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Cuestión de supervivencia

Por Andrés Felipe Giraldo L.

El país debe entender sin ambigüedades ni dudas que la permanencia e integridad de la izquierda como fuerza política, que está legítimamente en la contienda democrática y en el debate público, está seriamente amenazada por cuenta del actual gobierno. La ciudadanía en general debe entender que el temor que siente la gente ante los atropellos reiterados de la fuerza política, ideológica y guerrerista que se trepó en el poder no es infundado ni caprichoso, sino la consecuencia lógica de comprender que la persecución que se gesta desde la Casa Blanca de Temu que construyeron en Barranquilla es una verdadera afrenta al derecho de toda una facción política que siente un verdadero desafío para continuar en la controversia pública, conservando todos los derechos que por Constitución le corresponde a una parte del país que ha puesto una cuota grande de sacrificio, sangre, víctimas y muertos durante más de 200 años de vida republicana, para poderle disputar el manejo del Estado a las fuerzas tradicionales del establecimiento que se han apropiado de Colombia acaparando riqueza, poder, territorio y la mente de los ciudadanos a través de la fuerza, la intimidación y la coerción.

La estrategia para destripar a la izquierda está a la vista de todo el mundo, porque está orquestada desde los propios medios de comunicación de los grandes grupos empresariales, que se han articulado y confabulado para hacer del periodismo una burda herramienta de manipulación mediática, con el propósito claro y nada disimulado de triturar la honra de Gustavo Petro y todo su círculo cercano, para avanzar hacia la criminalización de toda la izquierda a través de bulos y noticias fabricadas con alcances cada vez más ridículos, inverosímiles y peligrosos. Esto solo hace parte de la ambientación que se ha gestado desde los círculos de poder que rodean al presidente Abelardo De la Espriella, que ha convertido su gestión en un espectáculo dramatizado que incluye toda la parafernalia del culto a la personalidad, que se construye con herramientas histriónicas, puestas en escena, micrófonos estratégicamente ocultos y unos libretos heróicos, con los cuales se busca exacerbar los ánimos de la ignorancia, porque nos quieren hacer olvidar quién ha sido realmente el tipo que hoy se sienta en el solio de Bolívar, reconstruyendo su imagen como un gran enemigo del hampa, cuando el hampa, el hampa que se mueve entre las tinieblas de los hilos oscuros del alto poder, es la que realmente lo ha enriquecido, enaltecido y ungido para que llegue hasta donde está ahora.

Mientras a Gustavo Petro le inventan orgías con niños travestis en el Palacio de Nariño sin una sola prueba, desde el delirio de una exfuncionaria de su gobierno usada por los abogados prepagos del establecimiento, los medios tradicionales de los grupos económicos muestran a un hombre íntegro, hogareño y cariñoso que pasea con su esposa por el Caribe colombiano, dando la sensación de que nos encontramos ante un hombre santificado por la pulcritud de una familia ejemplar al frente de una nación que se rehace de la decadencia moral que dejó un drogadicto, alcohólico y depravado, amigo íntimo de delincuentes y líder de una secta en la que quieren meter a toda la izquierda colombiana, a la que denominan con términos peyorativos, para degradar, denigrar y suprimir la agencia de casi medio país, que sigue creyendo en un proyecto político que se ha gestado con vigor desde la adversidad que costó el genocidio de todo un partido político en el último tercio del siglo pasado, el asesinato impune de tres candidatos presidenciales y la persecución más infame desde el Estado, que hoy, tristemente, parece repetirse de manera más frentera, descarada y letal.

La estrategia de Abelardo De la Espriella para cumplir su sentencia para destripar a la izquierda es clara y ya la he explicado acá: Primero, crear la imagen de un enemigo interno perverso, despiadado, cruel y sin límites al que debe combatir en nombre de la moral, las tradiciones y las buenas costumbres. Segundo, criminalizar a ese oponente de tal manera que ese destripamiento no parezca un acto arbitrario o un abuso del poder sino una necesidad desde la ley, el orden y la autoridad que detenta un gobernante elegido por Dios. Y tercero, hacerle creer a las mayorías que el destripamiento de la izquierda es un acto ético y necesario, avalado por ese Dios, lo cual le da un halo de misticismo a sus acciones y mete toda esta parafernalia en un contexto religioso, que convierte al aniquilamiento de todo un sector político, ideológico y social en una cruzada divina ordenada desde el cielo de católicos y cristianos, que son hábilmente manipulados desde púlpitos y atrios, que son mayorías en este país y que además tienen poderosos alfiles en el Congreso legislando con la Biblia por encima de la Constitución Nacional. Además, toda esta cruzada se articula con las fuerzas de camanduleros y aleluyos que gobiernan otras naciones de América Latina sumisas a los Estados Unidos de Trump, quien a su vez lidera estas cruzadas que usan a la religión como excusa, incluido el sionismo, para mover los grandes capitales del mundo a través de la guerra y el despojo. Es decir, el gobierno de Abelardo De la Espriella no responde solo a intereses domésticos, sino que alarga sus tentáculos hacia las tendencias de un mundo globalizado que está siendo carcomido por la extrema derecha y que usa la misma estrategia a nivel global.

