Por Andrés Felipe Giraldo L.
Gunel Haciyeva llevaba treinta años mirando tardígrados por el microscopio y nunca había logrado explicar del todo lo que le producía verlos. No era admiración exactamente. Era algo más parecido al vértigo: la sensación de estar frente a una criatura que había resuelto el problema más antiguo del mundo, cómo sobrevivir cuando el mundo no quiere que sobrevivas, con una solución tan sencilla que resultaba casi obscena. El tardígrado simplemente se encogía. Cerraba todo. Esperaba. Y cuando el peligro pasaba, volvía a abrirse como si nada hubiera ocurrido, como si el tiempo que había transcurrido afuera no fuera asunto suyo. Haciyeva a veces se preguntaba si eso era vida o era otra cosa que todavía no tenía nombre. Nunca se lo había dicho a nadie. En los congresos de radiobiología uno no dice ese tipo de cosas.
Los científicos azerbaiyanos sabían de muy buena fuente que la bomba explotaría antes de que terminara el otoño. Corrían los últimos días del invierno y ya el tiempo apremiaba. Un agente de la Mossad, adscrito a la Embajada de Israel en Bakú, era una presa fácil de las filtraciones cuando se pasaba de tequilas, un trago exótico en el medio oriente, pero muy apetecido en las reuniones informales de los diplomáticos, que solían soltar la lengua cuando se aflojaban la corbata.
El buen Isaac procuraba actuar como un agente encubierto responsable, con todas las formalidades que le enseñaron en la academia. Pero la prudencia no era una de sus virtudes cuando el alcohol se colaba en su torrente sanguíneo. Sin embargo, mantenía un aire críptico y misterioso antes de lanzar alguna frase con tono apocalíptico.
—Si supieras lo que yo sé, tendrías cuidado al salir a la calle —Dijo Isaac con los ojos vidriosos, al aire, sin un interlocutor específico, como buscando la atención y la complicidad de sus pocos contertulios, cuando ya había muerto la noche. Algunos sencillamente no le prestaron atención, lidiando con su propia borrachera. Otros llanamente no le creían, porque ya tenía fama de hablador; pero un mando medio de la Cancillería de Azerbaiyán, siempre tomaba sus palabras con pinzas, porque entre todos sus delirios, algo podría ser importante. Al final, por más borracho y hablador que fuera, seguía siendo un agente de la Mossad.
Como un pescador que lanza la red al mar abierto, Emín Guliyev, Subdirector de la Oficina de Protocolo de la Cancillería, preguntó a Isaac a qué se refería. Isaac lo miró con asombro, porque ya se había acostumbrado, desde hacía mucho tiempo, a que nadie le prestara atención. Alzó su mirada para enfocar a Emín y le dijo con un tono sombrío —Lo que sé es una bomba —Y como si Emín hubiera entendido el doble sentido de su respuesta, soltó una carcajada con babas, que Emín se tuvo que limpiar con una servilleta.
Emín esbozó una sonrisa para disimular el asco, pero no perdió el foco de sus indagaciones:
—¿Bomba? ¿Dijiste bomba?
—Sí amigo, al Armagedón le llegó su momento. Israel dejará de ser una nación errante enredada entre Asia y África y nuestra tierra prometida irá desde Persia hasta Egipto. Babilonia será nuestra. No seguiremos arando en el desierto ni reclamando un espacio minúsculo para existir. Arrasaremos la tierra que nos pertenece, desde las montañas y los ríos hasta el mar, y formaremos por fin una civilización a la sombra de nadie. Seremos Dios.
Mientras hablaba, el buen Isaac se transformó súbitamente en el líder espontáneo de una secta de fanáticos que habitaban en su mente. Emín lo miraba con asombro y curiosidad, pero, sobre todo, con genuina preocupación. No había que hilar muy delgado para comprender que detrás del discurso de Isaac se anunciaba una arremetida salvaje de las fuerzas armadas de Israel en contra de Irán. Y tampoco había que ser muy suspicaz para entender que cuando hablaba de “bomba”, “arrasar” y “Armagedón”, no estaba hablando de armas convencionales. Isaac le estaba contando, entre tragos a Emín, que Israel por fin haría el temido uso de una bomba nuclear.
