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Destripar a la izquierda

Por Andrés Felipe Giraldo L.

Abelardo de la Espriella afirmó, sin ambigüedades ni titubeos, al empezar su campaña para la actual presidencia, que su intención era destripar a la izquierda. El signficado de destripar es simple: sacar las tripas. Sin embargo, ante la respuesta vehemente de la izquierda que, por supuesto y con razón se sintió amenazada, el otrora candidato intentó matizar sus palabras diciendo que se refería a la cuarta acepción del diccionario de la RAE. Esta definición es mucho más cándida, pero de ninguna manera creíble: “Interrumpir el relato que está haciendo alguien de algún suceso, chascarrillo, enigma, etc,. anticipando el desenlace o la solución”. Esta acepción no solo no tiene sentido, sino que se burla descaradamente de la inteligencia de cualquier persona que entienda el contexto de la situación actual del país, la personalidad de De la Espriella y del devenir de la izquierda en Colombia, que ha sido históricamente destripada por las fuerzas reaccionarias del establecimiento, siempre dominadas por la derecha y la extrema derecha.

Dicho esto, es imposible distraerse sobre las verdaderas y públicas aspiraciones del actual presidente de Colombia, que se deben reconocer en toda su dimensión y gravedad para no caer en equivocaciones ni falsas expectativas: Abelardo de la Espriella quiere destripar a la izquierda en Colombia. Abelardo de la Espriella le quiere sacar las tripas a la izquierda y no de manera retórica, simbólica o figurada. Abelardo de la Espriella anhela, se imagina y babea al pensar que puede aniquilar a toda la facción política de un país que representa una ideología diametralmente opuesta a la suya. Lo peor de esto, es que Abelardo no actúa de manera aislada con las tendencias globales, sino que ha encontrado amparo, apoyo y complicidad en los actuales gendarmes del mundo, que marchan sin piedad ni consideración hacia la aniquilación física de sus enemigos desde la violencia, el despojo, el amedrentamiento y la fuerza: Natanyahu, que ha masacrado a más de 75 mil seres humanos en Palestina y Donald Trump, quien en nombre de la paz (su paz) ha hecho del mundo un polvorín, atizando el fuego de guerras inventadas en Irán, en complicidad con Israel, llevando a toda una región a la zozobra permanente dentro de un conflicto que tiende a escalar sin que se puedan prever las consecuencias, que podrían ser catastróficas para toda la humanidad. En ese escenario se suma Abelardo, como el perrito pekinés ruidoso que se envalentona peleando al lado de los pit bulls.

Es evidente que la estrategia del actual gobierno para destripar a la izquierda parte de construir de manera sólida y consistente la noción de un enemigo común. Un enemigo perverso, peligroso y ruin, una amenaza que se debe derrotar, destrozar y desaparecer sin vacilación ni concesiones. Para eso le ha sido funcional el gobierno de Petro, que representa todo lo que él dice combatir, desfigurando la imagen de lo que fue un gobierno imperfecto, pero democrático, con aciertos y errores, pero que ahora pinta como una amenaza contra la democracia, dentro de un razonamiento contrafáctico, porque fue gracias a la democracia que el actual gobierno se pudo posesionar y está ejerciendo su mandato. Sin embargo, arrasar a todo lo que huela a petrismo, es el primer y principal paso del destripamiento prometido. Por eso se negaron a hacer el empalme y decidieron inventar una narrativa que construyeron con una burda inteligencia artificial y anillaron en una papelería cercana a la que llamaron “El libro de la verdad”, partiendo de refritos que ya están siendo investigados por las autoridades competentes, algunas especulaciones amplificadas, rumores de pasillo y conjeturas sin mayor soporte que las publicaciones de una prensa proclive a servir de maquinaria de propaganda al actual gobierno, y que ha mostrado una evidente animadversión por esa izquierda que también quieren destripar. Es decir, que el gobierno de Abelardo de la Espriella cuenta con una narrativa y con los medios tradicionales aliados que se encargan de divulgar dicha narrativa a la que poco le importa la verdad, sino la capacidad que tiene para minar los cimientos de una fuerza social y política que ha crecido a pasos agigantados durante el presente siglo en Colombia.

Después de construir la imagen del enemigo interno, el segundo paso es criminalizarlo, y en esto Abelardo ha sido bastante sagaz, sugiriendo estratégicamente y de manera calculada, con la intención de satanizar para atacarla, que la izquierda y los grupos criminales son aliados “en el campo de batalla y en las urnas”. En uno de sus locuaces discursos, el presidente vaticinó, hablando tanto de la izquierda como de los grupos armados, que “los vamos a derrotar en el campo de batalla y en las urnas”. El veneno es evidente. No es una afirmación inocente o una simple ligereza. Es la demostración del alcance que tiene Abelardo en el afán de cumplir su cometido de destripar a la izquierda. Cuando equipara a los grupos terroristas, que derrotará en el campo de batalla, con la izquierda, a la que derrotará en las urnas, está criminalizando de manera deliberada y malintencionada a la izquierda, para que el destripamiento sea percibido simplemente como la aplicación de la autoridad o de la justicia. Criminalizar a la izquierda deshumaniza a sus militantes. Esa misma estrategia se usó contra la Unión Patriótica (UP) en la década de los 80 y los 90 hasta el punto de exterminar a ese partido como fuerza política con el argumento de que los militantes de la UP eran guerrilleros. De esta manera, el Estado y los grupos paramilitares aliados con el narcotráfico terminaron cometiendo un genocidio que fue reconocido como tal por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Lo que ambienta Abelardo de la Espriella con estas insinuaciones temerarias es un nuevo genocidio desde las fuerzas oscuras estatales y paraestatales que suelen actuar entre las sombras para exterminar el disenso político a través de la intimidación, las amenazas y el asesinato. Esto Colombia ya lo ha vivido en varios periodos de la historia y los determinadores de estos crímenes quedan en la más absoluta impunidad, porque están protegidos por el fuero de sus cargos, el poder de sus tierras y su dinero y la cooptación de las autoridades que los deberían investigar. Por eso la frase del presidente de “los vamos a derrotar en el campo de batalla y en las urnas” se parece más a una amenaza real que a un desafío político.

