Por Andrés Felipe Giraldo L.
De todas las expresiones que pudo usar Abelardo de la Espriella para referirse a la oposición a su nefasto gobierno, usó la menos estratégica. Llamar “wokismo” a la izquierda, a esa izquierda que se propone destripar, no es un insulto. Es un halago.
Porque el término “wokismo” proviene justamente de la lucha por los Derechos Humanos, teniendo en su origen la lucha de las negritudes de los Estados Unidos, ese mismo Estados Unidos que hoy discrimina a los inmigrantes, especialmente a los latinos, como una expresión que se usó en la primera mitad del siglo XX para defenderse de los ataques racistas de las mayorías blancas, que no superaron la abolición de la esclavitud y que optaron por la discriminación, el sometimiento por la vía de la violencia y la cercenación de los derechos más elementales de esa comunidad. “Stay woke” (mantente alerta) era la clave de advertencia de los negros para unirse y no dejarse destripar del supremacismo blanco de los Estados Unidos. Luego el término tomó otros ribetes y evoluciones, pero es en esencia un llamado a la lucha social. ¿Quién en la izquierda podría avergonzarse de que lo llamen “wokista” en este contexto? Se avergüenzan los de la extrema derecha de que los llamen nazis, fascistas o sionistas, porque desde la izquierda sabemos qué significan esos términos y qué tan nocivos son sus alcances.
Así pues, es evidente que la guerra frontal, pública y desafiante que ha planteado el presidente Abelardo de la Espriella en contra del wokismo, no es más que la afrenta del establecimiento tradicional colombiano contra quienes luchan por la reivindicación de los derechos de las minorías que han sido históricamente perseguidas, oprimidas, discriminadas, violentadas y destripadas por las mayorías católicas, colonialistas, latifundistas, elitistas y oligárquicas que representan los sectores más conservadores, retardatarios y reaccionarios de un establecimiento que ha acaparado el poder, la riqueza y las tierras en esta hermosa pero sufrida nación llamada Colombia. Y este desafío De la Espriella lo ha planteado no solo como una pugna ideológica, sino que lo ha presentado como la lucha del bien contra el mal, una fórmula muy efectiva para ganar adeptos desde el fanatismo religioso de los católicos y los evangélicos cristianos, a quienes los han criado a punta de dualismos fatales, como dios y el diablo, el cielo y el infierno, la vida y la muerte, lo blanco y lo negro, entre muchos otros, en donde el contrario representa el mal que debe ser exterminado, aniquilado, destripado.
La promesa de De la Espriella es acabar con el wokismo, al que califica como “cáncer de la sociedad”. En este orden de ideas, lo que se disputa no está en el plano de los argumentos o las deliberaciones. Lo que propone el presidente de Colombia es la aniquilación moral, espiritual y física de toda una facción del país y en eso está poniendo todo su empeño con el poder que le dan las instituciones y armas que le provee un Estado al gobierno. En otras palabras, más allá de una “batalla cultural”, lo que plantea el presidente es una guerra desigual en la cual él va a usar todos los medios que tiene un Estado a su alcance para desparecer una fuerza social, ideológica y política que él llama de manera despectiva “wokismo”, pero que no es más que la izquierda que ha perdido las elecciones por un estrecho margen. El riesgo que supone esta postura es de dimensiones peligrosísimas, porque Abelardo en la práctica lo que está proponiendo es, efectivamente, destripar a la izquierda. En otras palabras, lo de Abelardo de la Espriella es una amenaza pública y frontal a medio país. Veladamente es un llamado a la homogenización cultural desde el fanatismo religioso que apela a unos supuestos “valores fundacionales de la Patria” que no están consagrados en ninguna parte, pero que él quiere imponer de facto “por la razón o la fuerza” que se ha vuelto su grito de guerra. Los valores fundacionales de la Patria están consagrados en la Constitución de 1991 y sus premisas son más que claras, porque obligan a todos los ciudadanos a someterse a estos preceptos definiendo qué es el Estado colombiano: “Artículo 1°: Colombia es un Estado social de derecho organizado en forma de República unitaria, descentralizada, con autonomía de sus entidades territoriales, democrática, participativa y pluralista, fundada en el respeto de la dignidad humana, en el trabajo y la solidaridad de las personas que la integran y en la prevalencia del interés general”.