La información era fragmentaria, difusa y desordenada, como suele ser la información que anuncia el fin del mundo. Los científicos adscritos a la División de Defensa Biológica del Ministerio de Guerra de Azerbaiyán contaban con muy pocos insumos para saber en concreto a qué se enfrentaban y con qué tiempo contaban. El radiograma oficial hablaba de indicios “serios y confiables”, de una bomba nuclear “en los próximos meses”, de una fuente que nadie nombraba. El comunicado venía sellado con una franja transversal que decía en letras mayúsculas “CONFIDENCIAL”, como si la palabra pudiera contener lo que la bomba no iba a poder.
La consigna era simple: encontrar la manera de que al menos un grupo reducido de habitantes sobrevivieran a una bomba nuclear detonada a 540 kilómetros de distancia. El tipo de encargo que solo existe cuando ya no queda ninguna alternativa sensata.
El líder del equipo, el doctor Jafar Jafarzade, recibía la directriz del alto gobierno con desconcierto y preocupación, pero, sobre todo, con la convicción de que no podría quedarse simplemente con los brazos cruzados. Había que empezar a resolver, con urgencia y prontitud, la cuestión más delicada de la era nuclear: ¿Cómo resistiría el ser humano a los efectos devastadores de la radiación ante la contingencia de una guerra de esta dimensión? Había muchos estudios, pero ninguna comprobación empírica de sus resultados, y la experiencia decía que más allá de la contención de la energía nuclear, como se había hecho en Chernobyl a mediados de los años ochenta, enterrando con toneladas de concreto las fugas de radiación, después de haber soportado efectos adversos durante décadas, no existía una respuesta cierta de lo que ocurriría ante una detonación nuclear cuyos alcances se sabía que serían arrasadores, pero impredecibles. Tenía cincuenta y dos años y nunca había querido ser héroe. Solo quería terminar su tesis sobre resistencia celular en condiciones extremas y jubilarse con tiempo suficiente para conocer a sus nietos. Pero el mundo, como suele hacer, no le había preguntado.
La veterana científica, Gunel Haciyeva, experta en radiobiología y parte del equipo que trabajó en la mitigación de los efectos de Chernobyl, quien ya venía adelantando algunos estudios previendo que una guerra nuclear era inminente, sacó de sus archivos una investigación acerca de los tardígrados, unos diminutos animalitos más conocidos como “osos de agua”, que resisten la radiación mil veces más que los humanos, y cuyo metabolismo tiene la capacidad de adaptarse a las condiciones más adversas, con base en la producción de proteínas que se unen al ADN para restaurar los daños de la radiación.
El Doctor Jafarzade y la científica Haciyeva decidieron avanzar en la única línea de investigación que les daba alguna esperanza. La proteína Dsup, Damage Suppressor, la llamaban, como si suprimir el daño fuera algo que pudiera nombrarse con tanta calma, era la sustancia que hacía al tardígrado casi indestructible. Nadie sabía con exactitud por qué funcionaba. Sabían que funcionaba, que se podía aislar y sintetizar, y que en teoría podría hacer por el ADN humano lo que hacía por el tardígrado. Lo demás era territorio sin mapa.
El Doctor Jafarzade exigió directamente al Presidente de Azerbaiyán un presupuesto ilimitado y los recursos técnicos y logísticos necesarios para adelantar la tarea con toda autonomía y libertad. De lo contrario, los miembros del equipo entero de la División de Defensa Biológica del Ministerio de Guerra de Azerbaiyán aceptarían gustosos la sanción que les impusieran desde el alto gobierno. A esas alturas estar en una cárcel o enclaustrados en el laboratorio les daba exactamente igual. El Presidente aceptó sin chistar las condiciones del Doctor Jafarzade. Era eso o aceptar con resignación la debacle radioactiva que inevitablemente se venía.