El tercer paso es convencer a gran parte de la sociedad de que destripar a la izquierda es lo correcto, lo bueno, lo ético, aunque no lo sea. Para esto la religión ha sido tremendamente funcional. La doctrina de la iglesia católica y de las iglesias cristianas, principalmente, han sido los vehículos más eficaces de adoctrinamiento cultural, en donde se suprime el criterio libre de las personas para precipitar las respuestas sobre lo bueno y lo malo a través de las interpretaciones convenientes y sesgadas de lo que asumen como “la palabra de Dios”, que en un país como Colombia, tan dado a la devoción y la espiritualidad legada de la colonia española, cala con tanta facilidad en el inconsciente colectivo. Es evidente que en el gobierno de Abelardo de la Espriella la Constitución se convirtió en un accesorio secundario y que se está gobernando a través del mandato de una Biblia interpretada, impuesta y manipulada a conveniencia de una élite reaccionaria que se está pasando por la faja las libertades de culto y la religión para imponer una cosmovisión desde el gobierno que quieren convertir a punta de decretos y de acciones de facto en políticas de Estado, articuladas estas con los movimientos reaccionarios del mundo, que dominan regímenes que parecen teocracias como los Estados Unidos en manos de Trump o Israel a merced de Netanyahu. En esto consiste la tal “batalla cultural”, que no es más que la pretensión de un sector dominante de la sociedad que quiere homogenizar al mundo a la visión predominante de concebir a la humanidad a través de la religión, retrocediendo arbitrariamente en contra de derechos, libertades y garantías que se han obtenido a través de siglos de luchas de las minorías discriminadas y los colectivos que reivindican su identidad esperando a que les garanticen su derecho a existir, a expresarse y a ser felices, compartiendo el mundo con los demás desde el respeto, el reconocimiento y la valoración del otro como sujeto de derechos. Destripar a la izquierda también es atacar y desconocer todos los avances que ha logrado la humanidad para que cada persona, cada ciudadano y cada ser, puedan ejercer su sagrado derecho a ser felices sin que se les impongan dogmas ni limitaciones, más allá de lo que implican los derechos de los demás, que nada tienen que ver con creencias, sino con la capacidad de convivir en libertad y con justicia a pesar de las diferencias.

La promesa de Abelardo de la Espriella de destripar a la izquierda tiene un plan y una ruta marcados. En nombre de la patria y de cristo rey se vienen los más atroces atropellos amparados en el poder de la coerción que dan las armas y la creencia de que se pueden usar legítimamente contra las voces que se alcen contra esta imposición que ataca abiertamente al Estado Social de Derecho al que vulneran diariamente atropellando a la Constitución de 1991 y los derechos que encarna. Se prepara un decreto antiterrorismo que recuerda las épocas más aciagas del estatuto de seguridad de Julio César Turbay o la seguridad democrática de Álvaro Uribe. Todos sabemos en qué terminó eso. Millares de inocentes asesinados en nombre de la seguridad y la autoridad que solo sirven para garantizar los privilegios de unos pocos y violar los derechos de muchos.

Pero esta vez la izquierda no es una fuerza marginal y fácilmente destripable. Abelardo ganó por un estrecho margen que le dio el gobierno, pero no la propiedad de la vida, la voluntad ni el deseo de resistir de millones de colombianos que no estamos dispuestos a dejarnos pasar por encima sin dar la pelea. En las urnas, a pesar de la manipulación descarada de los medios, de los millones invertidos por los grupos económicos del establecimiento, de la guerra sucia a través de la intervención artificial de las redes sociales y del abuso de las iglesias para obligar a los feligreses a renunciar a su criterio en nombre del dios al que temen, perdimos por poco. Muy poco. La historia no es más que una secuencia interminable de hechos de la derecha y la extrema derecha queriendo destripar a la izquierda. No pudieron antes, cuando éramos una minoría reducida, aplastada y perseguida, y tampoco podrán ahora, cuando somos millones resistiendo con la inercia de la historia hacia un futuro mejor, más justo y equitativo, por el que nos levantamos a luchar todos los días. Acá nadie se va a dejar destripar porque la democracia va a sobrevivir, la vamos a hacer sobrevivir, y con ella sobrevivirá la justicia. Como siempre, a pesar de todo. Volveremos más fuertes y seremos millones.

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