Colombia ya no es un país confesional, en Colombia Cristo Rey vive con los mismos derechos de Vishnú, de Buda o de Bacatá, por más que el presidente con sus deficientes dotes histriónicos insista en consagrarse a su religión burlando el deber que tiene de mantener una neutralidad religiosa como jefe de Estado que representa a todo un país y no solo a los camanduleros y aleluyos que le respaldan y que creen que están en una nueva cruzada y no en una democracia que respeta la división de poderes, la libre autodeterminación de los pueblos y la protección de las minorías, todos estos aspectos consagrados en la Constitución Nacional, no en los tales “valores fundacionales de la Patria”, que no es más que un eufemismo que usa Abelardo para violar derechos en nombre de su dios.
Abelardo de la Espriella empezó a gobernar como si fuera un rey ungido por el Papa en el medioevo, y no cae en cuenta que ni siquiera el Papa actual avala el uso de la religión para promover la violencia que él encarna. Abelardo cree que todo el país se va a asustar como los jibaritos de poca monta que va a cazar a la Costa Caribe con camionados de ejército y policía para asustarlos con el tigre, como si en Colombia los movimientos sociales no llevaran siglos de lucha obteniendo a sangre, fuego y mucho sacrificio los derechos que ya están consagrados en una Constitución que es garante de esos derechos y de las libertades de todos, incluyendo los derechos de las minorías, que aprendieron a debatir sin miedo y con argumentos a los más altos niveles de la institucionalidad de la que ya participan, como debe ser, en igualdad de condiciones, porque la Ley las protege.
No solo el pueblo colombiano, sino que el pueblo del mundo entero está demostrando que los derechos no se reclaman en silencio. Hay millares de ciudadanos lanzados a las calles reclamando sus derechos alzando la voz, enfrentando a la fuerza pública, expresando su descontento con esa ira que llega a la violencia, porque las revoluciones no han cambiado el destino de la humanidad lanzando flores y recibiendo balazos. La extrema derecha gana elecciones, pero aún no le gana al hambre, a la desigualdad, a la inequidad ni a la injusticia. Y es esa lucha la que se está dando en las calles, la que ya se ha dado en Colombia y la que ya ha llevado a la izquierda a gobernar al país después de dos siglos de historia republicana en cabeza de Gustavo Petro.
Si Abelardo de la Espriella sigue empecinado en “destripar a la izquierda” o a extirpar el cáncer del wokismo, que es lo mismo, dejando este proceso al azar de la represión, la arbitrariedad, el abuso de autoridad y la aniquilación física de la oposición, debe saber que su mandato no será eterno, y que para una izquierda que ha resistido dos siglos de represión, arbitrariedad, abuso de autoridad y aniquilación física, cuatro años más de resistencia no harán mayor diferencia. Además, debe saber que tiene límites, que aunque intente cooptar todos los poderes del Estado, aún habrá pesos y contrapesos que pongan límites a sus delirios abusivos de mesías y elegido de dios, incluyendo los tribunales internacionales que aún tienen jurisdicción sobre Colombia, aunque ahora haga parte de los genocidas del mundo que quieren desconocer el Derecho Internacional Humanitario porque les están pasando por encima a las Cortes que antes los protegieron.
El wokismo está alerta señor presidente. De eso va la expresión “stay woke”, porque los valores fundacionales de su patria milagro no son los mismos que consagra la Constitución de 1991 que usted juró respetar y proteger. Proceda de conformidad, señor presidente, que la soberanía recae en el pueblo y no en sus deseos enfermizos de aletargar a todo un país desde el fanatismo religioso para que se les olvide de dónde viene usted: De las cloacas más apestosas del paramilitarismo y el narcotráfico que le dieron alas a un muchacho humilde y ambicioso que se hizo rico con dinero manchado de sangre, y ahora cree que el poder lo hace invulnerable, santo y omnipotente. Usted cree que con un grito marcial de firme por la patria, otro de viva cristo rey y un puñito ridículo al aire, merece el respeto que le da el cargo que le otorgaron la mezcla de la ignorancia y la violencia que movieron sus votos. Pero no es así. Usted no es un presidente respetable porque no gobierna para todos. Gobierna para medio país que quiere exterminar a la otra mitad del país por voluntad suya, promoviendo una fórmula maldita que solo ha traído miseria, ruina, muerte y tristeza durante más de dos siglos de vida republicana. Los tigres, por más que muestren los dientes, por más duro que muerdan, también tienen quien los dome.


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