Los quince miembros del equipo se despidieron de sus familias advirtiendo que se trataba de una misión ultrasecreta y que la fecha de su regreso sería incierta. Ninguno mintió, pero ninguno dijo la verdad completa tampoco. La verdad completa era demasiado grande para caber en una despedida. El laboratorio se instaló dentro de un batallón en la frontera con Armenia, el más equipado del país, considerando que solo unos años atrás habían tenido una cruenta guerra contra ese país. Además, estaba ubicado en una zona con buena humedad y vegetación, lo que garantizaba el acceso a los tardígrados, que crecían especialmente entre los musgos y los líquenes.
El doctor Jafarzade nombró como jefe de la misión a la científica Haciyeva. Esta conformó un equipo de biólogos y genetistas y otro de radiólogos para trabajar simultáneamente sobre el ADN de los tardígrados y la resistencia de los seres vivos a la radiación. Improvisaron un pequeño zoológico con distintas especies de animales para probar las proteínas de los tardígrados en cada una de ellas, con miras a llegar en algún momento a hacer pruebas directamente en los humanos.
Al equipo se incorporaron un par de expertos en conflictos y política internacional, para que pudieran anticipar la probabilidad del ataque inminente, y un coronel de inteligencia del ejército de Azerbaiyán, quien tramitaría con diligencia la información de agentes y espías. Aunque Emín acudía sin falta a cuanta reunión con licor asistiera Isaac para recabar más información, los datos sobre la fecha y circunstancias del ataque seguirían siendo muy vagos. La Dirección de Inteligencia había presupuestado que el ataque sería en el otoño, porque Isaac en sus borracheras delirantes solía repetir que “la bomba arrancaría las últimas hojas que pendieran de los árboles de Persia”.
El primer gran éxito fue el aislamiento y síntesis de la proteína Dsup de tardígrados que ya habían sido expuestos a grandes dosis de radiación y habían soportado satisfactoriamente. Los tardígrados eran capaces de “morir y resucitar” como lo describía el biólogo Amar Mammadov en sus informes, en los cuales resaltaba su atributo de deshidratarse y volverse a hidratar de acuerdo con la adversidad de las condiciones ambientales. El tardígrado era un animal “milagroso”, según Mammadov. Y él sabía de milagros: había sobrevivido dos guerras, un divorcio y una leucemia que los médicos juraron que no tenía cura. Era el científico más alegre del equipo, el único que tarareaba mientras trabajaba y que reía a carcajadas ante la perspectiva del apocalipsis, como si la inminencia del fin del mundo fuera un detalle menor que no merecía demasiada atención.
Las primeras pruebas en anfibios fueron desalentadoras: las ranas inyectadas con Dsup sobrevivían a la radiación pero quedaban suspendidas en una catalepsia sin retorno, vivas pero inmóviles, que era otra manera de estar muertas. Lo más inquietante no era que no se movieran. Era que sus ojos sí lo hacían: seguían a los científicos por el laboratorio con una atención que no debería haber sido posible en un cuerpo paralizado. Con ratones y conejos los resultados mejoraron a medias: hibernaban, despertaban, y morían días después con el cerebro deshecho, como si el cuerpo hubiera regresado pero la mente hubiera decidido quedarse atrás. Algunos despertaban y no reconocían el espacio, ni el agua, ni su propio reflejo. Corrían en círculos hasta caer.
