Por Andrés Felipe Giraldo L.
Nadie está obligado a aceptar mansamente a que le quiten sus derechos. Nadie tiene por que someterse a la voluntad de quienes quieren imponer sus creencias por encima de la Constitución o las leyes. Nadie debe obedecer nada que atente contra las libertades que se han obtenido con tanto sacrificio y luchas a través de dos siglos de vida republicana, en donde la palabra “democracia” solo asusta cuando la izquierda gana legítimamente en las urnas.
Perder unas elecciones no es sinónimo de perder la capacidad de reaccionar ante la injusticia y la arbitrariedad de quien ha ganado en las votaciones, que han sido además un mar de odio, desinformación y manipulación de las emociones, a través de la coacción religiosa en un país tremendamente creyente. Colombia no puede ser arrancada de las manos del pueblo con el pretexto de que debe ser “devuelta a Dios”. Un Dios que no es más que una ficción legítima de los creyentes, pero que no puede cercenar ningún derecho de quienes creen más en el Contrato Social entre mortales, que en el poder de una Biblia que no es más que la guía espiritual de una parte de la sociedad, que no puede ni debe someter a la totalidad de los ciudadanos que no creen (y no tienen por qué hacerlo), en las mismas premisas espirituales.
Colombia, por Constitución, es un país laico que respeta y protege la libertad de cultos, que respeta y protege la diversidad sexual, que ha avanzado hacia los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres que ahora pueden decidir sobre sus cuerpos y en donde temas tan delicados como el aborto han sido legislados protegiendo la autonomía de las mujeres para tomar decisiones considerando en primer lugar su proyecto de vida antes que la estigmatización social o los prejuicios religiosos. Estas no han sido concesiones benévolas de las mayorías católicas y cristianas de Colombia. Han sido reivindicaciones justas de luchas que vienen desde décadas atrás, porque hasta hace apenas setenta años las mujeres no podían votar y poco antes de eso ni siquiera podían tener un patrimonio sin autorización de sus padres o esposos.
El primer gran milagro de la tal “Patria Milagro” de Abelardo y José Manuel, fue haber convertido a un ateo confeso en el más católico y en el más cristiano de los creyentes, capaz de llorar frente a las cámaras ante el señor de Buga, o colgando cuadros del Sagrado Rostro para consagrar, una vez más, al país a esa pintura, que para el ateo, que era Abelardo antes de las elecciones, no era más que eso, una pintura. Hay que ser demasiado cándido, demasiado porfiado o demasiado estúpido para no notar que la famosa conversión de Abelardo no fue más que una burda manipulación del electorado. Pero bueno, como estrategia de campaña su supuesta conversión no está sujeta a ley alguna que se lo prohiba. Lo que no se puede permitir es que ahora pague favores a sus grandes electores religiosos de haber convencido a sus feligreses de votar por él a cambio de entregarles la educación pública y la gestión de la formación de los niños y los jóvenes en los colegios con base en elementos de la espirtualidad que deben ser elegidos por convicción y no por imposición.
Resistirse a la “Patria Milagro” no es un acto de desobediencia. Es la legítima resistencia a la que tiene derecho un pueblo que no tiene por qué dejarse imponer un libro de biblioteca, aunque se llame “La Biblia”, por encima de la Constitución, que rige los destinos de cualquier Nación. Y más si esa Nación se proclama laica y respetuosa de la diversidad y de la diferencia.
Lo único que están demostrando es la clara provocación de “los nunca”, que no son más que los de siempre, reencauchados desde los tiempos de Laureano Gómez, Misael Pastrana, Guillermo Valencia y de todos los gobernantes godos que sometieron a Colombia a una violencia infame en nombre de su dios. Pretenden pisotear los derechos que, a pulso, han conquistado tantas personas que han debido sufrir los estragos de la discriminación, la estigmatización y los ataques de un establecimiento anquilosado en el siglo XIX, que ahora busca imponer la visión de la Constitución de 1886 por encima de los avances consagrados en la Constitución de 1991.
Ningún ciudadano está obligado a dejarse someter con base en premisas falsas que no tienen amparo legal. Las elecciones no pueden imponer la dictadura de las mayorías porque la Constitución obliga a proteger a las minorías. Lo que se juega no es el derecho de la “Patria Milagro” a hacer su magia. Para eso fueron elegidos, para implementar las políticas que consideren adecuadas para recuperar la economía (que anda bastante bien) o mitigar la deuda pública o recuperar la seguridad y el orden público con las herramientas que tienen y otras que pueden tramitar a través del legislativo. Lo que no pueden es devolvernos a las cavernas de la Colonia en donde se pretendía que todos los ciudadanos fueran blancos, católicos y heteronormativos. Porque la misma Constitución pone los límites y en el Congreso están los que le harán la resistencia a la arbitrariedad y al abuso que quieran convertir en ley.
No es desobediencia. Es resistencia. Más de 12 millones y medio de ciudadanos votaron para notificarle al establecimiento que vamos a resistir. Con uñas y dientes, resistir. Porque las mujeres no tienen por qué regresar a la clandestinidad por la presión de aquellos que satanizan el aborto pero piden a gritos la pena de muerte. Provida, pero solo de las vidas que ellos quieren dejar vivir. Porque no se les puede permitir llamar “ideología de género” a las herramientas que deben tener los niños y los adolescentes para que sus familiares más cercanos no los abusen, porque la “Patria Milagro” desconoce que la mayoría de abusos contra los menores de edad se dan en el núcleo familiar, por parte de personas perfectamente heterosexuales, que no por heterosexuales dejan de ser pervertidos, por que la perversión no tiene orientación de género y eso los niños y los adolescentes lo deben saber con herramientas pedagógicas adecuadas y efectivas.
Saquen a la Biblia de la Constitución y crean en lo que se les dé la gana, pero no pretendan imponer sus creencias a los demás por la vía de la coacción de la ley o de la fuerza porque la Constitución del 91 y los desarrollos posteriores avalados por la Corte Constitucional respaldan la libertad y la protección de los cultos de un país secular en sus cimientos. No nos vamos a dejar regresar a las cavernas de la Inquisición, ni a persignarnos si no se nos da la gana o no nos nace, ni vamos a pedir permiso para darle un beso a la persona que amamos en la calle sea hombre, trans, mujer, no binarios o lo que se les dé la gana de ser porque se lo han ganado y su libertad está protegida en el artículo 13 del único libro que como Nación debemos respetar.
Si quieren imponer sus creencias, se encontrarán con millones (no miles ni cientos), millones de personas que harán valer sus derechos y sus propias creencias a las que también tienen derecho. La “Patria Milagro” debe ser el milagro de la convivencia pacífica entre diferentes, el milagro de la argumentación sesuda y sensata de lo que debe ser en un marco ya regulado por la Constitución y la Ley, el milagro de la inclusión, el milagro que nos lleve a dirimir nuestras diferencias en paz, sin violencia, sin odio, sin apelar a la desinformación, a las mentiras y a las conversiones convenientes y a los llantos impostados para conmover creyentes que se dejan convencer de Satanás en el desierto de las ideas.
Acá estaremos para resistir. Y para desobedecer si es necesario. Pero no firmes por la “Patria Milagro”. Firmes por lo que hemos conseguido con siglos de sacrificio y luchas que no nos vamos a dejar quitar ahora.


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