Hace poco Carlos Suárez, el célebre ideólogo de la campaña de De la Espriella, hoy poderoso Presidente de la junta directiva de Ecopetrol, en la convención anual de Camacol, el gremio de constructores de Colombia, decía que había que aplastar la narrativa de la izquierda. Así, sin maquillajes ni matices: aplastar. No es solo el lenguaje, son las acciones. Estamos ante un gobierno radical que cada vez se radicaliza más, con agresividad, sin disimulo. Inventan conceptos para justificar atropellos, involuciones y destrozos a la Constitución de 1991. Echaron a Rodrigo Lara como un perro porque les resultó demasiado blando en su cruzada ideológica y en su remplazo pusieron a un extremista lefrevista como Alejandro Ordoñez, quien vive orgulloso de quemar libros y quien ha demostrado que el ordenamiento jurídico le importa poco a la hora de imponer sus creencias por encima de las leyes o los derechos de los demás. Toda una vida atacando minorías desde sus convicciones religiosas malversando los instrumentos del Estado para perseguir opositores han sido recompensados con un nombramiento temerario por el actual gobierno. La tal batalla cultural va mucho más allá del plano argumentativo o racional. Abelardo De la Espriella y su equipo de gobierno están empeñados en desaparecer a las minorías, al disenso y a los derechos que se han ganado legítimamente en siglos de lucha a través de actos autoritarios, arbitrarios y de fuerza, pasando por encima de la democracia, la pluralidad, las libertades y los derechos que están ya consagrados en la Constitución de 1991.

Abelardo De la Espriella nos quiere borrar la memoria a bibliazos. Nos quiere hacer olvidar de dónde viene y para dónde va. Nos quiere resetear los recuerdos cuando él se sentaba con paramilitares en Santa Fe de Ralito para derogar la extradición, o cuando defendió a David Murcia Guzmán mientras millones de colombianos perdían sus ahorros en esa pirámide, o cuando tenía estrechos nexos de amistad con Alex Saab, quien se robó lo poco que le quedaba a los venezolanos bajo el régimen de Maduro. Ahora nos quieren vender a un justiciero con pistola al cinto capaz de atrapar delincuentes con sus propias manos, un presidente regañón que le canta la tabla a los políticos regionales corruptos, capaz de intimidar a la gobernadora de San Andrés, pero absolutamente manso con los clanes políticos que lo llevaron al poder como los Char en Barranquilla, los Gnecco en el Cesar o Dilian Francisca Toro en el Valle, solo por poner algunos ejemplos.

En resumen, el gobierno de Abelardo De la Espriella no es todo lo que los grandes medios de comunicación que se han vuelto su oficina personal de prensa aparentan. No se puede esperar una vigilancia sensata desde Semana, El Tiempo, El Colombiano y otros tantos medios que se han alineado con los intereses globales del actual gobierno. De los Gillinsky no se podría esperar un medio imparcial ni objetivo sino una máquina de propaganda política al mejor estilo goebbelsiano como lo hace Vicky Dávila, a quien ya se le acabaron las caretas para fingir que es periodista. Es claro que solo es una operadora publicitaria de los intereses de sus patronos. Tampoco se puede esperar algo distinto de los Sarmiento Angulo, tan dueños del país por tantas décadas. Abelardo es el títere que encumbraron los grandes grupos económicos en el poder porque es un narciso capaz de hacer el trabajo sucio del establecimiento que antes hacían a las sombras. Por eso le están construyendo esa imagen de prócer con toda la maquinaria de los medios de comunicación que poseen sin ningún pudor. Y por eso mismo quieren degradar la imagen de la izquierda a través de la figura de Petro para así eclipsar a todo un movimiento político que se ha ganado a pulso un espacio legítimo para competir en democracia por el poder.

Por todo lo explicado, es importante que todo el progresismo de Colombia se una y luche. Y este no es un llamado para perder el carácter o el criterio deliberante que ha caracterizado a nuestras pujas internas que se deben mantener por la necesidad de la autocrítica y la evolución para comprender a un país que debe ser asumido desde los retos sociales ligados a la justicia y a la equidad. Pero sí es un llamado a la resistencia para comprender que más allá de nuestras diferencias está en juego nuestra supervivencia. El destripamiento con el que se nos ha amenazado por parte del actual gobierno no es retórico. Es real y letal. La resistencia es imprescindible y debemos resistir unidos para recuperar el derecho a deliberar, controvertir y luchar por las libertades y los derechos sin el temor constante a ser aplastados, destripados, aniquilados y todos los derivados con los que se busca eliminar el disenso para devolvernos a las cavernas del oscurantismo religioso con el que se adormece a todo un pueblo para que los grandes gendarmes de la economía puedan seguir exprimiendo a los trabajadores, segregando a las minorías y sometiendo al despertar de las luchas sociales.

El llamado es a la unidad por la supervivencia. El llamado es a despertar para resistir. El llamado es a defender todos los derechos y libertades que nos hemos ganado en más de dos siglos de lucha y que ahora nos quieren arrebatar en nombre de un Dios y una Patria que no les pertenece. No si es para destriparnos.

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