Con los elefantes, en cambio, algo cambió. No todo, no siempre, pero en un sesenta por ciento de los casos el animal abría los ojos, tardaba unos días en encontrar el equilibrio, y terminaba siendo casi el mismo de antes. Ese “casi” era lo más esperanzador que habían visto, y también lo más perturbador: porque nadie sabía con precisión qué parte del elefante original no había regresado. Esto entusiasmó a los científicos para iniciar las pruebas en primates, las especies más cercanas en su conformación de ADN a los seres humanos. Algunos chimpancés vacunados con Dsup soportaron dosis moderadas de radiación y despertaron sin daños aparentes, moviéndose con cautela por sus jaulas como quien reconoce un lugar que lleva tiempo sin ver. Pero uno de ellos, el más viejo del grupo, despertó y no volvió a emitir ningún sonido. Se sentaba en el rincón y miraba sus propias manos durante horas, como si fueran algo que encontró y no supo de quién era. Los científicos anotaron el dato. Ninguno habló de él en las reuniones.
A mediados del verano llegó un radiograma urgente del Presidente con varios sellos de confidencialidad instando a Jafarzade a acelerar las pruebas en humanos: había llegado información “seria y verificable” de que Israel haría el ataque empezando el otoño, al menos un par de meses antes de lo previsto. Jafarzade consultó con Haciyeva. Ella le dijo lo que los dos ya sabían: no estaban listos. Nunca iban a estar listos. Pero el mundo tampoco había esperado que lo estuvieran. Sin embargo, el Presidente dio un mes de plazo. Un mes. Como si el tiempo fuera una variable que los mandatarios pudieran ajustar con un sello y una firma. Los expertos y el Coronel no dijeron nada, porque no había nada que decir: sabían que tenía razón y sabían que eso no cambiaba absolutamente nada.
La noticia llegó en la madrugada. No podría ser de otra manera. El Coronel de inteligencia abrió de repente la puerta de la habitación del doctor Jafarzade para comunicarle que el cielo sobre Teherán era el infierno. Jafarzade corrió hacia las habitaciones de sus científicos para despertarlos y los reunió en el laboratorio para tomar las últimas decisiones que podrían tomar. Los expertos y el Coronel se unieron. La científica Haciyeva ordenó juntar todas las dosis de Dsup disponibles y bajar por las largas escaleras que unían al laboratorio con el refugio dispuesto para preservar al equipo de las garras de la radiación que se habían comprometido a resistir antes de que cayera la bomba. No era posible. Mientras en Teherán millares morían con la misericordia brutal de no sufrir, desintegrados al instante, sin tiempo para el grito ni el miedo.
Seiscientos metros bajo tierra, en el búnker del laboratorio, la científica Haciyeva consultaba en privado con el doctor Jafarzade los pasos a seguir. Tenían dosis de la enzima Dsup cuya duración de hibernación no podían predecir con certeza. Era como calcular cuánto duraría una tormenta mirando el cielo desde adentro. Y había algo más que ninguno de los dos nombró en voz alta: no sabían qué parte de cada persona regresaría con el cuerpo. Lo habían visto en los elefantes. Lo habían visto en el chimpancé que miraba sus manos sin reconocerlas. Pero no había alternativa, y las alternativas sin salida dejan de llamarse alternativas.
El doctor Jafarzade caminó hacia su equipo y les aclaró que ninguno estaría obligado a usar la enzima y que su aplicación sería absolutamente voluntaria. Todos los miembros del equipo aceptaron, incluyendo a los expertos, al Coronel y a los propios Haciyeva y Jafarzade. El refugio tenía camas y cada uno se acostó. Uno a uno recibieron la dosis y se quedaban dormidos, en estado de coma, con un regreso tan impredecible como incierto. Antes de recostarse, Jafarzade sacó del bolsillo de su bata la fotografía de sus nietos que aún no había conocido. Los miró un momento con la tranquilidad extraña de quien ya no puede hacer nada más, los dobló con cuidado y los dejó sobre su pecho, como quien se lleva algo al otro lado por si acaso el otro lado existe.
