ya se lo hubiera consultado antes. La idea era que ella retomara la conversación, escucharla, distraerme con sus historias mientras ignoraba, al menos por un rato, el avance del socavón.
Después de almorzar, le dije que saldría a dar una vuelta para bajar la comida y fumar un cigarrillo. Mentí a medias. Lo que en realidad buscaba era aire… o quizá una fuga.
En la Séptima, dos casas antiguas se robaron mi atención. Fachadas gastadas, heridas abiertas por los años, pero siempre cubiertas de andamios y lonas. No se derrumbaban, pero tampoco terminaban de repararse. Me vi reflejado en ellas: un cuerpo sostenido por puntales, una estructura que nunca se concluye, que se mantiene en pie solo a fuerza de remedios.
Encendí el cigarrillo, primera calada, segunda y tercera… demasiado rápidas. La ansiedad difusa me golpeó con la fuerza de un carro, sin aviso; necesitaba comprar algo, cualquier cosa. Sin embargo, la idea se disfrazó de un inocente antojo: un postre. Llamé a Alicia para preguntarle si quería algo, así podía justificar como regalo lo que, en realidad, era un gasto impulsivo.
En el Carulla de la 60 compré el postre que le prometí, pero mis manos, inquietas, atraparon también a unas cervezas de temporada y una salsa que jamás había usado. Al salir por la 63, bajé unas cuadras hacia la 13, caminando como quien finge no saber a dónde va, aunque los pies conocen la ruta de memoria. El brillo del escaparate me golpeó como un recuerdo. “De repente” –aunque no hay nada repentino en lo que uno espera en silencio– apareció el local de tradición, donde los discos se apilan. Entré. Las portadas me susurraban, cada una con su historia. El animal sonrío desde dentro, agazapado empezó a lamerse los labios. Tomé un par de discos, hice cuentas con el presupuesto de la casa, las cuentas no cerraban, pero pagué igual. Allí mismo me bebí una cerveza. La euforia subió rápido, como un fuego que prende un papel seco. Sabía que se apagaría pronto, pero en ese instante, por un segundo, sentí que había ganado.
Sin embargo, mientras caminaba de regreso, el vacío empezó a tirar de mí, generando una incomodidad que se instaló en mi ser. Observé todo lo que había comprado, como quien busca en talismanes una chispa de luz, recordé el rayo dorado que se coló esa mañana por la ventana y quise encontrarlo en estos objetos; quería volverme a sentir satisfecho, no lo logré en su totalidad, pero justifiqué todo lo que había comprado: “es nuevo, es para el almuerzo, son dos copias únicas”. No encontré el rayo. El animal, invisible pero pesado, caminaba pegado a mi sobra.
Encendí otro cigarrillo antes de llegar. Una vuelta que debía durar diez minutos se había convertido en una hora. Frente a la puerta recé, de manera absurda, que Alicia estuviera en su estudio. Así podría pasar de largo con mis bolsas como si nada.
Pero Alicia estaba en la sala. Me preguntó por la demora; las bolsas respondieron por mí. No me dijo nada, sólo se levantó, se pasó la mano por la cara, suspiró y se fue.
El animal saltó. Me mordió el cuello y empezó apretar. El aire se volvió escaso; el socavón, que en la mañana apenas era un hueco del tamaño de un ombligo, se abrió con estruendo. Caían dentro las paredes, las vigas, todo lo que había intentado construir en el día.
Puse uno de los discos, como un amuleto que los espantara. No funcionó. Abrí la cerveza, devoré una bolsa de gomitas sin masticar siquiera. Fui al estudio, besé a Alicia, Balbuceé una disculpa. Pero en mi voz llevaba escondida una defensa. Ella permaneció en silencio.
Me encerré en el cuarto. El animal se acomodó junto a mí, con su hocico firme sobre mi garganta. El socavón seguía tragándose las construcciones que levantaba en falso. En la oscuridad, dos voces –la suya y la del abismo– me susurraban que habían ganado, que no podía expulsarlos, que eran parte de mí. De nuevo estaba como esas casas de la Séptima, en ruinas, agrietado, de nuevo estaba en proceso de reparación.
No había trabajado. Otro día perdido. Me repetí, como quien reza al revés: soy un fracasado. No he podido con mi vida.
Alicia entró en silencio. Me arropó. Con voz suave y quebrada, al límite del llanto, dijo:
—Un día a la vez. Hoy perdiste, quizás mañana sea un día de victoria.
*Imagen hecha con ChatGPT.
Comment here
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.