Por último, Gunel Haciyeva, después de abrazar el cuerpo ya dormido del doctor Jafarzade, pensó en sus hijos. No en todos: solo en el menor, el que siempre llegaba tarde a todo y que seguramente en ese momento estaba en algún lugar del mundo sin enterarse de nada. Se aplicó su propia dosis con un catéter que ubicó cuidadosamente en su brazo, y mientras el sueño la jalaba hacia abajo como agua oscura, lo último que pensó fue en un tardígrado diminuto que se encoge sobre sí mismo para esperar que el mundo vuelva a ser habitable.
Me encojo. Cierro todo. Espero.
Pasaron siete años con dieciocho cadáveres vivientes a 600 metros de profundidad sin que ninguna otra criatura tuviera conocimiento de su existencia. El primero en despertar fue Mammadov. Abrió los ojos en la oscuridad total y no supo si era de noche o si estaba ciego. Encontró la escalera y empezó a subir, como si el cuerpo recordara el camino aunque la mente no supiera a dónde iba. A mitad de los peldaños se desplomó hacia atrás sin un grito, con la misma naturalidad silenciosa con que los tardígrados se dejan morir cuando el ambiente no da para más. Rodó hasta el fondo y quedó con los ojos abiertos mirando la oscuridad del techo, como si estuviera esperando que alguien le contara el chiste.
Después, despertó Haciyeva. El primer sonido que escuchó fue su propia respiración, que le pareció el ruido más extraño del mundo, como si fuera la primera vez que la oía. Tardó horas en recordar quién era y más en recordar por qué estaba allí. Cuando lo recordó, se quedó quieta un momento más, porque la memoria del mundo, que había dejado atrás, era demasiado grande para recibirla de golpe. Encontró la despensa a tientas, bebió despacio, y fue recobrando la lucidez de a poco. En algún momento, sin saber cuándo exactamente, notó que llevaba varios minutos sin respirar. No porque se hubiera desmayado. Porque no había necesitado hacerlo. Se quedó muy quieta con esa sensación, como quien descubre que lleva años creyendo en algo que ya no es cierto. Esperó a que despertaran los demás, incluyendo al doctor Jafarzade. La fotografía de los nietos seguía doblada sobre su pecho. La sacó y la miró sin saber si esos niños eran todavía niños, o si ya eran adultos, o si estaban vivos. Un par jamás volvieron a despertar. Aunque no se les sentían los latidos, los despiertos no se atrevían a asegurar si estaban vivos o muertos, porque después de lo vivido, la frontera entre un estado y el otro ya no les parecía tan nítida.
Lo que sí notaron fue que algo en ellos había cambiado sin poder nombrarlo. Por ejemplo, uno de los radiólogos dejó de necesitar lentes, sin explicación. El Coronel descubrió que podía estar días sin comer sin sentir hambre y que, cuando por fin comía, lo hacía más por costumbre que por necesidad, como quien repite un gesto que aprendió en otra vida. Ninguno hablaba de eso. Era más cómodo no hacerlo. Pero en los silencios del refugio, cuando uno miraba a otro sin decir nada, algo pasaba entre ellos que tampoco tenía nombre.
Después de un mes en el refugio decidieron subir a la superficie usando máscaras y ropa protectora. Ya sobre la tierra, ignoraban por completo que habían pasado siete años desde que se aplicaron la enzima del Dsup de los tardígrados. Lo que sí sospecharon, casi con total convicción, es que eran los únicos sobrevivientes de una guerra nuclear a gran escala, que empezó con esa bomba atómica de Israel sobre Teherán. A su alrededor solo se veían ruinas y destrucción, escombros y cráteres. Total devastación y pocos rastros de vida.
Aún en el microscopio del laboratorio permanecían musgos secos con algunos tardígrados vivos. Inmóviles, pero vivos. Haciyeva los miró un momento. Luego se miró las manos. Luego volvió a mirar los tardígrados. No dijo nada. Nadie preguntó qué estaba pensando. Allí estaban resistiendo a los siglos, controlando su metabolismo para ganarle a la inevitable muerte, como los sobrevivientes del laboratorio, que ya no sabían para qué, por qué ni por quién, seguirían vivos.


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